Juegos viejos (Pedro Cabo Meana)

Yo tenía cuarenta y dos; ella tan sólo veinticinco. Comenzó a trabajar en mi empresa hacía seis meses. Llamativa, extrovertida, guapa, buen cuerpo… De sonrisa fácil y contagiosa. Y joven. Todo lo contrario a mí.

Ya desde el principio comenzamos el juego. Ese coqueteo inocente me sentaba bien. Lo notaba en mi ánimo. Era una sensación absurda de poder. Más tarde llegaría a la conclusión de que el coqueteo nunca es inocente: siempre hay un deseo detrás, en mayor o menor medida. Y el deseo es peligroso. Es como agua a punto de hervir: si no tienes cuidado, se desbordará sin control. Y cuando eso pasa, alguien puede salir lastimado.

Las búsquedas por los despachos y las persecuciones por los pasillos se volvieron más frecuentes; los emails y los mensajes de móvil, continuos. Cada vez más subidos de tono, cada vez más serios, cada vez más explícitos. Cena de navidad y un beso a escondidas: “es el alcohol que me hace perder la cabeza”. Y cuando te das cuenta, estás contándole a una cría que tu matrimonio se quedó atascado en la edad de hielo y que hace tiempo que sexo es una palabra incómoda en tu casa. Y cuando te das cuenta estás escuchando a una cría contarte que su novio está más pendiente de su trabajo que de ella, y que también tiene necesidades, y esto y lo otro. Y cuando te das cuenta estás metido hasta el cuello en el puto juego más antiguo del mundo.

El Motel Burbujas era conocido en toda la ciudad. Era un picadero, ni más ni menos. Un motel de tres estrellas en el que accedías con el coche a un garaje privado y desde él entrabas directamente a tu habitación. Cuando terminabas, pedías por teléfono la cuenta y te la pasaban a través de un torno, como el que hay en las farmacias de guardia. Pagabas y te ibas en silencio. No veías a nadie. Nadie te veía a ti. Discreción y jacuzzi por setenta euros; botella de cava y bombones cortesía de la casa. Un salvoconducto para el infierno. ¡Bienvenidos al futuro! No vamos en coches voladores ni hemos curado el cáncer, pero oye, tenemos mil y una maneras de ser infieles. ¿Quién necesita la fusión controlada cuando puedes follar con todo Cristo sin que tu parienta se entere? Y, casualmente, ese motel quedaba a escasos cinco kilómetros de nuestra empresa.

Así que el día empezó como siempre. Cogí un café en la máquina, subí al despacho, saludé a Cris, mi secretaria octogenaria, cabizbaja sobre el teclado, encendí mi ordenador y allí estaba: un email; asunto, en negrita: “¡Llévame al Burbujas esta tarde o no respondo!”.

Lo leí, deleitándome con las imágenes que aquella pequeña perversión morena describía. Los cantos de sirenas hoy en día tienen aspecto de emails de veinteañeras pidiendo guerra. No hay sensación más adictiva en este mundo que sentirse deseado. Es adrenalina en estado puro inyectada directamente al corazón. Terminé el café y le respondí: “te recojo a las dos en la esquina de siempre. Me buscaré una excusa para la tarde. Más te vale no ir de farol. No tengo ganas de abrazos ni historias. Eso se lo dejo a tu novio. Así que a menos que quieras quedarte sola en la habitación, tendrás que esmerarte. Besos”. Envié el mensaje y borré ambos. Siempre borro mis huellas. O eso creía…

A las dos en punto, con el corazón aún más rápido que mis pensamientos, recogí a Elsa. Como hacíamos habitualmente, yo iba con el coche, conduciendo despacio a la salida del párking. Ella me esperaba en la esquina, vigilando que nadie de la oficina pasara por ahí en ese momento. Mi coche era grande. Y lo peor: fácilmente distinguible por mi pegatina de “padres noveles a bordo”. Simpática, sí; pero que lo hacía reconocible a kilómetros. Si había campo libre, Elsa saltaba de la acera, con tal agilidad que casi no tenía ni que parar el coche.

