Walid (Pólvora Mojada)

Walid saltó el muro y se echó a correr sin rumbo alguno. Todo había desaparecido en un suspiro. La guerra se los había tragado a todos.

Los restos de los que algún día habían sido personas comenzaban a rezumar polvo y cenizas. Putrefacción. El esqueleto de la casa del profesor. Un viejo balón de fútbol deshinchado dejado a su suerte en una esquina. Walid lo tomó y continuó su marcha.

El silencio gobernaba una ciudad sin ley ni almas. Hasta los soldados extranjeros habían dejado ya sus puestos.

Walid corría y corría. Esquivaba los cadáveres y se imaginaba que, al otro lado del desierto, habría alguien esperándole. Hacía días que no comía y se sentía agotado. A veces, pensaba que no podría volver a mover sus piernas nunca jamás. Pero había logrado obtener algo de agua y eso le daba fuerzas, aunque su cantimplora estaba cada vez más vacía.

Fue una noche cuando consiguió alcanzar las primeras dunas. La luna colgaba en lo alto de lo que parecía ser una gran columna de arena. Walid se tumbó, colocó su balón a modo de almohada y comenzó a contemplar las estrellas. Aún recordaba cómo su abuelo, un viejo médico tullido, le había enseñado a reconocer algunas constelaciones. Podía distinguir Orión muy fácilmente, pues la conocía como la palma de su mano, y la Osa Mayor era una de sus favoritas, pero si realmente tenía predilección por alguna, ésa era Sagitario, el arquero que le representaba.

La Estrella Polar brillaba con fuerza, mientras el pequeño se quedaba dormido.

Soñaba con sus hermanas mayores, Yasmín y Salma, que jugaban con sus muñecas, esparcidas por el patio; mientras Ahmed y Rachid, sus dos hermanos, fingían ser soldados. En el porche, Aisha lloraba, seguramente, porque todavía no sabía hablar, y mamá trataba de consolarla, pero era inútil. Papá leía el periódico en su sillón y fumaba ansiosamente tabaco en cachimba. Los abuelos se habían acostado, como siempre, después de comer. Y Walid jugaba al escondite con Khalid, su mejor amigo, quien solía escabullirse por la ventana de su cuarto sin que le vieran para reunirse con Walid. Eternamente castigados, si se juntaban podían provocar tsunamis. Pero aquella soleada tarde se habían distraído sin necesidad de armar grandes escándalos. Era un domingo cualquiera y todo parecía estar en orden.

Debían de ser las seis de la tarde cuando los aviones comenzaron a atravesar los cielos. Walid lo sabía porque sus tripas le estaban anunciando que había llegado la hora de merendar. Aunque al principio le asustaban aquellos ruidosos artefactos voladores, ahora formaban parte de la rutina diaria, así que nadie les otorgaba ya la menor importancia.

¡BUM!

Walid se sobresaltó, levantándose de un respingo, y varias de las arenillas que se habían colado entre sus ropas volvieron a su lugar de origen.

Walid quería inventar una máquina del tiempo, deseaba regresar a aquel momento, ese segundo anterior a la nada, y detener el reloj.

Las imágenes de aquel día se sucedían en su cabeza una y otra vez, como si fueran una película infinita.

Desde su escondrijo, podía escuchar a Khalid gritando hasta veinte. Había escogido la lavadora porque estaba absolutamente convencido de que a su amigo jamás se le ocurriría buscarle allí. De camino, había cogido, de estraperlo, unas cuantas chocolatinas de la despensa para saciar su hambre cuando Khalid no le encontrara y la cosa empezara a ponerse fea. Ya se imaginaba a toda la familia desesperada porque apareciera. Lo había planeado todo. ¡Cómo se iba a reír!

La lavadora estaba en el cuarto de la colada, un espacio subterráneo, anexo al sótano, que había servido de refugio para los Hariri durante la guerra civil. Una trampilla incrustada en el suelo del patio, camuflada entre unos hierbajos, llevaba hasta allí, aunque también se podía acceder desde el interior de la vivienda. Estar ahí en ese preciso instante fue lo que le salvó la vida.

Después de la explosión, el vacío se instaló en la casa. El barrio, la ciudad, todo estaba dominado por las ruinas. La desolación había dado un golpe de estado y ahora reinaba una dictadura de miedo y silencio. Los tanques y las armas habían tomado el mando y las tropas del gobierno eran las encargadas de dar el tiro de gracia. No querían testigos que pudieran reclamar en un futuro los derechos hoy robados. Poco o nada quedaba ya por saquear y es que no podían permitir que quedara en pie ni un solo atisbo de cultura.

La familia de Walid no era una familia cualquiera. Sus antepasados habían sido mercaderes y los padres de Alí Hariri habían reunido el dinero suficiente para que éste pudiera estudiar en la Universidad. Se había decantado por la carrera de Medicina. Su especialidad, cardiología. Después de muchos años dedicando su vida a salvar las de otros, aquella bomba en la mezquita se había llevado el movimiento de su diestra y se había visto abocado a la jubilación precoz.

