La carta que atravesó el mar (Carlota de las Mercedes Gauna)

Mientras él dormía, Jocelyn se dedicó a buscar conchillas sobre las playas que  besa el mar , cada noche , para abandonarlas sin remordimientos al amanecer…

Los pescadores de la isla contaban historias de terror durante las horas de fogatas, alumbrados sus curtidos rostros por la sal del agua a la que siempre retornaban cual insaciables fermentos de espumas ensayando arpegios con la luna llena.

A ella se le antojaba caminar sobre las crestas de las olas, apenas rozándolas con sus delgados pies, mientras, desde las sombras de los peñascos, se imaginaba observada por ojos ardientes, preñados de pasión. Y así ejecutaba danzas extrañas, surgidas de raros sortilegios, girando bajo las estrellas mientras el rugido del mar se estrellaba contra los riscos más allá de la fila de rocas horadadas por los pájaros costeros.

Ella entrecerró los ojos ante el resplandor proveniente del cegador sol que nacía en la línea del nuevo día. Cubriéndose los ojos con el ala de su sombrero de paja, pudo observar con mayor tranquilidad los elementos dispersos sobre la extensión ribereña, entre los cuales fulguraban los guijarros como minúsculas lágrimas de cristal…

Centenares de aves marinas describían círculos entrelazados contra el celeste teñido de mil tonalidades rosadas..Las miraba caer en picada, a una velocidad pasmosa sobre las pequeñas olas y, tras hundir sus largos picos en la iridiscencia de la superficie, salir airosas con la presa de un pez plateado forcejeando por liberarse de una muerte segura…La ley de la vida, como siempre, se balanceaba entre el existir y el morir, sin pretender otra cosa que no fuese subsistir…

Jocelyn habitaba en la isla desde que su compañero le solicitara abandonar la serena frialdad de las ciudades para hundirse en la armónica discordancia de la naturaleza , en ese estado milagrosamente virgen de esa isla perdida en la inmensidad del océano.

No lo dudó siquiera. Su hombre le había sido arrebatado por casi dos años, tras el accidente de su avioneta que lo hundiese en una isleta totalmente ausente de los mapas de navegación del Pacífico.

Convencida de que no había muerto, se entregó de lleno a la humanitaria tarea de bregar por la defensa de la vida marina, sintiéndose, al trabajar con los elementos del mar, más cerca de ese náufrago amado que  había perdido en un fatídico día de febrero.

Su vida se convirtió en un constante trajinar, aceptando compromisos  que la mantuvieran ocupada para lograr irse a la cama totalmente extenuada , dispuesta a no soñar con aquellos ojos verde-mar, a no escuchar la voz ronca susurrándole palabras de amor en sus oídos, mientras la rodeaba con sus brazos y la elevaba al pináculo de la felicidad.

Después de él, nadie pudo sacarla de su letargo. Renunció a las urgencias de la carne simplemente porque nunca más volvió a sentirlas con hombre alguno, se olvidó de su condición de mujer coqueta y orgullosa de serlo, para convertirse en una camarada más que, junto a sus compañeros, desempeñaba heroicas tareas de salvataje en la abrupta y desigual lucha contra los balleneros clandestinos que asolaban las regiones cercanas al área de protección ictícola de su  país. Nadó al compás de los delfines amaestrados que acompañaban al grupo durante las travesías de campaña pero jamás dejó de confiar en que tal vez, algún día,  vería llegar a Luca con su paso cansino y su sonrisa franca y enorme que desmadejaba el contorno de su rostro de piel cetrina para convertirlo en el sinónimo de la ternura…

La última palabra con la que se despedía cada noche en la soledad de sus sábanas frías, era su nombre y ese “amor mío” que le nacía desde las vísceras, le retorcía los músculos, le saeteaba el corazón como con el filo de una navaja y la hundía en los abismos de la nada más oscura y silente que su psiquis convertía en un vuelo de gaviotas encaramado sobre las crestas de su mar interior. Soñar con él le resultaba sumamente fácil y reconfortante. Podía entonces recuperar la esperanza y salir a enfrentar los días nuevos que su sucedían uno tras otro, siempre en idéntica dirección.

