El Eco de la Esquizofrenia (Albertocinco)

Brenda Cabrales, cómodamente reclinada sobre su silla favorita, lee por última vez en su vida un párrafo de una novela que la mantiene interesada por concluir, parafrasea emocionada cada palabra del texto, que dice: “… El día muestra en preludio su momento crepuscular. La negrura del horizonte sin fin se confunde entre mar y cielo. Se observa un suave reflejo proyectado por una luna en su plenilunio que traviesa y coqueta, pretende esconderse detrás de cordones de nubes. En la ribera, unas olas como barahúndas llegan y se van, retroceden para coger impulso y volver tercamente en su intento de poseer la arena, cual celosas, como un cachorro travieso, saltan y juguetean con fuerza, que con su blanca espuma, intentan seducir a su amante lesbia, su eterna compañera, llevándose hacia su cuerpo, con furia, cada grano para conquistar todo su amor y su deseo de arrebatarle al hombre su posesión terrenal. Andrea permaneció sin pronunciar palabra. Juan Manuel con su mirada de enamorado, fija y penetrante…” Y en ese instante fué interrumpida en su lectura por la presencia de Rodrigo Peralta, quien luego, en segundos extrae de un maletín de cuero negro un revólver. Una bala le arrebató la vida a Brenda Cabrales.

Entretanto, en una bonita playa se celebra un matrimonio cristiano, es algo paradisiaco, la orilla ataviada con esplendorosas luces multicolores y festones que ondean al capricho de la brisa, una brisa que refresca y alivia del intenso calor. Están de fiesta. Uno de los invitados es Bernate, prestante capitán de policía judicial por sus éxitos, que son los de su detective estrella Bonsanto, en contra del hampa. La voz del pastor se percibe en sus letanías apacible para los asistentes y uno que otro curioso, los demás, en su mayoría turistas y pescadores, unos retirándose cansados después de un día de bronceo y sol, otros inadvertidos en sus distracciones de pesca. Los focos luminosos de cámaras y teléfonos celulares semejan coleópteros radiando su luz azulada, permitían resaltar la belleza azabache de una esbelta mujer y la alegría de su consorte. Un automóvil clásico, color negro, estaciona a un costado de la calzada, de el desciende Eusebio Montenegro, un anciano de lento caminar, su cabeza inclinada hacia adelante, vestido de blanco, mocasines y medias blancos, una elegante cachucha blanca, lleva en su mano derecha un largo bastón que le ayuda en su trasegar por la arena, se dirige hacia el evento. Próximo a los invitados, permanece lelo, con su mirada investigadora como buscando a alguien. Su semblante evidencia una seña de preocupación, su respiración entrecortada, con su desequilibrado caminar, se acerca silenciosamente al capitán Bernate, levanta su gorra y recorre por su frente un pañuelo, también blanco, para desvanecer el sudor que le invade su rostro.

 -Capitán Bernate… capitán… al fin lo localizo… Brenda… Brenda está muerta -dice con voz débil y vacilante -necesito que hablemos ya. ¡Es urgente!

 -Doctor Montenegro, esta usted pálido, ¿qué ocurre?, ¿Cómo? ¡Brenda muerta! ¡Cálmese!, esa excitación le perjudica. ¡No puede ser!… ¿Cómo ocurrió?… Si ella estaba bien. ¿Qué pasó? Descanse aquí… ya estoy con usted.

