El cronista (Alberto Casado)

Una y otra vez moja la pluma en el tintero y, con pulso firme, anota alguno de los recuerdos que aleatoriamente asoman a su mente. De vez en cuando se baja los lentes para observar el cuerpo perfecto de su amante, que desnuda, duerme plácidamente en el viejo diván. La noche fue movida y Alexia acabó por rendirse a la extrema fogosidad de Vladimir, quien da muestras de un aguante fuera de lo común. La vida del cronista es sumamente agitada, pues no debe apartarse del enorme volumen que lo mantiene en un estado de semiesclavitud ante el temor a olvidarse de plasmar algún hecho de trascendencia para la humanidad.

     Vladimir Igankum tiene la no despreciable cifra de tres mil años, y aunque puede considerársele el humano más longevo jamás conocido, pocos hombres pueden atestiguar haberlo tratado. Apenas sale de su domicilio, situado en un antiguo castillo medieval, y solo lo hace cuando quiere conocer a alguna señorita. Viene precedido de una reputación de buen amante y mejor conversador, mas debido a su enclaustramiento, no resulta fácil probar tales afirmaciones.  

     Alexia, que es una joven viuda de familia noble, atesora una extraordinaria belleza. Su largo cabello negro azabache, sus brillantes ojos verdes y su estilizada figura son algunos de los rasgos físicos que la caracterizan, mas no hay que olvidarse de su don para la predicción; siendo este lo que atrajo a Vladimir, que siempre busca en sus conquistas algo especial y que las diferencie de las anteriores.

Corre el siglo V a.n.e (antes de nuestra era) y en su búsqueda del mítico país de Punt, las naves egipcia y cretense, ambas sobrevivientes a la temible galerna, se tocan proa con proa. Los egipcios tienen las de perder, ya que su barco, aunque cuenta con más remos y es más pesado, carece del temible ariete con el que los navíos de guerra cretenses embisten a sus enemigos. Pronto la nave que procede de Creta se incrusta en la egipcia y sus marinos, con cuchillos en la boca, abordan el velero que sirve al faraón Tutmosis. Los asaltantes no tienen piedad de los asustados hijos del Nilo, a quienes degollan con facilidad. Examinada la carga, los vencedores sonríen ante el botín conseguido y remolcan el barco enemigo hacia costas más seguras.

     Vladimir recuerda a aquel joven remero cretense que le contara su experiencia en alta mar. Esos primeros marinos protagonizaron increíbles aventuras, aunque la mayoría se desconocen por no haberse transmitido ni oralmente ni por escrito. En el preciso momento que el cronista pone el punto y final al relato, Alexia se incorpora con gracia y muestra sin rubor sus encantos. La blancura extrema de la piel de la mujer hace que parezca esculpida en mármol, y su sexo desprovisto totalmente de vello, se asemeja a un cáliz conteniendo un fruto prohibido. El cronista se debate entre someterse a los deseos lujuriosos que lo embargan o continuar dando fe de parte de nuestra historia. Al final, y a su pesar, opta por cumplir la misión otorgada por los antiguos dioses.

Tras la conquista de la combativa Persia, Alejandro Magno cree necesario lograr la comunión entre vencedores y vencidos. Para ello, y sin repudiar a Roxana, toma dos nuevas esposas persas y «obliga» a que 10.000 macedonios (lugartenientes, oficiales y soldados) se casen con mujeres procedentes de todos los confines de Asia. Con ello logra dos cosas: por un lado, conseguir un mestizaje que favorezca las futuras relaciones de los pueblos sometidos con quien se erige como su emperador y dios vivo; por otro, mantener una paz social y concordia entre dominados y dominadores. Es más, incorpora a su ejército a muchos de los soldados persas que rindieron pleitesía a su nuevo Señor e incluye en su moderna administración a numerosos escribas y funcionarios de origen persa.

Aunque la idea de fusión entre Oriente y Occidente no prosperó al fragmentarse su inmenso imperio en pequeñas y numerosas monarquías helenísticas, el espíritu aventurero y conquistador del rey-dios caló hondo en hombres como Cristóbal Colón, Vasco de Gama o el propio Marco Polo.

     Una copa de vino llegado del lejano Oriente puede servir como incentivo para aclarar la mente. Vladimir Igankum tiene grabada la imagen del oráculo que le anunció el fin del legendario Alejandro, y no se equivocó ni un ápice, puesto que el genial, emperador, dios, estratega, general y soñador, murió de la forma y modo en que el hombre sabio pronosticó.

     A Alexia no le interesa un ápice lo que el fornido y barbudo narrador escribe pero sí es aficionada al buen vino y a la buena mesa. Al ver la dulce cara de sana envidia, el cronista escancia un poco del centenario líquido en una copal de cristal de Bohemia, acorde con la categoría de la dama. Unas pocas caricias, besos castos y sonrisas cómplices mantienen contenta a la mujer un rato más, momento que aprovecha el longevo personaje para reproducir un nuevo recuerdo.

