Burbujas para el cielo (Milyvall)

El brazo le temblaba mientras sujetaba la botella llena del líquido “mágico” de  burbujas. Era demasiado pesada para sus, aún,  pequeñas manos. Pero tenía, como fuese, que rellenar el recipiente para seguir enviando sus deseos hacia el cielo.

-¿Qué haces?

Una vocecita, alegre y dulce le hizo dar un respingo y derramar un poco de su preciado líquido, esto le enfureció y contestó de mala manera.

-¿Y a ti qué te importa?

La niña, como si no le hubiera oído, lanzó una nueva pregunta.

-¿Cómo te llamas?,  yo me llamo Irene y tengo siete años, estoy aquí de vacaciones, ¿y tú?

-¿Y yo…qué?

-Pues eso, que . . .   – dudó un momento antes de seguir hablando, para así conseguir sacarle de su enfado – que si quieres jugar conmigo?.

-No puedo, ¿no ves que estoy ocupado?

-¿Te ayudo?

A Sergio se le empezaba a agotar la paciencia, no pudo evitar pensar que era una niña muy pesada, entonces se le ocurrió  que tal vez era una buena estrategia decirle que sí, que jugaría con ella y así se la quitaría de encima rápido.

-Vale, juguemos, pero solo un rato.

-¿Por qué?,¿ tienes prisa?

-¿Tú solo sabes hacer preguntas?,

-Bueno, me gusta saberlo todo y por eso te pregunto.

-Pues. . . –el chico, mostrándose receloso al contestar, como era costumbre en él, por fin dijo- tengo ocho años,  me llamo Sergio, y nací en este pueblo, donde vivo. Y ahora vamos a jugar. Ven que te voy a enseñar un sitio que nadie conoce.

Salieron corriendo a lo largo de la Playa, no sin antes asegurarse Irene de que su cometa quedaba bien atada a una piedra. Sergio, que era muy observador, hizo lo propio con sus pertenencias sujetando la botella del líquido mágico con la arena húmeda que ese lugar le ofrecía.

Después de unos cuantos minutos de correr hasta llegar a unas grandes rocas que se encontraban al final de la playa, Sergio se subió a una de ellas y animó a Irene para que le siguiera. Ella, que no cejaba en el empeño, a pesar de resbalarse de vez en cuando, mostró su coraje llegando hasta lo más alto, donde se encontraba su amigo porque así lo consideraba ya, su amigo.

-¿Y ahora tendremos que bajar hasta allí? – preguntó Irene, con cara de susto, al ver que era un pequeño acantilado.

-No, dame la mano

Sergio hizo un medio giro y agarrándose a la roca dio un pequeño salto arrastrando con él a Irene y encontrándose de repente delante de lo que parecía ser una gran cueva, donde al introducirte todo parecía oscurecerse, a no ser porque dando unos pasos hacia el interior, en el techo había un hueco que dejaba entrar la luz y que directamente iluminaba una gran charca llena de pececillos que parecían estar alegremente jugando los unos con los otros, como si esperaran un feliz acontecimiento.

-No podemos estar mucho tiempo, la marea subirá y entonces todo esto quedará cubierto por el mar – comentó Sergio con toda la seguridad que le dada el ser conocedor del lugar donde vivía.

A Irene le cambió la cara, es como si de pronto sintiera que les hubiera invadido un gran oleaje.

-Es un sitio muy bonito, pero me parece que debemos irnos, antes de que venga el mar. Qué pena, porque me gustaría estar más tiempo con los peces para hacerles compañía – Irene, casi sin terminar de pronunciar estas palabras puso sus pies rápidamente en marcha.

-No importa, mañana si quieres volveremos otra vez.

Mientras hacían de nuevo, frente a la lucha de las subidas y bajadas de las rocas, ambos observaron que se había levantado un gran temporal de viento, la gorra de Sergio salió volando por detrás de la niña, hasta perderse entre el oleaje que el mar estaba presentando.

Entonces, y como no podía ser de otra forma, surgió nuevamente una pregunta de Irene.

-Sergio, ¿y cómo es que están esos peces pequeñitos sin sus papás?, ¿no les da miedo?

