La Mariposa (Cj Torres)

Mi todo se llamaba Érika. La componían 16 años y le decían La Mariposa. No voy a caer en la tentación de ofrecerte una ridícula descripción a cambio de un leve suspiro tuyo, no, no te voy a mentir. Confesaré apenas lo necesario para no caer en retratos fingidos y ridículos. No te diré que le gustaban los atardeceres anaranjados, la melodía apabullante de la brisa de la playa o los bajonazos de los miércoles y sus películas gratis, no, insisto, ella era una pelá normal, común y corriente, pero menos corriente que el promedio de la población de su edad. La Mariposa gustaba de los zapatos, en eso si deseo hacer énfasis, pero sobre todo aquellos que gozaban de promoción u oferta, estudiaba únicamente para ganar el examen, y adoraba las bibliotecas vacías.

Vivía en El Recreo, un barrio de gente casi rica, pero no por eso se la pasaba jugando. Le gustaban los almuerzos de La Olímpica y las “chichas-cremas” con ínfulas de malteada. Se vestía siempre con jeans apretaditos y populares blusitas de la marca gef. Jamás le gustaron las modas de la revista Tú, antes y por el contrario las odiaba, decía que era para niñas carentes de personalidad que necesitan del consejo de un papel litografiado para asumir una falsa seguridad, bueno, así pensaba ella. La Mariposa odiaba los realitys, y prefería, por supuesto, las sandalias tres puntá a los tacones asesinos.

Estudiamos juntos desde que tengo uso de razón, desde aquellos tiempos en donde la lonchera y los afanes de las madres se resumían en un juguito con olor a huevo, cuando valía más lo que venía dentro de la lonchera que la lonchera misma. Ahora, ella se gradúa, terminó sin honores, como era de esperarse, el bachillerato, y ha decidido seguir con la odontología, cosa que a mí no me gusta, es más, la detesto, pero con tal de seguir con ella no me importa convertirme en un sacamuelas mediocre u “ocre” completo.

Han pasado los semestres, nos han golpeado con todo su trueno. Ella no es la mejor de la clase, y como era de esperarse, yo tampoco. Seré el primer graduado en la cruel historia de esta carrera en recibir el diploma sin haber sacada una asquerosa muela siquiera. Así somos, así seremos. La Mariposa estudia, como acostumbró toda su vida, únicamente lo que le toca y no le gustan los protagonismos. Nos fastidia la cerveza caliente sinónimo de estafa, las maricadas del técnico que juega sin delanteros y la bulla pacifista doble moral de los oyentes que llaman a la radio. ¡Maldita sea! por qué mierda nos tocó al lado de la facultad de comunicaciones

Esa maldita facultad me ha hecho odiar los viernes, y la odio por eso, la odio por haberme hecho odiar algo que antes me gustaba. No la mía, mi facultad nació horrenda, y así se quedará, me refiero es a la de comunicaciones. Es en serio maldita sea, antes los amaba, me encantaban los viernes y su aliento a libertad, a ese aroma a sexo que traía consigo. El viernes era el día en que las mujeres, en especial La Mariposa, se vestían con ese pedacito de tela suavecita que se movía con la brisa, y con cada ir y venir de la tela, la misma tela hablaba el idioma del sexo, así: fua, fue, fua, fue, fua… suavecito, en calma, con o sin piernas, con o sin alcohol, cualquier laboratorio desocupado de esa maldita universidad me servía de motel.