Brenda Cabrales, era una profesional de las leyes, que nunca ejerció, descendiente de una prestante estirpe, heredera de una fortuna considerable. Físicamente no era agraciada, no obstante su piel tersa y su cara bien formada con su cabello recortado, un flequillo color naranja sobre la frente que realzaban sus cejas y adornaban sus ojos como dos luceros, pero se percibía desdibujada por su nariz aguileña, no escapándose en sus años juveniles con el apelativo de “La Brujita”. Huérfana, sus padres murieron en un accidente de aviación y cuando cumplió dieciocho años heredó su fortuna. Alegre y graciosa, amante de los libros y la música, deportista, especialmente de las actividades náuticas, buena navegante. Vivía con sus abuelos maternos, el conocido Ingeniero doctor Eusebio Montenegro y la señora Concepción Fontanilla, en una amplia residencia, alejada de la zona urbanística de una pequeña ciudad costera, de dos plantas, con un ancho portón de entrada y dos redondas columnas a cada lado, dándole un aspecto de templo romano, con escalinatas de entrada hacia la cella, antes que el pórtico y dos columnas en piedra que soportan un dintel. En el primer piso, un amplio vestíbulo, un salón donde se ubica una sala, un comedor y una cocina abierta. El segundo piso de amplios ventanales, en un costado está ubicada la habitación de la pareja senil, en el centro, la alcoba de Brenda y al lado opuesto el estudio, frente a una ventana abierta de par en par, está el punto predilecto de la nieta, donde satisfacía su afición por la lectura. En un flanco de la edificación una piscina de recreación. Rodean la estancia, árboles frondosos y prados, con una yerba bien tratada y mantenida y un muro de mediana altura con una puerta de verja que da acceso a los amplios jardines, un carreteable vehicular, que termina en rotonda frente a la mansión, enclavada en el centro de predio. En la parte exterior del muro se levantan frondosos almendros.

Bernate, sentado frente a su escritorio y bajo la mirada inquietante de Montenegro, hace un gesto de resignación, toma su móvil y marca un número. Se evidencia un calor sofocante, las calles se avistan semivacías. Y en un cuarto, con una luz tenue que expide una antigua pantalla, un ventilador de pie expulsa una pequeña corriente de aire que modera el bochorno. Un teléfono negro repica incesantemente sobre una mesilla, de pronto, una mano toma el auricular, cuyo dueño muestra una mueca de agravio al momento de responder.

  -Bonsanto, lo necesito ya aquí. – replicó la voz al otro lado del auricular.

 -¡Qué! ¡Cómo! ¡Estoy en mi noche de licencia! Estoy con Katia, entrepiernado. ¡No me haga eso! ¡Eche, no joda!

 -Te la tiras y vienes. ¡Te espero ya!

 Bonsanto, un individuo de unos cincuenta y cinco años, de mediana estatura y hombros anchos, con pinta de arzobispo, una calva que forma la tonsura, boca y dientes grandes que muestra de vez en cuando y una nariz como máscara de carnaval, con una protuberancia similar a una redonda y roja ciruela. Visita en sus días de tregua a Katia, una morena muy agradable y de carácter fuerte, de posaderas grandes y armoniosas, que son delirio del detective, a quien ella ama hace algún tiempo, conformándose con las visitas esporádicas del policía.

 

 -Bonsanto, da un último chupón a su tabaco cubano “Guantanamera” que pretende alargar hasta quemarse los dedos, con una pierna levantada, descansa su pie derecho sobre un butaco, la mano en la quijada, escucha impasible cada palabra del doctor Montenegro. Frunce el ceño, con ansias de rumiar lo que escucha.

 -Yo estaba en la alcoba y Brenda en la biblioteca, -comentó el abuelo, más sosegado, -después de almorzar y descansar, nos entregamos a la lectura, costumbre que tenemos desde tiempo atrás; somos devoradores de libros. -Despacio y como tragando saliva, prosiguió- de pronto sentí un disparo proveniente de la biblioteca y salí presuroso hacia allá. Encontré a Rodrigo con un revolver en la mano y a Brenda con la cabeza inclinada hacia un lado y sobre su regazo el libro que estaba leyendo, -un lloriqueo brotó de sus maltrechos ojos antes de proseguir,- la observé. Estaba muerta. -Su lamento se pronunció con más fuerza. -Rodrigo me juró que no había disparado… pero yo no le creo… siempre demostró su interés por ella, sin encontrar respuesta… además… tiene fama de ser violento y de mal carácter. Yo estoy seguro que él es el asesino, -expresó ya calmado, limpiándose con un pañuelo las lágrimas que brotaban de sus pupilas.

