Sílfide (Alfonso Tirado)

Sílfide platónica, Sílfide luz, Sílfide piel. Porque te sueño crees que eres real. Crees que existes y te recreas moviendo tu cabellera en las ondas oscuras de mis cercanías para dejar aflorar tus fragancias de mujer que me incitan a pensar que vives para mí, para darme compañía en los rincones de la vida que no conozco y que no quiero aceptar que los hay.

Tú Sílfide, me quieres hacer creer que puedes llegar a mi vida por cualquier camino, como cuando te disfrazas de libélula de cuerpo inocente y alas transparentes que te dan el vuelo sin límite. Como cuando te transformas en música, murmullo de selva o canto de río, como cuando rondas por ahí entre los cántaros vacíos de vino y llenos de recuerdos, como cuando pasas de los valles a los precipicios, de una flor a una roca, de las transparencias del desierto a la selva im­penetrable …

¿y crees que existes?

Crees que existes porque un día, después de una noche larga, te encontré junto al mar… el sol me cegó, y sólo me dejó tu silueta recortada sobre el intenso fuego de un atardecer.

O acaso te encontré junto a las rocas, donde las olas al estallar te regalaban con catedrales de espuma. ¿Te acuerdas? Caminabas sobre Ia arena como por sobre un espejo que no reflejaba tu figura ni se marcaba con la huella de tus pies.

Ya lo ves, probablemente ni existes, pero para mí, eres tú y nadie más, que con tu tibio aliento puedes ahuyentar el frío que me deja la noche aI marcharse, eres la luz que ilumina el camino por donde mi mente puede encontrarte. Por eso crees que existes, porque como si fueras el faro de mi puerto, sigo tu señal para encontrar abrigo al final de las travesías solitarias, navegando bajo las mismas estrellas que en todos los siglos, ayudaron a los marinos en el regreso a su lecho caliente de cualquier parte. Tal vez existías una noche que te encontré junto al río por donde disueltas en el agua pasaban mis lágrimas de un ayer. Creí adivinar que eras tú cuando te alejaste cantando por entre las sombras plateadas por la luna. Después te vi rondando los montes eternos, los palacios mayas y siguiendo veredas que no van a ninguna parte. Sabía que por allí andabas, porque escuchaba de tus labios aquella canción que se llevó el río en su camino hacia el mar, para guardarla en los caracoles que tienen en su repertorio las melodías que me anuncian tu llegada y las que en un susurro involuntario denuncian tu partida.

Tú dices que existes porque has provocado en mi la fuerza necesaria para exaltar mi imaginación, porque me has ayudado a llenar los rincones con recortes de vida que se quedarán murmurando para siempre, atados a la memoria por las telarañas que crecen con el tiempo.

Sí, crees que existes porque tu nombre aún resuena en los abismos de mis recuerdos, repitiéndose una y otra vez como el eco en la montaña. Te fuiste después de que juntos descubrimos que la noche tiene en su transparencia un tiempo infinito, que la piel es el universo mismo. Te fuiste sin que tus labios dijeran lo que pensabas, cuando los míos supieron lo que perdían.

Crees que existes porque alguna vez, sin decir una sola palabra, escuchamos todo lo que nos queríamos decir mientras vagábamos por las profundidades oceánicas; yo sabía quién eras pero no sabía que te amaría; tú me lo dijiste cuando tomaste mi mano, conmovida por ese misterio indescifrable que es el mar en su interior. Estábamos viajando por los abismos azules, paraíso de rocas pobladas por faunas exóticas, dóciles monstruos marinos, acuífera fantasía convertida en realidad.

Te conocí a la orilla de la selva, entre el fuego y la furia del trópico tabasqueño. Un torrente de pasión brotaba en cada encuentro, era imposible contenerte, sólo me quedaba dejarme atrapar por el remo­lino que nacía de tus aguas aparentemente serenas. Te llamaba por tu nombre, pero podías haberte llamado, Fuego o Luz o Mar y por eso es que te sigo viendo por donde quiera que voy, por eso es que te sigo sintiendo muy cerca de mí y me hace preguntarte: ¿Estas allí… existes?

