Tinieblas (Salvador Pageo Vázquez)

-“Avanzaban por el ocaso de una rutinaria celebración de sentimientos.

Se percibía en el aire un sinsabor de sensaciones, e iban caminando con la duda de haber podido entretenerse un poco más, de sustraer la atención de las divagaciones y resolver de una manera más enérgica la situación a la que los había conducido la falta de comunicación, la terquedad en los planteamientos, la mirada sin respuesta, el sentido que no confía, la sonrisa que no brilla.                    

Su paso por el camino, aunque firme y tenso, denotaba un desánimo que hacía vislumbrar un estado susceptible a la alteración de las verdaderas emociones que sentían recíprocamente. Las expresiones mostraban un cierto reproche, desinterés, desgana y también indiferencia. Obligados por la cercanía, la unión a la que estaban sometidos, alojaba sin ningún tipo de duda una distancia difícil, o por lo menos reticente para intentar suprimirla.

El enojo era manifiesto. La intranquilidad se mantenía, aún cuando el transcurso de los acontecimientos la disipaba débilmente. Según disminuía la tensión en que estaban sumidos, se hacía mas patente la moderación de los gestos.

La reflexión se hizo hueco entre las olas de la turbulencia y otros parámetros de los que hasta ese momento no se pusieron sobre el tapete, entraron en escena con sutileza y elegancia, que hábilmente iban borrando la nube de tristeza que ambos habían aumentado.       Noche clara, iluminada por la luna grande y redonda, acompañada por la belleza de incontables estrellas de una fresca y vecina madrugada donde la contemplación invitaba a una pausa, que no fue aprovechada por los contendientes de criterio respecto a una situación banal, intrascendente y sin embargo transformada en notable discrepancia por diferentes puntos de vista, ante una reacción en una circunstancia determinada.                                                                                                                                                                               El sol escondido tras la montaña esperaba impaciente el asalto diurno de los colores.           

Se rozaban sin querer, o queriendo; pero no se encontraban satisfechos con los acontecimientos que habían sucedido, en ningún momento reflejaban alegría debido a la confusión que albergaba el interior de ambos, exteriorizada con un leve resquemor hacia el otro. La exigua luz de la senda por la que entregaban sus pensamientos al desconcierto que los tenía inmersos en una hipótesis desconcertante, daba un aspecto lúgubre al sombrío reflejo de los juicios que estaban circulando por  las vías de la comunicación.

Unas farolas isabelinas acogían con agrado el acompañamiento al que se veían obligadas por la irrupción pacífica y testimonial que ejercía la pareja en la intersección entre el camino que dejaban atrás con la avenida y calle principal, que hacía de unión a los cercanos núcleos urbanos de la comarca.                                                                                          

Rodeados por las sombras, que hábilmente se desplazaban sin inquietar la placidez del silencio, se apercibieron al instante de los deseos reales que se interpretan en los corazones heridos, victimas ingenuas del desenfreno provocador de los sentidos, insensibles, crueles, libres de responsabilidad en el momento de efectuar un acto, otorgando el sufrimiento de las consecuencias a la conciencia y poniendo en valor al amor.

En la penumbra se percibía cualquier variación en el razonamiento, descubriéndose la intensa necesidad de la presencia de una caricia. Plasmar con el tacto un deseo, moldear con la mirada comprensión y resarcir al corazón de los agravios con una sugestiva idea encaminada a borrar las suspicacias. Meditando de forma eficaz un acto dirigido a un pensamiento tenaz y definitorio, para  insinuar la reconciliación.

El deseo de una, era la ambición del otro.

La satisfacción de uno, era la pretensión de la otra.

Un abrazo querido, que redujera la lejanía manifiesta de los sentidos, que habían estado subordinados al imperio de la confusión y a la falsedad de la desconfianza. Se interponía el recelo, deambulando inquieto ante la posible expectativa de un gesto escondido y conciliador de cualquiera de ellos, afectado por la incertidumbre de la situación, de la que cada vez más, avanzaba a pasos agigantados.

Preciosa arboleda majestuosa que resaltaban unos troncos hercúleos, para soportar la gran cantidad de ramificaciones que sustentaban a unas hojas siempre dispuestas para cualquier aviso del viento e interpretar la partitura dispuesta en cada movimiento; dando cobijo a una multitud de pequeños pájaros dormidos que únicamente despertarían con el allegro del sol . La brisa acompasaba una melodía sutil, nada perturbadora de la quietud en la que se encontraba el follaje. Brotaba un resquicio de alentadora moderación, surcando los recovecos y laberintos que formaba la hojarasca entre el espacio que dejaban las raíces en su crecimiento, e intentando alcanzar el paraje donde se mezclan los colores, la savia, la intención, la fantasía y la quimera, para engendrar los sueños.

Sueños despedazados por las garras de la incomprensión, descompuestos por la intolerancia, desordenados por el equívoco de la actitud y escondidos por la mano de la apatía.

