Un cielo cercano (Gisela Vanesa Mancuso )

 

       “[…] La única alegría de la mesa/es un sifón azul que está en el medio.”

                 Baldomero Fernandez Moreno, “Cena”.

 

Mientras acomodo los libros en la nueva casa, busco entre los nombres de los autores un nombre para mi hijo. Mamá ha dejado la bolsa de lona en el comedor diario, el único ambiente habitable de esta casa abandonada donde todavía han quedado los pasos de mi nonno: el tronco de la parra aún avizora vitalidad para mis ojos optimistas y, aunque, en su crecer curvo, ha dejado soltar algunas uvas moradas, escondidas, los caracoles se las están devorando. Mi marido me grita: no lo he ayudado a transportar las cajas con libros desde el baúl del auto hasta la casa. En esas cajas están los nombres de los autores entre los que busco la identidad de mi hijo, pero no puedo levantarlas con el vientre así: mi silencio torna póstumo su grito que almacena una rabia que se parece mucho al techo de la cocina; y es que el inquilino, la familia que ocupaba la casa antes de que la compráramos, ha dejado estallar el calefón y la cocina está empapelada con una capa gruesa de hollín. Papá está preocupado: vino a ayudarnos con la basura que los precarios habitantes dejaron en la terraza, y además tiene una basurita en el ojo. Papá es miedoso, víctima, compañero: se quiere ir y me doy cuenta. Desde que mi hermana quiso matarse, allá por el dos mil, teme que recaiga en el infortunio y entonces le sujeta las alas, por si acaso. Por si acaso, la muerte, pero también por si acaso la libertad y la vida.  Mi marido sigue gritando, me ha agarrado un ataque de rinitis pendenciera: se suceden estornudos cada segundo, y casi no puedo respirar. Menos responder a esas palabras que exudan hollín. Papá merodea cerca de la puerta de entrada. Yo pulverizo la casa con pesticida: hay cosas de los inquilinos, cosas que prometen retirar pronto, y bichos. Hay bichos de toda clase: cucarachas, arañas, hormigas rojas, caracoles y lagartijas. Miro ese cielo negro de la cocina, no muy distinto al que se dibuja, contundente, arriba de los techos, mucho más arriba de los techos. Dicen que el calentamiento global ha generado cambios en los seres humanos y en el clima, y que el cielo responde a la desdicha y a la parsimonia del hombre frente a la solidaridad y la vida en relación. De la bolsa de mamá, de la bolsa que mamá, buena mina, amante de las plantas, máster en insultar e insultarme, se asoman cajas de remedios a los que, a pesar de ayudarme y pasar el trapo con lavandina en la habitación, no pierde de vista. Papá se quiere ir. Ha llamado mi hermana desde la casa donde viven ella, papá y mamá. Llamó porque dice que “es tarde, cuánto tiempo van a estar ahí, tengo miedo”. Y papá se ha puesto como loco. Lo ha abandonado a Rogelio en la recopilación de la basura y sigue cerca de la entrada de la casa dando vueltas en un lugar como perro que quiere alcanzarse la cola: piensa, supongo, que mi hermana está a punto de tomar su Ginebra con las aspirinetas que él consume para evitar un infarto. Mamá dice que “dónde dejé el vaso, que tengo que tomar el remedio”. Ya sé que mi hija, si es mujer, no se va a llamar “Dolores”. Mamá tomó cuatro remedios en esta hora y media que llevamos en la casa nueva, en la casa donde nos mudaremos, y que tendremos que reciclar, y nosotros, por fuera y por dentro. Las lagartijas me gustan. Lo que no me atrae es el cielo negro de hollín ni el calefón sin carcasa que ha explotado. No me atrae un cielo tan cercano, y tan parecido a ese otro que se explaya negruzco en el cielo real al que dicen que vamos los buenos, al que dicen no iremos los malos. Se ha levantado viento. El ciruelo de la puerta despereza sus hojas agujereadas, puf puf puf con veneno para jardines. Papá y mamá se están yendo: él camina rápido y ella detrás, altiva, con su bolsa llena de remedios. Intenta alcanzarlo, pero es imposible. Siempre es tarde para alcanzar a mi papá preocupado por su otra hija, casi su única hija, desde aquel diciembre del 2000. Caminar a su lado, desde entonces, es recuerdo. Acelera más y más el paso como si fuera posible, como con su aspirineta, detener a la muerte. Mi marido se ha calmado, pero dice en voz baja que soy una pelotuda. Yo estornudo: el estornudo me descomprime el agujero que siento entre pecho y pecho frente a esa casa donde nada ni nadie es de mi gusto. Mi marido ahora sale a la calle con bolsas de consorcio pesadas. Se le ve un trazo de la raya de la cola. Se agacha más al lado del ciruelo, las acomoda cerca del cordón. Se le ve completa la raya de la cola. Llovizna. Hay viento. Se queda en la puerta de calle mirando al cielo, deja que le caigan las gotas, le tranquilizan la transpiración. “Dale, apurate, inservible”, escucho que me dice. Y yo voy caminando de espaldas a la puerta de salida pasando un trapo con desodorante para pisos. Huelo a jazmines. “Jazmín´, se podría llamar ‘Jazmín´ nuestra hija”, me digo sin convencimiento. Veo una cucaracha temblequear, patas para arriba, a lo lejos, en el comedor diario. Quiero cerrar lentamente la puerta de madera, el viento me la arrebata y se cierra de un golpe. Cierro la reja oxidada. Mi marido espera frente al volante, en el auto. Espera enojado, triste, orgulloso. Y nada bueno ha sucedido. Nada hasta este momento en que se ha borrado el hollín que se respiraba: entre las junturas de los baldosones agrietados, entre manojos de yuyos y margaritas apócrifas, que habían calado hondo con su raíz, una lentejuela dorada me instó a agacharme. “Agatha´, se va a llamar Agatha”, me dije sonriéndome y frunciendo los párpados para intimar con los detalles de la lentejuela. Y así, una esperanza dorada. Me levanté, agarrándome las lumbares, y  entonces, la tormenta indomable, desató su furia.

