Mío en la oscuridad (Marcia Cotlan)

Volví a ver a Hugo en el entierro de su padre. Habían pasado dieciséis años desde la última vez.

Que aquel amor secreto iba a marcarme la vida lo tenía claro, incluso por aquellos años. Sólo se lo había confesado al padre Juan, justo antes de la Confirmación, porque ya no podía más con la culpa: “Estoy enamorada de mi hermanastro”. Y él, calmando mi conciencia: “Tranquila, hija, que no es pecado. No os unen lazos de sangre”. No nos unía nada, pero vivía bajo el mismo techo que yo y era el hijo de mi padrastro. Además, ni siquiera me miraba. ¿Cómo llamar la atención de un chico tan listo, que atrae a tantas chicas, que ha leído tanto y visto todas las películas del mundo y escuchado a todos los grupos musicales que merecen la pena? Era, ya entonces lo supe, el amor de mi vida. Hay verdades que se te clavan en el alma como trozos de espejo.

Cuando me enamoré de él aún no era mi hermanastro, nuestros padres ni siquiera se conocían. Años después se casaron, pero ya era demasiado tarde para ahogar aquel sentimiento que había anidado en mí. Su rostro se me aparecía cuando cerraba los ojos, igual que esa mancha luminosa que nos ciega después de haber mirado durante mucho tiempo fijamente al sol. Lo amaba desesperadamente, aunque hablar de pasado, en este caso, es hablar del más rabioso presente. Lo amé cada instante de mi vida desde que lo vi por primera vez en el patio del instituto.

Nadie supo nunca por qué comencé a leer como una loca, ni a escuchar música de grupos que no les gustaban a mis amigas o por qué iba a ver aquellos ciclos de cine tan raros en versión original y en blanco y negro. Quería ser como él porque creí que así me amaría como yo lo amaba, pero jamás abrí la boca para decirle lo que pensaba de aquellos libros, o lo pesadas y pretenciosas que me parecían aquellas películas europeas. Y qué decir de las canciones que sólo eran gritos, rugidos y ruido injustamente denominado música. Nunca se lo dije porque no me gustaba lo que a él le gustaba y creía que la equivocada era yo, que no tenía la sensibilidad o la inteligencia o la experiencia necesaria para valorarlo. Nunca se lo dije hasta que estallé. Fue poco antes del divorcio de nuestros padres, poco después de que nos besáramos a oscuras, desesperados y hambrientos, en aquella habitación. Yo, borracha de felicidad y él, creyendo que besaba a otra. Estallé y lo llamé inmaduro, adolescente eterno, cultureta de pacotilla. Le escupí lo vacíos y absurdos que eran sus gustos, aquellas novelas que no hablaban de nada pero lo decían todo muy bonito, aquellas estúpidas películas centroeuropeas, aquellos grupos musicales que no sabían lo que era la música. Le dije muchas cosas que no debí haberle dicho y que él recibió con esa tristeza que se le había instalado en los ojos desde hacía unas semanas. Sí, tristeza. El brillo que yo le conocía se había desvanecido. Las chicas que lo rondaban dejaron de importarle. Miraba todo y a todos con ese gesto de pájaro