Aurea Mediocritas (Pedro Cabo Meana)

Tengo que comprarme un radiador. Uno de esos eléctricos. O una estufa catalítica; aunque maldita la gana que tengo de subir bombonas a un cuarto sin ascensor. Y estos capullos de la comunidad no acaban de ponerse de acuerdo de si poner el dichoso ascensor o reformar la fachada, que también toca. Al final ni una cosa ni otra, ya verás. ¡Si casi acabamos a palos la vez que decidimos unificar el diseño de las placas de los buzones! Y luego vamos de vecinos modelo. Y ellas, peor que ellos; con sus preguntas inquisitivas y sus miradas de lástima. “Te he traído un postre, Sebastián… Para endulzarte el día. Por cierto, ¿qué tal te has tomado que ella se largara? Eso tiene que doler, ¿no? Pero no te preocupes, Sebastián, que todo se pasa en esta vida. Dios no cierra un jodida puerta sin abrir otra igual o peor. Anda, toma un poco de este puñetero bizcocho a ver si te atragantas y dejas de sufrir…”

He empezado a escribir un diario. Me lo ha pedido mi psicólogo. Dice que cuando escribes te fuerzas a buscar en los recovecos de tu mente y a veces descubres que sabes más cosas de las que creías. “¿Y sobre qué escribo?”, pregunté. “Sobre lo que quieras”, contestó. “Sobre tu vida, sobre cómo querrías que fuera, sobre las cosas que te agobian o te hacen feliz… La hoja en blanco es tu patio de recreo: úsala como quieras”. Ya ves tú qué narices me interesan a mí las hojas en blanco y los patios de recreo. Pero te lo dice con esa cara de ratón de biblioteca tras las gafas de pasta, repantigándose orgulloso en su sillón de cuero blanco y jugando con el bolígrafo entre los dedos, y te creerías cualquier cosa que te dijese. Al menos no ha dicho que tenga un problema sexual… Me salta con eso y le clavo el bolígrafo en el corazón.

Ya casi no me acuerdo de ti. Pensé que no iba a llegar este momento, pero al final resulta que tenías razón. Y ocurrió así, de una hora para otra. Estaba escuchando la tele y mirando un libro, y en las noticias dijeron algo de una tal Alicia nosecuántos. Entonces el rubor me subió a la cara, como cuando te pillan en una mentira. Recordé que Alicia era tu nombre, pero ya no había nada tras él: sólo un eco incómodo. Hace unos meses, sólo pensar en ese nombre me traía a la mente un montón de imágenes y sentimientos. Pero ya no. El nombre propio, curiosamente, se había transformado en un nombre común. Lo pronuncié en voz alta en la salita, varias veces. “Alicia”. “Aliiiicia”. “Aaaaalicia”. Bautista me miraba con las orejas en punta y la cabeza ladeada preguntándose, seguramente, porqué le había tocado en gracia un dueño tan imbécil. Para ser gato, tiene poses de matón de discoteca bastante marcadas. Yo, mientras, seguía con mi declinación personal, cambiando el tono y el volumen, y cerraba los ojos tratando de recordar sentimientos. Pero no conseguía ver nada; no sentía nada. Tú ya no estabas. Noté el nudo aprisionando mi garganta. “Esto debe ser lo del olvido y toda esa mierda sobre la que canta Sabina”, pensé. Me pareció una putada olvidar.

He descubierto que las mañanas pasan más rápido últimamente. Eso o que yo me he vuelto más torpe. Todo parece que se mueva a una velocidad vertiginosa a mi alrededor: la gente, los coches, las palabras… Estoy tomándome el cafecito y cuando me doy cuenta ¡zas!: ya es la hora de comer. Yo intento ir a su ritmo. Me despierto lleno de posibilidades y me digo “hoy no te me escapas…” Pero poco a poco noto el cansancio en mis huesos. La gente que me rodea parece alejarse por momentos; sus conversaciones se convierten en murmullos que apenas entiendo; el paisaje de mi ciudad se convierte en una combinación abstracta de colores aleatorios. Y camino notando ese desfase en el tiempo, disimulando, intentando no desentonar. Silbo distraídamente y echo de menos alguien a mi lado a quien sujetarme, y me siento como un barco que perdió las amarras. Sonrío, a duras penas, mientras el mundo me va pareciendo un lugar cada vez más grande, cada vez más extraño, y cada vez más salvaje. Y recuerdo aquella canción de los Smiths que tanto nos gustaba: “por favor, por favor… Déjame conseguir lo que quiero esta vez”.