«A las dos horas de medianoche apareció la tierra, de la cual les separarían dos leguas. Arriaron las velas y las pusieron al pairo, temporizando hasta el día viernes que llegaron a la isleta de los Lucayos, llamada así en lengua de los indios guanahaní. Luego vieron gente desnuda, y el almirante se trasladó a tierra en la barca armada junto con Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña…»

     El cronista se limita a transcribir lo que el navegante genovés narró en tercera persona, a pesar de haber participado de forma activa en los hechos. Aquí omito parte de la redacción original para no cansar al lector, mas en ella se revela la llegada de los españoles a las Indias y la toma de posesión de esas tierras en nombre de los Reyes Católicos.

     Vladimir ha vivido miles de vidas humanas, pero no deja de sorprenderse del carácter aventurero y descubridor del ser humano. Así, al quedar poco por descubrir en nuestro planeta, el hombre se embarca en la búsqueda de otros mundos habitables, y aunque aún no se han obtenido los resultados deseados, no cejan en su empeño de convertirse en los amos del universo. Está seguro de que más pronto que tarde habrá de dejar constancia de extraordinarios descubrimientos que superarán lo imaginado por los más optimistas.

A James Cook se le describe como aventurero, marino y científico. Sus más de tres mil páginas conteniendo anotaciones de carácter científico, antropológico o reflexiones personales constituyen hoy en día un auténtico manual del saber. Gracias a la medición de la longitud geográfica y su plasmación en rigurosos mapas y cartas náuticas, mejoró considerablemente la seguridad en los mares. El descubrimiento de Australia y Nueva Zelanda supuso la apertura de nuevas vías de comunicación y comerciales, así como le generó un gran prestigio personal. Amante a partes iguales de la política y la ciencia, James Cook se caracteriza por ser un hombre de convicciones y defensor de sus ideales. A pesar de comenzar como simple marinero a bordo del famoso Eagle, pronto sería nombrado ayudante del capitán y a los dos años se le puso a cargo del Pembroke, navío con el que participó en la toma de Quebec por la flota del almirante Saunders. Después de innumerables aventuras en las que estuvo al mando de diferentes barcos, falleció de la manera más imprevista: acuchillado en una refriega provocada por la desaparición de un simple cúter amarrado a una boya. Su cuerpo fue descuartizado por nativos polinesios.

     Vladimir rememora la conversación que tuviera con el segundo teniente del Resolution ―navío al mando de Cook en el momento de su muerte―, llamado James King. El cronista recuerda perfectamente las últimas palabras que este personaje pronunció en relación a su querido y respetado capitán: «Tras una vida de iniciativas tan eminentes y de tanto éxito, su muerte no puede ser considerada prematura, pues vivió hasta completar la gran obra a la que diríase que fue destinado».

     A Alexia le aburre que su amante no le preste la debida atención y se le insinúa con un baile provocativo. Su vestido de Eva, que por otra parte mantiene desde hace horas, facilita su propósito y el erudito deja a un lado la pluma de faisán para dedicarle más tiempo a su diosa. Esta vez, como hicieran los antiguos navegantes en la exploración de nuevas tierras, se detiene en cada centímetro de su hermoso cuerpo. Con un solo dedo recorre el rostro de la mujer, y al llegar a los carnosos labios los surca al completo para acabar introduciéndose en la boca. Una húmeda lengua lo recibe y juguetea con él, anticipando lo que puede llegar a suceder en territorios más inaccesibles. Con las palmas de las manos, Vladimir desciende por ambas caras de un estilizado cuello de cisne, deteniéndose un instante en sus sensuales hombros. El recorrido continúa por los redondeados y apetecibles senos, que terminando en erectos pezones, se ofrecen voluntarios para deleite del hombre. La lengua del caballero dedica un especial homenaje a esta parte de la anatomía, mientras que las extremidades superiores descienden hasta el vientre plano de la mujer deseada. De ahí hasta la flor de la pasión hay muy poca distancia, la cual salva en un periquete y se entretiene llamando a la puerta que esconde lo que Vladimir en definitiva anhela. La mujer hace un ligero movimiento de pelvis y abre las larguísimas piernas para que el varón pueda acceder a lo que ella le ofrece. Lo demás queda a la imaginación del lector, que sabrá interpretar los movimientos sensuales de los dos amantes.

     Cuanto mejor se conoce a Vladimir, mayor es la compenetración entre ambos sexos. Al final, Alexia, como antes le ocurriese a cientos de amantes, se hace dependiente del amante trimilenario. El cronista sabe que no es mucho el tiempo que tiene para gozar de la linda mujer, pues ella envejecerá y él no. Esta maldición, intrínseca a su cargo, es lo que más le disgusta de su apreciado trabajo. Finalmente, vida y trabajo se confunden en una única realidad, y resulta difícil separar uno de otro; tanto es así, que en más de una ocasión ha cometido el error de narrar alguno de sus encuentros amorosos, teniendo posteriormente que eliminar la anotación, a riesgo de sufrir una reprimenda de su creador.

