La castañera (Alberto Casado)

Érase una vez una anciana mujer que vivía en su casita del Robledal, comarca ganadera del norte de Asturias (España), llamada así por la abundancia de robles. Moraba sola, pues nunca se casó ni tuvo hijos. Aunque era poco comunicativa, siempre estaba dispuesta a ayudar al que lo necesitara. Su vivienda se hallaba aislada del resto, no por voluntad propia, sino por decisión judicial. Su tatarabuela fue acusada de brujería por sus vecinos, pero al no existir pruebas contundentes, el juez no pudo condenarla y se limitó a fijar una medida preventiva de alejamiento. La sentencia estableció que la supuesta bruja debía habitar a más de quinientos metros de distancia de cualquier vecino; por ello, se ordenó que la casa donde vivía la señora fuera derribada y reconstruida, piedra por piedra, en un lugar apropiado. Los más fanáticos de entre los parroquianos se encargaron de llevar a efecto la sentencia judicial e instalaron la casita en el extremo más alejado de la comarca del Robledal, aquel en el que en lugar de robles crecían castaños. Eso sucedió al menos hacía doscientos años y las descendientes de aquella mujer, todas hembras, siempre habían vivido allí. Sobre sus cabezas seguía pesando la sospecha de brujería, mas nunca se pudo demostrar.

     Susana no tiene descendencia, por lo que a su muerte la casa pasará a ser propiedad del municipio. A ella no le importa, pues siempre se ha mostrado como una mujer desprendida, sin apego a lo material. A pesar de su buen trato con los necesitados, pocos acuden a solicitarle ayuda, más por miedo a las habladurías que por otra razón. Su pequeña vivienda consta de una salita, su dormitorio y un diminuto cuarto de baño. Se halla rodeada de castaños, cuyo fruto es la delicia de la mujer, quien no se cansa de comerlo de todas las maneras imaginables. Las castañas las toma crudas o asadas, a veces hace un guiso o incluso puré. Aparte de su manjar favorito, cuenta con dos cabras, que le dan leche y queso; varios cerdos, de los que obtiene carne y embutidos, y una mula con la que labra su pequeña parcela. Su tierra es productiva y cultiva todo tipo de hortalizas y verduras. Susana es autosuficiente y nunca le ha faltado de comer; no tiene lujos pero tampoco pasa penurias. Lo único que anhela es tener a alguien con quien hablar, pero la maldición, transmitida de generación a generación, la impide entablar verdaderas amistades en el pueblo. Nadie sabe realmente su edad,  pues los lugareños ya la conocieron tal cual. De sus antepasados se dice otro tanto, e incluso llama la atención el enorme parecido con ellos. La madre de Susana aparentaba la misma edad que ella e idéntica fisonomía; su muerte es un misterio, pues un día desapareció, y al cabo de muchos años vino su hija, a quien no conocían.

     Aunque sobre ella ya no pesa la sentencia de alejamiento, es como si la hubiera hecho suya, pues apenas se la ve en el pueblo; salvo una excepción: la semana de Navidad. Así, todos los años, desde el 24 de diciembre hasta el 31, diariamente baja al pueblo a cumplir una tradición, que no es otra que vender sus ricas castañas a los transeúntes. Tiene un hornillo a leña donde asa el rico fruto seco. Las despacha por docenas en cucuruchos de papel y enseguida se las quitan de las manos. Los que las han probado afirman que tienen un sabor especial, dulce, y que al comerlas, se sienten rejuvenecer. La castañera, ante tales observaciones, sonríe pero guarda silencio. Susana es mujer de pocas palabras y un tanto retraída, pero a veces sorprende con sus comentarios jocosos.

     En su parcela hay un castaño más grande y frondoso que los demás, siendo sus castañas más sabrosas y de mayor tamaño; Susana las reserva para los más ancianos, a quienes depara un trato especial. Resulta difícil calcular la edad de aquel ejemplar, pero los más viejos del lugar aseguran que ya existía cuando sus abuelos vinieron al mundo. La mujer lo cuida como a un hijo y a menudo lo riega y poda. A diferencia de lo que sucede con los otros árboles, no permite que ningún ave construya su nido entre sus ramas; su devoción por ese castaño es casi enfermiza.

