Una rosa sola (Lilián Costamagna)

Dos pétalos marchitos de una rosa roja caen en este mismo instante. Dora la había cortado días atrás, con meticulosa precisión, del jardín del vecino en la temprana madrugada, cuando unas gotas de rocío embellecieron más su aterciopelado ropaje.

Desde el baúl de los recuerdos, se acordó de aquel medio día, cuando iba hacia el colegio “Nuestra Señora del Rosario”. Los varones se cruzaban con ellas en esa esquina, precisamente, cuando salían de su colegio. Ellas los miraban desde lejos, y los admiraban, porque eran los del último grado de la escuela primaria. Pantalones cortos a la altura de las rodillas, tiradores negros, camisas blancas que se cerraban con un moño azul, zoquetes blancos y zapatos negros abotinados; en los hombros, indefectiblemente, todos llevaban el saco azul de botones dorados.

Uno de los muchachos, como impulsado por una extraña inercia se acercó a Dorita, de guardapolvo blanco con tablas firmemente almidonadas y moño. Le entregó una rosa roja. Seguramente, robada del primoroso jardín de las monjas y le espetó: “Si no te casas conmigo, me hago cura”. Ella admiró la audacia por sobre la timidez de sus manos temblorosas, las gotitas de sudor en la frente, apenas cubiertas por los rizos rubios y, aunque la ocasión daba, no la miró con ojos huidizos, la cubrió con una mirada que la captó sólo a ella y a nadie más, hasta hacer desaparecer todo lo que había a su alrededor. Hasta sus compañeras se alejaron un poco, en corro y ahogaron sus ¡oh! de admiración, al unísono, tapándose la boca y el rubor cómplice. Dorita tomó la flor…

Nunca antes había percibido esa misma sensación, tan indescriptible, que la hizo avergonzar en secreto. Fue tal la turbación, que no pudo emitir sonido alguno. De todas maneras, aunque hubiese murmurado algo, Jorgito ya estaba corriendo hacia la otra esquina y lo había perdido de vista.

Mira nuevamente la rosa, y otro pétalo descolorido cae sobre el mantel. Había puesto esa rosa roja en el jarrón, días atrás, cuando comenzaba a correr el rumor, como se prende una vela en el altar. La rosa estaba ahí, sola… Vivir esperando la muerte. Morir esperando la nada… como ella.

Otra vez atisba la pantalla, con la sola compañía de su gato peludo, que ronronea a sus pies, se enrosca impúdicamente en la canasta de ovillos y las agujas de media carpeta tejida al crochet. Una emoción intensa la hace estremecer. La serena belleza de Dora se impone por sobre los pliegues de sus mejillas sonrosadas. Una mujer que, aunque pasaran los años, no puede ocultar a la joven hermosa que había sido.

Otra vez, mirando hacia un punto del ventanal, ve a un picaflor aleteando, como su corazón, que liba el agua azucarada. Reconoció aquella mirada. A pesar de estar amortajada de frío, en su interior sintió el calor que la envolvía: la escena en el portal del colegio, y sonrió. Ni siquiera su prometido le prodigó una mirada así, cuando le propuso matrimonio, ni cuando hace más de 30 años, ella dio el sí ante el altar. Otros muchachos tampoco, en los escarceos de su juventud, habían sido tan convincentes…

No lo vio más a Jorgito. Nunca más, porque se mudaron a otro barrio, a otros jardines, a otros horizontes. Años después nació su único hijo, que ahora vive en otro país, y su nieta, que no conoce. Cuando quedó viuda, despidió a su esposo con una rosa blanca. Está sola, como esperando la muerte, como esperando la nada.

Recordando, el corazón galopó y dio saltos intermitentes, como un caballo desbocado. Cuando lo vio llegar a la carrera, rojos los cachetes, sudorosa la frente y las manos calientes, cuando apenas la rozó para entregarle la rosa. 

Los ojos de la anciana, un tanto miopes ya, otra vez escudriñan la pantalla. Todavía están en los prolegómenos. Ahora piensa. Siempre me he mecido para mantenerme a la otra orilla de mi realidad, donde las decisiones fueron tomadas por otros, como cuando descansas en la playa y las olas te lamen tímidamente los pies, mojándote, sin sumergirte, sin lanzarte del todo, y el viento te ha arrastrado hacia la nada, que hoy siento.

Sola, invariablemente sola, esperando la muerte, como morir cada día, esperando la nada.

Otra vez el monitor la distrae de sus cavilaciones y ve.

-¡Habemus papam! –anuncian desde el Vaticano. Y lo reconoce. Era Jorge, más calmo en esa mirada abarcadora, más reflexivo en las sienes y en su calva, más paciente en el gesto, aquel Jorgito que la había perturbado tanto, también ahora la conmueve. Él decidió brindar todo ese amor, porque de nada sirva guardarlo para sí, sin prodigarlo.

-Recen por mí – dice y ella reza con el fervor dibujado en su semblante.

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2 respuestas a Una rosa sola (Lilián Costamagna)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Lilián, me ha encantado tu relato y me ha hecho pasar un rato muy agradable. Un saludo. Amaya

  2. manolivf dijo:

    Me ha gustado tu relato, Lilian, al igual que la forma de narrar. Un saludo.

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