La insoportable toxicidad del amor (Nelaache)

Sólo a ti, querida amiga, te lo puedo contar  ya que sólo contigo soy capaz de desnudar el corazón y poner de manifiesto todas las ideas, absurdas o no, sentimientos más recónditos… y un sinfín de conceptos que tal vez te permitan entender por qué estoy consintiendo esta situación.

Se me ha reprochado mi actitud y remachado vehementemente lo corrosiva que esta vivencia está siendo para mí. Sin embargo, no sé qué extraño influjo, qué poderoso hechizo, qué conjuros maliciosos o, mejor qué extraña adicción genera el amor en el ser humano hasta el límite de la ceguera. El amor es el único sentimiento capaz de provocarnos nuestra propia laceración. Sólo este sentimiento conduce a la locura más absoluta y nos obliga a actuar en contra de nuestros principios y de nuestras creencias. Aquello que pregonábamos como inadmisible e intolerable en otros se convierte, en nuestro caso, en papel mojado.

Ya sabes de qué manera llegó esta brisa suave al otoño de mi vida. Una sola mirada la tarde en que nos conocimos, y la química se había desatado. Desde entonces, supe que alguna cosa iba a suceder más adelante. Nunca me ha gustado ser agorera pero de repente parecía que todos los elementos se habían conjurado para allanarnos el camino en el que nuestras vidas iban a confluir. Aún recuerdo la noche en que se atrevió a besarme, y de qué modo sorpresivo recibieron mis labios ese beso inesperado. Yo que pensaba que nada tenía que hacer, que iba a tener tan mala suerte como las veces anteriores, que el amor no es fácil porque difícil es dar con la persona adecuada capaz de experimentar por uno los mismos sentimientos que te hacen estremecer.

Al principio fui con mucho tiento. Me daba miedo confundir los sentimientos, no estaba segura de que las cosas fueran a ir bien, pero él con su carácter bondadoso y su personal amabilidad iba a cambiar, poco a poco, el curso de los acontecimientos y a redirigir esa confusión de impresiones que me atenazaba. Ya sabes cómo es porque lo has visto aunque sólo haya sido una vez: tiene una sonrisa que convierte su rostro en la inocente cara de un niño, porque cuando sonríe todo en él parece transformarse. Posee una envidiable manera de iluminarse que hace que se le cierren casi los ojos dulcificando su expresión.

¿Recuerdas cuántas incertidumbres me amedrentaban por aquel entonces? Trataba de encontrar respuestas a lo que me parecía un rechazo inicial. No acababa de sentir atracción física por él, y sin embargo, me obnubilaba su inteligencia. Y tú siempre me decías: “Cuando se quiere a una persona se quiere por lo que es y no por cómo es” y yo escuchaba atentamente tus palabras y las hacía mías hasta que, sin darme cuenta, mientras los días pasaban y él me arrullaba con sus mimos, fui sucumbiendo hasta quedar totalmente atrapada. Fue una rendición en toda regla. Cuando quise percatarme ya no había escapatoria posible: respiraba por él, me levantaba por él, sólo pensaba en él. Agradecía a la vida aquel regalo que pensaba que ya nunca más iba recibir y todo me parecía maravilloso. Así de falso y engañoso es el amor que llega a anular nuestra voluntad y a generar, a partir del momento de su desencadenamiento, un lazo invisible de dependencia que nos anuda a quien creemos perfecto y exento de matices negativos.

Cuando ese momento llega estamos vendidos. La otra persona se convierte en el enclave que da sentido a todo. Hipotecamos nuestra felicidad a su existencia y pensamos que sin ella, ya no seremos felices. Somos incapaces de entender que la felicidad o el sufrimiento no dependen del otro, sino de nosotros mismos. Pero el amor es así de tirano y egoísta. Se erige como el único hacedor de felicidad arrebatando ese don a nuestra propia libertad de elegir.

En mi caso, bien lo sabes, y mientras la relación fluyó propiciamente, me sentí más fuerte y reafirmada. Cada día tenía un sentido explícito: la dicha que me aguardaba a la vuelta de la esquina, el momento exacto en el que nuestras presencias se encontraban. Las horas transcurrían  como en una barca que se desliza suavemente por la corriente, aunque… ¡ay, del peligro que encierran esas aguas aparentemente tranquilas!

Nada me hizo sospechar que la felicidad que yo sentía no fuera compartida por él, o al menos no fuera entendida igual. Pensaba que él quería exactamente lo mismo que yo y que el azar nos había situado intencionadamente a dos solitarios en el mismo camino para que lo recorriéramos juntos una vez decididos.

