La feria (Manuela Vicente Fernández)

                       Todo vuelve. Vuelven las modas de antes. Las tendencias. Las ideologías también. Tras una época de sequía llega una época de inundaciones. La naturaleza es cíclica y se regula a sí misma mediante este método de compensación. La naturaleza del hombre también debe serlo y, como los ríos, vuelve a su anterior cauce por mucho que se haya desviado de éste, cada cierto tiempo. Así, a una época de política liberal le sigue una época de política conservadora. Vuelven los cultos de antes. También la ignorancia y la estupidez regresan, cíclicamente.

                     Pude comprobar de primera mano, cómo la naturaleza del hombre no se modifica, por mucho que las apariencias cambien, cuando me encontré con mi ex en aquella feria de antigüedades. Nunca he sido una apasionada de tales ferias, en lo que a compras se refiere, pero sí me atraen el ruido y la expectación que tales acontecimientos despiertan. Cuando mi amiga Irene me comentó la posibilidad de ir a pasar el día al recinto dónde la feria tenía lugar, no pude negarme. Las dos disfrutamos siempre como enanas en este tipo de eventos, jugamos abiertamente a escabullirnos entre el gentío, observar sus reacciones, imitar sus poses, para al final hacemos divertidas fotos con los vendedores de los puestos. Pura tontería, vamos, un escape del encorsetamiento diario, en el que sobrevivimos cuando no nos queda otra.

                      Esta vez mi amiga venía preparada, conduciendo su propio auto de ocasión: un Peugeot 205, más parcheado que su dueña. El mismo que usaba su padre para cargar los frutos de la huerta todos los otoños y para tareas varias, de esas en las que te pones  la vieja camisa vaquera o la de franela a cuadros, según la estación, y vas hecho un zorro de los ochenta, pero en plan cutre, vamos, de programa de vídeos de primera. Traía también sus viejas cintas de música, y sonaban temas de Loquillo y La Unión, a toda pastilla mientras conducía.

                  Aparcamos en la entrada del recinto, guardando el margen apropiado ante el distinguido Chevrolet que teníamos por delante.  Con nuestras caras más serias nos adentramos en el recinto. Compramos unos dulces en un puesto artesanal, para empezar la feria con buen sabor de boca y dulcificar nuestra sonrisa, y echamos una ojeada.

                     Es difícil separar a primera vista el grano de la paja que se maneja en este tipo de ferias. Pasamos de los puestos más accesibles, en los que el surtido de gafas, bolsos, monederos, portafotos, pañuelos y objetos varios, nos entretuvo un rato, a los puestos de más postín, dónde nuestras expertas manos localizaron, descuidadas, un par de etiquetas de lavado en unas ropas que se suponían anteriores a la era del etiquetaje, y que el vendedor se apresuró a rebajar sustancialmente ante nuestros ojos. Al fin, procedimos a subir a la planta alta, dónde la clientela más selecta accedía a los artículos de época y de colección, y dónde se permitían exhibir vestidos de época, con el nombre de los personajes famosos que se embutieron en ellos en su día. Y fue precisamente en uno de éstos puestos, dónde oí aquella voz, aflautada y chillona, que decía:

                   “¡Oh mira, cariño, qué fantástico es este vestido de gasa! ¿A qué me sienta genial?” Y la voz de él, inconfundible, servil: “Claro, estupendo, mi vida”.

                 ¡Oh, la, la! “-¿Has oído Irene?”-Le dije a mi amiga. -“Claro. ¡Estupendo! ¡Fantástico! ¡Genial!” –Me respondió esta, en voz baja.

                    ¡Tenía que ser él! Veinte años más tarde, casi de colección, como las ropas que llevaba. Formaban la familia perfecta: El niño, de pantalones abombados hasta la rodilla, con sus medias altas con los cordones de dos bolitas y su jersey de cuadros. Ella, toda estilizada, con su bolsito acharolado y sus botas de tacón fino, y él…con la boca abierta de siempre. Ella le sonreía, embobada, sosteniendo un vestido de gasa fina de color azul turquesa, cuando se percibió de nuestra atenta mirada y nos dijo:

                -¿A qué es mono?

                  –Monísimo, señora. –Le contestó mi amiga. Mientras yo miraba a mi ex con una sonrisa de oreja a oreja y advertía como su tez blanquecina iba cambiando de color…

Ella, la señora, muy altiva, miraba el precio de la prenda, interrogándole con la mirada.

Pasaba justo al lado de mi ex, cuando oí que el vendedor le decía:

                –Es un vestido de gran calidad, señora. Naturalmente, el precio va acorde a la prenda, pero, como suele decirse en estos casos…la calidad no es cara.

Conoce más sobre la autora en http://lascosasqueescribo.wordpress.com
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8 respuestas a La feria (Manuela Vicente Fernández)

  1. David Rubio dijo:

    Todo pasa y todo vuelve, Manoli. Bonita vuelta al pasado. Me gustó mucho. Un abrazo

  2. manolivf dijo:

    Gracias, David. El relato está construído desde la ironía, va un poco con la idea, tan en voga, de “ensalzar el envase en detrimento del contenido”, pero en cualquier caso, me ha resultado divertido escribirlo creando estos personajes que no se cortan ni un pelín…Celebro que te haya gustado. Otro abrazo de vuelta. 🙂

  3. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me has hecho sonreír con tu historia. Un saludo. Amaya

    • manolivf dijo:

      Gracias a ti, Amaya. Si te he hecho sonreír ya me doy por satisfecha, pues eso justamente es lo que buscaba con esta historia, entretener un rato. Me alegro de ello. 😉

  4. Mar dijo:

    Que razón Manoli, todo es ciclíco y lo malo es cuando “involucionamos” en vez de evolucionar. Me encantó tu relato, ¡¡para variar!! Un abrazo.

    • manolivf dijo:

      Muchas gracias, Mar. Me alegra mucho que te guste, para eso escribimos (además de para nosotros mismos) Con este quise entretener un rato. Otro abrazo para ti. 😉

  5. Hola Manoli, me ha encantado tu relato. Me pregunto ¿Que sintió él al ver a la protagonista?, en mi interpretación de tu relato al ex le ha dado un vuelco el corazón. Felicidades.
    un abrazo.

    • manolivf dijo:

      Gracias Sonia. Me alegra encontrarte por aquí, después de tanto tiempo, a ver si subes algún relato que los echo de menos. Y sí, digamos que el ex se encontró un tanto apurado…Otro abrazo de vuelta. 🙂

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