Se oía el suspiro de las flores. El acompasado aliento de los pétalos embargando las emociones caprichosas y contradictorias que deambulaban sin consentimiento de la lógica establecida por la pasión. Aroma embriagador de los lamentos, que las rosas se encargaban de arrastrar hasta donde vuelan las suspicacias, malentendidos y demás congéneres de la desidia. En la bóveda de los afectos quebrantados reposaban también unas lágrimas que surcaron la delicada piel de la dama, abrumada por tanta incoherencia y desfachatez.

El agua se desparramaba con arrogancia al verse recompensada con la gratitud de la tierra y todos sus pobladores; brincando desde la indiferencia de la cañería, achacosa y coloreada por la herrumbre en su vejez. Esperando a los primeros destellos de luz estaba el rocío, desplazándose lentamente, tan sinuoso en su movimiento que el aire no advertía su presencia.

Aun con los ánimos relajados, el discernimiento se mostraba esquivo, haciéndose rogar para conceder la absolución. Todavía deseaba recrearse en la maraña de las conjeturas, dándole ocasión a la cobardía de regodearse en el fango de la torpeza, cabalgando a galope, contrarrestando la fuerza del raciocinio.

Una tímida sonrisa era disimulada en el rostro masculino, escondiendo una intención de conformidad con la postura hasta el momento mostrada por la fémina. Había una predisposición hacia el reconocimiento de la pasividad mostrada, autora de la tormentosa inquina que dio lugar el estruendo farragoso de las voluntades, esclavizadas por la locura transitoria, que manifiesta su inutilidad al hacerse cargo de tan inapropiada responsabilidad.

Al atravesar el ajardinado paseo, una fuente de dos caños ofrecía el agua que manaba turbando el místico sosiego del cambio de poderes que iba a crear la entrada de la alborada, apoyándose lentamente sobre las torres y murallas que coronaban la explanada.

Se detectaba una insinuación a la parada en la vera de la fuente, estableciéndose un cruce de miradas, habilitando la primera conexión de entendimiento, que de por sí misma, no era suficiente todavía para la manifestación de la palabra, afligida por la congoja del ingenio, humillado y vilipendiado por tan insensata demostración de recursos. Sin embargo, el letargo en que se veía postrada la voluntad se hallaba inquieto, impidiendo a ésta un reposo absoluto.

Acercándose a los caños de la fuente, y tras beber agua, refrescando los labios y la garganta para estimularlos hasta el momento en que actuara la voz, la chica se dirigió hacia el conjunto de bancos, todos ellos solitarios y deseosos de ser el elegido, proporcionando asiento, reposo, serenidad y cobijo por efecto de las grandes ramas que en forma de techo sobresalían de los troncos que circundaban el castillo. Tras ella siguieron los pasos del hombre, que sopesando teorías, aún no se atrevía a poner en práctica alguna de ellas, dejándolo todo al devenir de postreros acontecimientos.

El entorno idílico del paraje resurgía de entre el crepúsculo, que poco a poco irradiaba lucidez en los propósitos de ambos. Meditando cómo afrontar el arreglo del menosprecio causado, tratando de dejar claro que fue sin la mínima intención de que pasara lo que sucedió, el chico se aproximó hasta tocar con el cuerpo al de la joven. Ésta sintió el contacto como un inicio esperanzador, mas su enfado siguió siendo evidente, por lo que mostró todavía alguna reticencia a la apertura de un acercamiento sentimental, dejando la iniciativa a su pareja, que fue quien alentó la discordia.

La claridad iba borrando la noche al igual que el escepticismo afrontaba el paso hacia la expectativa de una favorable comunicación, auspiciada por la proximidad. La frialdad del alba penetró en los cuerpos impulsándolos a juntarse y aguardando la acción del primer pronunciamiento que él estaba a punto de realizar. Apoyando el brazo sobre el hombro de ella, la atrajo hacia sí notando la relajación de los músculos que se entregaron solícitos a su voluntad. Carmen entendió la circunstancia, inclinando la cabeza sobre el pecho de Juan, sintiendo los latidos del corazón de éste, que estimulando la conciencia le pidió perdón y le ofreció todo su cariño.

Ya se asomó el día rozando las crestas de las grandes arboledas, que al contacto de la luz se encumbraron de alegría. Los ojos volvieron a mirarse encantados, colmados de colores. Se cruzaron las sonrisas alegres por volver a jugar. Los gestos se hicieron tiernos desterrando la tensión y las manos mimaron los cabellos pretendiendo no turbarles. Sin encontrar motivos para pronunciar una sola palabra, el silencio aconsejó sellar los labios con un beso sincero y prolongado para olvidar la desavenencia, guardada en el cajón de las discrepancias.-” 

Conoce más sobre el autor en http://spvz.wordpress.com/
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