En dos minutos y medio estábamos fuera de la ciudad, bordeando zonas de chalets adosados con minúsculos jardincillos. Elsa acariciaba mi mano, que reposaba sobre la palanca de cambio. Notaba su suave piel. Luego, lentamente, conducía mi mano a su entrepierna. Mi corazón no podía ir más deprisa. Quería llegar ya al hotel. Estaba excitado. Excitado y nervioso. Cualquiera podía vernos. Y no tenía claro qué excusa podía dar para ir por esa carretera concreta a esa hora concreta con esa persona concreta. Miraba a ambos lados. No había demasiados coches a esa hora. Y miraba por el retrovisor. Sólo un coche negro tras de mí, enorme y raro, con los cristales oscurecidos. Nadie que yo pudiese conocer. Ni siquiera me sonaba el modelo. Llegamos al cruce que lleva al nuevo centro comercial y yo seguí de frente, por la antigua carretera. Nadie en los arcenes. Ni siquiera viviendas. Tan sólo árboles y una carretera maravillosamente vacía que me llevaría en dos minutos a mi escondite de placer. Y aquel coche negro que seguía detrás…

Soy un escritor de la hostia. O lo sería, si alguna vez escribiese. Sé que lo sería porque se me da de miedo mentir. No lo digo con orgullo; pero es así. Miento. Con una facilidad que a veces me asusta. Sin remordimientos. Dorian Gray tendría que sumar la envidia a su paleta de colores si se topase conmigo. Muchas veces he llegado a pensar qué cambió en mi vida en los últimos años para haberme vuelto tan… cínico. Esa es la palabra. Tengo mil mundos al alcance de mis dedos, y te puedo contar de cualquiera de ellos hasta que no sepas qué es verdad y qué es mentira. Soy un trilero de la realidad.

Pensaba en ello tumbado en la cama, mirando mi imagen en el espejo del techo. Elsa jugueteaba con los canales de televisión, saltando de uno a otros sin dar tiempo a ver nada. Sólo se intuían cuerpos desnudos en la pantalla. Todas eran películas “adultas”. Se quedó con un canal donde daban un clásico: “El último tango en París”. “Joder”, pensé, “no me he traído la mantequilla”. Se abrazó a mí mientras veíamos a Marlon Brando dando caña a una preciosa María Schneider sobre la alfombra. Pero algo había cambiado… La película no era la que yo recordaba. Cuando la vi siendo adolescente era una película excitante, cojonuda. La historia de una preciosa viciosilla que le gustaba más el sexo que a un tonto un lápiz. Pero ahora no. ¿Había cambiado el argumento? Lo que veía era a un puñetero viejo, amargado, olvidado, mendigando sexo. Buscaba sentirse vivo follando con una jovencita. Joder, era terrible. Era tristísima. ¿Quién coño me había cambiado la película? Miraba al hombretón de Brandon, acabado, convertido en un perdedor que ni siquiera era capaz de asumir su derrota, y me daban ganas de llorar. ¿Es lo que nos queda? ¿Eso es lo único que me hará sentirme vivo? Follar con una adolescente… ¿Quién es el juguete de quién? ¿Ella el mío o yo el suyo?

Mientras me levantaba de la cama y le pedía a Elsa que se vistiese, tuve la sospecha de que no era la película lo que había cambiado en estos veintitantos años.

Habían pasado ya tres meses desde aquel último encuentro. Eché de menos a mi musa jovencita, claro. El deseo ata; el amor es mucho más fácil de llevar. Cuando amas a alguien no tienes la sensación de que algo te falta. Pero cuando deseas, parece que todos tus pensamientos te conducen a esa persona, que no puedes afrontar la vida sin ella. El amor es complemento; el deseo es necesidad.

