Hamburguesas (Emilio Álvarez)

Eran las dos de la madrugada cuando Vicente empezó a notarse los párpados pesados. Hacía cerca de veinte minutos que se había tomado el último café, y pese a que sufría ligeras taquicardias, no podía impedir que el cansancio acumulado hiciera mella en él. Cerraba los ojos y cada vez tardaba más en abrirlos. Alargó la mano que le quedaba libre y palpó el vaso de plástico grueso, de esos con tapa que tienen un orificio para pegar los labios y sorber. Lo agitó para asegurarse de que realmente estaba vacío. Su compañero dormía en el asiento del copiloto de la caravana. Despreocupado de la solitaria carretera, roncando y expulsando el aliento soñador con el olor a rancio de carne, café y nicotina. Los pantalones parecían que le fueran a estallar en cualquier momento, impulsados por una protuberante barriga hinchada y parcialmente descubierta, de aspecto poco apetecible. A decir verdad, desde que se lanzaron a recorrer kilómetros por el país entero, con aquella tartana, habían engordado cerca de cinco kilos cada uno.

—Tío —Vicente le propinó una serie de golpes al costillar de su compañero, con el objetivo de traerlo de vuelta de su estado comatoso—, si continúo conduciendo nos vamos a despeñar por un barranco.

Andrés no se inmutó, pero el incremento de la fuerza en los golpes y del volumen en el tono de voz del conductor, obraron el milagro. Abrió los ojos pegajosos de legañas y permaneció confuso durante unos segundos, el tiempo que tardó en acomodarse sobre el asiento.

—¿Qué coño pasa? —masculló, sintiendo dolorido el lado en el que había recibido la batería de mamporros.

 —No hay café —le informó Vicente, mientras agitaba el vaso vacío delante de sus narices—. Y no puedo aguantar más tiempo despierto. Se me cierran los ojos y hace un rato he dado varios bandazos.

Andrés se encendió un cigarrillo y, tras toser un par de veces, esperó a que un eructo le subiera por el esófago para mirar a través de la ventanilla. Impasible, observaba el paisaje nocturno, sin hacerle demasiado caso a su amigo. Vicente dejó el vaso en su sitio y se limitó a intentar contar las rayas blancas, pintadas sobre el asfalto, que pasaban fugaces.

—Ya, pero es tu turno —le recriminó Andrés, finalmente, al tiempo que llenaba sus pulmones de nicotina y se frotaba los ojos aún adormecidos—. Yo he conducido casi todo el día.

—Y yo conduje ayer, todo el día también —replicó Vicente. Apretaba tanto el volante que sus nudillos adoptaron un tono blanquecino.

—Joder —balbuceó Andrés de mala gana, saliéndole de las profundidades un suspiro de dolencia.

Llevaban diez días conduciendo de arriba a abajo, yendo con aquella caravana ruinosa desde un lugar a otro. Puntos que aparecían marcados con bolígrafo rojo en un mapa, en forma de cruz. Aquellos destinos eran las distintas franquicias que una famosa cadena de comida rápida tenía repartidas por las ciudades más importantes. El objetivo era dar la vuelta al país, visitando aquellos restaurantes y pedir el menú principal en todos ellos. Un menú que estaba compuesto por: una hamburguesa doble, una bolsa mediana de patatas fritas y una bebida a escoger. No era más que un pedazo de carne de ternera (o algo que sabía a ternera seca) con una hoja de lechuga, una rodaja de tomate, cebolla y un fino filete de beicon doblado para dar la sensación de grosor. Todo eso regado con una salsa especial. Esa era la dieta que seguían últimamente. Hamburguesas, café y nicotina.

—Me da igual, es tu jodido turno. Mira, esta mierda fue idea tuya, yo te seguí por… —Andrés hizo una pausa tratando de encontrar las palabras idóneas para terminar. Pero de repente, se dio cuenta de que no podía. No sabía con exactitud el motivo por el que le había seguido hacía más de una semana en aquella extraña y absurda aventura.