 -Doctor Montenegro… ¿Quien es Rodrigo?

 -Es el chofer de toda la vida de Guillermo Federico Schelling, bastante cercano, especialmente con Concepción, mi esposa y con mi nieta, -haciendo una pausa. -Guillermo Federico Schelling, un eterno pretendiente de Brenda, aunque ella no manifestaba ningún interés, porque le gustaba su independencia. Es de origen alemán y quien le conduce todos los negocios, es un maestro, tiene mucha experiencia financiera; prestante empresario, tiene una oficina de turismo, una lujosa embarcación y camionetas vinculadas a los mejores hoteles de la ciudad. Es allegado a nosotros desde hace años y tanto Concepción como yo le tenemos mucho aprecio y confianza… Yo diría, -haciendo énfasis, -que es perfecto, sin tacha y era nuestro deseo que hubiesen formalizado algo con Brenda.

 -Doctor Montenegro, -tras expedir un hálito de humo hacia los aires, -usted mencionó que Rodrigo es un sujeto violento y de mal carácter y por otro lado, que no había encontrado respuesta de su nieta. ¿De qué se trata?

 -Sí… así es. Vive enamorado, lo ha demostrado a los ojos de todos. Es muy atento y servicial y en cierta forma se hace querer. Es muy sociable, con buena conversación, además maneja la guitarra con maestría y es un buen surtfista, que cuando toma una ola, recorre toda la cresta parado sobre su tabla hasta el final, entonces, Brenda, cuando Rodrigo salìa del mar, lo abrazaba efusivamente para felicitarlo, esto, ¿creo yo?… Ha valido para que ella le tomara mucho aprecio y tal vez equivocadamente Rodrigo haya asumido las cosas en otro sentido. No sé… tal vez al no ser correspondido, -titubeando, afirmó -él actúo en forma resentida.

 -Es posible… es posible… doctor. ¿Y no hay nadie más que haya tenido relación con su nieta?

 -Tiene un medio hermano… Misael. El desapareció muy joven, al lado de su madre… una antigua servidora nuestra, es hijo de mi yerno… que en paz descanse… padre de Brenda. La acosaba dada su belleza… la engañó con falsas promesas. Cuando se supo su condición de embarazo, fué alejada de todo contacto –atragantándose las palabras. –Misael siempre vio a su media hermana con malos ojos… porque nunca fue favorecido por su padre que lo ignoró… dejándolo en completo abandono… sin brindarle ningún apoyo ni reconocimiento. Todos en esta ciudad conocen la historia al dedillo.

 -Y usted, doctor, ¿qué opina? ¿Misael tiene alguna relación con Rodrigo? ¿Cree que pudo desquitarse haciendo matar a su nieta ofreciendo una buena suma de dinero? Digo… no sé… por venganza. –una vez de depositar sobre el cenicero una minúscula colilla de su cigarro.

 -Pienso más en Rodrigo. El otro hace muchos años que desapareció de la ciudad. Nadie volvió a saber de ellos, por tanto no creo… sin embargo detective…

 -Doctor, vaya usted y no permita que nadie toque nada donde ocurrieron los hechos, menos el cadáver de su nieta, nosotros vamos detrás para no despertar sospecha si el asesino anda por ahí cerca.

 -Espero que usted encuentre al culpable y que no sea ese miserable porque… ¡lo mato! -Habló el viejo con rabia.

 -Usted sabe… señor… es cierto… algunos se desquician y actúan de mala forma al no encontrar respuesta a sus pretensiones… cuente con eso doctor Montenegro, el capitán Bernate nunca nos ha fallado.

 -Y especialmente si usted está con él, detective, -luego de escurrir su cuerpo por debajo de la portezuela que da entrada al recinto de los policiales.

- Doctor Montenegro… su cachucha.

 -¡Ah… mi cachucha!

Y desapareció, acomodándose su “bonete” blanco, que lucia con elegancia, su cabeza gacha, con su caminado lento y calculado y su refinado bastón en su mano derecha.

