La amiga de mi tía Pascuala (Amaya Puente de Muñozguren)

Flora había nacido en Santander alrededor de 1930, más o menos. Era amiga íntima y compañera de clase de mi tía Pascuala, la maestra. Yo me acuerdo, siendo una niña de unos ocho años, que se me aceleraba el corazón cada vez que mi tía anunciaba que iba a venir su amiga Flora a pasar unos días con ella.  Abría mis ojos de niña como platos y le pedía de todas las maneras que se me ocurrían que, por favor, me dejara ir  a su casa para verla y estar con ella todo el tiempo que fuera posible. Mi madre y la tía Pascuala se miraban y empezaba el debate en el que una ponía condiciones y mi tía prometía hacérmelas cumplir. Yo hubiese ido hasta a los cuernos de la luna si me lo hubiesen pedido con tal de pasar unos días con una mujer tan mágica; en mis sueños de niña no podía imaginar nada mejor que ser una artista como Flora.

No era difícil convencer a mi madre porque, con tres niños pequeños en casa el tener uno menos era un gran alivio para ella y más si era la más revoltosa y preguntona como he sido siempre. Con no oírme, la pobre mujer tenía bastante.

Salíamos de mi casa, la tía Pascuala y yo, agarradas de la mano, sonriendo, como dos colegialas que acaban de hacer una travesura; recorríamos las tres calles que nos separaban de su casa y entrábamos en la zona de las casas de tipo inglés en las que vivía; muy cerca de la de mis abuelos que estaba al final de la calle.

Al llegar a su casa mi tía siempre hacia lo mismo, me llevaba al baño y me lavaba las manos y la cara con jabón que olía a flores, luego me secaba con una de sus toallas con puntillas y flores bordadas y abríamos el baúl de la ropa blanca para elegir las sábanas que más me gustasen para mi cama y las que más le gustaban a ella para la cama de su amiga Flora. Casi siempre coincidíamos en la elección, para mí las de flores rosas bordadas en el embozo y para Flora las blancas de hilo con encaje de bolillos; olían a manzanas recién cogidas, como toda la ropa que la tía Pascuala guardaba en ese baúl.

Ir al piso de la tía, cuando Flora también iba a ser su invitada, era tener que aceptar que me tocaba dormir en la habitación de la plancha, que además de todas las cosas para planchar también tenía cajas llenas de misterios, dos baúles, uno encima de otro y una mesa llena de papeles, plumines, lápices, gomas, tinta y el secante, con el que me encantaba jugar.

Mi tía me ayudaba a hacer mi cama, cuando terminábamos ponía mi camisón, de lunares y lazos rosas, bajo la almohada mientras dejaba las zapatillas a los pies de la cama y mi bata en el perchero; luego yo le ayudaba a ella a hacer la cama del cuarto de invitados, la de Flora; era un ritual, que , por repetido mil veces, no dejaba de tener su encanto; al terminar de hacerla mirábamos desde el dintel de la puerta si todo estaba bien y cerrábamos la cerrábamos con cuidado de que “Paca”, la gata, no se colara dentro de la habitación en el último momento.

Por aquella época yo debía tener, más o menos, como he dicho antes, ocho años y todos esos preparativos los vivía como si fueran una fiesta a la que tenía la suerte de asistir encantada.

 Casi siempre llegaba Flora al día siguiente, mi tía y yo nos levantábamos temprano e íbamos al mercado a comprar la mejor comida que encontráramos, flores frescas y pasteles, mientras  la mucama limpiaba la casa a fondo. Cuando volvíamos la tía dejaba la flor más bonita, generalmente una rosa, sobre la almohada de la cama de invitados y me daba a mi otra que ponía en un vaso de cristal sobre la mesa de mi habitación, después de haber hecho un sitio entre los papeles y las cosas de escribir. También dejábamos la prensa local sobre el escritorio del cuarto de Flora y confirmaba que funcionaba bien la lamparita y que todos los cristales que la adornaban estaban limpios, luego repasaba la punta de los lápices, el sacapuntas, las plumas, el tintero y las cuartillas en blanco para que su amiga Flora, reconocida poetisa, tuviese a mano los utensilios necesarios por si la inspiración le visitaba entre fiesta y fiesta.

La revisión de la casa siempre terminaba en la cocina, en donde Antonia transformaba la compra, que habíamos hecho por la mañana, en exquisitos platos típicos que sabíamos que a nuestra invitada le gustaban, que eran prácticamente todos.

El olor de los ricos manjares de la cocina permanecía en nuestras ropas cuando bajábamos en el ascensor, me encantaba sentarme en el banco tapizado de terciopelo burdeos imitando una de las posturas que, embelesada, le había visto poner a Flora en ese mismo ascensor mientras bajaba traqueteando, de piso en piso.

Íbamos andando hasta la estación, dando un agradable paseo; a veces llevábamos paraguas, otras no hacía falta ya que el sol lucía en todo su esplendor.