  Pero ahora, ahora todo es una mierda. Ahora odio los viernes. Desde que los de comunicaciones iniciaron con sus festivales y sus huevonadas, invaden todo, destruyen todo, y ya a las nenas no les gusta traer vestiditos.  Para colmo, al maricón del rector, el cual es un idiota y solterón, se le ocurrió la antípoda idea de institucionalizar el uniforme. ¿Quién dijo que en una universidad es para que se use uniforme como si fuéramos un estado modelo del fascismo, un piloto de la homogeneidad que inculcaban los burócratas? En el infierno hay un espacio reservado para aquellos que contestaban mis interrogantes con un: “Así me ahorro ropa” Malditos, malditos sean todos. Y entonces ya no soporto los viernes, los aborrezco. Me molesta que ese día ella cambie las blusitas de tiranticos y la tela suavecita de los vestiditos por ese horrible uniforme asexuado. Un pantalón recto y un blusón cuadrado carente de cualquier exiguo ápice de erotismo. Los aborrezco. Viernes sin beneficio de los besos de mis compañeras, viernes sin piernas lindas, viernes sin brisas coquetas que levantaban cual grúa las faldas de mis nenas y de paso a mi “pechichón”. ¿Ya dije que me fastidian los viernes? Si, entonces que quede claro. Los odio profundamente.

El otro día me llamó La Mariposa, yo estaba en un dilema mental entre pajearme con el recuerdo de Serena o el bicho de Esperanza Gomez. Pero ella, en su infinita gracia, me sacó de ese letargo en el que se había convertido mi ida al baño y me dijo que la acompañara a sacar la cédula y después a tomarnos algo. Ese algo seguramente serían gaseosas, a La Mariposa no le gustaba la cerveza, siempre se la comieron sobria. Mi papá salía de viaje y yo tenía que atender el negocio, pero con tal de estar con ella, al carajo el negocio, que quiebre la empresa si le da la gana, primero La Mariposa, mi mariposa, mi dueña, mi matrona. Me importan un carajo las cuentas que sostienen mi universidad cara y el sueño de golfa de mis hermanas. Al diablo el futuro, prefiero un presente exacto sin avisos dudosos en cada una de sus alas.

Le entregaron la contraseña y me dijo:

─Mira, ya podemos discotequear.

Yo respondí con mi estúpida sonrisa de siempre. No sé por qué carajos siempre que debo responder con una frase más sin-vergüenza contesto con esa estúpida sonrisa. Luego me dijo que la acompañara a la farmacia, que tenía que comprar uno de esos remedios con apellido raro. Yo accedí, siempre accedo. No le alcanzaba para comprar media docena de frascos de Ketotifeno, así que le completé con 14300 pesos, ella prometió devolvérmelos, como si me importara. Después la dejé en su casa y ella me preguntó qué haría yo si el amor de mi vida me traicionara. Yo respondí -como es habitual- con otra estúpida sonrisita.

Esa misma noche me llamó. Me dijo que se sentía triste, que quería ir al cine, yo tenía sueño, me dolía la cabeza, tenía un dedo en combo con la uña apostemada y el final de Los Sopranos a medias, además intentaba, muy a mi pesar, entender el maldito Bristol. Acepté. Le dije que en La Castellana estaban dando una de Tom Hanks en su mejor papel de idiota, a ella no le importó.

En el cine, en medio de la escena del llanto, y la mujer enterrada debajo del árbol, me dijo que me quería mucho, que me portara bien y que quisiera mucho a mi madre, que le ofreciera mis respetos a mi padre y que conviviera más con mis hermanas, a lo cual respondí que dejara la transcendencia, que Tom Hanks solo estaba haciendo uno de los tantos papeles de tonto a los que está y nos tiene acostumbrados. Esa vez fue ella quien sonrió. Esa sonrisa en el cine es uno de los recuerdos que pidieron vivir para siempre en mi cabeza.

Al día siguiente, no la vi en el paradero de buses compitiendo contra la flaca de siempre por ver cuál de las dos tenía más culo. Tampoco la vi en la indignidad de la buseta ni en la entrada de la U acabando con la sal de los mangos. La busqué por todos los salones. En la nueva oficina de bienestar, en la fábula de los pasillos, en el quemadero de la rectoría, y en el mierdero de los baños que dejan las primíparas, pero solo me encontré caras extrañadas, a las que les importaba un culo mi búsqueda. Ella no fue a clases.

