Martes y jueves (Manuela Vicente Fernández)

                            Mi nombre es Lucía Fuentes Saavedra y tengo veintisiete años, si no me fallan las cuentas. No sé cuánto tiempo llevo encerrada aquí, ni si voy a salir con vida de este encierro. Mi cabeza no está bien, al igual que les pasa a mis compañeros. Quiero dejar constancia, por si alguien encuentra esta carta algún día, de que hemos sido víctimas de un engaño monumental. Ahora ya es tarde para todos nosotros, puesto que la cuenta atrás se ha activado y todo lo que hagamos o digamos se tomará como parte del show o espectáculo que hacen a cuenta nuestra. En realidad todos somos víctimas de este colosal show que mueve la mente de las personas, y el espectador no es consciente de que, cuando aprieta un botón desde el cómodo sofá de su casa, está decidiendo mucho más de lo que él piensa.

                              Escribo ahora, en este breve lapsus de lucidez del que dispongo antes de que me seden de nuevo. Al principio sospechábamos de la comida. Recuerdo a Celia haciéndome gestos con la mano al respecto. Estábamos en la cocina y apenas nos reconocíamos, hasta que las dos vimos el colgante, el medallón con el que habíamos jugado la noche anterior y que nos hizo establecer la conexión con la realidad. Fue entonces cuando ella hizo un claro ademán hacia la comida. Sentíamos todo el tiempo sed y nos surtíamos del refresco de fresa y cola a voluntad.

                          Todos los que estamos aquí carecemos prácticamente por completo de lazos familiares. La mayoría hemos crecido en centros tutelados. Somos seres desarraigados que aceptamos venir a vivir este reto en directo, a sabiendas de que se trataba de un experimento en el que nosotros seríamos las cobayas, pero no nos dijeron hasta qué punto iban a manipularnos y agotar nuestras reservas mentales.

                        La mayor parte del tiempo me pesa la cabeza, no soy capaz de pensar con claridad, salvo los breves momentos de lucidez que siguen tras ingerir esa bebida tonificante extra, que nos dan dos días por semana.  Dentro del módulo perdemos la noción del tiempo. Creo que dormimos prácticamente todo el día. Al despertar trato de ir en busca de mis compañeros y veo a muchos de ellos tirados por el suelo, dormitando en medio del pasillo, en los sofás o incluso con las cabezas apoyadas sobre las mesas de sus habitaciones.

                        Oigo gritos dentro de La Caja. Creo que es Miguel que grita y debe  de estar dando patadas a los cuatro muebles que la decoran. Es inútil que se canse, cuánto más grite, más audiencia, y por tanto más tortura. La droga debe de venir por todas partes, creo que por los conductos de aire, porque todo el tiempo noto sus efectos, sólo que a intervalos estos se agudizan. Nos quieren activos, pero fuera de combate a la vez, para que no podamos descubrirles. Ahora se abre la puerta automática de La Caja y sale un monstruo de siete cabezas, que trae suministros de fresa-sangre, embotellados, y todos estamos sentados a la mesa esperando con nuestro vaso a ser surtidos.

                                El delirio y la realidad van de la mano y no sé lo que estoy escribiendo. Confío en que los anaqueles de la historia sepan poner cada cosa en su sitio y si alguien lee este escrito sabrá de qué estoy hablando. El solo hecho de recogerme unos instantes e intentar describir esta situación supone un esfuerzo tan grande…No sé por cuánto tiempo seré capaz de hacerlo, pero sé que no hacerlo será el final, rendirse a la evidencia anunciada.

                              Todo está diseñado para alterar nuestro estado mental. Los colores, la orientación de los muebles, la composición de los tejidos, quizá por eso algunos van desnudos casi todo el tiempo. Hasta la música y el timbre de  voz de la caja a la que tenemos que acudir cuando nos llaman.

                                 Creo que salimos los martes y los jueves en antena o quizá todos los días, pero los martes y los jueves son los de la elección. Quizá, si lograse reunir la concentración que me falta, podría saber los días que llevamos encerrados en el módulo, a juzgar por los que van faltando de nosotros. Aunque para esto tendría que recordar cuántos éramos, creo que veinte o puede que diecisiete. No sé por qué me viene a la cabeza el número diecisiete. Sólo sé que en el fondo estamos ávidos de que esto termine.