La separación física no había logrado horadar su fe, y su ansiedad crecía más honda y marcada en cada salida del sol, en cada puesta de la luna… Ella intuía que Luca regresaría. Y estaba preparada para recibirlo con ese sentimiento tan fuerte que suele conducir a las mujeres a reconcentrarse en si mismas y enrollarse en torno a sus instintos más primitivos de supervivencia para mantenerse enteras y sanas, aunque a veces el tapón de contención salte y se desparrame el contenido del alma en frenéticos pero breves contorsiones de rebelde desilusión…

 

Efectivamente, Luca retornó a su lado se refugió en su cama, se entrelazó en sus brazos y en sus piernas, se volvieron enredaderas el uno con el otro, y ninguno de los dos se sintió asfixiado ni prisionero pues ambos deseaban el tormento y la magnificencia  de sus cuerpos enmadejados sin un átomo libre de la esencia del otro.

Y morando en esa pequeña isla, rodeados por el cariño y la admiración que ese médico y esa maestra despertaban en los naturales de la región, Jocelyn y Luca encontraron las mil maneras de saborear, diversificar, desentrañar y cotejar las diversas expresiones del verbo “amar”.

 

El helicóptero lo había depositado en el helipuerto de la gran urbe y ella lo estaba esperando desde horas tempranas, la mirada hundida en los distintos puntos que surcaban el cielo desde el oeste, pronta a gritar de alegría en una violenta explosión contenida durante lo que se le antojó una eternidad…

Barbudo, macilento, vistiendo harapos, rengueando , sudoroso, y a pesar de ello, controlado , Luca la vio venir hacia él, sorteando las vallas de contención, haciendo caso omiso a las advertencias de los guardias, su largo pelo suelto flameando cual bandera ante el potente viento de las hélices que aún giraban, Jocelym cayó entre sus brazos, siendo recibido con una lastimera queja pero con un rosario de besos como nunca imaginó recibir de un hombre tan reticente a exponerse públicamente en cuanto lugar asistieron. El hombre que Jocelyn recibió esa mañana poco se parecía al metódico médico que fuera un destacado  académico en la Universidad  Nacional  Centroamericana de Honduras. El que volvía a su vida era el hombre que tanto rogó poseer, únicamente para ella, totalmente hecho para ensamblarse con su cuerpo y con su alma.

 

Ese mismo hombre dormía ahora profundamente en la cabaña de troncos y techo cubierto con hojas de palmeras, con los brazos y las piernas gozosamente distendidos sobre el colchón de plumas dispuesto sobre el piso de madera que ocupaba el centro del amplio e iluminado dormitorio de su casa.

Ella se levantó despacio, tratando de no despertarlo,. Su cuerpo, tan desnudo como el de él, se presentó esfumado por el brillo de la luz del sol que nacía. Acercándose al balcón, respiró con fruición el salado y picante aroma del mar. Lejos, el oleaje se demoraba cerca de los nidos de tortugas gigantes, donde los cientos de huevos permanecían a la temperatura adecuada para alcanzar su madurez bajo las cálidas arenas del sector este de aquel paraje.

Jocelin se desperezó, se duchó y se colocó la túnica de gasa, blanca y corta, que destacaba su grácil figura y dejaba al descubierto sus largas y bien torneadas piernas hasta  la mitad de los muslos. Bebió un vaso de jugo de papaya y comió tres vainillas. Luego se alejó casi corriendo sobre los escalones que descendían a las playas, corriendo feliz hacia  la línea de rompientes, sintiendo en la base de sus pies desnudos el delicioso escozor de la arena blanca. En su cabeza, sostenido por una mano que apenas podía contenerlo, un enorme y raído sombrero de rafia cubría el dorado de su larga cabellera. ¡Estaba inmensamente feliz!

El día anterior había ido hacia el centro de la isla en el destartalado “jeep” que había aprendido a manejar a fuerza de coraje y necesidad. En el pequeño Centro Médico el especialista le había sonreído con cierta picardía mientras le extendía el sobre blanco.

-¡Léelo, pequeña! Creo que por fin tu sueño se hará realidad-

Temblando de ansiedad abrió el informe y pronto estalló en un llanto que desbordó todos sus diques de contención. Luego de cuatro años de esperar y desesperar, el doctor Adams le ofrecía el corolario a sus intentos y esfuerzos:¡Sería mamá! ¡Estaba embarazada!

-No le diga nada a mi marido aún, doctor Adams, por favor…Prefiero esperar y estar totalmente segura de que esta vez lograré llevar a buen término mi embarazo- le rogó recordando tantos momentos de tristeza por fallas en su organismo para retener el embrión – Luca deseó mucho tener una gran familia. No puedo evitar el temor que me domina de volver a repetir la historia-

-¡Ten fe, Jocelyn! Esta vez todo saldrá bien. El tratamiento ha sido cumplido al pie de la letra y, de no ocurrir un incidente externo, considero que estás preparada para retener a tu niño y darlo a luz con felicidad-

Por eso esta vez recorría la playa, como casi todas las mañanas, con un faro de esperanza encendido en su corazón.