Mi mujer me llamó a la oficina y me pidió que fuese a casa en el acto. Estaba alterada, y en su voz se notaban las lágrimas que querían salir a borbotones de su cuerpo. Cuando llegué ni siquiera dijo una palabra. Ningún reproche; ningún comentario. Tan sólo me condujo al despacho y me enseñó la pantalla del ordenador mientras movía lentamente el ratón… Tardé unos segundos en comprender lo que me estaba enseñando. Pero cuando lo hice, el suelo se abrió de golpe bajo mis pies.

En la aplicación de mapas de Google, en una carretera que me resultaba asombrosamente familiar, aparecía un coche de modelo y color igual al mío, visto desde atrás. Y aunque la matrícula aparecía difuminada, la pegatina en el cristal trasero me delató. Seguía con el ratón el recorrido de aquel coche. Un poco más, un poco más… y justo a la altura del motel, la imagen del coche desaparecía. Un fotograma antes, mi coche estaba. Un fotograma después, mi vida se venía abajo.

Huelga decir que no había excusas. Huelga decir que ni siquiera las busqué. Ella no se lo merecía. Y yo no tenía ganas de seguir hilvanando mentira tras mentira.

Nunca supe cómo dio con esa imagen. No supe por qué estaba buscando esa carretera en concreto. Incluso pensé en un chivatazo, una especie de pequeña venganza de Elsa por la ruptura. Sinceramente, nada de eso importa. Lo único importante es que ahora llego a una casa sola y silenciosa donde nadie me espera, y que un domingo de cada dos quedo con mi hijo para ir al cine y al McDonalds. Es el riesgo de jugar con fuego. Con fuego joven cuando ya no tienes facultades para jugar.

Así que cada noche me siento en el salón con un par de sándwiches y una cerveza y pongo el dvd. He vuelto a mirar todas las películas antiguas que tengo en mi armario. Una por una.

Quién sabe qué otras películas han cambiado en estos últimos años sin yo darme cuenta…

 

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11 respuestas a Juegos viejos (Pedro Cabo Meana)

  1. INSOMNE dijo:

    No es ficción ¿verdad?

    • tusitala dijo:

      Sí, tengo cuarenta y dos; y sí, últimamente me siento un poco viejuno (debe ser alguna crisis de la edad). El resto, por suerte o por desgracia, es ficción. Gracias por pasarte por aquí, Insomne, y por tu comentario.
      Un saludo.

  2. Luisa dijo:

    “Quién sabe qué otras películas han cambiado en estos últimos años sin yo darme cuenta…”
    Muchas y los libros también muchos… ¡si es qué son muy pendencieros!

    • tusitala dijo:

      Sí que lo son, Luisa. Mira que intento tenerlos a todos controlados, y en cuanto me doy la vuelta me cambian por otro más joven. Libros infieles…
      Un abrazo.

  3. Manger dijo:

    Muy buen relato, Pedro. Ese tipo de crisis es muy peligrosa en el hombre; está muy bien analizada en tu texto y casi siempre suele acabar así. Mis saludos cordiales y suerte.

  4. Mar dijo:

    A mi me queda la duda que ella no buscase el mismo motel en el mapa. Me ha gustado, Pedro. Saludos.

  5. tarodsim dijo:

    Hola Pedro, buen relato.También es mala suerte que saliera en el mapita…Yo estoy con Mar, me da que la mujer tenía un encuentro entre manos…
    Saludos!

  6. unalicia dijo:

    Bien escrito y descrito.Me gustó.
    Yo creo que la mujer ya había oído hablar del Hotel Zouk y por eso vigilaba, digo yo…
    Un saludo,

  7. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha encantado tu relato a pesar de ser un tema tan viejo como el mundo pero me ha enganchado tu forma de llevarlo, un saludo. Amaya

  8. David Rubio dijo:

    ¡Ay, cuando el Demonio Meridiano se mete en nuestra vida! Cuando de repente miramos al futuro sin poder encontrar nada él más que rutina y las cenizas de lo ya no volverá. Me gusto mucho tu relato, Pedro.

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