El Comisario Bernate y el detective Bonsanto, aún no repuestos de la sorpresiva noticia sobre la muerte de la nieta del conocido Ingeniero, y aún mas Bernate, que ha disfrutado de invitaciones, de momentos de alegría y esparcimiento en el hogar de los Montenegro, tomaron su coche policial y se dirigieron por una pequeña carretera quebradiza y salpicada de curvas hacia la casona de los hechos. El camino bastante tortuoso y desolado los conducía en forma lenta en medio de selváticos arboles, que a pesar de los focos del auto, tenían momentos de poca visibilidad. Al rato, percibieron esplendores de luz que provenían de la morada, lo cual les facilitó su llegada, por cuanto a manera de ye, se desprendía una pequeña vía que da acceso hacia otra finca. Una vez frente a la vivienda, hicieron sonar la bocina y un anciano salió presuroso para abrir el portal, seguido en forma lenta por el doctor Montenegro.

 -Capitán Bernate, -manifestó nervioso, trabando las palabras, -Guillermo Federico y Rodrigo salieron presurosos con el cuerpo de mi nieta hacia un hospital.

 -¡Ah, que contrariedad! De todas formas, demos una mirada donde estaba su nieta, -exclamó Bonsanto, asintiendo con la mirada hacia Bernate.

 -Seguramente, -prosiguió el capitán, -la preocupación y el deseo de salvarla, aunque ya estuviera muerta… trataron de hacer algo. -Hablaba mientras se dirigían hacia las habitaciones del interior.

Entraron a la biblioteca, contemplaron cuidadosamente cada rincón, la habitación estaba ordenada, no hallaron ninguna señal de algo anormal, ni había indicios de pelea. Solo una cómoda silla, frente a una gran ventana abierta, donde supuestamente estaría Brenda y un libro caído sobre un tapete; en todo había manchas de sangre. Un revolver encima de un maletín de cuero negro y dentro una cantidad de dinero. Bonsanto tomó el revólver con un pañuelo de tela, lo observó detenidamente, dándose cuenta que le faltaba una bala, luego lo depositó en una bolsa de plástico. Interrumpieron su labor cuando preguntó:

 -Su esposa, Doctor Montenegro, ¿dónde está?

 -Ella, afortunadamente no se encuentra, está en el exterior con unas amigas de su juego de cartas. Son solo mujeres. Resolvieron realizar un paseo de descanso y seguro se aparecerá con muchas compras. No sé como comunicarle esta tragedia, va a llenar su corazón de mucho dolor, pues era nuestra única nieta. Su alegría la llenaba de mucha vida. Era su compañía.

 -Espero tenga mucha fortaleza para sobrellevar ese dolor, -dijo el detective a manera de pésame. -¿Y… alguien más?

 -La cocinera… ella sale en las horas de la tarde luego de atender el almuerzo y dejar todo en su puesto. Nando, el viejo que usted vio, el que abrió la reja de entrada, que hace las veces de jardinero, atiende algunas labores domesticas y de mandadero. Y el chofer, Ezequiel, un señor que nos acompaña desde hace bastantes años, es formal, con una familia hermosa. No podría sospechar de ninguno de ellos… Creo que nunca habrán tenido en sus manos ni siquiera un alfiler.

 -¿Quiénes duermen aquí?

 -Únicamente Nando.

 -Es preciso interrogarlo, -habló el capitán Bernate dirigiendo su mirada al doctor Montenegro.

Bernate y Bonsanto repasaron con cautela su escudriñar por toda la biblioteca. No hubo nada más que les distrajera la atención en la habitación. Se acercaron al ventanal que permanecía abierto y dieron una ojeada hacia los alrededores. Nada extraño. Algo que iba a comentar con el capitán Bernate fué interrumpido por la llegada del doctor Montenegro y su mucamo, quien mostraba un nerviosismo acentuado. Inmediatamente dijo:

 -Yo no sé nada, no escuché nada. Yo estaba en la habitación que queda en el primer piso, al fondo de la casa.