Mas a medida que mi seguridad en él se solidificaba, la suya no parecía guiarse por los mismos recovecos. El suave río de la tranquilidad que yo pensaba que nos servía de lecho, había comenzado a enturbiarse y, si bien yo seguía en las nubes creyendo que aquel amor todavía joven iniciaba una larga trayectoria, su pensamiento comenzó a zigzaguear por otros derroteros. Probablemente yo había estado equivocada desde el principio y, en realidad, nunca habíamos navegado en la misma corriente fluvial del bienestar que yo pensaba. O tal vez, yo había errado los sentimientos.

 El amor, entendido en su fase infantil como “enamoramiento”, es decir, explosión exacerbada de la pasión que aleja nuestros pies del suelo, nos convierte en errados impenitentes capaces de otorgar a las cosas las significaciones más alejadas de la realidad. Cometemos errores precisamente por una interpretación distorsionada de los hechos, acomodada a nuestro enturbiado modo de ver.

Pensamos que por querer de una determinada manera –generalmente pasional y desbordada- la otra persona tiene que querernos igual. ¡Craso error! Nuestros deseos no siempre tienen en el otro la misma repercusión. Probablemente no nos quieran, o sencillamente nos quieran de una manera distinta a como deseamos.

Al principio su actitud no fue especialmente expresiva del cambio de parecer que comenzó a operarse en él, pero con el transcurso del tiempo hubo una ligera transformación que lentamente se convertiría en una verdadera humillación hacia mi persona y que se tradujo en desprecios, miradas esquivas, y una rotunda y tiránica indiferencia.

A partir del momento en que él valoró que yo me había “enamorado demasiado” y eso podía complicarle la vida, empezaron los desplantes. Ya no había tiempo para una llamada, el trabajo lo absorbía demasiado, hacíamos planes que luego se incumplían, visitas inesperadas que le impedían estar conmigo, no había caricias ni manos que se entrelazaban… excusas de mal pagador. Y todos estos desaires me herían profundamente y los sufría considerando que serían pasajeros. Pensaba que sólo se trataba de problemas de acoplamiento propios de la inseguridad que genera una relación que todavía no acaba de despuntar.

Llegué incluso a dirigir esos mensajes subliminales despiadadamente contra mí atribuyéndome el carácter de suspicaz y acaparadora, excusándole y endosando al trabajo la causa de todos aquellos males a los que traté de restar importancia.

Pero en el fondo sabía que algún día todo aquello revelaría una verdad que yo trataba a toda costa de ignorar. Y efectivamente, ese día llegó. Se comportó con la frialdad con la que últimamente lo manejaba todo creyéndose constantemente el dueño de la situación, creencia en la que no andaba desencaminado, pues siempre ha terminado haciendo conmigo lo que ha querido.

Ese aciago día cortó el tenue hilo con el que mi vida estaba cosida a la suya acusándome de haber destruido las ilusiones de nuestra relación tomándome las cosas de una manera que difería radicalmente del planteamiento que él se había hecho. Ignoro si quiso decirme que me había visto casada, cosa totalmente incierta pues mi meta y mis ilusiones sólo se centraban en estar con él sin importarme ningún objetivo concreto. Mi relación con él revivía ilusiones dormidas, daba un sentido nuevo a mi vida, pero nada más. Una futura boda jamás había pasado por mi pensamiento ni constituía en absoluto una finalidad que cumplir. Es más, la sola idea me horrorizaba, acostumbrada como estoy a ser un espíritu libre que sale y entra, y hace y deshace como le viene en gana.

Bloqueada como quedé en aquel momento apenas pude replicarle lo equivocado que estaba. Eso se lo escupí a bocajarro semanas más tarde, cuando tuvimos ocasión de volver a las andadas, porque aunque él había pretendido romper con todo, el travieso duendecillo de la atracción siguió jugueteando a nuestro alrededor, brindando ocasiones que, a la más mínima, se aprovechaban. Y en eso éramos culpables los dos.

Enganchada a él como estaba, traté de quemar todos los cartuchos posibles a mi alcance, entregándome abiertamente y vendiendo, poco a poco y sin darme cuenta, la poca dignidad que me quedaba. No hay imagen más lamentable que un ser humano lamiendo el suelo por el que pisa su amante Cuando quise despertar de aquella pesadilla -sus menosprecios por aquel entonces ya eran de libro-, caí en la cuenta de que me había convertido en un juguete roto en sus manos. Y la evidencia que yo siempre había querido negar me golpeó con cruenta dureza.

¡Si supieras cuántas veces me repetí entre lágrimas que él no era así, que no podía ser así, que toda aquella pesadilla tenía que tener una explicación!

Después de esforzarme hasta el hartazgo por encontrar una razón de ser a aquel cambio radical en su actitud tuve que aceptar humildemente que no me quería, que lo único que estaba en su ánimo era desahogar sus necesidades básicas tocando de vez en cuando un cuerpo caliente siempre que la ocasión fuera elegida por él, naturalmente.

El dolor que aquella certeza me produjo es de tal intensidad que no sabría describírtelo con palabras. Hay que sentirlo para saber de qué estoy hablando.

