Tiempo (Nazareth Montero)

Todas las mañanas durante meses me sentaba en un viejo banco inmerso en un breve vergel. Mi única fuente de felicidad era la lectura. Sin esta, mi vida ya se hubiese secado. Me zambullía sin miedo a asfixiarme entre mis pensamientos, no como seres raptados por la leyenda, que regocijados ante las bellas sirenas y sus cantos, inocentes se ahogaban engullidos por la inmensidad del mar. Mi existencia se bifurcaba en dos cauces: uno que moría en la monotonía, y otro que continuamente renacía sin dar pábulo a cualquier índole de naufragio. Hasta que apareció aquel transeúnte tan extraño pero tan propio a la vez.   

Quizá, pocos entenderían aquella pasión que le atribuí a la sombra quebrada en el espacio de los vivos. Me fascinaba su figura espectral, mezclada entre el bullicio urbano. Una atracción que crecía con la misma suerte de caos y de gracia inclinándome hacia lo desconocido de aquella figura sugerente.

Él siempre paseaba por el mismo entramado de calles, afluentes de aquella  donde yo me encontraba. Puntual, solitario. Su alma parecía erguida debido al carcelario deber de los huesos. Respiraba profundo y un apreciable olor a tabaco se fundía en el aire, arropándole una nebulosa durante el fijo itinerario que recorría día tras día. La senectud le había dotado de esa piel transparente, y sus vidriosas pupilas estaban de continuo invitadas a quebrarse en cualquier espejo. Carecía de reloj, o al menos, evitaba su consulta. Vestido de un luto riguroso, pasaba inadvertido por tantas miradas diarias, si no hiciera excepción la mía.                                                                           

Luego, se adentraba en un bar oscuro y envejecido como él, se sentaba en la misma mesa y alargando la mano torpe cogía un periódico, cuyas páginas las agitaba con una asombrosa agilidad. Después, extraía de un bolsillo unas vetustas lentes y las colocaba con peculiar equilibrio en el filo de su nariz. Su vista se columpiaba en cada titular, en cada noticia y debatía entre dientes artículos de no pocos instruidos. De vez en cuando, se quitaba las horribles gafas y ojeaba por los ventanales hacia donde me encontraba: un banco donde ya la brisa gélida hacía insoportable su asiento. Entonces, una mirada extraña, o no tan extraña, se tornaba en propia y durante unos instantes manteníamos aquel diálogo insólito entre los cristales y nuestras retinas. Su espesa mirada era una amalgama de sensaciones distorsionadas con sabor a añejo.

Concluida su estancia, tras releer las páginas de la prensa y haber absorbido la infusión, no sin dificultad, se dirigía, como era previsto, por el mismo camino trazado, regresando a un punto de llegada, que mañana se convertiría en el reiterado punto de partida.

Yo seguía leyendo mis libros con hojas impregnadas de manchas y borrones, mientras mi mente se dirigía hacia cualquier parámetro lejano de aquellas rejas que aprisionaban el jardín. Únicamente yo, junto a una imaginería pronta a desaparecer, aferrado a la frágil existencia de aquel hombre que ya estaba distanciado del mundo.

Los días se agolpaban y sentía la obligación de estar en la butaca forjada de hierros, ansioso de verle caminar a la misma hora todas las mañanas. Era súbdito de esa vejez paseante, y presentía la existencia de una ligazón ajena a cualquier diferencia de edad y de condición.

La monotonía de cada mañana llegaba a ser redundante. Las horas se estiraban, cansando incluso irritando mi afectado comportamiento. Desnudé el tiempo de improvistos y solo lo revestí de vanas puntualidades. Ya fuera grave o leve la enfermedad, algo de ese hombre me mantenía sujeto a un nerviosismo hasta que aparecía y desaparecía repetidamente. Se había convertido en una prolongación de mí. Una simbiosis que carecía de lógicos fundamentos. Su voz desde fuera del bar resonaba gutural, ronca, como emanada por un hondo y feroz averno. Oírla producía en mi garganta una cierta y repentina carraspera.

Aquel día, le habían servido ya su infusión, cuando su cabeza se movió hacia mí y sonrió articulando sus débiles labios. Me miraba embobado, con unos ojos inmensos, plenos de una emoción que todavía hoy no sabría explicar. Posiblemente ya me reconociera tras haber reparado en mi expectante interés.