 -Tranquilo señor… ¿Cómo es su nombre? –Dijo Bernate.

 -Hernando, patrón, Hernando Velilla.

 -A ver, Hernando, –replicó Bonsanto. -¿Entonces, usted no escuchó nada?

 -No patrón… No, -con la mirada en el doctor Montenegro.

 -¿Qué estaba haciendo?

 -Estaba organizando una ropa que había sacado de la secadora para acomodarla luego en el armario. No sé si fué en ese momento, antes de apagarla, que sucedió todo. Por el ruido no escuché nada.

 -Y antes… ¿no percibió algo sospechoso?… ¿alguna persona extraña?

 -No, solamente abrí la puerta a Goyo que entró como una tromba y subió directo a las habitaciones del segundo piso.

 -¿Goyo? –Habló Bonsanto.

 -Rodrigo. -Dijo Montenegro

 -Y usted y Rodrigo ¿son buenos amigos… o qué? ¿Le comentó alguna vez sobre su gusto por la nieta del patrón?

 -Bueno… con Goyo… -Sonrojado manifestó. – ¡Eh, perdón! Con Rodrigo… algunos le decimos Goyo… bueno, somos compañeros… algunas veces la señorita lo invitaba a almorzar, especialmente cuando venían del mar, de una de esas competencias en las que participa, después nos quedamos conversando algo… ¡Ah! Me acuerdo. Alguna vez manifestó sobre su inclinación hacia la nieta de mi patrón y tal vez dijo que sentía muchos celos cuando alguien habla con ella, y más cuando se muestra cariñosa, especialmente con el señor Guillermo Federico… ¡Si!… si me acuerdo… Fueron palabras suyas… que sino era para él, no era para nadie… no sé si lo dijo por chanza… por hablar… no sé detective, no quiero meterme en líos.

 -Bueno viejito, -dijo Bonsanto, -puede irse a descansar, pero no me deje estos calzoncillos que ya están secos y le pueden hacer falta al patrón.

Muy de mañana, en un nuevo día, el capitán Bernate levantó su mirada al observar que Bonsanto entraba a su despacho, quien se cruzó en la portezuela con Guillermo Federico, que salía abstraído después de hablar con el capitán, sin levantar la mirada e ignorando lo que le rodeaba.

 -Rodrigo Peralta está en la comisaría. Está detenido, -se apresuró a decir.-Este señor Guillermo Federico estuvo aquí, parece bastante preocupado por la suerte de su conductor.

 -Sí, si… creo haberlo visto en la puerta de la comisaría… muy retraído… lo note nervioso, tanto que no me vio… o no quiso verme. Este crimen… en un pequeño lugar… él y ella solos… bueno creo que todas las pruebas condenan a Peñaranda… es el más firme sospechoso… los demás han sido descartados… todos presentan una actuación honesta y clara. Los he investigado muy al detalle. Pero este Rodrigo… este Goyo… todo lo condena.

 -Bonsanto, completa tu trabajo. Espero, como siempre, que tú aciertes, -exclamó Bernate.

La habitación donde interrogan a los presuntos sospechosos, es una pieza semioscura, con una mesa en el centro, sobre ella una lámpara que enfoca la cara del acusado, un par de butacas bajitas, color marrón; en el techo, un abanico dando vueltas con un sonido chillón, tratando de reducir el ambiente cálido. Rodrigo se encuentra deprimido y pensativo, levantó la mirada y observó una figura dibujada en el umbral de la puerta. Era Bonsanto, su interrogador.

 -Vamos muchacho, ¿Estás nervioso? Solo tienes que decirnos la verdad, -dijo el detective entrando y sentándose frente al detenido.

Refleja una palidez extrema, sus manos entrelazadas dejan ver su nerviosismo, su frente empapada de sudor. Miró al investigador sin musitar palabra.