Tomé el bus de mil con destino a su cueva. En el camino recordé las palabras del cine, la cara maldita que me hizo mientras me aconsejaba y el saborcito a sal del último sorbo de gaseosa. Al llegar, me estrellé con la imagen de mi madre rezando mientras sostenía sus alas. Estaba tirada e inconsciente sobre el sofá de su casa, mientras su papá y doña Érika reventaban el techo a gritos y se movían como locos por todos lados. Los vecinos paraban los taxis, pedían ayuda, buscaban en sus botiquines soluciones fortuitas. Mi madre repetía una y otra vez: ¡Lázaro levántate! pero el día no estaba para milagros, ni Lázaro ni ella se levantaron. La Mariposa se había tomado cuatro de los seis frascos de Ketotifeno y fiel a su estilo infalible se amarró una toalla al cuello y se colgó del tubo de la cortina del baño, porque incluso justo antes de morir, quiso tener la certeza de que lo había hecho.

Dejó una carta, una nota en la que explicaba que se mató porqué un dinosaurio de apellido Sandoval le prometió amor eterno en la mitad de un video-recital de la Durcal, pero cuando se enteró que estaba preñada de él le dijo que por su casa no se apareciera. Que él no estaba para criarla a ella ni a su criatura.

Mi todo tenía nombre, ya se los dije, se llamaba Érika, y le decían La Mariposa. A mujeres como ella, Dios, si es que existe, se toma su tiempo para crearlas. Su toalla de bordecitos de Pokemon no solo estranguló su cuello, también fue el detonante para mi juego favorito. La práctica con los cuchillos de doble filo por fin valdrán la pena. Debo ir con ella, porque su alma multicolor era el whisky que distraía el serial que soy. Ahora son las 5, las clases ya han acabado, los ciegos se marchan a sus casas creyéndose la solución histórica. Sandoval recoge sus instrumentos, los limpia, los pule y se maravilla con sus porquerías. El sonido de su celular lo distrae, se limita a responder con el habitual “sin comentarios”, mientras yo entro en su laboratorio, calibrando mi morbo, afilando mis cuchillos, sin ser sospechado.

Conoce más sobre el autor en www.cj-torres.com
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11 respuestas a La Mariposa (Cj Torres)

  1. Paola Andrea Uribe dijo:

    El amor prohibido, el amor condicionado, el amor oculto y en pecado… es ese que duele por ausencia, por impotencia, por celos, desespero y desosiego!! Es ese amor que atormenta, que no sale de la mente; donde los recuerdos enloquecen y la ansiedad perturba; es aquel que causa tanto dolor que la muerte se convierte en la única salvación!!!
    Excelente Relato
    (Paola Andrea Uribe)

  2. ingrid mendoza dijo:

    Felicitaciones Cristian hermoso cuento…

  3. manolivf dijo:

    Muy bien escrito. En un lenguaje llano y directo. Me ha gustado.

  4. Ángela dijo:

    Buenísimo, me ha encantado.

  5. viane dijo:

    Me impacto esta historia. deberia ser la ganadora. Es una historia del otro amor. Como voto por ella?

  6. Andrea dijo:

    Excelente y conmovedora historia! :’)

  7. Tania dijo:

    Buen relato, me gusto mucho. Felicitaciones Cristian 🙂

  8. Nena Medina dijo:

    Excelente! Me gusto muchisimo especialmente la forma en que esta relatada, felicitaciones!

  9. Manger dijo:

    Buen relato. Mis saludos.

  10. Mar dijo:

    Estupendo relato. Me ha encantado.

  11. Nelaache dijo:

    Muy buen relato. Me ha gustado mucho. Me ha encantado la sutileza que has utilizado para colocar a Tom Hanks en su papel de Forrest Gump. Por descontado, la historia buenísima y muy requetebién narrada. Felicitaciones!!

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