Retrato en naftalina (Lilián Costamagna)

    Pocas veces ocurre, pero en ella es una peculiaridad la consonancia entre el nombre y su persona. Azucena es blanca y pura, una alegoría de la joven soltera, primorosa y recatada que despide un aroma de juventud añeja. Vive sola en la casona de la calle Virrey Ceballos desde que sus padres murieron y desde que su hermana Rosalinda la dejó para casarse con Mario, un italiano que tiene un taller de neumáticos en Castelar.

-No es verdad que en las casas donde hay hortensias, las hijas quedan solteras –piensa- Todavía puedo tener alguna esperanza.

    Para ella, la casa grande es un alcázar, como decían sus padres que llegaron de Soria, allá junto a la Sierra de Guadarrama. La casona da a la calle; una puerta alta y angosta y dos ventanas largas con celosías de tablitas descascaradas, no invitan a pasar. Pero, entremos, de igual forma.

    Un zaguán largo de pisos lustrosos, aunque desgastados, desprende un aroma de cera y alcanfor. A un lado, una mesa-repisa de patas largas torneadas de madera lustrada; está cubierta por una carpetita oval color té con leche, tejida al crochet, y sobre ella, un florero con tres azucenas blancas. Ella ha adornado así el recibidor porque hoy tendrá visita. Al otro lado, un mueble antiguo y una máquina de coser cubierta por un paño gris.

    En el ingreso al comedor, se ve una mesa rectangular de caoba y seis sillas altas y ceremoniales; como centro de mesa, una frutera con olorosos  membrillos y algunas paltas. Hacia la derecha, sentada en una mecedora de mimbre, Azucena lee y relee las cartas guardadas en su cofre secreto; son pocas y breves, las repasa una y otra vez. Un gato peludo, arrollado con total hedonismo, dormita a sus pies en la canasta llena de ovillos de lana.

    Como si hubiese percibido nuestra presencia, se apresura a anudar la cintita azul y las vuelve a guardar junto a recortes de diario amarillentos, y una flor seca de alhelí. Recuerdos marchitos, ajados y anacrónicos, llegan a destiempo. Se acerca la hora y es momento de recomponer el semblante y la casa.

    En la pared de las fotos, un señor de bigotes retorcidos y ceño fruncido la mira con rigidez desde el marco lustrado y brillante. Es el abuelo de Soria. A un lado, la fotografía de sus padres españoles. Ella, una joven castellana de vestido negro de canesú blanco de lino con ribetes de crochet y una cofia en suaves tonos lilas, está sentada en una silla de respaldo alto. A su lado y de pie, un joven de cejas profusas tiende una mano tosca de labriego sobre su hombro. Y más abajo, una nena de vestidito a cuadros juega con un perro de orejas enhiestas en la ribera del río Ebro. Es su hermana Rosalinda, antes de viajar en barco hacia Argentina.

    Azucena revisa también cómo ha quedado su casa después de la limpieza frenética que acaba de hacer; descubre que una pátina de polvo grisáceo cubre la vitrina donde se guardan las copas y los licores. Después de pasar una franela, se sienta nuevamente y dice “¿por qué no?”, y se sirve una copita de oporto, que siempre sienta bien, como decía su padre.

-¿O me preparo una tisana de lavanda y tilo con una pizca de jengibre? –duda, porque es tal la ansiedad que tiene por la visita, que siente que le crujen las tripas en violentos retortijones.    Esta mañana ha hecho un desarreglo: el verdulero le regaló tres ciruelas negras tipo Reina Claudia y tres frutillas jugosas. Las aceptó y se las fue comiendo despacito en la cocina, sobre una servilleta bordada en punto cruz. Aún tiene ese regusto frutal en la boca, aunque no reparó que no se había sacado  los guantes calados y uno ostenta varias manchas rojizas.

-Tendré que lavarlo con vinagre o con limón –dice en voz baja y nasal. Advierte que no tiene ni una cosa ni la otra; tendrá que ir nuevamente al almacén de la otra cuadra, pero el verdulero es tan atrevido… Para ir allá, esa mañana se animó, cruzó la calle y pasó frente al taller mecánico; ¡los muchachos le dijeron unas cosas…! que la hicieron ruborizar –recuerda.

    Ha tenido que correr hacia el botiquín y tomar una de esas pastillas de carbón; ha sacado también una barrita de azufre, porque siente su cuello rígido y dolorido. Ha tomado frío, quizás, y se cubre con la mañanita marrón que terminó de tejer hace unos días.

    El reloj cu-cú de madera oscura aún no ha dado las once. Descorre las cortinas de voile blanco y  mira por la ventana del comedor hacia el patio. Lo ve tapado de hojas otoñales, de roble y de nogal; las del almendro permanecen amarillas y rojizas, todavía.  Una algazara de pajaritos alegra el jardín y el huerto. Debajo de la ventana, la planta de hortensias lilas y blancas. Hay muchas toronjas caídas y el cantero de calas está rebosante de flores. Crecen gracias al agua de enjuague que ella les arroja, luego de lavar los pisos del comedor y de la cocina. Hacia una esquina del patio, un alto jazmín del cabo esparce un perfume penetrante entre la humedad y la hojarasca. Hacia el otro rincón crecen zanahorias, puerros, espárragos, alcauciles, apios y alcachofas; ya ha preparado una sopa de verduras y de postre, para equilibrar la digestión, comerán una natilla de cereales con azúcar negra, cascarillas de naranja y miel.