     Es un 24 de diciembre más y la castañera está plantada frente a la iglesia del pueblo, pues en pocos minutos los feligreses, tras escuchar el interminable sermón del párroco, saldrán hambrientos del templo. Ya tiene preparados varios conos repletos de castañas; los reservados para los ancianos, aparte. Aquel día, la nieve ha hecho acto de presencia en forma de pequeños copos, que al caer al suelo, desaparecen convertidos en gotas de agua. Sin embargo, pronto llegarán las grandes nevadas, y con suerte, harán posible que los niños fabriquen los tradicionales muñecos de nieve. Gracias al calor que desprende su hornito, Susana no pasa frío; no obstante, para evitar resfriados, se abriga cual cebolla, con varias piezas de abrigo.

     Las campanas de la iglesia de San Agustín replican contentas, indicando que los devotos están a punto de salir. En efecto, el sacristán asoma la cabeza por la puerta principal, empujando la pesada hoja con esfuerzo sobrehumano. Los primeros en aparecer son dos pequeños, que seguidos por sus padres, se acercan al puesto ambulante. La castañera, presta, atiende sus solicitudes y enseguida acuden nuevos clientes. Un anciano desdentado, que camina apoyado en un bastón, le pregunta cuánto cuesta la docena de castañas. La vendedora le contesta amablemente y le muestra uno de los cucuruchos reservados. El hombre ve el inusual tamaño de las castañas y el precio le parece una ganga; entonces, quiere llevarse dos conos. Sin embargo, con voz misteriosa, Susana le dice:

     ―Señor, una ración es más que suficiente para sentirse saciado y recuperar el año perdido, pues tomar más, podría ser perjudicial para su salud.

     El viejito se sorprende por las palabras pero, precavido, solo compra una docena. Mientras pela y se mete a la boca la primera, la castañera echa al fuego otro puñado. El hombre se despide contento y camina, despacio, en dirección a su hogar. Varios ancianos más alaban el sabor del producto y lo bien que se sienten tras degustarlo. Con los niños tiene mucho cuidado, pues si por equivocación comiesen otras distintas a las que les ofrece, ello derivaría en terribles consecuencias para su salud. Al final del día ha vendido toda la remesa de castañas y, feliz, se marcha a su casa, donde tomará un té mientras se balancea en su mecedora, dispuesta junto a la chimenea.

     La comarca del Robledal se ha hecho famosa por ser la parte del país donde hay más ancianos por metro cuadrado. Esa extraña longevidad se atribuye a los efectos beneficiosos de las aguas termales de la localidad y a una dieta equilibrada, aunque la razón real, se desconoce. Curiosamente, es en la época navideña cuando los viejos del lugar se muestran más saludables; ¿casualidad o superstición?, vaya usted a saber. Susana, por su parte, y a pesar de su arrugado y envejecido aspecto, tiene una salud de hierro y ni siquiera se resfría. Estas navidades están siendo especiales para la población, pues la crisis económica que acucia al país se ha hecho sentir con fuerza en esta tierra ganadera. Al disminuir el consumo interior, también se ha reducido la producción de carne, leche y sus derivados.

