La quimera cerebral de Casimiro (Albertocinco)

Una vez que Casimiro se levantó de la butaca, sus piernas temblaban y sus manos se enredaban al tomar de su bolsillo el dinero para pagar los servicios de la guapa mujer. Su ansiedad, no le permitía siquiera despedirse, ausentándose tan asustado como si lo persiguiera un fantasma. Después de traspasar el portal, en cuyo frente colgaba una tablilla que decía “Corte de Pelo, damas y caballeros”, mientras ajustaba el pórtico a sus espaldas, se sumergía en su eterno pensamiento y con una mueca de desencanto, maldecía su falta de vehemencia para expresar su loca pasión.

Su obstinación persistente, hacia que con frecuencia se encerrara en la inmensidad del silencio de su oscura habitación, con desaliento se tumbaba en su catre para mirar hacia el techo. Llevaba arraigado, como esculpido, lo significativo del amor, pronunciaba entre sollozos entrecortados su reclamo como forma de desahogo, convirtiéndose en un autómata de su sosiego. Casimiro sentía el placentero estado de somnolencia que cada día aumentaba sus emociones y divagaba a través de sus anhelos. Lo invadía la presencia imaginativa de dos seres que se aman, ella y él y reflejaba en su mente, como un marco panorámico, el instante solemne, la presencia de su hembra muy cerca de la ventana, con disposición para recibirlo en sus brazos, donde los claroscuros solares la hacían más bella a sus ojos, y luego, hundido en su pensamiento, como hablando a su alma, comenzaba con una retahíla interior, tantas veces repetida, que semejaba un perpetuo rezo.

–      ¡Qué emotivo instante que me acerca a ti! cuando presurosa, me invitas a tomar asiento en el lugar de tu quehacer, pintoresco y artístico que embellece, no solo mi alma sino mi figura. Escucho la eterna pregunta: ¿Cómo siempre? Y yo quisiera contestarte: ¡Como siempre y para siempre! con ansia de poseerte, estar junto a ti y esculcar con mis manos cada parte de tu escultura, entregarme cual loco al desaforo de mis obscenidades, palpando con mis labios cada célula de tu piel.  

Continuaba con lamentos su letanía:

 –      Me siento habitar en un mundo del más allá y despreciar todo lo que está a mi alcance, mi entorno, para concentrar mi existencia en esa eventualidad. Estoy como en un limbo de satisfacciones para ubicarme en tu recuerdo, cerca a ti, dispuesto para que inicies tu tarea, inclino la cabeza hacia atrás, percibiendo el roce de tus senos cubiertos por el muro indeseable de tus arandelas, siento el contacto de tu feminidad con altivez erguida y transmito a toda mi esencia el palpitar constante de tu corazón; es como un concierto, que mantiene mi atención perenne, durante cada instante de tus meneos que llegan hasta lo más profundo, aumentando la ansiedad de mi pasión, para que tu, diosa mujer, mi hermosa peluquera, me des la oportunidad de ser tu amante.

Convulsionado y a manera de súplica consciente de sus palabras, repetía:

–      Tus brazos rodean mi cuello y casi tus manos acarician mi rostro. ¡Qué placentero instante! Nuestra materialidad agregada, tú majestuosa doncella y yo tu esclavo, sintiendo cada uno los espacios de tu vientre y la dureza de tus muslos. Comienzas tu maniobra acariciándome el cabello y dejas posar tus manos sobre mi cabeza con un ritmo angelical producido por la herramienta de tu trabajo, vas paulatinamente despojando todo lo que sobra, ante la inminente constancia de mi pensamiento para que la acción nunca termine. Tus manos siguen palpándome y mi dorso roza tu sexo. No sé si has comprendido mi mensaje, no sé si has traducido mi mirada al momento de cruzar con la tuya, la intención de tenerte frente para exclamar emocionado todo lo que me gustas.

Y resignado y en pleno lloriqueo, aceptaba su realidad:

–      Ya sé que me contestarías que no estás interesada y fruncirías tu seño con aptitud de desprecio, para depositar en mi la desesperanza por cada movimiento tuyo, indicándome la negatividad para mis intenciones. Un vez que llegas al final de tu labor, con indiferencia inquietante y como un cliente más, extiendes tu mano para recibir el pago.

Casimiro, un pensionado sumiso a sus calamidades, extendidas como un desierto de incertidumbres, con sus botas de cuero hasta las rodillas y su pedazo de chicote encendido, que entre chupón y chupón aviva la lumbre que le permitía ausentarse de todo lo que le rodea, camina sobre las traviesas que sostienen la carrillera del tren, transcurre por los senderos de su imaginación, desarticula cada pensamiento que lo ha envuelto en el placer, después de padecer, en un fugaz momento de esperanzas, la frustración cruel de sus deseos. Su mirada triste y vagabunda, sobre el camino donde descansan los rieles, como ascendiendo por una escalera que va hacia el cielo. Su obstinación: que su cabello crezca para sentir otra vez sus cuerpos unidos; volver con su pensamiento a divagar como una jerga, al ritmo de la cizalla, la tijera de su capricho, exclama para sí, palabras como truenos que retumban en sus sentidos, es la repetición constante de un mantra:

–       Que discurran como andanada las manecillas del reloj, que mi pelo brote como erupción de volcán, que tu juicio inexorable se convierta en una irrealidad para que tus ojos descansen sobre la sublimidad del hombre, yo tu macho, que cese el desasosiego perenne para buscar, una vez más, el placer sensual junto a ti mujer. Hermoso y eterno.

 

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