-Bueno, los peces grandes han ido a buscar comida y ahora cuando llegue el mar hasta la gran charca volverán a reunirse, ellos no tienen miedo porque están seguros de que regresan a buscarles, eso me contaba mi papá.

A Sergio se le quebró la voz y sus ojos humedecidos por las lágrimas se clavaron en el cielo, pero logró que Irene no se lo notara porque la mayor preocupación de ella en esos momentos era los pececillos.

– ¿Y con las olas ninguno se pierde?, o tal vez se confundan de papas… ¿no? .

-No se pierden porque sus vidas están en el mar. Dime, ¿tus padres no sabrían que eres su hija entre miles de niños?.  Y ahora calla, mira qué viento hace, vamos corriendo hasta donde están nuestras cosas.

-Tengo una idea – dijo Irene al mismo tiempo que extendía sus, todavía, cortos brazos y que la fuerza del viento casi los arrastra hacia atrás – Corramos con los brazos abiertos y con todas nuestras fuerzas, será igual que si voláramos, ¿quieres?.

Sergio se para en seco, la mira fijamente y con una amplia sonrisa le dice:

-Vale, seamos como gaviotas volando por la playa – entonces pensó << me gusta, es simpática y divertida, tal vez pueda compartir mi secreto con ella>>.

Cuando llegaron al lugar donde se conocieron a Sergio pareció que le hubieran dado la peor de las noticias por lo que su cara reflejaba. Su mirada se clavó en el lugar donde había dejado la botella, no estaba.

-Y ahora, ¿qué hago yo? –  susurraron sus labios mientras giraba sobre sí mismo devorando con sus ojos los metros de playa que le rodeaban.

A lo lejos y en dirección opuesta al lugar de la cueva, le pareció divisar algo echó a correr con todas sus fuerzas, sentía como si se le fuera a salir el corazón  pero no, no era la botella con el liquido mágico ni tan siquiera el colador pequeño que su abuela le había regalado y al que él le había quitado la malla para así hacer grandes burbujas para el cielo con ese líquido mágico que sólo su madre sabía prepararle, tan solo era el pequeño cubo donde iba poniendo su líquido.

Cayó de rodillas y no pudo evitar echarse a llorar desconsoladamente, esa botella era muy especial, no había otra igual, se la había hecho su padre para él cuando aún no tenía cinco años poco antes de que se fuera definitivamente de viaje.

-¿Qué te ocurre Sergio?, ¿estás bien? – la voz de Irene apenas se oía debilitada por la carrera que acaba de realizar al encuentro de su amigo – dime Sergio, ¿puedo ayudarte?. No te preocupes por la botella pues yo mañana te regalo una.

El niño, sumido en su dolor, levantó la cabeza y mirándola a los ojos le dijo:

-No será lo mismo, no hay ninguna botella como esa, tenía mi nombre, me la hizo mi padre.

– ¿Y qué problema hay?  te hará otra, seguro.

– No puede ser Irene, mi padre se fue de viaje al cielo para siempre hace casi tres años, ya nunca me podrá hacer otra botella para guardar el líquido mágico que mamá me hace y así yo le envío todos los días burbujas de deseos para el cielo.

La niña no salía de su asombro, se quedó sin palabras; sólo sabía mirarle con unos ojos grandes y llenos de vida y que a través de su mirada quería entregarle la mayor de las ternuras para aliviar el dolor de su amigo. Se acercó a él, le cogió de la mano y le dio un beso en la mejilla.

-Si quieres te doy mi cometa, así también podrás enviarle deseos; toma, cógela y muévela con el viento, deja que baile y envíe todos los deseos que quieras para tu papá.

Secándose las lágrimas y con una mirada llena de agradecimiento y cariño, el niño  le devolvió el beso en la mejilla.

-Gracias Irene, nunca lo olvidaré -. Los ojos de Sergio se llenaron de un profundo amor hacia esa niña que casi acababa de conocer.

Hoy casi treinta años después, Sergio está sentado en aquella playa que tan buenos recuerdos le trae, pensativo y elevando la mirada de vez en cuando al cielo, dando gracias por todo lo alcanzado en su vida, porque sus deseos se fueron cumpliendo.

