La vida de Javier (Amaya Puente de Muñozguren)

He celebrado ya dos cumpleaños en esta residencia, no sé si ahora voy a cumplir 84 u 85 años. A estas alturas lo mismo da. Vivo de recuerdos aunque reconozco que soy afortunado. No me puedo quejar, he tenido una buena vida y ahora solo espero tener una buena muerte, como la de Fermín, que se acostó riendo el lunes y ya no se despertó el martes; si pudiera firmaría por una muerte así, se lo he dicho al doctor que me atiende y me ha dicho que a cada cual le llega la parca de distinta manera.

Estoy en el jardín, sentado al sol en mí silla de ruedas, he superado una mala enfermedad y ya solo me quedan los recuerdos de mi vida y el arrepentimiento que algunos de esos recuerdos me causan.

Nunca quise de verdad a Cati, mi novia del pueblo y siento mucho haberla dejado plantada ante el altar, pero es que nunca me quiso escuchar cuando le decía que teníamos que darle tiempo al amor, que una boda era un compromiso muy importante como para tomarlo a la ligera, apremiados por la pasión de la juventud y el deseo que crecía con la distancia. En esa época yo hacía la mili en Madrid y nos veíamos tan poco que más que conocernos, nos imaginábamos. Ella dejó de ser mi alegría para convertirse, carta tras carta, en una mujer que solo escribía sobre preparativos de boda, ajuares e invitados. Como no hubo forma de que me escuchara la dejé, aunque mucha culpa la tuvo Nati, que me enamoraba cada vez que salía del cuartel; me encantaba hablar con ella, verla reír, acariciarla y hasta besarla. Unas cuantas veces nos encamamos y, como no conocía nada más, me pareció bueno aunque no para tirar cohetes como aseguraban casi todos mis compañeros del cuartel. Cuando empezó a brillarle el pelo con intensidad dejé de verla, estaba tan bella que aún me hacía sentir más amor, aunque, no sé por qué, fui incapaz de decírselo a pesar de no apartar mi vista de sus pechos que parecían crecer ante mis ojos.

Hace dos años descubrí su secreto. Era una mañana soleada, yo acababa de superar esa mala enfermedad que no quiero ni nombrar, fue un tratamiento muy duro, la quimioterapia me sentaba muy mal, estaba solo en casa, sin familia y casi sin amigos, y los que me quedaban estaban en peores condiciones que las mías, menos Pedro, mi amigo y confidente de la mili que estaba condenado a un matrimonio infinito y que fue el que me ayudó a vender todo y a buscar esta residencia, en la que me tratan muy bien.

Llegué aquí débil y triste, estaba en los huesos y no tenía ningún interés por vivir.

Dormitaba al sol, como iba diciendo, cuando una joven que trabaja aquí, Ana, creo que se llama, venia hacia mí acompañada de mi viva imagen pero veinte años más joven, así y todo a dos pasos de la jubilación. No tuvo que darme explicaciones, entendí al momento que ese era el motivo del aumento de pecho de Nati y del brillo de su pelo. Era una réplica exacta de mí mismo, parecía como si estuviese viéndome reflejado en un espejo pero con veinte años de distancia. Hablamos mucho, me enseñó fotos, álbumes enteros, me habló de su vida y de las pocas ilusiones que tenía, trajo fotos de su madre, Nati, que hasta el fin de sus días guardó una serena belleza y su gran secreto. Tuve sus fotos entre mis manos, las besé y volví a mirar entre lágrimas. Nati, mi amor.

Mi hijo, Javier, también tenía una grave enfermedad, la misma que yo había superado, yo le daba ánimos y hasta llegué a hacerle reír diciéndole que el único regalo que le hago en la vida, es la enfermedad y tiene muy mala sombra. Él se ríe y lucha con la quimioterapia, pero un día dejó de venir a verme y unas semanas después recibí un par de cajas llenas de álbumes de fotos y dos cartas de despedida, la de Nati, que había muerto un par de años antes y la de mi hijo al que no tuve tiempo de conocer en profundidad. La muerte me había arrebatado la única ilusión que me quedaba.

Ahora miro de vez en cuando sus fotos y reviso la infancia de mi hijo que nunca viví y la solitaria vida de la mujer de mi vida mientras lloro y lloro hasta que se acuerdan de mí y vienen a recogerme al jardín para llevarme al comedor; allí me espera, recuperándose de las graves heridas del accidente que le dejó viudo, mi querido amigo Pedro. Comemos juntos y en silencio, a veces acaricia mi mano y me sonríe, luego vamos a echar la siesta a la habitación que compartimos, nos metemos, a duras penas en la misma cama, nos abrazamos y dormimos sintiendo los besos que Pedro me da en el cuello y yo le devuelvo en sus manos tiernas que me abrazan como cuando éramos jóvenes y coincidíamos de imaginaria haciendo guardia en la garita del cuartel. Creo que por fin he conseguido lo que de niño quería ser cuando fuese mayor: “Quería ser feliz”. Mientras el gran amor de mi vida me abraza yo me dejo llevar a dulces sueños entre sus brazos que aún son poderosos. No me importaría morirme así.

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8 respuestas a La vida de Javier (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Amaya, qué giro le das a tu relato. Según lo vas leyendo no te imaginas el final, el porqué de la huída de Javier con las mujeres. Un buen relato con un buen final. Suerte y Saludos.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu comentario Ana y gracias por leerme, para mi es un placer. Un saludo. Amaya

  3. Manger dijo:

    Sorprendente final, Amaya. Mis saludos cordiales y suerte.

  4. manolivf dijo:

    A mí también me ha sorprendido el final, Amaya, más que nada porque creía que Pedro ya había quedado atrás en el relato. Me ha gustado, creo que reflejas muy bien la soledad de una vida vivida siempre a escondidas.
    Un abrazo.

  5. Manuel V. dijo:

    Está estupendo, Amaya. No hay novela más grandiosa que la vida de uno mismo…o por lo menos eso dicen.
    Besos

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por vuestros comentarios y por dedicar tiempo a leerme y a comentar el relato. Un saludo literario. Amaya

  7. David Rubio dijo:

    Lo mejor del relato es que has dotado de alma a cada uno de los personajes.Al margen de todas las historias con las que despiertas nuestra imaginación. Excelente relato, Amaya

  8. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, David, por leerme y hacer un comentario. Un saludo. Amaya

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