Conoce más sobre la autora en http://www.mesetasenlaalmohada.blogspot.com.ar/
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6 respuestas a Un cielo cercano (Gisela Vanesa Mancuso )

  1. manolivf dijo:

    Me ha gustado mucho tu relato, Gisela. La forma de escribir, impregnando de sensaciones lo que cuentas. Un saludo.

  2. Pablo Baico dijo:

    A veces no queda más remedio que acabar, y acabarse, desintegrando una vida en partículas de hollín tristes y olvidadas, con forma de gritos, aroma a televisión y sonidos de enredadera familiar desatada.
    Pero a veces la suerte, o el universo (quizá sean lo mismo) quieren (o se descuidan) y el trapo de piso termina por limpiar mucho más que la cucaracha agónica de un entrono equivocado, equivocado de hollín, de desprecio y de gritos.
    Claro que las lumbares quedan doliendo y los ojos se llevan puesta la mirada de cansancio perenne, pero el cielo cercano de un abrazo sembrado en el cantero adecuado, justo en tiempo y en lugar, arranca una vez más (y cada vez y cada día) la sonrisa más preciosa del mundo, esa que ningún hollín se anima a opacar y que suena en el amor más fuerte que todo grito de guerra triste.

  3. Emilio Álvarez dijo:

    Genial.

  4. Manger dijo:

    Toda una condensación de sensaciones atropelladas. Mis saludos y suerte. Manger.

  5. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato que ha pasado ante mis ojos con una velocidad de vértigo. Un saludo. Amaya

  6. David Rubio dijo:

    Extraordinario, Gisela. Eres una Escritora con mayúsculas. Felicidades

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