Su hijo, Omar, era profesor de Historia en la Universidad y, durante las sucesivas guerras que habían asolado el país, había tenido que soportar la tortura de perder a gran parte de sus amistades y colegas de profesión. Cuando no era el régimen de turno el que los capturaba y aniquilaba, los soldados foráneos hacían acto de presencia para hacerlos desaparecer. Es bien sabido que cultura y poder no siempre van cogidos de la mano, especialmente, si hay petróleo de por medio. El conocimiento puede ser muy peligroso si llega a manos de quien no conviene y cualquier amenaza de sabiduría debe ser fulminada, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

A sus ocho años, los ojos de Walid Hariri habían atisbado las puertas del infierno. El hijo del profesor no entendía nada. Respiraba agitadamente y trataba, en vano, de encontrar vida a su alrededor. Nadie respondía. Necesitaba huir. Salió de su escondite hasta llegar a los restos del muro que rodeaba lo que había sido su hogar, trepó hasta el bordillo y saltó.

 

 

Unos años más tarde y a 9.783 kilómetros de distancia, Walid Maqbara había dejado de ser un niño. Su familia adoptiva le había proporcionado todo lo que necesitaba y Occidente le había acogido como a uno de los suyos. Pero la melancolía no le abandonaba y una oscura simiente había brotado en su cabeza.

Tenía pesadillas cada noche. Su cerebro emitía en bucle las imágenes de aquel día. No era fácil ser el único superviviente de toda una familia.

Frustrado, había intentado borrar de su memoria aquel recuerdo. Pero era inútil. Ningún método era suficientemente efectivo. Los psicólogos pasaban por su vida, uno tras otro. Divanes, meditación, hipnosis. Nada. Y el electroshock no era una opción.

La religión volvió a su vida una tarde de viernes, el día de la oración. Debía de ser una señal. Hacía muchos años que no pisaba una mezquita. Aquella era pequeña y se escondía entre los muros de un edificio desgastado. Esos hombres parecían gente de fiar, le entendían y, a medida que hablaba con ellos, su depresión se iba convirtiendo en odio.

Económicamente, Walid no se podía quejar. Sus padres adoptivos poseían una fortuna. De origen saudí, pertenecían al ilustre círculo de los amos del mundo, eran dueños de una petrolera. A Walid siempre le habían parecido buenas personas, pero empezaba a ser consciente de que los señores del petróleo y los de la guerra eran los mismos. Abdul, el imam de la mezquita, le había mostrado la conexión. Una gran parte del dinero que sustentaba a Walid estaba manchado de sangre de familias como la suya, la verdadera, la que se había quedado atrapada en las tinieblas del desastre absurdo de la guerra.

Las oficinas de la empresa de los Maqbara estaban situadas en un edificio de cristal en el centro de la ciudad. No era la construcción más alta, pero abrumaba a los bloques colindantes con su soberbia elegancia.

Aquella mañana, Walid había madrugado, como siempre. Pero había algo diferente en su mirada y, en lugar de su habitual maletín, portaba consigo una mochila, al igual que los hombres que esperaban con él la llegada de los ascensores. Todos llevaban un pase especial para entrar en el edificio y no había necesidad de pasar controles de seguridad, pues venían acompañando al hijo de uno de los hombres más importantes sobre la faz de la tierra. Eran veintidós, se dividieron en dos y, como un par de equipos de fútbol rivales entrando cada uno en su vestuario, ocuparon sus puestos en ambos ascensores.

En cada piso, se bajaba una persona y, fingiendo confusión, preguntaba por la oficina que le habían encomendado. La idea era colocarse todos, a la misma hora, en el punto central de cada planta, formando una gran columna humana. Walid, que se dirigía al piso más alto, sería el último en llegar y, por tanto, el responsable de hacer la llamada oportuna para avisar al resto de que todo estaba preparado. Un informático había conectado todos los móviles para que sonaran a la vez. Walid sólo tenía que pulsar la tecla precisa. Pero era la segunda llamada la que determinaría el éxito de la operación.

Ansioso, desde el aeropuerto, Abdul estaba preparado para escapar. Su pasaporte falso, en el bolsillo, y su billete a alguna isla perdida, en su mano derecha. Su teléfono empezó a emitir un ruido. Había llegado la hora. Apretó el botón con su sudoroso dedo.

Walid, frente a su padre adoptivo. Un señor que se lo había dado todo y, al tiempo, un caballero oscuro. Muhammed Maqbara fumaba un puro. Su periódico le decía que seguían muriendo sirios, pero que el valor de sus acciones aumentaba, así que sonreía, feliz.

El móvil de Walid vibró por un segundo y, de un plumazo, se desató el infierno.

Conoce más sobre la autora en http://depolvoramojadayotrosrelatos.blogspot.com.es/
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5 respuestas a Walid (Pólvora Mojada)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha enganchado desde el principio tu relato. Un saludo. Amaya

  2. manoli vf dijo:

    Muy bueno, muy realista y muy bien escrito. Salúdos.

  3. manolivf dijo:

    Muy bueno, muy realista y muy bien escrito. Salúdos.

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