     A los habitantes de la comarca del Robledal, tradicionalmente alegres, se les ve apagados y pensativos; pero aun así, viven la tradición navideña a tope. En los pueblos colindantes se realizan todos los años concursos de belenes; un jurado popular, que recorre casa por casa evaluando cada composición, escoge el que consideran más bonito y trabajado. Susana también participa este año y ha creado un bello belén de terracota. Sus figurillas, hechas de barro cocido y secadas al sol, son luego pintadas con vivos colores. Lo curioso de su Nacimiento es que el castillo de Herodes ha sido sustituido por una representación de su propia casa a escala reducida. En lo demás, ha seguido la tradición, colocando a los pastorcillos con sus ovejas y a San José, la Virgen y el Niño Jesús en el portal de Belén. La mula y el buey también están en el interior del pesebre, a pesar de que cada vez son más los que dicen que no compartieron habitáculo con los hombres. Un ángel de alas hermosas mantiene un difícil equilibrio en una esquina del tejado de paja, mientras los Reyes Magos, montados en preciosos camellos y acompañados por sus pajes, se acercan por el camino siguiendo a la estrella de Oriente. La composición es linda, pero la competencia será dura, pues los lugareños se afanan en conseguir bonitos belenes. El día de Reyes, que es el indicado para trasladar a las figurillas que representan a sus majestades de Oriente hasta el portal, es también el señalado para que el jurado decida el ganador. El premio será un viaje con todo pagado a Machu Pichu (una de las actuales maravillas del mundo), en Perú. A Susana le gustaría viajar hasta allí, pues siempre quiso aprender sobre las ceremonias dedicadas a la Pacha Mama.

     A pesar de ciertas reticencias iniciales, el jurado acaba de examinar el belén de la anciana, quedando gratamente sorprendido. En agradecimiento, Susana les obsequia con un cucurucho de castañas, incluyendo algunas del árbol especial. Los examinadores se relamen y afirman sentirse más jóvenes; la anciana sonríe y los invita a que compren su mercancía en el puesto que habitualmente instala cerca de la iglesia o en la plaza del pueblo. Cuando la visita abandona su hogar, Susana se balancea, contenta, en su hamaca de madera.

El barco se bambolea, cual cáscara de nuez, a merced de las olas; la tempestad se ha recrudecido y el capitán ordena que, hombres y enseres, se aten fuertemente donde puedan y recen por la salvación de sus almas. La anciana se acerca a Cristóbal Colón y le dice que no se preocupe, pues aún no les ha llegado su hora. El marino la mira con desdén y se sujeta más fuerte, aconsejando a la mujer que haga lo mismo. Ella se acurruca en su camastro y pela lo que parece ser una castaña; al comerla se siente bien, dispuesta a soportar los vaivenes de la nao.

     El rítmico balanceo de la hamaca ha provocado que se quede dormida, pero cuando despierta se queda pensativa. Es raro que Susana recuerde lo que ha soñado, aunque últimamente ocurre con mayor frecuencia; pero más extraño aún es que en sus sueños aparezca una mujer muy parecida a ella, quizás un antepasado suyo. Entre la visita y su pereza, se le ha hecho tarde. Rápidamente coge sus bártulos y sale de la casa en dirección a la plaza. El clima es más benigno y apenas nieva, lo que facilita su caminar.

     Durante el trayecto se cruza con una extraña persona que se la queda mirando. Lo de extraña es porque va vestido con ropas que no corresponden a la época: sombrero de copa y abrigo de lana hasta los pies; incluso, le ha parecido ver un reloj de cadena, de esos que se usaban a principios del siglo XX. La mujer no le da importancia y acelera el paso, pues como siga entreteniéndose en minucias, las ventas se van a resentir bastante. Ya en la plaza, instala el puesto rápidamente y enseguida aparecen los primeros clientes. Se trata de la típica familia compuesta por los padres y sus dos hijos, niño y niña. A los adultos les incluye un par de castañas especiales, mientras que a los niños les entrega las normales, pues las otras perjudican a los infantes. Todos se van contentos y soplan antes de metérselas en la boca. Luego de tres horas despachando, sin nada digno de destacar, recibe una visita inesperada; el hombre, con quien se cruzara en el camino, la pide un cono. Ella se queda paralizada, pues presiente que conoce de algo al tipo del sombrero. Al observarle con detenimiento se da cuenta que es un caballero apuesto, con bigote y perilla a la antigua usanza y dotado de buenos modales. Para recibir las castañas se quita los guantes de piel y coge el cucurucho con sumo cuidado, cual si se tratase de una bomba a punto de estallar. A Susana le hace gracias los ademanes del hombre y se le escapa una sonrisa, la cual no pasa desapercibida para cliente, quien con la disculpa de probar el fruto, se mantiene firme en la baldosa que ocupa. Al final se decide a entablar conversación con la castañera.