De pronto vio la botella que flotaba y se sumergía y volvía a aparecer entre el oleaje cerca de la escollera. Con curiosidad se fue acercando al elemento de vidrio y, al tenerlo entre sus manos, se percató de que dentro de la botella había un papel enrollado. Se sentó sobre una de las grandes piedras y procuró abrirla haciendo uso de toda su fuerza. El corcho estaba profundamente incrustado en el cuello de la misma y comenzó a golpearla por la base ante la imposibilidad de extraerlo de un tirón. Poco a poco el tapón se fue zafando del  atolladero y por fin, Jocelyn tuvo el papel entre sus manos…

 

Lo desdobló y un enorme”¡OHHH! “ surgió de su boca. Los latidos de su corazón se aceleraron…Esa carta le hablaba de una tierra extraña, llena de peligros, alimañas y tribus de reducidores de cabezas, de largas noches e interminables días de caminar sin rumbo, de andar y desandar senderos, huyendo de los cazadores que lo buscaban para servirles de almuerzo.

Quien la escribió se encontraba seriamente herido, pero sus conocimientos de medicina le permitieron encontrar las plantas curativas para coagular sus heridas, protegerlo de la fiebre, defenderlo de las infecciones, alejarlo de los mosquitos gigantes, de las enormes tarántulas, de las víboras venenosas y de cuanta alimaña anduviese por los alrededores de sus improvisados refugios. Los altos árboles le permitieron salvarse de las terribles y súbitas inundaciones de los ríos de la isla que iban a desaguar en el océano…

Ese hombre llevaba un maletín extraído de las pertenencias personales que llevaba siempre en su avioneta, equipado con antibióticos, jeringas, pastillas anti inflamatorios, algodón, ungüentos, gasas , tijeras y demás elementos que deben llevarse en un maletín de primeros auxilios…Y supo hacer buen uso de las clases tomadas acerca del poder curativo de las plantas exóticas y de los  tomos leídos sobre vida y costumbres de tribus perdidas, alejadas de toda civilización.

Cuando no llovía torrencialmente y el entorno se mostraba propicio, tomaba su cuaderno de tapas de hule y escribía acerca de las experiencias vividas en la espesa selva ecuatorial , de cómo se alimentaba y prendía fuego, frotando palos  en el hueco de una piedra y luego soplando hasta obtener una leve columna de humo blanco que terminaba por formar una “semilla” de brasas, la cual era colocada sobre un colchón de pastos secos y continuaba soplando despacio hasta que el fuego cobraba fuerzas y la fogata alumbraba y calentaba su cuerpo aterido por el dolor, la mala alimentación y, generalmente, por la vigilancia a que se sometía ante el temor de ser atacado por bestias o por aborígenes. …

Ese hombre amaba a una mujer como se ama sólo una vez en la vida, y se lo proclamaba con todas las palabras de amor que les es permitido a los seres humanos al expresarse por escrito. Aquella letra, delicadamente remarcada en los bordes, alargada y algo inclinada hacia la derecha, era la de un hombre desolado que creía poder morir en algún momento y luchaba con todas sus fuerzas para impedirlo.

Entonces, cuando consideraba que lo mejor era dejarse ir, acudía a él el rostro de su amada y se le antojaba que ella lo llamaba y lo reclamaba con una potencia tal que traspasaba cualquier frontera y cualquier obstáculo. Cuando esto sucedía, retornaba a su caminata, siempre rumbo al lugar hacia donde se desplazaban las aves migratorias, puesto que su experiencia  le enseñaba que aquel tipo de aves sólo volaban de manera paralela a la costa.

Por ella, por su amada, logró sobrevivir a picaduras peligrosas, a golpes violentos, a caídas prácticamente  mortales. Por ella y con el nombre de ella en sus labios, llegó una mañana a la orilla del mar, ya desfalleciente, sintiéndose morir. Bebió de su cantimplora un poco del agua de río que había obtenido unos metros atrás y se tendió en las arenas, dispuesto a morir, a no proseguir su lucha.

