El baile de Carlos (Carto Péreton)

   Fernando y María miraban como bailaba su nieto de tres años. Estaban sentados en el viejo sofá de cuero rojo disfrutando del maravilloso espectáculo, no se explicaban como aquella personita podía captar tanto su atención.

   El bastón y el sombrero del abuelo eran los juguetes preferidos del pequeño Carlos, como siempre, nada más entrar por la puerta iba directo al armario donde estaban guardados y de puntillas y con sus torpes manos conseguía, después de varios intentos, agarrarse a los tiradores metálicos que colgaban desafiantes. La mayoría de veces ganaba la batalla y lograba abrir las quejosas puertas lacadas.

   Una vez celebrado el triunfo se colocaba en posición, con el sombrero puesto y el bastón bajo el brazo, luego durante un minuto repasaba mentalmente los pasos y seguidamente comenzaba el show que hacía las delicias de los abuelos. Estos permanecían abrazados como dos adolescentes sin apartar la mirada de la joven estrella de la farándula, que se movía de un lado a otro danzando con maestría.

   Únicamente el reloj de cuco tenía derecho a interrumpir al artista, era sagrado detenerse y observar al pajarito cuando salía para saludar.

   El resto de la tarde, el pequeño la dedicaba a pasear por la curiosa sala de estar, donde maravillado, observaba cientos de extraños objetos distribuidos en estantes, mesas o colgados del techo. La pasión de su abuelo era coleccionar antiguos elementos de decoración. Entre sus adquisiciones había espejos con recargados ornamentos, viejas novelas, máquinas de escribir, cámaras de fotos, mapas dibujados en pergaminos, bonitos baúles y brillantes lámparas de lágrimas que emitían destellos de luz en todas direcciones, la variedad de objetos era infinita.

   Lo más espectacular de su colección eran los cientos de marcos de fotos que estaban repartidos por las paredes, en ellos había imágenes de personalidades de todos los tiempos, como actrices, allí estaba Marilyn Monroe, también se podía ver a la feliz Judy Garland, algún presidente norteamericano, escritores de todas las épocas, políticos en sus atriles, e incluso, aparecía en un rincón la cara con los ojos muy abiertos de Salvador Dalí.

   Todo un museo de rostros conocidos.

   A las ocho en punto llegaba la madre de Carlos y después de dar abrazos y besos, dedicaba como de costumbre cinco minutos a hablar con su padre a solas. Sentados en sendos butacones y con el museo de reliquias transportándoles a otras épocas, charlaban del día a día, con la delicadeza que un padre debe tener con una hija, a la que no le ha tratado bien la vida.

–          ¿Cómo estás hija mía? No tienes buena cara, pareces cansada.

–          Es fiebre, me deja agotada, pero esta semana no puedo quedarme en casa –dijo Isabel con un hilo de voz- me ha salido otra casa para limpiar y son dos horas más que me van muy bien.

–          Vas a caer enferma, tienes que descansar un poco.

–          Papa, ya sabes cómo estamos, la hipoteca me ahoga y desde que Lucas nos dejó no paran de llegarme sus deudas, la última ha sido de dos mil euros.

–          Ya te dije que ese hombre no era trigo limpio, pero nunca te ha gustado escuchar y ahora desgraciadamente lo estáis pagando.

–          Perdóname Papa, sé que os doy muchos problemas, pero saldré adelante, me lo propongo cada día.

–          Sabes que me tienes aquí y que puedo ayudarte, solo tienes que pedírmelo.

–          Ya lo sé, pero mi mala cabeza no tiene que ser una carga para ti ni para mamá. ¿me comprendes verdad?

   Fernando sabía que no la iba a convencer, era cabezota como él.

–          Está bien… es tu vida, pero recuerda que estamos aquí.

–          Gracias papa, sé que puedo contar con vosotros –dijo Isabel con la vista nublada.

–          Escúchame hija mía… -dijo su padre muy serio- cuando no puedas más, deja que tu hijo baile, ya verás cómo te dará alegría y tus problemas desaparecerán.

–          No sé si algo me puede dar alegría.

  

   Un año después Fernando falleció debido a una enfermedad pulmonar, dejó un lugar vacío en su familia que nunca más se pudo llenar. Su viuda aceptó mejor la pérdida que el resto, era ley de vida, se decía de vez en cuando para convencerse. Isabel se derrumbó y con ella su trabajo, sin ganas ni fuerzas para vivir, veía como se acumulaban los avisos de desahucio que llegaban del banco, solo tenía algo de energía para cuidar y alimentar a su hijo.

   Unas semanas después su madre la llamó.

–          Isabel, cariño, pasa por casa, tengo ganas de ver al niño.

–          Uf, mamá, estoy en pijama…

–          ¿Es la abuela? –dijo Carlos al escuchar la conversación- mama, quiero verla.

   Lo miró a los ojos y pensó que no era justo que él también tuviera que soportar esta carga.

–          Vale, mamá, nos vestimos y ahora vamos…

 

   Al entrar por la puerta abuela y nieto se abrazaron como nunca, ni dos personas tirando de ellos los hubieran podido separar en ese momento.

   Madre e hija se sentaron en el sofá rojo para llorar juntas después de muchos días de no verse.