 -¿No quieres cantar? -Balbució tomando de uno de sus bolsillos su famoso habano que prendió hábilmente desde su encendedor, luego de exhalar sobre la cara de Rodrigo una bocanada de humo. -Es tu problema muchacho, sino hablas se te irá hondo, -mientras mascullía y sacaba de la cartuchera su pistola colocándola sobre la mesa. –Tómala, -dijo. -¡Tómala! ¿No quieres? ¿Te molesta algo?

 -Señor, no quiero. Necesito un vaso con agua.

 -¿Por qué no la tomas? ¿Te recuerda algo? Confiesa hijo. ¿Por qué no hablas? Te conviene, amiguito. Eso te favorece si confiesas que tú mataste a esa dama.

- No fui yo. ¡No fui! ¡No fui yo, señor! Lo puedo jurar. ¡No fui yo!

 -¿Se te disparó el arma sin querer? Recuerda que tus huellas están muy marcadas. ¡Confiésalo! ¿Tenías algo contra ella por no atender tus requerimientos? ¿Te hizo algo? ¿Querías vengarte? ¿Querías asustarla? ¡Habla!… ¡Habla!

 -No fui yo señor. No quiero tomar esa arma. No quiero señor. No me pueden culpar de algo que no cometí. Señor… necesito un poco de agua.

 -¿Alguien te envió? No te conviene encubrir a nadie. Tú eres el perjudicado, -nuevamente succiona su tabaco, para expulsar, como siempre lo hace, un soplo de humo sobre la cara de Rodrigo. -Bueno, en el juicio te las veras frente al juez. Piénsalo muchacho, volveremos a hablar. -Aspiró su puro, que desea mantener hasta quemarse los dedos.

 -Alguien disparó, pero no fui yo… en el preciso momento que yo sacaba el revólver… pero yo no fui. -Atinó a decir.

 -Las pruebas te condenan… te aconsejo… búscate un buen abogado.

Levantándose y con un ademan al estilo militar desapareció a través del hueco de la puerta, no sin antes recoger su pistola, mostrándola con furia cerca de la cara del interrogado antes de guardarla.

 -Ya te traen un poco de agua.

Guillermo Federico Schelling descendió de su Ford Mustang, rojo caramelo, un poco antes de llegar al puente que permite el acceso hacia su domicilio, camina taciturno, con pasos irregulares sobre el viaducto. Ya no hay una luna en su plenilunio, traviesa y coqueta, ya no se esconde detrás de cordones de nubes. Ya la playa no está ataviada con esplendorosas luces multicolores y festones que ondean al capricho de la brisa. Ya no hay fiesta. De pronto, como una estatua, miró hacia el rio en su recorrido, el agua, arrastra despojos de la naturaleza, baja fuerte por el lecho, estrellándose contra las piedras de donde brotan espumas como deliciosos merengues. Su pensamiento se remonta al hecho que lo mantiene intranquilo, no permitiéndole conciliar el sueño. Ha tenido noches enteras en vela, despertándose con sobresaltos. No acepta en su cerebro que su fiel conductor, haya pretendido suicidarse por haber sido encontrado culpable en la muerte de Brenda. Ahora espera una larga condena de años. Se encuentra grave, sin muchas esperanzas, en la sala de cuidados intensivos de un hospital. No oculta el recuerdo del cuerpo inmóvil de Rodrigo, lleno de cables y con respiración artificial. Se estremeció hasta casi perder el equilibrio. Seguía abatido por su pensamiento. Cada paso de gota de líquido que el río conduce por su cauce le retumba en su cerebro. Le invadió un trastorno mental, experimenta una alteración en la percepción de la realidad. De pronto le asaltó el deseo de superar la baranda del puente y votarse a la corriente de agua que observa desde la cima. Sentía como una disfunción cerebral. Con el cuerpo lavado en sudor, retrocede para recoger sus pasos y casi que involuntariamente, después de un largo caminar como un autómata y una desorganización psíquica, atraviesa puertas sin atender a nadie y se encuentra frente a una figura. Es la oficina policial del detective Bonsanto.