     ―Disculpe que la aborde en plena calle y de esta manera, pero si lo hiciese en su casa, quizás me confundiese con un ladrón ―dijo, a modo de introducción―. Lo que le voy a decir le sonará a cuento, mas le aseguro que es verdad. La razón de que me sincere hoy, y no antes, es porque no me queda mucho tiempo.

     ―¿Se va de viaje? ―interrumpió Susana.

     ―En cierto modo sí, pues haré un viaje sin retorno ―añadió el hombre―, puesto que la vida para mí ya no tiene sentido; no obstante, quería ver por última vez a quien es sangre de mi sangre: a ti, Susana.

     La mujer se queda de piedra al oír esas palabras; ¿qué habrá querido decir el caballero? Enseguida él se explica:

     ―No quiero extenderme demasiado con argumentos que quizás no comprendas. Yo sé tu secreto, formo parte de él, ya que soy tu padre. No pongas esa cara de incredulidad, pues sé que desde hace tiempo has tenido extraños sueños, que yo he inducido; las personas que en ellos ves son tus antepasados: tu bisabuela, abuela, madre… todas longevas, pues vivieron más de doscientos años, la misma edad que tú tienes ahora. De ellas heredaste ciertas habilidades, que para algunos serían propias de brujas, pero para los entendidos lo son de personas dotadas de dones especiales. Perteneces a un árbol genealógico, exclusivamente femenino, siendo todos sus miembros brujas; ya lo era la primera, allá por el siglo I de nuestra era. Hasta ahora solo te habrás sentido diferente respecto al resto de mortales en tu mayor longevidad, pero te aseguro que posees facultades inimaginables. La persecución que sufrieron tus antepasadas hizo que estas dejaran de practicar la magia, llegando incluso a olvidarse de hechizos que habían sido transmitidos durante decenas de generaciones. Las castañas, que tan generosamente entregas a los adultos, proceden de un árbol que fue regado por la sangre de un vampiro: yo. La sangre de los inmortales provoca que, los frutos del árbol bendecidos con la misma, acorten la edad de quienes los coman. Eso ya lo sabes porque te lo dijo tu madre, que fue a quien doné el magnífico castaño. La razón de que te diga esto ahora es que tu madre murió; la amaba como nunca amé a nadie y ya no tengo motivos para seguir viviendo. Sin embargo, antes de irme de este mundo, quiero enseñarte algunas de las facultades que permanecen dormidas en ti y darte el mayor de los dones, si así lo quieres, la inmortalidad.

     Susana se siente desfallecer; es evidente que sabe acerca del poder de las castañas, por eso no se las da los niños, pues si estos las comen, rejuvenecen a mayor velocidad que los adultos, pudiendo incluso dejar de existir. Los mayores recuperan un año de vida por cada docena ingerida, aunque su abuso puede traer consecuencias impredecibles. La señora que se apareció en su último sueño, junto al descubridor Cristóbal Colón, no es otra que una de las primeras brujas de su estirpe; ahora lo comprende todo. Su madre la contó lo de las castañas rejuvenecedoras, pero no lo de sus poderes dormidos. Ahora, Susana no está segura de desear la inmortalidad y menos con ese aspecto envejecido ―nunca ha querido comer más castañas que las necesarias para seguir con vida y buena salud―, pero la propuesta la empieza a seducir, pues siempre ha deseado conocer mundo, y con una vida eterna por delante, sería más sencillo. La castañera propone a quien manifiesta ser su padre ir a su casa para hablar con más tranquilidad; el hombre acepta y juntos marchan hacia la casa del Robledal.