En la estación mi tía buscaba un coche y llegaba a un acuerdo para que el conductor nos ayudara con el equipaje de tan famosa invitada y a la vez nos hiciera un precio justo por llevarnos a las tres y el equipaje hasta la casa.

Cuando oíamos a lo lejos el silbato del tren nos encogíamos de alegría, mi tía Pascuala apretaba mi mano y las dos sonreíamos al mirar las vías que se perdían a lo lejos, en espera de poder ver el puntito pequeño que poco a poco se iba a ir convirtiendo en tren.

El encuentro en el andén siempre era espectacular, yo me sentía vapuleada suavemente por las gasas, plumas y perlas que siempre llevaba Flora y de ese olor exquisito a cremas y perfumes que me encantaban, mientras ella me besaba con tanta ternura que me hacía temblar. Cuando terminaban los besos y abrazos de bienvenida, rodeados por las miradas curiosas de las personas que pululaban por los andenes, nos dirigíamos hacia la salida, seguidos de cerca por el conductor que acarreaba el equipaje de la artista, que solían ser dos baúles y unas cuantas cajas con sombreros y pamelas. Parecía que el trajín de la estación paraba a nuestro paso, yo me sentía mayor e importante al lado de ellas, la tía Pascuala crecía medio metro cada vez que paseaba junto a Flora, a la que todos los hombres miraban sin disimulo mientras las mujeres la miraban de reojo y murmuraban.

La tía Pascuala se empeñaba en imitar la forma de vestir de Flora y solo conseguía parecer un pajarraco desplumado y feo que hacía resaltar, aún más, la belleza y elegancia de su amiga, por más que las vecinas, viejas y envidiosas, dijeran que parecía una “Pilingui”; a mi corta edad no entendía que significaba eso aunque sabía que no debía ser muy bueno ya que lo decían bajito y a escondidas, tapándose la boca del susto al oírselo decir a la vecina más enterada, esa que siempre lo sabía todo.

Cuando llegábamos al piso teníamos que dejar descansar a la invitada, se hacia el silencio, roto a lo lejos por los aparatos de radio de las vecinas oyendo sus radionovelas, en la casa solo se notaba el olor a flores frescas y las suaves ondulaciones de los visillos empujados por la brisa, mientras yo esperaba que pasaran las horas tumbada en la chaise longe  con el gorro de Flora puesto y su estola de plumas acariciando mi nariz, mientras “Paca”, a mi lado, lanzaba zarpazos a las plumas que veía moverse ante ella, a veces, cuando me cansaba de esperar, me levantaba y paseaba de puntillas con la estola arrastrando por el pasillo, mientras hacía como que fumaba poniéndome un lapicero en la boca. Una vez hasta me pinté los labios con fresas e imaginé que era una gran artista, hasta que me pilló mi tía y me lavó la cara con jabón Chimbo.

La verdadera fiesta comenzaba en el momento en el que, desde el salón, se empezaba a escuchar la música que arañaba la aguja del gramófono, poco después empezaría a sonar el timbre de la puerta y me perdería, una vez más, entre olores a perfumes caros, estolas de plumas, pieles, gasas y vestidos con transparencias que transformaban a las amigas de mi tía Pascuala en reinas y princesas siendo yo la muñeca de la fiesta, a la que dejaban jugar para que no me aburriera con las historias de mayores -que me encantaban- con la caja de música que siempre llevaba Flora en su baúl y que repetía hasta la saciedad una preciosa melodía con la que solía quedarme dormida en cualquier rincón.

Los días de fiesta pasaban muy rápido y siempre terminaban igual, con lágrimas en la estación y soñando con la próxima visita.

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8 respuestas a La amiga de mi tía Pascuala (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. manolivf dijo:

    Muy evocador tu relato, Amaya, con esa invitada llena de glamour y ese olor a sábanas frescas con bordados, y todo visto desde los ojos asombrados y expectantes de una niña. Buena mezcla en su conjunto. Lo he disfrutado. Un abrazo.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu opinión y por leerme, Manoli. Un saludo. Amaya

  3. David Rubio dijo:

    Muy bien descrita la escena, has conseguido que los lectores seamos unos invitados más. Felicidades

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Davíd, es un placer poderos hacer pasar un rato agradable. Un saludo literario. Amaya

  5. Mar dijo:

    Un relato lleno de fotografías vintage. Muy bonito, Amaya. Saludos.

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por leerme, Mar. Saludos. Amaya

  7. Nelaache dijo:

    Bonito relato inspirado en escenas evocadoras, sin duda. Me ha gustado mucho, porque muchas de tus descripciones me llevan también a un pequeño recorrido por el pasado (el juego de la gata, el balanceo de los visillos, el olor de las flores…) Escenas que una siempre recuerda con placer. Enhorabuena y suerte!!

  8. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Nelaache, por tu comentario y por leerme. Un saludo. Amaya

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