Sé que después de esta confesión -en la que te prometo que nada ha quedado en el tintero- me preguntarás que por qué sigo con él consintiendo tan ofensiva vejación, por qué le permito que me trate así y hasta qué punto seré capaz de aguantarle semejante e intolerable ignominia.

¿Qué te puedo decir? Sólo pensarlo me indigna y, sin embargo, no puedo evitarlo.

El amor en sí es un misterio que no sabemos descifrar. ¡Se instala en nuestra mente generando una adicción de la que es tan complicado desembarazarse…! No quiero que me utilice, me enojo contra mí misma por permitirlo y libero constantemente una batalla interior en la que mi corazón y mi cabeza se enzarzan como fieras hasta dejarme extenuada, y lo peor de todo es que siempre gana el corazón. No soporto la idea de cortar cualquier filamento invisible que me una a él, por débil e insignificante que sea.

Me reprocharás el no escuchar a la razón para variar, y debo responderte que no puedo. Es algo superior a mí. Si lo hiciera él desaparecería de mi vida para siempre y esto me resultaría doloroso en extremo. Convertiría mi existencia en un desierto vacío y árido sin espacio alguno para la esperanza o la felicidad.

Sé que –por ilógica- no es de recibo esta explicación. Es como el borracho que quiere desembarazarse de su alcoholismo pero no puede concebir la vida sin la botella.

¿Quién lo iba a decir, verdad? Yo, relegada a la categoría de una vulgar ramera. No por necesidad, sino por incapacidad absoluta de desanudarme de mi propia ruina rompiendo definitivamente con esta estafa.

Sé que estoy destrozando mi vida, pero prefiero mil veces ser un juguete roto en sus manos que vivir una existencia sin él. Y eso supone pagar un precio: el de tener que pasar por todo lo que él quiera. Sólo así aseguro su presencia en mi vida. Rebelarse contra ello es condenarme a mí misma a la soledad y al vacío.

¿Qué quieres que te diga, querida amiga? Sé que él hace conmigo lo que quiere, que con él no soy más que un despojo, pero ante eso sólo puedo encogerme de hombros y decirte que el amor es tóxico y hasta corrosivo muchas veces, nos somete a las pruebas más duras, nos convierte en grotescas caricaturas, nos rebaja a la más mugrienta indignidad hasta sentir asco de nosotros mismos. Pero no hay explicación posible a estas rendiciones personales ni a esta renuncia al respeto propio.

Cuando el enamoramiento por otro nos domina, el herido amor propio se convierte en un ser diminuto y ridículo que vocifera como un niño porque se le ha lastimado pero del que todos se ríen ante el espectáculo chocarrero de su rabieta.

Cuando, en momentos de lucidez, he intentado indagar en un punzante ejercicio de introspección propia, dando rienda suelta al llanto amargo, buscando una contestación satisfactoria a estas cuestiones, no he conseguido dar con una respuesta racional. No hay explicaciones procedentes para el lado cruel y desagradecido de este sentimiento anulatorio de la propia individualidad. La única que se me ocurre, y que tacharás por poco convincente, es que el amor es así…

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4 respuestas a La insoportable toxicidad del amor (Nelaache)

  1. Esta bien escrito, el tema y el personaje resultan verdaderamente patéticos. Personalmente me siento incapacitada para entender esa forma de “amor”. Saludos

  2. manolivf dijo:

    Las dependencias no son racionales y este relato no es de amor.Demasiadas explicaciones para un autoconvencimiento o resignación de la protagonista. Romper el hábito o el cerco de la costumbre no es planteable por el personaje, estancado en una relación “tóxica” como bien dices y que no obstante, le engancha. Es un relato del que quizá cambiaría un poco el tono (muy lastimero) y quizá me centrase más en lo que la protagonista obtiene a cambio de estar en tal situación (pues aunque parezca ilógico tidas las depencias reafirman alguna creencia inferior). Un saludo, Nelaache.

  3. manolivf dijo:

    Perdón por las erratas. Quise decir que: todas las dependencias reafirman alguna creencia interior -aunque sea a nivel subconsciente- de la persona que las sufre.

  4. Nelaache dijo:

    Comparto vuestra opinión en cuanto a lo cuestionable de que estemos en presencia del amor, ya que más bien, se trata de una relación de dependencia. Desgraciadamente, pienso que hay mucha gente atrapada en este tipo de relaciones de la que muchas veces no resulta fácil escapar. El relato es ciertamente de tono lastimero, pero pienso que es el que tenía que dar a la historia, pues quien se engancha en estas historias tormentosas tratará por todos los medios justificar su decisión de permanecer en ella a pesar de que se le intente hacer ver lo equivocado que está. Quien está atrapado en una relación adictiva se resistirá a escuchar lo que no quiere oír. Una nota positiva es que con voluntad siempre cabe la escapatoria. Saludos

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