 A diferencia de aquel día, hoy el sol juega a sumergir sus rayos en el mar. Una hermosa mujer se sienta a su lado él la sonríe mientras ella acaricia sus sienes plateadas, se miran y en sus ojos solo se lee la palabra amor y cuando sus labios comienzan a acariciarse unas voces a lo lejos les reclaman: << mamá, papá mirad lo que hemos encontrado>>. – Lo que antes era solo un murmullo se convierte en casi una escandalera y una competición dialéctica entre las dos niñas pues ambas querían ser las que habían descubierto el tesoro.

-¿Dónde lo habéis encontrado?; esto es de papá de cuando era pequeño. Mira Irene cariño, mi botella con mi nombre y el colador… está todo oxidado, ¡Es increíble! .

A Sergio le fue imposible controlar la emoción y unas lágrimas resbalaron por sus mejillas, sus hijas le abrazaron.

-No llores papá no se lo hemos quitado a nadie, estaba allí detrás, lejos – dijo Nerea, que con sus solo cuatro años casi no encontraba como consolar a su padre y sentía como que tuviera culpa de las lagrimas que este derramaba.

-Papá, si quieres lo dejamos donde estaba, no te pongas triste – Lara, que ya mostraba más serenidad en sus acciones ya que al ser la mayor esto le había hecho desarrollar más su sentido de la responsabilidad y que como ella decía “es que ya tengo siete años”, abrazó fuertemente a su padre.

Irene emocionada se dirigió hacia su marido y se fundieron en un abrazo donde casi no hicieron falta las palabras pues ella sabía lo importante que era para él que sus hijas hubieran encontrado aquella botella llena de amor.

Sergio le cogió la cara entre sus manos y solamente le dijo: <<Gracias por regalarme tu cometa, todos mis deseos llegaron hasta el cielo como si hubieran sido las burbujas de amor que siempre enviaba>>.

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20 respuestas a Burbujas para el cielo (Milyvall)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Un relato muy tierno. Se lee bien y con un final muy agradable.

  2. Milyvall dijo:

    Gracias Ana por tus palabras de aliento.

  3. SERGIO dijo:

    Guaauu! me a encantado leerme en esta historia jajaj y en buena compañia encima;) es una historia original y agradable de leer Mily, estas hecha un hada literaria;) un abrazoo!

  4. Irene Seminario dijo:

    Me agrada ser la protagonista de este relato tan bonito.

  5. भाइ dijo:

    Se entiende la idea, se vive la emoción y llega al corazón. Pero creo que te falta técnica; apréndela, trabájala, y puedes ser una gran escritora. SUERTE.

  6. Mar dijo:

    Hay tantos relatos que leer, que voy poco a poco, y SORPRESÓN, Milyvall ha vuelto a esciribir, me alegro un montón. Es muy, muy tierno este relato de amor. Me ha gustado mucho. BESAZOS y a seguir escribiendo, buena terapia para tiempos revueltos.

    • Milyvall dijo:

      Gracias Mar, yo el tuyo hace mucho que lo leí y lo comente, antes de decirme a enviar el mío. Buena terapia, desde luego. GRACIAS

  7. David Rubio dijo:

    Jo, Mlywall, te prometo que se me humedecieron los ojitos. Muy buen relato

  8. Milyvall dijo:

    Gracias David, es alentador tu comentario.

  9. Manger dijo:

    Estupendo y tierno relato, Milyvall; aunque se intuye casi enseguida cuál va a ser su final, la forma tan delicada en que lo escribes alienta a disfrutarlo hasta comprobar lo que ya se piensa. Mis saludos.

    • Milyvall dijo:

      Efectivamente se sabe desde el principio cual va a ser el final, pero en este caso concreto no me importaba eso sino transmitir como, a veces, se puede extender el amor en el tiempo. Gracias Manger por tus palabras y tu tiempo.

  10. amaiapdm dijo:

    Milyvall. muchas gracias por escribir y hacerme pasar un rato tan agradable y dulce, un saludo. Amaya

  11. Nazareth Montero dijo:

    Milyvall, me ha gustado mucho tu relato. Se empatiza rápidamente con el protagonista. Enhorabuena.

  12. Ángela dijo:

    ohhhh que bonitoooo.

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