Lazos de esperanza (Luz María Granero Ramirez)

 

Sentada en mi mesa de estudio como de costumbre, con mi café bien cargado, el portátil encendido y con la página en blanco como siempre. Y nada de nada. Ver la hoja así comenzaba a frustrarme sin control alguno.
 
Pero no me iba a rendir ya que una voz en mi interior casi perceptible me animaba a seguir con ese sueño. Bebí un trago de café mientras paseaba de un lado a otro por la habitación. Me asomé a la ventana observando con detenimiento aquel paraje para ver si la inspiración latía dentro de mí.
 
De repente un escalofrío recorrió mi espalda y un agradable aroma a vainilla inundaba mi ser. Sonreí. Sabía que no estaba sola. Y en ese instante giré la cabeza y allí estaba esperando la historia que necesitaba, la de mis abuelos en París.
 
-¡Claro, cómo no había caído antes!
 
De inmediato me puse manos a la obra.
 
Nathan y Sophie se conocieron en la adolescencia, justo en una playa donde jugaban a la pelota y a la arena.
 
Nathan adoraba su aroma de vainilla. Se miraron y Sophie comenzó a cantar al mismo tiempo que colocaba en su cuello un pañuelo de seda. Sonrió y se marchó.
 
A partir de aquel momento, a pesar de que fue corto el encuentro no lo era para sus almas, ya que ambos sentían algo bonito y dulce, aun sabiendo poco del amor, ya que eran jóvenes. Sophie se tuvo que marchar a otro estado para separarse de Nathan, ya que la madre de Sophie no quería que estuvieran juntos.
 
Pero el amor que sentían era fuerte. En ese instante Nathan conoció su profesión, lo supo en el momento en que la vio. Así que cada noche empezaba a escribir todo lo que sentía por su querida Sophie. También tocaba una canción en el piano en su ausencia. Amaba redactar y tocar su instrumento, pero era diferente desde que se marchó. Estaba triste. Aun así siguió con su profesión pero siempre faltaba algo, faltaba la esencia de ella que iluminaba todo en él, todo en lo que hacía.
 
Ambos se sentían frustrados, anhelaban reencontrarse otra vez y que por algún motivo veían esa posibilidad lejos de su alcance, pero a pesar de ello, por difícil que les resultará, la esperanza es lo único que no perdían, era lo único que los mantenía vivos, latiendo en sus corazones.
 
Nathan, por su parte, exprimía su alma gota a gota para describir todo detalle de su vida y cada sentimiento que emanaba de lo más profundo de su corazón, al mismo tiempo que describía todo aquello que amaba compartir con ella.
 
En cuanto a Sophie escribía canciones para mantener viva esa unión en la distancia y que jamás daba por perdida ya que decía: “El amor surca océanos, mares, montañas y atraviesa lugares donde jamás la mente podría imaginar y todo a consecuencia de la pureza de un amor como el nuestro”. Al mismo tiempo que lloraba y apretaba fuerte contra su pecho todas las canciones.
 
Así transcurrieron unos diez largos años, en los cuales intentaron olvidarse pero no lo lograron.
 
Nathan, harto de ir de un lugar a otro buscando su camino, su alma, en definitiva su amor, decidió alojarse en París. No sabía porque, pero eligió la ciudad del amor. Y era extraño, ya que de todos los lugares que anduvo creía que la encontraría, pero siempre acababa defraudado. En cambio, París, no lo pensó ni un momento, se quedó sin más, lo sintió y lo hizo.
 
Una noche mientras escribía no dejaba de pensar en ella. Después echó un vistazo a las cientos de cartas que tenía para ella.
Cansado de todo el día decidió salir a dar una vuelta para tomar el aire fresco. Cuando paseando, a lo lejos divisó una bonita cafetería, Le Grand Cafe Capucines. Era enorme y estaba repleta de gente, incluso asomadas en las ventanas. Le entró curiosidad y se acercó cuando al entrar oyó una voz angelical, una voz que le recordaba a esa niña adolescente, esa voz que activo otra vez cada célula de su cuerpo y que no podía olvidar ni de día ni en sueños. Su voz le envolvió, la sentía dentro de él, sabía que era ella. Miró al escenario y allí estaba. No podía creerlo. Estaba temblando, al mismo tiempo que emociones fuertes como huracanes se desataban en su interior.
 
No podía dejar de observarla, tenía que aprovechar para mirarla, cada curva de su cuerpo, cada movimiento sensual lo mantenía vivo por fin. La boca se le hacía caramelo y su dulce perfume a vainilla lo envolvían en un sueño profundo pero a la vez real. De vez en cuando se frotaba los ojos y se pellizcaba porque no podía creer lo que veía.
Vestía elegante, zapatos de aguja rojos, un vestido largo a juego con los zapatos y el pelo negro al vuelo.
 