Pero esas tardes… Oh, Dios, lo que daría por librarme de esas tardes. Son largas y tediosas. Ásperas al primer tacto. Hasta que te envuelven, y entonces te das cuenta que por dentro son viscosas, como telarañas tejidas de momentos superficiales. Incómodos trámites que hay que pasar hasta que llegue el ansiado momento en que la oscuridad lo envuelva todo.

Me planto ante la cama dudando en qué lado me acostaré esta noche. La miro desafiante, tan sola, tan dispuesta, tan llena de posibilidades que nunca se realizarán, y pienso que quizás acostándome en tu lado pueda librarme de esta sensación de dependencia. “¡Mira que lo hago!”, pienso. Aprieto los puños y la mandíbula. Cierro los ojos y vuelvo a forzarme a recordar. Pienso en tu nombre, remarcando cada sílaba, notando cómo la lengua se mueve dentro de mi boca acariciando con suavidad obscena el paladar. Quiero que venga el dolor. Quiero que venga de golpe y me redima. ¿Tendrá algún significado todo esto, no? Y pienso que es una putada olvidar y pienso que es una putada mayor no poder olvidar. Y, como todas las noches, me acuesto en mi lado de siempre. Dócil, derrotado. Un ovillo que no abulta más que Bautista que ronronea a mi lado con su particular pose de perdonavidas. No hay hojas en blanco suficientes para describir esto. No hay patios de recreo lo bastante grandes. Porque sigo prefiriendo esta sensación de absurda dependencia que me mantiene vivo que acabar con ella y no saber quién soy ni qué será de mí. Y las sábanas están heladas, como bisturís capaces de partirme por la mitad. Y sé que un radiador o una catalítica o lo que sea que me compre no servirá de nada. Las sábanas no me dan frío: yo se lo paso a ellas. Yo soy el iceberg. Soy el aire acondicionado del mundo. Mi piel está tan helada que podría congelar los infiernos; mi vida, tan vacía que ya no ocupa lugar. Soy sólo ese aliento blanco entre las arrugas de las sábanas, apenas perceptible. Apenas… Te fuiste tan deprisa que te llevaste mi vida en tu estela y aún no me he dado cuenta.

Antes de dormirme, justo cuando mis párpados se rinden a la gravedad y los monstruos de mi conciencia rompen sus cadenas, anoto en mi particular patio de recreo, con la peor de las caligrafías imaginables, que amo olvidarte porque es lo único que me queda de ti.

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12 respuestas a Aurea Mediocritas (Pedro Cabo Meana)

  1. Me ha gustado mucho. Perfectamente descrito el estado de ánimo del personaje.
    Un saludo,

  2. David Rubio dijo:

    Enhorabuena Pedro, has escrito un relatazo. El personaje está curradísimo, lo has estudiado a fondo y se nota no solo el trabajo que hay detrás si no que te empapaste de tu personaje para dotar a tu historia de esa fuerza. Imagino que te costó “quitártelo de encima” cuando pusiste el punto final. Repito, enhorabuena

  3. Manger dijo:

    Buen relato. Mis saludos, Pedro.

  4. Peter dijo:

    Muchas gracias a los tres.
    Un abrazo.

  5. xerbeth dijo:

    Muchas gracias a los tres por vuestros comentarios.
    Un abrazo.
    Pedro.

  6. Mar dijo:

    Si se me llega a pasar leer este relato, no me lo hubiese perdonado. Muy buen relato, Pedro.
    Tiene muchas frases buenas, esta me gusta mucho: “La hoja en blanco es tu patio de recreo: úsala como quieras”

  7. tusitala dijo:

    Muchísimas gracias Manger, David y Alicia por vuestros comentarios.
    Se agradecen de verdad.
    Un abrazo.

  8. Ángela dijo:

    Y tardé en olvidarte 19 días y 500 noches… Bravo, me ha encantado, muy bien escrito y tienes frases muy logradas. Buen trabajo.

    • tusitala dijo:

      Gracias, Ángela, por tu comentario y tu tiempo.
      Ciertamente, esa canción le va muy bien al texto. Deberían inventar los relatos con música…
      Un abrazo.

  9. Ángela dijo:

    Felicidades, te comunico que algunos puntos míos te llevaste, me encantó tu relato.

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