                               Hoy debe ser uno de esos días. Martes o jueves. Al principio teníamos miedo, pero ahora ya no. No nos buscamos entre nosotros ni nos importa. Dormimos todo el tiempo hasta que nos activan. Nos activan con algo, no sé bien con qué. El caso es que debemos despertar y hacer cosas que no recordamos. Lo digo porque de pronto despierto en el vivero o en la hamaca del piso de abajo, y puede que esté mojada o desnuda y no sé bien porqué. Seguramente completarán la programación con nuestros extravagantes actos. Hay una foto de ellos dos juntos, ya no sé cómo se llaman, el chico joven del pelo rizado y la rubia tan delgada…la foto está por todas partes ampliada, incluso en 3D y la pasan por la tele a todas horas. En realidad forma parte de una escena, un vídeo en el que el chico le hace un corte profundo a la rubia en el muslo y se pone después a beber su sangre…y ahora que la estoy viendo me entra sed. Una sed muy grande.  

              Nos dirigimos todos hacia la mesa, cómo si hubiéramos oído un timbre o percibido una señal. La sed es ahora letal, abrasadora. Hacemos ruido con nuestros vasos vacíos, tan-tan, tan-tan, todo el tiempo.

 

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Jueves 18 de enero de 2027 / Madrid

              Ana María enciende el televisor y se coloca sus gafas nuevas y sus cascos de última tecnología. Tras un día agotador, trabajando en el laboratorio, necesita liberar algo de adrenalina. Nada mejor que el nuevo programa interactivo Plataforma letal, que arrasa en todo el planeta  al romper con todos los moldes. “No me extraña que haga furor-se dice Ana- los zombies estos son totales”.

 –“Bienvenidos a Plataforma letal, el programa en el que tú creas la realidad y nada es lo que parece”-Anuncia la gran pantalla.

“¡Hay que ver cómo influye la tecno en la mente humana!” –se dice Ana- y se dispone a accionar el botón del mando, justo cuando aparecen en pantalla los integrantes del nuevo show, junto al mensaje: Seleccionar personaje. Sabe de antemano cuál va a elegir hoy: le toca el turno a Lucía –“es surrealista”, esta chica- exclama sin darse cuenta en voz alta.

 Conoce más sobre la autora en http://lascosasqueescribo.wordpress.com
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10 respuestas a Martes y jueves (Manuela Vicente Fernández)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Tu relato me ha impesionado. Me gusta la lucidez que le das a tu protagonista para poder explicar su situación, los titubeos mentales que tiene debido a la droga, cómo se da cuenta de su situación y no puede hacer nada por evitarla. Y luego está la frialdad de la expectadora, como disfruta de esos zombies sin plantearse absolutamente nada del porqué están en esa situación. No me gustaría que la sociedad llegara a vivir un Gran Hermano como ese. Suerte.

  2. manolivf dijo:

    Gracias, Ana. Es un relato puramente surrealista, pero con el que intento transmitir un poco de vértigo. Ciertamente los límites de espectáculo y realidad están aquí desdibujados un poco…Muchas gracias por tu comentario. 😉

  3. Manger dijo:

    Estupendo relato semi-ciencia ficción, Manoli. Lo datas al 2027, pero no sería raro que ese GH esté antes en pantalla. Mis saludos y suerte. Manger.

    • manolivf dijo:

      Muchas gracias, Manger. Celebro que te haya gustado. Es cierto que a veces la realidad supera la ficción, esperemos que no sea este el caso…Un saludo. 🙂

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato, esa neblina que lo rodea, el miedo y esa sensación que trasmites de ser marionetas que no le importan a nadie y que podemos manejar solo con un click, espero que no lleguemos nunca a algo así. Un saludo. Amaya

  5. manolivf dijo:

    Gracias a ti, Amaya. Me alegra que te haya gustado. El relato es ficción, pero resulta muy inquietante siquiera el plantearse que no lo sea…Hay ciertos límites, espero, aunque la frontera que los separa tenga un poco de niebla….Un abrazo.

  6. Mar dijo:

    Sí, ojalá siga siendo ficción. Creo que es la primera vez que leo un relato tuyo con tintes de ciencia ficción, oye pues no esta nada mal, me gustó. Un abrazo.

    • manolivf dijo:

      Gracias, Mar, yo también lo espero. La ciencia ficción es mi niña bonita, aunque la tengo un tanto descuidada, (también es verdad que el mundo en que vivimos es cada vez más surrealista). Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

  7. David Rubio dijo:

    Muy buen relato Manoli. Has sabido dar tu toque a la utopía de la deshumanización. El ser humano como objeto al servicio del capricho de los demás. Muy buen tratamiento del género. Felicidades

  8. manolivf dijo:

    Muchas gracias, David. La tecnología tiende a deshumanizar, sí, porque hay cosas que sólo puede hacer un ser humano, como distinguir límites, leer un buen libro, o pasar una tarde entre amigos…;) Me alegra que te haya gustado.

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