huidizo que observa dónde está el peligro para levantar el vuelo. Esa era su mirada por aquellos días. “Tienes razón”, fue su respuesta. Que tenía razón ya lo sabía yo. Lo que no sabía era hasta qué punto me iba a doler tenerla… Hugo dejó de escuchar a sus grupos gritones de siempre y de ver aquellas películas tan extrañas. No leyó ningún otro libro de literatura experimental. Se transformó en otro Hugo y no supe darle nombre a lo que le ocurría. Habían pasado tres semanas desde que nos habíamos besado y mis labios aún hormigueaban al recordar las caricias de los suyos, su lengua encontrando mi lengua e incitándola a aquel baile enfebrecido, sus manos asiendo mi cintura y descendiendo hacia mis nalgas para apretarme contra él y que notara su erección latiendo contra mi vientre. “Mira cómo me pones”, me había susurrado jadeante. “Joder, este es el mejor beso de mi vida, no quiero salir de esta puta habitación”. Nunca le había oído maldecir, ni blasfemar, ni decir aquellas palabras y me excité tanto que el miedo y la ansiedad se apoderaron a partes iguales de mí. Estaba tan excitado como yo. Mis besos lo habían llevado hasta aquella situación de desenfreno. No respondí nada porque se daría cuenta de que mi voz no era la de aquella imbécil a quien creía estar besando, así que para callarlo clavé las uñas en sus hombros, lo obligué a que se inclinará hacia mí y volviera a besarme, pero en vez de buscar mi boca, sus labios aprendieron el camino desde el cuello hasta mis pechos y sentí que mis pezones en su boca estallaban de placer. Sentí que cada parte de mi cuerpo cobraba significado en ese instante sólo porque sus manos la acababan de descubrir, de colonizar. Ni siquiera lo detuve cuando me sentó sobre una mesa con la que nos habíamos tropezado. Tampoco cuando abrió mis piernas, me levantó la falta, me bajó las bragas y me susurró: “Te necesito ahora mismo”. No lo detuve en ningún momento cuando sus dedos se introdujeron en mi interior y comenzaron a moverse deliciosamente logrando que me abandonara a aquel placer, a aquellas espirales que me volvían voluble y moldeable entre sus manos. Las sacudidas que acompañaron al orgasmo me pillaron desprevenida y las recibí con asombro e incredulidad. Sólo cuando ese placer y ese pasmo desaparecieron y escuché sus intentos torpes y excitados de bajarse los pantalones volví a la realidad, me escabullí y abandoné aquel cuarto sin que él tuviera tiempo de averiguar que yo no era ella. Tampoco supo nunca que lo había escuchado citarse en aquel lugar y que después vi como ella se equivocaba de habitación. Ella. Esa con la que llevaba viéndose unas semanas y que no se lo merecía. Esa, que era idiota y no tenía nada, excepto belleza. Cuando, más tarde, la oí decirle: “¿Dónde te habías metido? Llevo buscándote casi media hora. Me equivoqué de habitación y casi me da algo cuando entró otro chico y me encontró sentada en la cama, esperándote”. La mirada de él, esa extrañeza de no comprender, aún no se me ha olvidado.

