Un diamante para Alicia (David Rubio)

El tintineo del móvil de viento anunció la entrada de un cliente en la joyería. Tras el mostrador, subido a un taburete, se encontraba el joyero, poniendo orden en una vitrina.

—¡Enseguida estoy con usted!

El cliente, que era un joven trajeado y apuesto, observó el recargado interior de la tienda; la moqueta azul que vestía las paredes apenas se distinguía entre los expositores.

—¡Buenas tardes!, ji, ji, ji… Estaba colocando una nueva pieza. ¿En qué puedo servirle? —preguntó el joyero una vez bajó del taburete.

Al verlo de frente, el joven apenas pudo contener la risa. Su aspecto parecía sacado de cualquier historieta cómica; una bata blanca envolvía un cuerpo pequeño y enclenque; era calvo, excepto por el cabello que se arremolinaba encima de sus orejas; su nariz se apoyaba en un poblado bigote y unas enormes gafas de montura redonda enmarcaban sus diminutos ojos. En el bolsillo de la bata, se acumulaban un bolígrafo, una lente de aumento y una lima.

—Buenas tardes, desearía una joya muy especial.

—Ya veo, ji, ji, ji… ¿y cómo de especial?

—¡Me he prometido en matrimonio y quisiera regalarle a mi futura mujer una joya a la altura,… ¡el dinero no importa!

—¡Oh, el amor!, ji, ji ji… creo que en esta humilde joyería va a encontrar lo que desea, ¿ha pensado en alguna pieza en particular?

—La verdad es que no… ¿Un anillo tal vez?

—No se lo aconsejo ¡Ya tendrá el anillo de boda!, ¿qué tal unos pendientes?, ¿un broche?… Hum, —Dudó un momento y siguió—. No, un broche es de viejos e imagino que su prometida debe ser joven y muy hermosa, ¿me equivoco?

—Es la más hermosa de la ciudad —contestó orgulloso el enamorado.

—Por supuesto, ji, ji, ji… —El joyero empezó a abrir los cajones que tenía debajo del mostrador—. Veamos qué tenemos por aquí.

Ante los sorprendidos ojos del joven sacó su muestrario de aretes, zarcillos, esclavas, gargantillas, pulseras y collares.

—Todas las joyas que me muestra me parecen extraordinarias —apuntó el cliente—. Pero,… yo quiero algo único… como es ella.

—¡Sin duda debe ser maravillosa! Ji, ji, ji —repuso el joyero mientras guardaba las piezas en paños y cajas—. Bien… deme un segundo y creo que podré satisfacerle.

Una vez dejó libre el mostrador, se subió a un taburete para alcanzar la vitrina que ordenaba cuando el cliente llegó.

—¡Diamantes, caballero! —exclamó el joyero mientras descendía del taburete con una pieza en cada mano.

Dispuso con sumo cuidado los dos diamantes sobre el mostrador. Uno era de color azul, tenía la forma romboide de una talla marquesa. Cada una de sus caras reflejaba la triste luz que iluminaba la joyería como si se tratase de un cielo con cien lunas. El otro era de color rojo, se había tallado en forma de rosa. Visto desde arriba se podía distinguir perfectamente la estrella de David en su corona. Su brillo rojo hechizó al joven sumergiéndole en las infinitas formas que la luz dibujaba en su interior.

Sin duda uno de esos diamantes tenía que ser su regalo de boda para su amada.

—Dios mío,… ¡Qué belleza! —profirió el novio ante la complacida cara del joyero—. ¡Qué brillo!,… ¿Son auténticos?

— ¡Por supuesto que son auténticos! —El joyero por primera vez dejó de sonreír, sus ojos parecían estar mirando otro lugar, otro momento—. Si el amor tuviera cuerpo sin duda sería un bello diamante.

— ¡Y qué tamaño!, ¿cuánto pesan?

—Pesan entre treinta y cuarenta quilates —comentó orgulloso.  

—Mi prometida se merece uno de estos diamantes. ¿Cuánto quiere por este rojo?

—Lo lamento son joyas únicas, no están en venta.

—¿Cómo dice?

—Estos diamantes no —objetó el joyero mientras acariciaba dulcemente la lisa superficie del azul—. Estos son míos… para su prometida crearé uno que sea único, solo para ella.

—Entonces, ¿me está diciendo que hará uno para mi amada?

—Así es.

—¡Bien!, quiero uno rojo, con forma de óvalo.