–          Mamá, lo echo de menos… -susurró Isabel.

–          Yo también hija mía, cada día y cada minuto –le dijo mientras secaba las lágrimas de su cara- pero tenemos que continuar, no podemos rendirnos, tenemos que hacerlo por él –dijo señalando al joven Carlos.

   Las dos giraron la cabeza y lo vieron delante de ellas con el sombrero del abuelo en la cabeza y un bastón bajo el brazo. Seguidamente, ante la sorpresa de las dos, saludó al público empezó a moverse de un lado a otro con mucha gracia, andaba como un pingüino y hacía girar el garrote con la habilidad de una Majorette.

–          ¿Quién le ha enseñado a bailar así? –dijo Isabel con los ojos bien abiertos y sonriendo como hacía ya mucho.

–          Tu padre. Un día vieron una película de Chaplin y se pasaron semanas practicando.

   Isabel reía a carcajadas, lo hacía realmente bien, incluso con un dedo simulaba el bigote. Pasó los mejores diez minutos en años y solo diez, ya que el espectáculo acabó cuando el cuco como siempre salió de su casita y avisó de la hora de merendar.

   La abuela se levantó y se llevó al niño a la cocina para hacerle un buen bocadillo, mientras, aun sonriente, Isabel fue a la sala de estar, el gracioso Chaplin le había recordado las viejas y adoradas antigüedades de su padre. Allí seguía todo, todo menos él… Se acercó a la pared de la fotografías, nunca las había visto de cerca, siempre observaba todo aquello como un conjunto, había mucha gente retratada, le vino a la memoria un cuadro que vio en un museo, era un paisaje maravilloso, pero al acercarse se transformaba todo en puntitos de pintura, los colores no se mezclaban sino que estaban unos al lado de otros, nuestro cerebro hacía las combinaciones para que fuese una obra maestra.

   Cuanta gente importante, pensó, como aquel fotógrafo tan famoso que aparecía con su cámara colgada del cuello, Robert Capa, murmuró.

   Un momento…

   Isabel observó con detalle la cámara, había visto otra como esa. Se giró sobre sus pies y  rápidamente vio una en un estante. Se acercó y la cogió con cuidado, Leica, leyó, no entendía de marcas pero parecía buena. Un tremendo escalofrío le recorrió el cuerpo cuando le dio la vuelta, había una chapa metálica que decía COA, después le seguía un número grabado y finalmente un nombre, Robert Capa. Era de él. ¿Cómo había llegado allí?, la dejó y volvió a las fotografías a paso veloz, observó otra al azar, vio una imagen de un escritor con su hija y en medio de los dos una máquina de escribir, también la tenía vista, estaba en la mesita de madera desde siempre, se acercó corriendo y dio la vuelta al pesado instrumento de escritura, entonces la vio, la misma chapa, con otro código y un nombre Mark Twain. Su respiración se aceleraba más cada vez, ahora ya corría por la sala, otra más, encontró a Cervantes, en un parpadeo ya estaba revisando la estantería de los libros, allí estaba, era una edición del Quijote de 1741, no era posible. Rendida y agotada por los nervios caminó hacia las fotos despacio en esta ocasión, tenía mil preguntas en la cabeza, pero todas se desvanecieron cuando vio la imagen que la de derrumbó por completo, allí estaba, en medio de todos esos maestros, Charles Chaplin, con su bigote, su bombín y su bastón…

–          ¡Carlos! –dijo en voz alta.

   Con las fuerzas que le quedaban corrió al comedor y allí estaba su hijo, llevaba el bombín negro del abuelo y el bastón curvado bajo el brazo. Isabel se arrodilló en el suelo y mirando a su hijo empezó a llorar. No le hacía falta buscar la chapa con el nombre, sabía que los dos objetos eran del genial actor.

–          Esa, es su herencia, tu padre lo quiso así, el resto es para ti, esa habitación es toda tuya –dijo su madre que en ese momento llegaba a su lado-  te ofreció su ayuda muchas veces, pero tú quisiste tirar sola hacia delante sola. Eso le hacía sentirse orgulloso, pero por si acaso tenía preparado un futuro tranquilo para ti. Te quería con locura.

   Isabel lloraba desconsolada, ahora entendía las palabras que un día le dijo su padre.

“cuando no puedas más, deja que tu hijo baile, ya verás cómo te dará alegría y tus problemas desaparecerán”

   Ver bailar a Carlos le llevó a esa habitación y sus problemas desaparecieron, su padre le dejó su mejor herencia.

   Unos minutos después, acompañado por palmas y vítores, Carlos Chaplin volvió a actuar. Le gustaba ver reír a su madre, verla feliz.

 

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5 respuestas a El baile de Carlos (Carto Péreton)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Una historia muy tierna, muy sentimental. Suerte.

  2. manolivf dijo:

    Es una historia que da que pensar, y está bien escrita. Un saludo.

  3. Carto Péreton dijo:

    Gracias sinceras por vuestros comentarios. Un saludo.

  4. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir y hacerme pasar un rato tan agradable con esta historia agridulce, un saludo literario. Amaya

  5. Mar dijo:

    Una historia entrañable y bien contada. Un saludo

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