El hombre que no vendía gabardinas (David Caiña)

Me llamo Archibald Troelstrup y, desde que tengo uso de razón, siempre quise vender gabardinas.

La mía era una familia muy humilde. De pequeño, si quería hacerme con un cromo de la colección oficial de la liga de Baseball, tenía que ahorrar íntegramente la paga que, como cada uno de mis veinticuatro hermanos, recibía de mis padres. El problema era que, incluso no gastando ese dinero, tenía que ahorrar durante dos años para conseguir uno de esos cromos. Lo peor era que, cuando al fin tenía el dinero, los únicos cromos que podía permitirme eran los de la colección de dos antes. Para que entiendan lo que quiero decir, terminé mi colección del año 1934 en 1940. Y aún me faltaba el de Sandy Koufax.

La escasez de dinero en mi hogar aumentó mi creatividad a la hora de conseguirlo por mis propios medios. En el invierno del 36 le vendí mis zapatos, calcetines, camisa y pantalones a mi compañero de clase Gregor Volinski. El resultado fue que durante ese invierno yo tuve que ir a clase con solo unos calzoncillos por debajo de mi gabardina. Por si eso no fuese suficientemente malo, tenía que ver como ese presumido de Gregor Volinski siempre iba con dos pantalones, que llevaba uno sobre otro, dos camisas, que llevaba una hacia delante y otra hacia detrás, y dos pares de zapatos, que llevaba unos en los pies y otros en las orejas. Yo me gané el apodo de “El Gabardinas” y Gregor se ganó el de “Orejapies”.

Pido una pausa para la reflexión por George, que murió en la guerra cuando, completamente desquiciado, intentó escapar en pleno combate corriendo a sprint  con sus orejas por un campo de minas en aquella vorágine que fue Guadalcanal.

Volviendo al colegio, un buen día llegó a mi la posibilidad de hacerme con el cromo de Sandy Koufax. Desesperado, intenté cambiarlo por mi gabardina, pero no valía lo suficiente. Ese fue el momento en el que vender gabardinas se convirtió para mí en un horrible obsesión.

Si en aquel momento no pude hacerlo fue por que, en aquel momento, las gabardinas no estaban de moda. Estaban tan poco de moda que, cuando se estrenó Casablanca los censores no permitieron que se viesen los planos en los que salía Humprey Bogart. Aún así, la película fue un éxito, porque sin las partes de Humprey Bogart aquello era una comedia exótica comedia romántica con final feliz.

Cuando por fin, muchos años después, estrenaron la película con Bogart, mi madre se quedó tan impactada que tuvo un infarto en plena sala de cine. Sobrevivió el tiempo justo como para dejarme sus últimas palabras: “Esa película es una puta mierda.”

Los vendedores de gabardinas de la época intentaron revitalizar el negocio diversificando su mercado. Por la calle se veían carteles que te animaban a usarlas como bolsa de basura. Los periódicos estaban llenos de anuncios que invitaban a utilizarlas como cortinas o fundas para el coche. Y si algo estaba de moda entonces, eran las fundas para el coche.

No me costó demasiado tiempo darme cuenta de que, si lo que yo quería en la vida era vender gabardinas, primero tenía que tener gabardinas. Dediqué mi tiempo libre a recoger las gabardinas que la gente utilizaba como funda de coche, con el peligro que corría de ser linchado si algún día llegaba a ser descubierto. Un par de años después, cumplí por fin mi sueño.

Abrí mi tienda de gabardinas en la esquina de Wolden con Finnegan, en pleno verano de 1952, el verano más caluroso en la historia de la esquina de Wolden con Finnegan. Al principio achaqué la falta de ventas al calor. Puede que el hecho de que la esquina de Wolden con Finnegan era oficialmente el tercer lugar menos transitado de todo el mundo, después de un punto concreto de la selva amazónica y el estadio del Getafe, también influyera. Incluso llegaron a entregarme una placa acreditativa de este hecho, que colgué orgulloso junto a la puerta con la intención de captar la atención de los viandantes, cosa que no ocurrió, porque como ya he dicho, por ahí no pasaban viandantes.

Pese a todo ello, persistí. Mi siguiente idea de Marketing fue introducir en mi local un futbolín y una barra de bar. El día que lo abrí, sin haberle contado ni siquiera a mi mujer lo que había hecho, el local estaba lleno. Desarrollé la teoría de que la gente tiene la capacidad de oler una barra de bar por lejos que esté, y que no puede evitar acercarse a ella. Mi estudio se publicó en febrero del 53 en la prestigiosa revista “Ciencia Inútil”. De hecho, me nombraron hombre del año.

Pese al éxito de la barra y mi reciente nombramiento oficial como un gran científico de la inutilidad, las gabardinas seguía sin venderse. Cada vez tenía más gabardinas, pero la gente no les prestaba la más mínima atención. Parecían incluso  no verlas al entrar. Puede que las confundiesen con las cortinas. Mi solución fue llevar el producto a la calle para que la gente tuviese claro en que consistía mi negocio.