Hugo ya llevaba un tiempo comportándose de forma extraña y, a partir de ese día, dejó de ser el chico que todos conocíamos. Su padre, mi madre, sus amigos, la chica que debería haberlo besado en ese cuarto oscuro en vez de yo… Todo el mundo decía que no era el mismo y él no quería contarle a nadie qué le ocurría. Luego el divorcio de nuestros padres nos estalló en las narices, así, por sorpresa, y dejamos de vernos. Años y más años sin saber de él nada más que algún que otro detalle a través de su padre, con el que seguía quedando de vez en cuando para tomar un café y ponernos al día de nuestras respectivas vidas. Le tenía cariño a mi padrastro y me consta que él también me lo tenía a mí, así que cuando me enteré de su muerte, pedí permiso en el trabajo y me presenté en el tanatorio. Creía que estaba psicológicamente preparada para encontrarme con Hugo, pero para ciertos terremotos sentimentales uno nunca está preparado.

A Hugo, los años lo había tratado bien. Tenía buen aspecto a pesar de la pena por la pérdida de su padre. “Creí que no vendrías”, me dijo en cuanto me vio. Estaba pálido y nervioso. Me abrazó con tanta fuerza que por un segundo me costó respirar. “¿Cómo no iba a venir? Tu padre significó muchísimo para mí”. Asintió al oírme. “Ven”, entrelazó sus dedos a los míos y tomados de la mano nos alejamos de aquel olor dulzón a flores y a velas que hablaba de la muerte, de la pérdida, de lo absurda que es la vida. “Vamos”, me instó a salir a la terraza. Hacía frío. Encendió un cigarrillo y al hablar, el vaho se instaló entre nosotros como una niebla londinense. “Nada tiene sentido. Ahora estás aquí, dentro de diez minutos tal vez estés muerto”, se estaba refiriendo al infarto fulminante de su padre. “Tantas cosas que uno no hace por miedo”. Me miró reconcentrado, como queriendo hacer una radiografía de mi alma. Tiró entonces el cigarrillo al que sólo le había dado un par de caladas y su boca se unió a la mía con fiereza, como si quisiera conjurar todos sus demonios y sus miedos, como si quisiera asustar a la muerte y celebrar la vida que aún le quedaba por vivir. Me besó. Succionó mi lengua. Aplastó su cuerpo contra el mío. Mis uñas se hundieron con desesperación en sus hombros para exigirle más. Gemí, me arqueé hacia él y en una súplica silenciosa, muda, le pedí que siguiera, que no dejara de besarme… Pero Hugo se separó, con los ojos desorbitados y sin aliento. “¿Eras tú?”. No respondí, tan asustada como él y sin poder pronunciar ni una sílaba. “¡Eras tú!”. Sabía a qué se estaba refiriendo. Sí, era yo… La chica a quien había besado, a quien había llevado hasta el orgasmo con el virtuosismo de sus largos dedos de pianista en aquel cuarto oscuro era yo. “Eras tu…”, esta vez el tono de Hugo no era interrogante, ni exclamativo. Esta vez era, simplemente, furioso. “¡Tú!… ¿Tienes una idea de lo que he pasado? No sabía cómo dejar de pensar en ti. Eras mi hermanastra. No podía sentir lo que sentía, ¡estaba mal!, pero tampoco podía evitarlo. Y después… El cuarto a oscuras, aquellos labios, aquel cuerpo palpitando contra el mío… Llevo años debatiéndome entre mi amor por ti y aquel deseo abrasador por la mujer desconocida… ¡Y eras tú, maldita sea!”. Me aparté de él, tambaleante. “¡¿Por qué lo hiciste?!”. Su pregunta me conmocionó. “¡Cállate!”, fue la única palabra que logré pronunciar, el llanto me impedía decir nada coherente. Hugo dudó durante unos instantes. Finalmente habló: “¿Por qué debo callarme?”. Pero él acababa de averiguar mi secreto y lo único que pudo hacer fue abrazarme fuerte contra su pecho. Nuestros cuerpos temblaron juntos, encajando como dos partes de un puzzle perfecto. Entonces nos miramos y supimos que había un futuro para nosotros. Supimos que había un mañana.

Conoce más sobre la autora en www.marciacotlan.blogspot.com
Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Amor" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Mío en la oscuridad (Marcia Cotlan)

  1. manolivf dijo:

    Cielo santo Marcia! tu relato es buenísimo,la urgencia de los protagonistas, esas tórridas escenas…Me encanta. Hacía tiempo que no nos deleitabas con tu forma directa de escribir, que lleva al lector al centro mismo de lo que estás narrando. Enhorabuena y espero que tus textos nos visiten más a menudo. Un saludo. 🙂

    • Decirte gracias es poco, manolivf. Llevo un tiempo un poquito baja de moral, planteándome si seguir escribiendo o dejarlo, si tengo cosas que contar… En fin, un poquito baja de moral, así que tus palabras son la mejor de las aspirinas. Un abrazo y mil gracias!!!!

  2. Valen dijo:

    ¡¡¡¡¡¡¡¡Wow, qué bueno!!!!!!!

  3. Marta dijo:

    Me ha gustado muchísimo, Marcia. La voz en 1ª persona la logras muy bien, es potente y poética, ¡maravillosa!

  4. Ángela dijo:

    Me sumo a la algarabía general. Me ha encantado. Y no se te ocurra dejar de escribir.

  5. Manger dijo:

    Estupendo relato, muy bien contado y una prosa excelente. Mis saludos, Marcia, y suerte.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s