—Lo siento, eso no lo puede decidir usted —repuso—. Mire hacia la vitrina, observará muchos diamantes, todos de distintas formas y colores, verá la talla holandesa, francesa, en forma de esmeralda —continuó—. Cada uno lo concebí y tallé inspirado en lo que cada una de las mujeres, a las que iban destinados, me transmitió.

—¿Pues qué he de hacer?

—Necesitaría saber su nombre, conocer cómo es. Solo así podré tallar un diamante que conserve el amor que ahora siente por ella, para toda la eternidad.

—Claro,… Se llama Alicia y es la persona más dulce que pueda existir, es cariñosa, amable…

— ¿Me podría dejar una foto?

—Sí, tenga—El cliente sacó una foto de carnet que llevaba en la cartera.

—Es hermosa desde luego, ¿habría alguna forma de que pudiera verla en persona?

—Déjeme pensar… ¡Esta noche! Cenaremos en el Restaurante italiano, usted puede sentarse en una mesa y mirarnos.

—¡Eso sería perfecto! Así podré observar cómo se mueve, escuchar su voz, ver cómo le besa.

Pactado el precio y los plazos de entrega, el cliente se marchó. El joyero acarició los diamantes que le había mostrado. Besó el de color azul. Subió al taburete y los volvió a colocar con delicadeza en la vitrina, junto a los demás. Luego se dirigió a la puerta y la cerró con llave. Dio la vuelta al letrero, que colgaba del cristal, dejando visible la palabra “cerrado”.

Tenía una semana para confeccionar el diamante y eso requería una dedicación completa.

En la trastienda se encontraba el taller. Era mucho más grande que la zona de venta. Diseños de las futuras joyas estaban colgados de la pared, clavados con chinchetas. Había muchas estanterías donde, junto a sus herramientas, se encontraban dispuestos multitud de frascos con distintos elementos químicos en su interior.  En el fondo se amontonaban sacos de carbón. Cargó uno y lo vació en un horno situado en el centro de la estancia. Era de grandes dimensiones y lo coronaban una estructura de la colgaban pesadas planchas de acero.

Lo encendió.

Sacó la foto de la prometida de su bolsillo: rubia, de ojos verdes y sonrisa hermosa. La dejó sobre su banco de trabajo y se sentó. Dibujó un rectángulo. Pensó en tallarlo al estilo baguette y, tal vez, con tonos rosas. Tras pasar la tarde garabateando diseños se marchó a su casa para ducharse y vestirse adecuadamente para su cita en el restaurante italiano.

 

A la mañana siguiente, el novio a la joyería. Ansiaba conocer qué le había inspirado su amada al orfebre.

—¡Buenos días! —Le recibió el joyero—. En verdad es usted un caballero afortunado. Es una mujer única… ¡Se merece cada uno de los quilates del diamante!

—Le dije que Alicia es maravillosa. ¿Ya sabe cómo será su diamante?

—A una belleza tan pura como la suya le corresponde, sin duda, una piedra sin color para que el brillo alcance todo su esplendor —sonrió y continuó—. ¡Vaya me ha salido un pareado!, ji, ji, ji.

—¿Pero dígame de qué manera lo va a tallar? —imploró el cliente, pensando le hubiera gustado uno de color rojo.

—Creo que quiere saber demasiado, ji, ji, ji. Todavía no tengo la piedra. Cuando la tenga en mis manos lo decidiré.

Decepcionado por no saber cómo sería la joya, el cliente abandonó la tienda. El joyero entró en su taller para comprobar la temperatura del horno. Marcaba quinientos grados. Añadió más carbón y grafito. En esta ocasión no utilizaría el nitrógeno o el boro para dar color al diamante. Se sentó en su banco de trabajo.

Había engañado al joven. En realidad sí sabía la forma. La concibió nada más ver a Alicia entrar en el restaurante. Sería una lágrima. La tallaría con no menos de cuarenta y cuatro caras.

Al terminar el día el horno alcanzó los ochocientos grados: los necesarios. El joyero se quitó la bata y sacó del armario un saco negro. Lo desplegó sobre la mesa de trabajo, cubriendo por entero su metro y medio de ancho. Todo estaba preparado para la formación del diamante. Sólo le faltaba el carbono que hacía especial sus creaciones. Y esa noche iría a buscarlo.

Pasados dos días el cliente se presentó en la joyería. Aunque trajeado, su aspecto no era tan cuidado. Su cabello no estaba tan perfectamente peinado como la última vez. Incluso parecía que no se había afeitado esa mañana.

—¡Buenas tardes! —Le volvió a recibir el joyero—. En verdad es usted uno de mis clientes más impacientes.

—Buenos tardes, ¿ya sabe cómo será el diamante para Alicia?