     Decide abandonar los pensamientos que le alejan de su único objetivo en esta vida, que no es otro que narrar los acontecimientos que a lo largo de los siglos se van produciendo en la Tierra. Lo de anotarlos en desorden, y según los va recordando, no le importa, pues finalmente el diario los ordenará cronológicamente. Al parecer, el dios que le creó, atribuyó al libro algunos poderes, como es datar todas y cada una de las anotaciones del cronista.

     Como Alexia se ha vuelto a dormir, Vladimir prosigue con su metódico trabajo.

David Livingstone dedicó su vida al continente africano, morando apenas tres años en su Gran Bretaña natal. El contacto con la realidad del continente negro lo cambió, pasando de ser un misionero de lo más convencional a un ardiente defensor de los derechos de los esclavos; a tal fin hizo lo que consideró necesario para que se reconociera el comercio legítimo y se pusiese fin al tráfico de personas. Su encuentro con Stanley, que originó la célebre frase: «El doctor Livingstone, supongo», fue el detonador para que se produjese una mayor difusión de sus ideas y el desencadenante de la conferencia antiesclavista de Bruselas, celebrada en 1890. Su primer descubrimiento fue el lago Ngami en Botswana. A diferencia de otros exploradores, Livingstone fue recordado con afecto durante mucho tiempo por los nativos a los que conoció en sus expediciones, a causa de su gran bondad e integridad. El exmisionero creía que el desarrollo de los barcos y lanchas de vapor para la exploración del interior de África contribuiría a acabar con el uso de esclavos-porteadores.

     Vladimir no sabía la razón por la que acababa de realizar su última anotación, quizás se viese influenciado por el respeto que siempre tuvo por hombres enérgicos y decididos como lo fue el misionero-explorador.

     El cronista a menudo siente la necesidad de cerrar el libro para ver qué ocurre, pero el temor a que esa simple acción desencadene el Apocalipsis terrestre, como así se lo hizo saber su creador, le hace desistir en un último y angustioso instante. Desea con todas sus fuerzas ser un mortal más, aunque ello suponga poner fin a su vida inmortal. Lo cierto es que en los últimos tiempos está sumido en una crisis existencial que no lo deja descansar ni concentrarse como lo hiciera en épocas pasadas. Este hecho llega a conocimiento de su mentor, que de la nada se aparece en el estudio de Vladimir. Por medio de la magia, mantiene a Alexia dormida y se dispone a escuchar los argumentos del cronista.

     Vladimir Igankum anhela regresar a su Rusia natal y morir entre los suyos, como uno más. Tres mil años son demasiados para cualquiera, por más que se ame la vida. Alexia es la mujer perfecta, la única de la que realmente se ha enamorado y con la que le gustaría estar lo que le quede de existencia. Ella no sabe su secreto y él no piensa contárselo, pero si el mentor no accede a su petición, habrá de abandonarla para siempre, pues no quiere hacerle daño.

     El dios escucha con atención y cree que, efectivamente, el cronista ha cumplido diligentemente con su trabajo, incluso más tiempo del exigible. En premio a su dedicación absoluta le concede la vida de un mortal de treinta años, cuyo final vendrá determinado por la enfermedad o la vejez sin que haya posibilidad de volver atrás. Vladimir, preocupado por quién ocupará su cargo, se lo hace saber a su mentor, que le responde que no se preocupe, que ya tiene a la persona adecuada. El excronista recoge sus objetos de mayor valor y parte raudo junto a Alexia, que no comprende nada de lo que ocurre, a tierras lejanas.

 

     Miguel de Cervantes y Saavedra tiene mucho que agradecer al ser que lo ha salvado de una muerte segura en Trafalgar, donde no ha sufrido ningún daño. Ama la vida como el que más y accede a la extraña petición de quien afirma ser el creador del universo. A partir de ahora, el insigne escritor será el encargado de continuar con la labor de Vladimir. Pero queda la duda de si llegará a escribir la inmortal obra titulada El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

 

¿FIN?

Conoce más sobre el autor en http://blog.gongoracorrecciones.com/?p=108
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4 respuestas a El cronista (Alberto Casado)

  1. Manger dijo:

    Un complejo ejercicio literario, Alberto, quizá parte de una novela o el esbozo de un ambicioso proyecto. Mis saludos y suerte. Manger.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Gracias por tus palabras, amigo Manger. En efecto, este texto es un esbozo de lo que puede ser una futura novela. El “problema” es que tengo demasiados proyectos a medias y el tiempo es limitado. Pero, sí, puede que en breve retome las aventuras de este cronista un tanto especial. Saludos.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha encantado tu historia y el final me ha hecho sonreir. Un saludo. Amaya

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