Se quedaron solos. Se acercó y en efecto era ella. Sus ojos eran redondos, verdes azulados como el mar. Ella lo miró un instante pero no lo reconoció.
De repente, mientras recogía sus cosas, se paró y dijo:
 
-¡Me recuerdas a alguien que conocí en la adolescencia!
 
-¡De verdad! -dijo emocionado.
 
Cuando escuchó su voz empezó a recordar aquel día en la playa jugando a la pelota y en la arena.
 
Miró sus ojos grisáceos que desprendían un brillo especial cuando la miraba. Los nervios a flor de piel, tensión que se profundizaba cada vez que se acercaban poco a poco. Miradas que intimidaban, la sangre hervía y la inquietud de que hacer se apoderaba de ellos después de tanto tiempo. Los corazones estaban a punto de estallar.
 
-¡Se que ha pasado mucho tiempo Sophie, pero no aguanto más! -dijo cogiendo con suma delicadeza su cintura mientras olía su cuello.
 
Sophie lo miró con ojos ardientes, como si fuera a desnudarlo con la mirada. Y justo en ese preciso momento la apoyó contra la pared y empezaron a besarse con fervor, desatando así pasiones inimaginables. Sentían una felicidad indescriptible que los volvía locos, frenéticos de pasión. Acarició su larga melena que caía en forma de cascada con estilo y elegancia hasta su cintura y terminaron en un apasionado abrazo,el cual contenía todas las emociones atrapadas, cohibidas de todos esos años.  Se encontraban en el cielo, lágrimas de alegría se deslizaban por sus mejillas entre apretones, caricias y besos sin fin.
 
-Sigues utilizando este aroma.
 
-Por supuesto, me lo compré el día que te conocí. Desde entonces se convirtió en mi perfume favorito ya que me recordaba a ti. Lo llevaba día tras día para ver si en alguna ocasión mi aroma te llevaba hasta mi. 
 
Nathan estaba embelesado. La abrazó fuerte, tan fuerte como podía. No quería soltarla por nada del mundo. No ahora, no ahora que la había encontrado y estaba entre sus brazos.
 
Empezaron a bailar mientras ella cantaba la canción de aquel día en la playa, su canto dulce, angelical y sus ojos verdes azulados brillaban en los focos. 
 
-¡Ven, corre! Tengo algo para ti- dijo Nathan sonriendo al mismo tiempo que la cogía de la mano.
 
-¡A dónde vamos!- exclamó ella sorprendida.
 
Él rió. Salieron dirección a su hotel, cuando faltaba poco para llegar Nathan sacó un pañuelo de seda y te tapó los ojos antes de subir. Ella lo reconoció al instante.
La sentó en la cama mientras sacaba una caja enorme donde guardaba todo lo que hizo para ella. Después colocó sus manos en la caja para que la tocara, sintiera. Desesperada se quitó el pañuelo y quedó sin palabras, habían cientos y cientos de cartas.
 
-¡Sabías que no las iba a recibir por mi madre y las guardaste todas!
 
-En efecto- contestó sentándola en su regazo.
 
-Gracias- dijo tímidamente.
 
Sophie echó un vistazo a las cartas y escogió una que llamó su atención, decía así:
 
SÉ QUE TE ENCONTRARÉ, AL FIN DEL MUNDO IRÉ Y TUYO SERÉ.
 
Mi niña Sophie:
 
Sé que en alguna parte estarás, no me importa donde porque te encontraré. ¡Y sabes por qué! Por que el amor cruza oceános, mares, montañas. Porque mi amor por ti es infinito, único y humano. Cada noche te siento junto a mi. Te añoro, pero nunca pierdo la esperanza. Y sé que cuando te encuentre besaré tus labios con dulzura, acariciaré tu pelo, bailaremos bajo la lluvia, y miles de momentos viviremos. 
 
                                                                                                        Te encontraré
                                                                                                        Fdo.: Nathan
 
Se giró cogiendo su cuello y enlazando sus piernas por la cintura besándolo sin cesar. No podía parar. Otra vez el huracán de emociones se había desatado pero estaba vez el deseo aumentaba de una manera descontrolada, apasionada.
Acabaron rendidos en la cama quedando dormidos, pero Nathan se sobresaltó al oír llover con fuerza, y se quedó observando como dormía, serena como una flor en primavera. Al poco despertó a las cuatro de la madrugada y se marcharon.
 
Llovía a cántaros pero no les importaba lo más mínimo, estaban juntos, eso era lo verdaderamente importante, ya que el sueño de los dos se estaba haciendo realidad en la ciudad del amor, París. Irradiaban felicidad por donde pasaban mientras chapoteaban los charcos. Las calles estaban desiertas, el viento agitaba con fuerza los frondosos árboles y las luces se apagaban y se encendían sin más a consecuencia de la tormenta. Era sin lugar a dudas una noche loca.
 