—Sí, ya lo sé, de hecho mañana tendré la piedra y podré empezar a tallarla —El joyero se fijó en el serio semblante del cliente—. Espero que no sea ello el motivo de la preocupación que parece embargarle.

—No, no es eso. Desde ayer no he podido contactar con ella —explicó inquieto el cliente—. He preguntado a sus padres y tampoco tienen noticias de ella.

—Vamos, no se alarme. Pronto le llamará —afirmó el joyero tratando de animarle.

Una vez se fue el cliente, el joyero cerró con llave y regresó al taller. El abultado saco negro se encontraba bajo su banco de trabajo. A duras penas pudo introducir su pesado contenido en el horno. Después asió la palanca situada a su derecha y la batió provocando que las láminas que se encontraban encima se precipitaran, aplastando el contenido en combustión. El joyero comprobó entonces el marcador de la presión en el interior del horno. Esperó hasta que llegó al nivel correcto. Ya sólo quedaba esperar que se formara el diamante.  

 

Justo a los seis días de recibir el encargo el joyero apagó el horno. Con una manguera estuvo mojando el interior para enfriarlo. Cuando lo consiguió escrutó, ayudado de una especie de rastrillo, los restos carbonizados hasta que el diamante apareció, resplandeciente como un ave fénix. Lo agarró con unas tenazas. Siempre le maravillaba este momento. Lo observó al trasluz y, mediante una lente de aumento, comprobó que no presentaba lascas, fisuras ni otras imperfecciones, era perfecto: como siempre. Lo pesó. Había imaginado que saldría más grande, aunque llegaba a los cincuenta quilates. Se sentó en su banco de trabajo para estudiar su forma y al cabo del rato comenzó a tallarlo.

 

Al día siguiente el joven enamorado regresó a la joyería. La rojez de sus ojos indicaba que no había dormido quizás en tres noches. Tampoco parecía que su barba hubiera sido afeitada en ese tiempo. Su pelo estaba revuelto. Vestía unos vaqueros y un jersey. Al otro lado del mostrador le esperaba el joyero con su bata blanca, sus gafas redondas y su expresión risueña.

—¡Buenos días caballero!, ji, ji, ji —le recibió señalando una caja de cartón que se encontraba encima del mostrador—. ¡Tengo listo su pedido!

El cliente cogió la caja con desgana. Miró la hierática y sonriente expresión del joyero. Éste asintió. Sacó, entonces, el contenido del paquete. Centenares de destellos iluminaron la pequeña joyería. Retazos de arcoíris colorearon cada una de las vitrinas y expositores. Por un momento le pareció ver la cara de su amada Alicia en el interior de aquel diamante con forma de lágrima. Por un instante vio sus verdes ojos clavados en los suyos diciéndole: “Te amaré siempre”. Era la piedra más bella que había visto jamás. Y en ese momento rompió a llorar.

—¡No se preocupe! —Le consoló el joyero—. Es normal que personas de gusto refinado como usted se emocionen al observar tanta belleza, ji, ji, ji.

—¿Recuerda que hace dos días le dije que no podía contactar con ella? —replicó el enamorado, sin apartar la vista del diamante.

—Lo recuerdo… ¡Oh cielos espero que no haya pasado ninguna desgracia! —profirió el joyero llevándose las manos a la boca.

—Esta mañana he recibido una carta suya —confesó el cliente mientras guardaba el diamante en la caja de cartón y secaba sus lágrimas con la palma de su mano—. En esa carta me decía que abandonaba la ciudad… que no la buscara… que había comprendido que me quería pero que no me amaba… que la olvidara.

—No sabe cómo lo lamento —dijo el joyero acercándole un pañuelo—. En verdad que no se puede imaginar la envidia que me dio verles aquella noche en el restaurante —miró al techo y continuó—. Tan jóvenes, tan bellos, tan… enamorados.

El novio rememoró aquella cena y lo hermosa que estaba con aquél vestido azul.

—Se lo agradezco… Comprenderá que no habiendo boda no puedo comprar la joya —El novio sacó unos billetes de su cartera—. Espero que lo entienda y acepte este dinero por el trabajo realizado.

—¡Guarde ese dinero! —Objetó el joyero—. El amor que vi en ustedes y que inspiró este diamante ya es suficiente pago.

El cliente se dirigió a la puerta, acompañado por el joyero.

—Una última cosa —preguntó el cliente ya en la puerta—. ¿Cómo consigue hacerlos?, no creo que tenga dinero para comprar unas piedras tan grandes.