     Allí permanecen encerrados durante una semana, en el transcurso de la cual, el padre enseña su hija las facultades que atesora y que practica hasta la extenuación. Lo más importante lo deja para el final: la inmortalidad; para ello él ha de morderla, succionar su sangre casi hasta la muerte, para posteriormente ser ella la que se alimente de la de su progenitor. Lo que el hombre no dice, y que Susana comprueba con satisfacción, es que ella rejuvenece hasta convertirse en una mujer de treinta años. Ahora es bella y joven, y lo será para siempre, mientras lo siga deseando.

     La parte negativa es que el padre desea dejar de existir. Él cuenta que para uno de su especie solo existe una forma de morir: el fuego. Necesita que su hija le ayude en ese difícil trance, aunque ella trata de persuadirlo para que la acompañe en su próximo deambular por el mundo. Él insiste en que la decisión es definitiva y le ruega que acceda a su petición. Debido a que el castaño mágico será un peligro para quien se harte de sus frutos, es mejor que desaparezca. Así, el padre manifiesta que ambos, hombre y árbol, han de ser quemados juntos. Con gran tristeza, Susana accede a todo cuanto su padre le pide y le ata al gran castaño. Prepara una gran pira, que prende enseguida, no tardando en consumir los cuerpos de los sacrificados. El vampiro se retuerce de dolor, mas no profiere ningún lamento. El castaño tarda más en desintegrarse por el fuego, pero al final solo quedan sus cenizas. Susana recoge las de ambos y las esparce por toda la parcela, permitiendo que el viento haga su labor y las extienda por la comarca y más allá.

     Seguramente alguien habrá visto el humo o las llamas, por lo que las investigaciones sobre lo sucedido comenzarán en breve. La guapa mujer cree que ha llegado el momento de abandonar su hogar e iniciar su vida como viajera. Usando uno de sus poderes recién adquiridos empieza a correr, tan rápido que parece invisible y nadie se percata de que pasa por su lado. No se cansa ni necesita dormir; ahora, ni siquiera tiene hambre o sed. Pronto llega a Egipto, lugar donde su padre le ha dicho que conocerá a otros de su especie. Está ansiosa por iniciarse en una nueva forma de vida…

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6 respuestas a La castañera (Alberto Casado)

  1. manolivf dijo:

    Una historia que mezcla antiquísimas leyendas de brujería con el atrayente mundo tan en boga del vampirismo. Me gusta como empieza el relato, esa castañera cuyo fruto es mágico como buena hechicera que se precie, después la historia va muy rápido al igual que la evolución de la protagonista. Creo que es un personaje que se merece
    detenerse en él, recreándolo un poco más puede darte mucho juego, Alberto. Esa castañera creo que tiene magia de verdad y cuerda para una obra más extensa…

  2. Alberto Casado Alonso dijo:

    Tienes toda la razón, por eso he dejado el final abierto. El inconveniente es que en las redes no se pueden subir textos demasiado extensos porque, o bien no te dejan los administradores de la red de que se trate, o los lectores no los leen. Gracias por tus gentiles comentarios. Un saludo.

  3. MARIETTH SUAN-MARIA EDITH SUAREZ NOGALES dijo:

    Me pareció genial… y me -anticipo a decir que puede ser el relato ganador- porque tiene un muy buen argumento, recopilación importante de datos, bien contado y cuando inicias a leer te invita a terminarlo.
    Pienso que tiene muchos puntos por explotar aún como el hecho de el efecto de renunciar a consumir los castaños tiene consecuencias fatales, Si Alberto tiene razón, tiene final abierto que puede ampliarse muchos más hasta para un libro. Felicidades

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Muchísimas gracias por tu comentario tan halagador. Personas como tú son las que me dan un impulso para seguir escribiendo. Un fuerte abrazo.

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Alberto, me ha enganchado tu historia, está llena de magia y misterio. Un saludo. Amaya

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Gracias a ti por leer esta historia, que aunque un poco larga, he puesto al escribirla todas las ganas. Un abrazo.

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