 -Señor Schelling… ¿Que lo trae por acá? Aún no tengo ninguna noticia nueva sobre Rodrigo. ¿Qué le pasa? ¿Se siente bien Señor Schelling? ¡Señor Schelling!…

 -Quiero confesar la verdad, detective. -Le interrumpió. -Quiero que me escuche. ¡Yo maté a Brenda! ¡A Brenda Cabrales! ¡No fué Rodrigo! ¡Fui yo! Yo utilicé a Rodrigo como carnada. ¡Si yo la maté! Yo le puse una trampa a Rodrigo para que lo inculparan. ¡Pero fui yo quien mató a Brenda!

 En realidad Guillermo Federico Schelling, apasionado por el juego, quiso mantener en reserva su inclinación para no maltratar su imagen, especialmente ante los Montenegro. Apodado “Bonne Chance” (Buena Suerte) por un retirado legionario francés, administrador del casino que frecuenta, asesinó a Brenda trepado en un almendro ubicado frente al estudio, con un rifle de mira telescópica, adaptado especialmente para usar cartuchos de revolver, porque ella sospechaba sobre un desfalco considerable, que él para satisfacer su placer como apostador, agotaba gradualmente. Su buena suerte dejo de funcionar y se vino en desgracia, perdió buenas cantidades de dinero. Cometió un error y entró en juego el azar. Brenda, con su tono de coquetería, le expresó su deseo de querer realizar un tour por varios países, llegó cualquier día a la Agencia de Viajes y no encontró a su amigo enamorado. Se sentó en su escritorio para esperarlo, de repente llegó el legionario francés a cobrarle una buena suma de dinero que había perdido en la ruleta. Desde ese momento ella comenzó a sospechar y siguiendo los pasos de sus actuaciones se dio cuenta de su pésima situación y que Guillermo Federico estaba tomando dinero de sus cuentas. Esto puso en sobresalto al mortal que optó por esa solución, hacer desaparecer a Brenda, era ella o de lo contrario sería su catástrofe.

 Antes de radicarse en la pequeña ciudad costera, fué un oficial destacado del ejército, con varias medallas por sus servicios y entrenado como francotirador, disciplina de la cual posteriormente fué instructor. Dejó intencionalmente en la biblioteca de Brenda su maletín de color negro y dentro de él, su revólver, extrayendo previamente una de sus balas y debajo, un fajo de billetes. Ordenó a Rodrigo a que trajera la plata, no sin antes argumentar un olvido, pero que el revólver lo dejara en su puesto, el cual estaba colocado en tal forma, que obligaba, para extraer el dinero, tomarlo de la cacha y dejar las huellas impresas. El tiempo utilizado por Rodrigo en esa misión y la posición de Brenda en su sitio de lectura estaba fríamente estudiado y calculado, para que Guillermo Federico cumpliera con su propósito.

 -¡Quéee! ¡Qué usted quéee… señor Schelling! ¿Está seguro de lo que me dice? ¿Está usted en sus cabales? -Manifestó con una expresión de asombro. Trató de colocar en su boca un tabaco que mantenía en su mano, sin conseguirlo. Y repetía.

 -¿Está usted bien de la cabeza, Señor Schelling? ¿Está usted bien de la cabeza? ¿No me está tomando del pelo? ¡Señor Schelling! Si esto que confiesa usted, señor… ¡Es verdad! ¡Por ¡Dios! ¡Qué fracaso el mío! ¡Es el crimen perfecto! ¡Qué suerte, maldita sea!

 -Si, en el casino me dicen “Bonne Chance”.

 -¿Bonne Chance?… ¿Eso es… de… suerte? –dijo estrujando su tabaco cubano “Guantanamera” contra su escritorio que se partió en mil pedazos.

 -¡Sí!… ¡De suerte! –Replicó Schelling.

 

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El Eco de la Esquizofrenia (Albertocinco)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Alberto, me ha gustado mucho tu relato. Un saludo. Amaya

  2. Albertocinco dijo:

    Gracias por tu generoso comentario

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s