Ahí comenzó mi fiebre. Yo seguía comprando gabardinas, con la intención de venderlas algún día, pero nadie me compraba ninguna a mí. Llegué a cubrir todo el edificio de cinco pisos situado en la ahora transitada esquina de Wolden con Finnegan con gabardinas, algunas incluso negras o blancas, en vez del tradicional color caquilla, en parte para diversificar el negocio, en parte para apoyar la causa racial. La gente venía en masa a ver las gabardinas, pero nadie las compraba.

En el año 1956 la esquina de Wolden con Finnegan fue nombrada oficialmente, con su correspondiente placa, el tercer lugar más transitado del planeta. Por delante estaban el mismo punto concreto de la selva amazónica y la parte de debajo de la mesa del despacho oval, en la Casa Blanca. Incluso el presidente de los Estados Unidos llamó para felicitarme por el nombramiento. Nada más colgar, yo le llamé a él para felicitarme también por el suyo. Me cogió una mujer y me dijo que estaba ocupado.

Decidí, harto ya de esperar la primera venta, convertir mi tienda, Chr. Troelstrup, en el Museo Internacional de la Gabardina (Multirracial). Esto lo puse entre paréntesis para no posicionar mi Museo en demasía. La gente venía de todos los lugares del mundo, desde la India a Barcelona pasando por el despacho oval de la Casa Blanca, solo para ver mis gabardinas. Pero no todo iba a ser de color de rosa.

El primer problema fueron los vecinos. No les gustaba asomarse a la ventana y ver sólo una gabardina. Lo solucioné, como siempre, con creatividad. Instalé un cordel y un riel en cada casa y convertía esas gabardinas robavistas en unas cortinas gratis. A las noche hacíamos un espectáculo en el que los vecinos participan corriendo y descorriendo sus cortina-gabardinas en una coreografía definida por el Wolden & Finnegan Post como “buena”.

Y cuándo todo parecía ya sentenciado, en 1960 se estrenó en los cines “Tiros y Explosiones”, una película de acción que fue pionera en el género y estableció las bases para las películas que ahora consumimos. Era mala. Horrible. Hubo cines en los que los espectadores tiraban los sillones a la pantalla para terminar con la proyección. Hubo incluso alguno en el que fue al acomodador al que se lanzó contra la pantalla. Lo curioso, y en parte incomprensible, fue que la gente achacó la mala calidad a que nadie, en toda la película, llevaba una gabardina. Y entonces llegó, por fin, el boom de las gabardinas.

La gente se pegaba por entrar en mi tienda. Dices que había gente que se pegaba hasta por quedarse fuera. Todo el mundo quería tener una de mis gabardinas. Querían decirle a sus amigos: “Eh, mira, tengo una gabardina del Museo Internacional de la Gabardina (Multirracial). Publiqué un nuevo artículo al respecto en la revista “Ciencia Inutil” al respecto de este fenómeno.

¿Y qué hice yo entonces? Pues qué iba a hacer.

No vendí ni una sola. ¿Por qué? Había dedicado toda mi vida a las gabardinas, y ahora, después de todo el esfuerzo, la documentación, la recopilación, la colocación, el tema de las cortinas-gabardina… No pensaba deshacerme de ellas. Las gabardinas eran mi vida. Se acabó ese absurdo sueño de vender gabardinas. ¿Quién quiere vender gabardinas si es el creador del Museo Internacional de la Gabardina (Multirracial)? Desde luego, no Archibald Troelstrup.

Siendo sinceros, esto no es del todo verdad. En realidad si vendí una, pero fue por una buena razón. Le vendí al presidente de los Estados Unidos, con el que volvió a costarme mucho contactar, la gabardina con la que empezó todo, aquella que todos mis compañeros de colegio, hasta Gregor “Orejaspies” Volinski, habían rechazado. Y se la vendía, dada su valía como gabardina histórica, por un millón de doláres. Esa fue la primera y a la vez la última gabardina que vendí en toda mi vida.

¿Qué por qué lo hice? Tenía que terminar mi colección de 1934 con el cromo de Sandy Koufax.

Conoce más sobre el autor en http://lahistoriameconfunde.wordpress.com/

 

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4 respuestas a El hombre que no vendía gabardinas (David Caiña)

  1. manolivf dijo:

    Qué derroche de gabardinas, Archibal, digo David! Son tantas que ya no me dejan ver tu nombre! Muy “vintage” ese museo de las gabardinas…No si es que hay museos de todo! Pero éste me ha gustado, he pasado un buen rato entretenida en esta colección y lo de la coreografía de las gabardinas…
    vamos, de cine. Un saludo David.

  2. amaiapdm dijo:

    Que derroche de humor y imaginación, me ha encantado, gracias por escribir y por hacerme reír de esta manera. Un saludo. Amaya

  3. Nelaache dijo:

    Muy divertido e interesante por las ideas que vas desarrollando a medida que se desenvuelve el relato. Y muy “americano”. Me ha parecido estar viendo una de esas divertidas comedias que ya no se hacen. Genial.

  4. Mar dijo:

    Imaginativo y divertido relato. Un saludo.

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