     Sin embargo, siguen los retortijones. Otra vez duda… una copita de licor de oro o de anís, o un té de melisa para calmar los nervios? Esta mañana, muy temprano, mientras esperaba en la vereda, el cartero que es muy buen mozo, le dijo un piropo muy gentil, que ella repite mientras sorbe lento y levanta graciosamente el meñique, al par de la tacita hacia sus labios, un poquito sonrosados.

    Recita unos versos que memorizó: “Soledad, qué pena tienes, qué pena tan lastimosa… lava tu cuerpo con agua de las alondras…”. Azucena hoy se lavó el pelo negro con agua de lluvia que retuvo en el fuentón de chapa, debajo de la canaleta durante la noche. Sabe que el agua podrá purificar su angustia y su soledad. Al menos, eso intenta.

    Va hacia su dormitorio y sobre la cama monacal, amplia y fría, dispone la ropa que se pondrá para recibir a la Pilar: un vestidito azul con alforzas y canesú blanco recién planchado; descuelga del ropero angosto, el saquito de lana arratonado y raído de tantos lavados; ella no quiere desprenderse de él, porque lo heredó de su madre, antes de que engordara tanto, una hinchazón que finalmente la dejó morir. Acomoda también el sombrerito de fieltro gris al que le colocará un ramito de violetas, adosado a la cinta azul.

    El recuerdo de su mamá la hace persignarse frente al Cristo en la cabecera de la cama; en la cabeza tiene una corona de olivos bendecido en las últimas pascuas. Sobre una mesita de luz, hay un misal y un rosario. No se olvida de disponer sobre el vestido, el camafeo rosetón tallado en una piedra de rubí. Sobre una pared lateral, en una repisa, están los libros de tapas duras: Vida del rey Alfonso, Historia del franquismo, La inmigración en Argentina, La hagiografía de Santa Teresita, entre otros… y El horóscopo del amor, para el año en curso.

    Casi inmediatamente después de escuchar las campanadas de las doce, proveniente de la capilla del barrio, llaman a la puerta.  Es la prima, la que no conoce, la que viene de Madrid. Como un vendaval, como un ventarrón de las tierras áridas de Castilla la Vieja, entra la Pilar cargando dos bultos muy pesados. Tiene su misma edad y es delgada como ella. Azucena siente curiosidad y algún temor. ¿Qué traerá en esas maletas?

-Te voy a mostrar, prima. Ven- le dice con una voz extraña de sonidos sibilantes Los ojos de Azucena la interrogan. –Y despliega sobre el discreto vestido azul de canesú blanco, y encima del sombrero, un montón de fruslerías de mostacillas brillantes, tres vestidos de volados a lunares rojos, verdes y amarillos, un mantón de amapolas rojas y flecos negros, toda clase de bagatelas, cuentecillas de colores, un peinetón, un abanico, unas castañuelas y finalmente, dos pares de tacones negros.

-Sí, vine a Buenos Aires para bailar en un tablao de la Avenida de Mayo. Tengo contrato y viviré aquí contigo, prima –Sus ojazos negros sombreados relumbran bajo las pestañas largas y entre las ondas de su cabellera lustrosa.

     La dama de naftalina no puede imaginar cómo es el baile flamenco; sólo tiene un recuerdo vago de cuando era niña. Con su hermana Rosalinda vieron un espectáculo de danzas en la Asociación Española. Aparecen en su mente tacones altos que zapatean, vestidos llenos de donaire y gracejo, mantones, castañuelas rítmicas, peinetones y flores en el pelo.

    Mientras almuerzan, conversan sobre los temas que dos mujeres juntas no pueden soslayar.

-En Madrid dejé a un amor que no me amaba y me vine para acá. ¿Y tú?

    Azucena baja la mirada y tímidamente cuenta que está enamorada,  desde hace años, de un combatiente en Malvinas. Ella le enviaba al soldado desconocido, cada semana, una cajita de chocolatines con un soneto;  otras veces, un par de medias de lana con un ramito de violetas, un turrón, un mazapán de almendras y una bolsita de tela con flores de lavanda. A vuelta de correo, llegaron algunas respuestas y unas líneas perfumadas de amor.

-Pero, ¡coño!, ése ya está muerto! –le dice.

-No se sabe. Después te mostraré los recortes de noticias de la época.

    Terminan las natillas y salen a ver la ciudad. La Pilar es muy inquieta y casquivana, y una cascarrabias –piensa Azucena.

    En la calle la Pilar camina a grandes pasos nerviosos; sus piernas largas están enfundadas en esas botas de “gato con botas no caza ratón”, de gamuza azul; lleva con gracia una falda blanca muy corta, y un sweater negro y ajustado de cuello alto. Azucena va detrás, con pasitos cortos y nunca puede alcanzarla.

    Al pasar frente al taller mecánico, desde el fondo,  tras los autos, oyen fuertes silbidos y un rosario de palabras groseras y soeces. Provienen de un mameluco grasiento.

-Cuidado, chaval. Así no vas a enamorarme –le responde con soberbia y altanería.

-¡Qué audaz, esta prima! –piensa Azucena y apura el paso.

    Entran a un bar y se sientan junto al ventanal para ver pasar a los transeúntes que van apurados bajo los paraguas.

    Azucena pide un té de tilo y pétalos de rosa con miel. La Pilar, un café doble y una copita de ajenjo.

    Ahora, la Azucena ajada ya, se queda sola mirando la garúa, mientras la Pilar se pierde hacia la Avenida Santa Fe con el buen mozo del bar que ya terminó su turno.

 

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2 respuestas a Retrato en naftalina (Lilián Costamagna)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo literario. Amaya

  2. Nelaache dijo:

    Fantásticas descripciones. Me recuerda un poco el típico estilo de las grandes novelas latinoamericanas. Felicidades y suerte!

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