Terminado ese breve instante, proseguía manteniendo el periódico entre los dedos y la infusión a medio terminar. Aún así, yo insistía en proyectar mi vista sobre él, inspeccionando cada uno de sus movimientos, cada vez con mayor intención, aunque este terco escrutinio le pareciera molesto. Sentía un vínculo especial entre nosotros; sin embargo, sería incapaz de demostrar lo que nos unía. Necesitaba saber algo más de aquella persona y aunque, en cierto modo, creía que ya había adquirido suficientes conocimientos, estos resultaban escasos para alimentar esa intensa inclinación a indagar sobre él. No existía ningún parecido físico, mas de haber sido así, la edad le había envejecido y transformado en una nueva figura.

Hacía meses que no escribía. Eso sí, seguía garabateando la imagen de ese señor, de sus modales tan marcados, tan rigurosos, de su fisonomía y su mirada. Finalmente, terminé por no traer libro alguno, ni apuntes, ni lápices, para entregarme a la mera y atenta contemplación, fijando la residencia de mi mente en aquella parte del local donde transcurrían los gestos y la presencia del anciano.

Apareció, no sin mi extrañeza, por el mismo trayecto marcado y monótono, con sus pisadas vagas y se adentró en el bar, sentándose sin más compañeros que su periódico y su taza.  Deslizó sus gafas hacia la mesa y me miró de una manera inconfundible, que me precipitaba en él. Yo, como sonámbulo, me dirigí a zancadas, entré, recuperé el aliento, pero al alcanzar su mesa, su asiento estaba desocupado. Comprobé que todavía su infusión guardaba calor y no estaba terminada. El periódico estaba entreabierto y sus lentes apoyadas sobre la mesa, de lo que deduje, que no había abandonado el lugar y me dispuse a esperarlo. Tenía la intención de leer el periódico pero mis ojos estaban velados. Tomé aquellas lentes tan familiares y me las puse ante la sorpresa de que mi vista adoptó una claridad asombrosa. Sin embargo, harto de anodinos titulares e insustanciales noticias me las quité. Absorbí un poco de la infusión, fuente de tan grato aroma y de no menos tibieza para mis manos y dejando de lado estas sensaciones, miré por los ventanales y me llamó la atención un joven sentado en un viejo banco inmerso en un breve vergel, parcelado por edificios y situado frente al bar, que me observaba detenidamente desde hacía ya tiempo, mientras mecían sus dedos varias páginas de un libro que parecía impregnado de manchas y borrones.

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4 respuestas a Tiempo (Nazareth Montero)

  1. Ana Calabuig dijo:

    El tema está muy bien, es interesante: el continuo paso del tiempo y como se repiten las situaciones. Pero la redacción me ha parecido farragosa, confusa, con palabras rebuscadas. De todas formas encuentro interesante el relato. Saludos.

  2. manolivf dijo:

    Comparto la opinión de Ana, en cuanto a la narración, pues aunque el tono nostálgico resulte adecuado al argumento hay algunas palabras inadecuadas, y frases confusas que no están bien construidas (por ej. cuando dices:”únicamente yo, junto a una imaginería pronta a desaparecer, aferrado a la existencia de aquel hombre…” falta en esta frase el verbo: únicamente yo junto a (… )PERMANECÍA

  3. manolivf dijo:

    Comparto la opinión de Ana, en cuanto a la narración, pues aunque el tono nostálgico resulta adecuado al argumento hay algunas palabras inadecuadas, y frases confusas que no están bien construidas (por ej. cuando dices:”únicamente yo, junto a una imaginería pronta a desaparecer, aferrado a la existencia de aquel
    hombre…” falta en esta frase el verbo:
    únicamente yo junto a una (…)
    PERMANECÍA aferrado.-Sería la frase
    correcta). Por lo demás el argumento
    atrae, y me gusta cómo el
    protagonista se ve a sí mismo en el
    anciano. Es un relato que me ha
    gustado mucho y creo que, restando lo que te he indicado, quedaría redondo. Un saludo Nazareth.

  4. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato aunque lo he encontrado demasiado rebuscado, quizás con más sencillez darías una forma más bella a este relato que en esqueleto es muy bueno. Un saludo. Amaya

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