Pero entonces volvieron la cabellera dorada a acariciar su cara, las manos suaves a tocar su pecho, la boca de rosa a besar sus labios….Y decidió ofrecer el último trofeo de amor a su bien amada.  Se sentó a la sombra de unos cocoteros y comenzó a escribir aquella carta…

Al terminar, tomó la botella de refresco que solía llevar en su mochila  para sus largas horas de consultorio en su ciudad natal, la destapó , enrolló la extensa carta y la colocó dentro del envase. Luego la tapó y con sus fuerzas al borde de la extenuación, la arrojó al mar…

Le faltó escribir que  el avión -correo que llevaba la correspondencia al continente había visto la fogata que él había encendido para mantener el calor de su cuerpo al sentirse morir…pero, ¿cómo podría saber acerca del aterrizaje en la playa, del encuentro de su cuerpo aún con vida, del viaje hacia Australia , de su recuperación lenta, y de sus imperiosos deseos de volver a América para encontrarse con ella, con la mujer amada?…Todo eso sería luego relatado por él a las autoridades locales, quienes se abocaron a la búsqueda de la mujer que ese hombre amaba, poniendo en movimiento los engranajes de los Medios de Comunicación  hasta lograr establecer contacto con la misteriosa mujer cuyo recuerdo mantuvo con vida a un hombre para quien sobrevivencia resultó un milagro para todos los que conocieron  su historia y se abocaron a colaborar en la búsqueda  de Jocelyn Eldweis.

Lloró. Y mucho. Lloró por todo el sufrimiento del hombre amado, por los días y las noches de terror y agonía que los mantuvieron separados, y lloró por la alegría de este otro milagro…El milagro que el amor suele proporcionar a los que se aman de verdad, sin límites y sin condiciones…

La historia pasó de boca en boca hasta convertirse en leyenda, una leyenda en la que se rendía tributo al amor eterno…Y cuando ellos decidieron dejar la isla porque sus cuatro hijos les exigían un cambio drástico en sus hábitos y preferencias, Jocelyn y Luca Imberti volvieron una y otra vez a esa isla donde sus nombres eran sinónimo de felicidad y buena ventura.

Algunos dicen que sus nietos preguntaron por aquella botella que la abuela Jocelyn mantenía en lo alto de la estufa hogar junto a un viejo cuaderno de tapas de hule negro, como se conserva algo sagrado. La historia de esa botella está escrita por ella en ese mismo cuaderno.. Pasará a manos de sus descendientes cuando ella muera y pueda reunirse con su infinito amor.

Mientras tanto, acostumbra pasear con sus seis nietos por la playa y les enseña los secretos del mar y las mil maneras de avizorar los objetos. No vaya a ser que alguna botella se encuentre flotando entre las olas y , ante su falta de atención, quede perdido para siempre el final feliz de una bella historia de amor.

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9 respuestas a La carta que atravesó el mar (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. Carlota Gauna vuelve a sorprenderme con su versatibilidad. Cada tema que aborda lo hace desde una òptica diferente,casi desconcertantemente feliz. La delata ese sello que detalla cada pasaje con un sinfonía de adjetivos que nacen unicamente cuando escritor y prosa son uno. Carlota es Jocelyn,

    • Carlota Gauna dijo:

      Es indudable que en todos sus trabajos, algo del interno del que escribe se refleja en éstos. Pero sólo alguien que me conoce tanto como mi querido amigo y poeta, puede verme enmascarada en el enamorado corazón de Jocelyn…¡¡¡Gracias, Rubén!!!

  2. ale sandra engels dijo:

    Siempre femenina Carlota, llena de pasión, amor, aventura, suspenso… me encantó ésta historia, parece la sintesis de una película, llena de suspenso, dolor y amor, felicidades Carlota

    • Carlota Gauna dijo:

      Mi querida Ale!!! Con qué ternura expresas tu comentario acerca de este relato…Y si, asi lo vi mientras lo escribía, como uhna película con un final que se correspodió con tanto amor culticado en el corazón de dos seres nacidos el uno para el otro…¡Gracias, mi querida!

  3. Ángela dijo:

    Una historia de amor preciosa, te felicito, me ha encantado.

    • Carlota Gauna dijo:

      ¡Gracias, Ángela! ¿Sabes? los seres humanos continuamos buscando amores asi, amores supremos…por eso nuestras almas cantan cuando de ellos se trata…¡Un beso enorme!

  4. Estefi dijo:

    Dulce, bello, apasionante, conmueve todos los sentidos. En resumen, muy acertado para el tema “Amor”. Felicitaciones!

    • Carlota Gauna dijo:

      El amor posee caminos de encuentro realmente desconcertantes pero no por ello menos transitados. Cada historia de amor es única y perecedera luz que ilumina el alma de sus protagonistas…Gracias por tus delicadas impresiones…Se nota tu exquisita sensibilidad…¡Abrazos, querida mía!

  5. Manger dijo:

    Buen relato, Carlota. Mis saludos y suerte.

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