—En realidad los diamantes tienen un origen muy humilde —explicó el joyero—. Son cristales de carbono, y este se encuentra en cualquier parte. ¿Sabe que incluso los seres humanos estamos compuestos de carbono? —continuó—. Sólo se trata de calentarlo, someterlo a presión y se crea una forma de eterna belleza.

El cliente se subió la cremallera de su chaqueta, dio media vuelta, y marchó.

Al cerrarse la puerta el joyero regresó al mostrador y miró, embelesado, el diamante. Dobló el pañuelo que había ofrecido al triste cliente. Plegado en él apareció un largo pelo rubio que se enrolló entre sus dedos. “¿Y qué puedo hacer contigo?”, se preguntó. Lo guardó en una pequeña caja de plástico. Después colocó el diamante sobre una peana y lo subió a la vitrina junto a los demás. Le había salido hermoso de verdad pero, como todos, este enamorado no había sabido apreciar lo que le había sido ofrecido: conservar incorrupto, y para siempre, el amor de Alicia.

En ese momento escuchó el tintineo del móvil de viento anunciando la entrada de un cliente. “¡Enseguida estoy con usted!”, exclamó el joyero. Cerró la cristalera y descendió.

—¡Buenas tardes!, ji, ji, ji, disculpe, estaba colocando una nueva pieza… ¿En qué puedo servirle?

—¡Buenas tardes!, desearía una joya muy especial para mi prometida.

—Ya veo, ji, ji, ji, y… ¿cómo de especial?

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Amor" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

16 respuestas a Un diamante para Alicia (David Rubio)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Con el horno, el saco negro, la falta de carbono y el aspecto del novio se hace algo evidente el final. Me ha recordado el tema de la novela “El perfume”, algo así hace el protagonista para captar el olor de las mujeres. Buen relato. Suerte.

    • David Rubio dijo:

      Gracias Ana por tu tiempo y comentario. La verdad es que este relato nació cuando leí que una funeraria ofrecía diamantes con los restos incinerados del difunto. Tienes razón con la comparación con esa novela si bien aquí lo que trato de “corporeizar” es ese amor, más cercano a la pasión que al cariño. Ese amor que te retuerce las tripas y agarra el corazón. Sin las fisuras y lascas que, irremediablemente, le causará el paso del tiempo. También comparto contigo que el final puede ser evidente, pero tampoco quería ocultar toda información para luego sacar el conejo de la chistera. O por lo menos no he sabido plantearlo de otra manera. Un abrazo

  2. Milyvall dijo:

    A mi me ha gustado David, porque aunque es cierto que nos podría llevar a “el perfume” en algún momento, pienso que le das tu toque personal en la forma de contarnos esta historia muy bien narrada por otro lado. Suerte !!
    Ah! y gracias por tu comentario a mi relato . . . .

  3. Manger dijo:

    Un relato con una enorme fantasía, David. Me encantó el personaje del joyero, como salido de un viejo cuento, y esa forma tan hipócrita y personal de reírse. Felicidades. Un abrazo.

  4. Me ha gustado y sorprendido la idea a partes iguales, da igual de dónde la hayas sacado y las influencias que tenga. Hay un dicho que dice que “no hay nada nuevo bajo el sol” pero si con variantes. A mí también me ha recordado a “El perfume”, una gran novela, por cierto, pero tu forma de narrarla es lo que más me ha cautivado. Un abrazo.

    • David Rubio dijo:

      Gracias por tus palabras Manoli. Tienes razón con todo lo que se ha escrito y escribe es prácticamente imposible que un texto no nos recuerde a un otro por alguna cosa. Un abrazo

  5. Nazareth Montero dijo:

    David, me ha encantado tu relato. Está todo inventado, todo está escrito. Pero tu relato David nos recuerda el sueño del hombre: capturar la esencia de las cosas en algún formato, ya sea en perfume, en una simple fotografía, una pintura, una poesía. ¿Por qué no el amor en un diamante? Enhorabuena, David.

    • David Rubio dijo:

      Gracias por tu amable comentario. Todo tiene un precio; el Amor, con mayúscula, inevitablemente se va convirtiendo en otra cosa con el paso del tiempo. Para mantenerlo intacto hay que detener el tiempo. Y ¿Hay algo más eterno que un diamante?. Un abrazo

  6. me ha encantado tu relato, y en el tamaño justo, Buena suerte en la competencia que este mes está reñida

  7. Mar dijo:

    Felicidades por ese premio, David.

  8. Ángela dijo:

    Enhorabuena David, un premio muy merecido. Un abrazo. 🙂

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s