El Cadillac (Nazareth Montero)

Cuando me telefoneó el señor Vlad para informarme que estaba en venta su Cadillac, reaccioné de inmediato: me aprovisioné de un par de cubos, un embudo, una soga y un cuchillo; cogí los veinte mil euros del atraco del sábado, solo un muerto, mala suerte señor Harper y me dirigí a zancadas al garaje del señor Vlad. Mataría por este maldito Cadillac. Era único, especial. La silueta del Cadillac Sedan Deville de 1957 se había filtrado de mis pupilas de niño a mis entrañas de adulto. Había crecido junto a él. Conocía todo acerca de su mantenimiento. Era rematadamente fácil.

«Como a los cerdos», pensé.

Lo había visto hacer en Vlad (en realidad, lo espiaba pero siempre intuí que Vlad sabía que mis ojos lo observaban desde algún escondite). Así fue como supe lo que le hizo a la pequeña Vera. La desdichada apareció muerta como un pelele roto junto a un contenedor de la basura. En esta vida somos bestias o víctimas. Lo uno o lo otro.

Empecé a sentir en el vientre un cosquilleo de agitación nada desagradable cuando llegué al garaje y vi a Vlad junto al Cadillac. Vlad seguía siendo un tipo corpulento, de entre los tirantes de la camiseta le chorreaban sus músculos flácidos. Olía a cerdos, a chillidos y a sangre: era dueño de un matadero. Tras tantos años, se le había cosido a su piel ese hedor insoportable. De niño le ayudaba con los cerdos para estar cerca del Cadillac. Porque Vlad y su Cadillac nunca se separaban.

Nos saludamos con un apretón de manos que me dejó un tacto frío, pegajoso que ni tan siquiera frotando la mano contra mis pantalones me pude quitar. Intenté sonreírle pero solo me salió una mueca lerda.

Vlad me inspeccionó y tras una larga pausa, escupió una flema veteada de sangre que terminó estrellándose junto a mis zapatos.   

Luego, se acercó lo suficiente como para que su aliento fuera lo único que mis pulmones respiraran. Una mezcla de tabaco, café y estiércol.

—¡Te has convertido en todo un hombre, muchacho! —exclamó Vlad—. Me alegra que quieras quedarte con él —hizo una pausa y se dirigió hacia el Cadillac—. Pero te seré sincero: este maldito Cadillac casi acaba conmigo.

Vlad comenzó a reírse tan escandalosamente que varias gotas de su saliva rociaron mi mejilla. Lo odiaba.

Extraje del cubo el cuchillo recién comprado. Podía verlo reflejado en su hoja afilada, virgen aún.

—¿Acaso dudabas? Mataría por este Cadillac —dije.

—Contigo no me equivocaba —dijo Vlad, mirando el cuchillo—. Sé lo que harías con eso, animal, vi lo que le hiciste a Harper, lo dejaste desfigurado, maldito seas —Vlad vaciló—. Como las cuentas en un ábaco, así es, nadie se atrevería a contar los cortes en Harper. Eres un condenado sádico. ¿Disfrutaste? Seguro que sí, maldito seas —Vlad rió mostrando sus dientes negros y retorcidos, de nuevo, su saliva me salpicó—. No me importa de dónde sale tu dinero, basta con que me pagues ¿Lo habrás traído? —preguntó Vlad.

Le alcancé a Vlad del bolsillo de mi camisa los veinte mil euros.

«¿Cómo podía ser tan hábil contando los billetes con esos dedos cortos y rechonchos?»,   pensé.

Tras corroborar que estaba hasta el último billete, Vlad me sonrió con cierta tristeza, y osciló la llave del Cadillac frente a mis ojos.

—Es todo tuyo —dijo Vlad.

Apresé la llave. Era propietario de ese Cadillac Sedan Deville de 1957. Celeste. Tapicería de cuero. Cromado. Neumáticos de bandas blancas. Alerones cortantes. Majestuoso. Único.

Dejé los cubos y demás enseres en el asiento trasero y me subí en mi Cadillac. Giré la llave: un bramido magnífico.

Vlad introdujo su cabeza por la ventanilla y abriendo sus labios despellejados susurró:

—El depósito no está lleno. Disfrutarás, animal.

Vlad le dio un manotazo al capó, en señal de despedida a su viejo amigo, y me alejé con un pitido de claxon.

Perdí la noción del tiempo. Conduje hasta el atardecer. De repente, el motor sonó a piezas sueltas, a tripas, a ¿hambre? Sí, mi Cadillac tenía hambre. Debía repostar.

Pasé al carril de la derecha, disminuí la velocidad y me aparté al arcén, junto a una parada de autobús. Era el lugar idóneo. El Cadillac era una condenada sanguijuela.

Apagué los faros y esperé.

Un autobús se detuvo en la parada, abrió sus bocas bufando como un felino, no engulló ni vomitó a nadie y se marchó. Tras este, corría un joven sacudiendo los brazos. Mala suerte: el autobús no lo esperó. Lo necesitaba aturdido, vivo, arrastrarlo hasta el maletero, desangrarlo en mi garaje como a los cerdos, sí, como a los cerdos, como vi a Vlad haciéndolo con los demás y con Vera, lo amarraría con la soga, el cuchillo al cuello, una incisión eficaz, no sufriría. Sangre, sangre humana ese era el combustible de mi Cadillac, de lo contrario, estropearía su motor. La vida gota a gota de su cuerpo a los cubos, de los cubos al embudo, del embudo al depósito. El bramido de su motor merecía cualquier muerte. A lo mejor, en su cartera habría algo de dinero para la cena; en su cuerpo unos seis litros, quizá para unos días. ¿Mataría por este Cadillac? Por supuesto, y me acerqué sigiloso hacia el joven. No me había visto. Mala suerte.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Vintage" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a El Cadillac (Nazareth Montero)

  1. Ana Calabuig dijo:

    ¡Qué sádicos, desagradables y odiosos! Consigues que se les aborrezca. Buen relato de principio a fin. Suerte y saludos.

  2. Nazareth Montero dijo:

    Muchas gracias Ana por tu comentario y por tu tiempo. Saludos!

  3. David Rubio dijo:

    Buen relato, Nazareth. ¡Vaya pareja sacada de la matanza de Texas! El relato huele a pelis de serie B de los setenta. Felicidades

  4. manolivf dijo:

    Ese “traga-sangre” tendría que ser rojo, Nazareth! Como para darse un paseíto con el mozo…. Una buena narración.

  5. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha encantado tu relato. Un saludo literario. Amaya

  6. Tarodsim dijo:

    Jeje, muy bueno. Me gusta el estilo. ¿Hay segunda parte? Porque como en Christine supongo que el coche está vivo…
    Felicidades!

  7. Nelaache dijo:

    Buen relato que me recuerda, como bien se ha dicho por ahí, las películas americanas de la serie B. Perfectamente escrito, y acertado ese lenguaje soez y repulsivo. Se aborrece a los personajes. Suerte y felicidades por haber conseguido el efecto deseado que no siempre resulta fácil y menos en relatos “asquerosos” de este tipo.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s