Crees que existes porque te busco sin descanso, porque sé que en algún lugar te podré encontrar, porque cuando duermo y me hablas, yo no despierto y te ignoro para seguir imaginando que estas junto a mí.

He soñado muchas veces aquel día que sin que lo supieras habías nacido mujer junto a mí. Ya me habías dicho tu nombre cuando con toda tu alegría empezaste a girar en torno mío. Supe que me querías cuando tus labios se encendieron al decir mi nombre, pero no te podía creer porque eras chiquilla, inquieta, alocada. Pero qué podía yo hacer para entenderlo y extasiado bebí de tu cuerpo la miel fresca de tu amanecer.

Sílfide, eres como una estrella fugaz imposible de detener, porque te escurres en el momento que apareces, porque te diluyes en la melodía de tu risa, porque crees que el amor es un juego conducido por las reglas que nunca existieron y que tú no quieres aprender y tienes razón, porque después de todo, ¿quién sabe lo que es el amor?

Si es que existes Sílfide, tú sabes mejor que yo desde cuándo te amo, no sabría decirte cuánto tiempo he esperado por ti, pues lo cuento por instantes cuando llegas y se torna en largas y pesadas temporadas cuando te ausentas. Para mí el tiempo se está terminando, la copa rebosante que era en un principio, ha proporcionado ya muchos tragos de embriagante alegría, muchos momentos de vida plena que se han ido quedando atados a mis sienes cada uno con un hilo blanco. Ese es el tiempo que yo conozco.

Lo he comprendido, me doy cuenta de que no puedo seguir navegando ­solo por ese mar profundo, intranquilo y frío que lleva a la noche. He izado ya las velas para la última etapa de mi viaje que termina en la isla que me tengo prometida. Por eso me pregunto: ¿Sílfide, estas allí? … ¿Y dices que existes? Entonces déjame llevarte en mi barco que partirá mañana surcando aguas del color de tus sueños, en mi nave que sabe capear tempestades y que conoce las bahías donde los malos tiempos no pegan, que se aleja de la orilla si es necesario y regresa meciéndose con parsimonia cuando los vientos guerreros se han des­hilado contra los filos de las rocas.

Tú sabes por qué te quiero llevar. He soñado tanto con tenerte a mi lado para ese viaje, para el anterior… para todos, desde mis primeros, de la mano de mi padre, cuando miraba castillos encaramados en las cumbres de las montañas; en uno de ellos vivías tú, la princesa Azul que estaba enamorada de un Caballero Audaz. Yo buscaba ansioso de ventana en ventana para mirarla al rostro, quería saber de qué color era la sonrisa del amor.

Siempre he viajado, en cualquier forma o por cualquier motivo. Al principio no sabía que era con el fin de encontrarte. Te encontré durmiendo al ritmo extraño de lejanas tierras y tu hermosura me cautivó, me hizo enmudecer y mis ataduras me impidieron correr tras de ti. Después te encontré en el valle distante, entre las estrellas, en los ríos; siempre mi fantasía se vio alimentada por la presencia de tus imágenes que me enseñaron a creer que existías. Figuras que me transmitían calor con sus labios húmedos y sensuales, semejanzas tuyas que habían tomado forma para que yo pudiera besar tus manos, para dejarme escuchar tus cantos matinales, tus suspiros nocturnales, tus vaivenes al ritmo de la música que inventabas, para disfrutar tu silencio de niña inquieta, para escuchar con los ojos cerrados la melodía que cantabas. Y yo me ataba ti para no perderme en la esfera transparente de los olvidos, para protegerme del peligro de la realidad… al menos, por un tiempo indeseado.

Después de haber sentido las vibraciones de tu piel, percibido el aliento perfumado de tus cartas, las caricias de los encuentros y los golpes del adiós. Después de todo… me pregunto y te pregunto…

 

¿Existes Sílfide?

Silfide

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