Empezaron a correr calle abajo, de repente Sophie lo paró en seco en medio de la calzada que estaba desierta y lo apretó con fuerza hacia ella, fundiéndose así en un apasionado beso de película al unísono que Nathan la iba agachando poco a poco para después levantarla con ímpetu. Rieron a carcajadas como dos niños que acababan de experimentar por primera vez la risa de la más pura inocencia.
 
Después marcharon al puente de los candados donde Sophie se quedó absorta mirando el puente, cuando la sorprendió de rodillas.
 
-¿Te quieres casar conmigo, mi dulce Sophie! -dijo emocionado, cuando sonó el teléfono.
 
Se quedaron mirándose, sin saber que hacer, pero sabían que eran malas noticias. Ya que esa llamada era por trabajo y esa misma noche tenía que partir hacia Italia.
 
Nathan intentó convencerla, pero fue imposible. A pesar de entenderlo estaba furioso.
 
Se despidieron con gran dificultad. Nathan se marchó con los ojos acristalados mientras la miraba, cuando ella se balanceó sobre él besándolo. Al cruzar un coche lo atropelló.
 
-¿No, no, no Nathan? -chillaba Sophie. 
 
Le tomó el pulso y era débil, a penas se oía.
 
-¡Maldita sea! -dijo dando golpes en el suelo.
 
Quedó en coma tras el golpe brutal que llevó en la cabeza, del cual no sabían los médicos cuando podría despertar. Solo tenía que esperar y por supuesto no perder la esperanza.
 
No lo dejó ni un segundo. Anuló toda su agenda de trabajo, ya que quería estar con él hasta que despertara y que cuando abriera los ojos la primera cara que viera fuera la suya.
 
Los días y las semanas pasaban así que se dedicó a regalarle a sus oídos sus grandes canciones y las cartas que le escribió ya que había oído que alguien en ese estado escuchaba.
 
Se quedó dormida cogiendo su mano cuando una voz suave le despertó, creyendo que era un sueño, pero su sorpresa fue que Nathan despertó.
No podía creerlo, estaba emocionada, lloraba de alegría. Besó su frente.
 
-He estado en coma, ¡verdad! Y ya estoy a salvo. ¡Tranquila!
 
Sophie se quedó extrañada, pensativa.
 
-Por cierto, he cancelado todo. Creí por un momento que te había perdido por mi culpa.
 
-No, no Sophie. Nada pasa por casualidad, lo sucedido pasó tal y como tenía que pasar. Ahora verás, te lo explicaré en una vivencia que he tenido mientras estaba en coma.
 
-Ah, si. Cuenta.
 
-He visto a una persona que me resultaba familiar, pero en realidad no sabría decirte quien es. Me sonreía y tenía una mirada que irradiaba amor, brillaba todo su ser y me sentía muy feliz, inmensamente feliz. Y me contó que nada pasa por casualidad, nada. Que todo es perfecto pase como pase, y en cuanto a las pruebas más difíciles son las que más te hacen evolucionar aunque a veces nos cueste creerlo, o no entendamos. También me dijo que ahora había llegado el momento de disfrutar la vida a tu lado y citó tu nombre. Y en ese instante me quedé atónito. 
 
-Vaya- contestó con ojos como platos.
 
-Entonces comprendí justo en ese mismo instante algo importante, Sophie.
 
Sophie lo escuchaba con suma atención, no parpadeaba ni un segundo.
 
-Cielo, lo que me ha sucedido ha sido una señal. Significa que debo parar mi vida, dejar de ir de un lugar a otro y reflexionar sobre lo que quiero. Es como si no tuviera lugar donde quedarme cuando en realidad sé que es a tu lado.
 
Sophie sonrió y  lo besó.
 
-Por cierto, tenemos algo pendiente, así que: ¡te quieres casar conmigo, otra vez! interrumpiendo el teléfono.
 
Ambos sonrieron ignorándolo.
 
-Si, si quiero amor. 
 
Sellando con un beso y exclamando ella
 
Estoy… interrumpió Nathan… embarazada.
 
-Lo sabías.
 
-Me lo dijeron.
 
Empezaron a reír a carcajadas.
 
Una verdadera lucha por el amor,donde las casualidades no existen, y donde nos damos cuenta que si existe un amor verdadero, único y profundo todo es posible, solo es cuestión de querer y luchar por ello, llegando así un día que te levantes como de costumbre y logres a ese amor que robo tu corazón y que siempre sabías que sería tuyo. 

Conoce más sobre la autora en relatosconalmabenevola.blogspot.com.es

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2 respuestas a Lazos de esperanza (Luz María Granero Ramirez)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, la idea de tu relato me parece muy buena. Un saludo. Amaya

  2. me gustó la idea de tu relato, es muy bonita, pero tienes problemas con los tiempos gramaticales, vas saltando del pasado perfecto al presente progresivo y a veces al pasado imperfecto también. Hay ocasiones que el cambio de tiempos está al servicio del texto y lo enriquece pero creo que este cuento lo podrías escribir es pasado y quedaría muy bien. Un abrazo

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