Vicente detuvo la caravana sobre una parte del arcén, lo suficientemente espaciosa como para que cupiese aquel trasto rodante. Aunque había reducido la velocidad gradualmente, Andrés tuvo la sensación de que fue un acto violento.

—¿Por qué paras? —preguntó Andrés, descolocado y sosteniendo el cigarrillo entre sus carnosos labios.

Vicente no emitió ningún tipo de sonido ni palabra por su boca. En lugar de hablar, agarró un rollo de papel higiénico polvoriento que descansaba sobre el salpicadero, abrió la puerta y plantó sus suelas en la arena. Rodeó el vehículo, pasando entre la proyección de la luz que emitían los focos encendidos, y se plantó justo enfrente del campo visual de su compañero. Se giró, asomó la cabeza al vacío del precipicio y vomitó. Expulsó gran parte del contenido de su estómago maltrecho. La hamburguesa número veinte del viaje salió de su cuerpo con un aspecto mucho más deplorable del que había entrado en la cena. También se despidió de las patatas fritas, casi enteras, y del café que había estado consumiendo durante toda la noche. Cuando al fin se detuvo, se secó la boca con la manga de su chaqueta de pana. Luego se bajó los pantalones y calzoncillos, ambas prendas de un solo movimiento, y se puso a defecar.

—Tengo el cuerpo fatal —le informó, alzando la voz para imponerse al ruido del viento y el cristal de la ventanilla—. Esta puta dieta acabará conmigo.

—Tío, esto es asqueroso. Es realmente nauseabundo —bramó Andrés.

Hacía frío y a Vicente pronto se le congelaron sus partes y el trasero al descubierto, motivo por el cual se dio prisa en terminar y limpiarse con el papel extra suave. Andrés, atónito ante la escena de como su compañero se había descompuesto por diversos conductos de su anatomía, percibió los zarandeos internos que emitía su estómago revuelto por la aversión.

—Dame un cigarrillo —le pidió Vicente cuando regresó al interior de la caravana—. Voy a preparar más café y a beber un poco de agua.

Media hora más tarde, continuaban aparcados en el mismo arcén, al lado de un precipicio y envueltos por una noche oscura y sombría. Entre un denso bosque y bajo la presencia de alguna estrella desorientada, daba la impresión de que se encontraban en una película apocalíptica. Habían rellenado sus vasos de café recién hecho, por lo que la caravana entera olía como una cafetería a primera hora de la mañana.

—En cuanto me termine esto nos pondremos nuevamente en marcha —informó Vicente—. Creo que sólo faltan unos cien kilómetros para llegar a la próxima ciudad.

—Cuando lleguemos, entonces podremos dormir hasta el amanecer, ¿Crees que podrás aguantar despierto sin estrellarnos?

—Creo que sí  —contestó Vicente, que volvía a agitar el vaso, ahora medio lleno de amargo y preciado café—. A no ser que tenga que volver a parar para…ya sabes.

Hubo un silencio en el que los dos amigos disfrutaron de la tranquilidad del entorno.

—Supongo que acepté venir contigo para…no sé, poder decir que he hecho algo en la vida. Por muy ridículo que parezca y sea ese algo.

—Te entiendo —le contestó Vicente, encendiéndose un cigarrillo.

—¿Has apagado el fogón?

—Sí.

 

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5 respuestas a Hamburguesas (Emilio Álvarez)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Sin llegar a describirlos haces un buen retrato de tus personajes. Los veo como dos desarraigados que inician un absurdo viaje “por hacer algo en la vida”, como le dice Andrés a Vicente, aunque sea algo sin sentido. Buen relato. Suerte.

  2. Manger dijo:

    Muy entretenido y bien redactado. Manger.

  3. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir y hacerme pasar un rato entretenido, un saludo. Amaya

  4. Emilio Álvarez dijo:

    Gracias a todos por dedicar un segundo de vuestro tiempo en leer y comentar el relato.

  5. manolivf dijo:

    Lo cotidiano, el contrasentido…la miseria humana, en definitiva, Emilio. Y otra vez la comida rápida, más rápida si cabe en ese tour a bordo de una furgoneta…

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