Oro viejo (Alicia Bermejo)

Tía Mimi siempre ha estado presente en mi vida, desde que recuerdo, aunque tampoco tengo claro porque razón, los fines de semana los pasaba en su piso de la calle Francisco Silvela, que en mi ignorancia infantil yo encontraba un poco triste, con el tiempo me enteré que era señorial. Nunca averigüé si me enviaban allí como premio o como castigo, aunque yo no iba a disgusto, puesto que de antemano sabía que con toda seguridad -como cada semana- disfrutaría de mi postre favorito, arroz con leche, que la muchacha que la atendía dejaba preparado.

Tía Mimi, de joven fue artista, bailarina creo, y digo creo, porque en la familia nunca se dieron muchos detalles acerca de sus aptitudes artísticas, pero su casa estaba repleta de fotos con unas vestimentas que no alcanzaba yo a comprender para que momento y lugar podían ser adecuadas. Bien es verdad, que según fui cumpliendo años mis dudas se fueron despejando.

Mimi, no era por así decirlo un nombre artístico – aunque sospecho que lo utilizó como tal- en realidad era el diminutivo familiar de su nombre de pila, Misericordía. Alguna vez he pensado, con mala idea, si lo de dedicarse a ser artista no sería para vengarse de sus padres, por el nombre, digo.

La tía vivió muchos años en Venezuela, parece que fue a parar allí en una de las giras de la compañía artística donde actuaba. No tengo noticias de si su vida fue difícil, pero no lo creo, pues con bastante rapidez encontró el amor en aquel país. En la familia siempre se habló del marido de Mimi, Don Gonzalo, pero no se casaron nunca – él no era libre- pero al ser un señor respetable y un alto cargo político, no se lo tomaron a mal. Contaba también a su favor su generosidad, pues siempre que volvían a España de vacaciones –cada año- ningún miembro de la familia se quedaba sin regalo, y nada de bagatelas, oro, perfumes y si alguien necesitaba ayuda económica, ellos se la prestaban. Y además tenían un cochazo Mercedes, color oro viejo, que causaba admiración en aquella época. Lo mismo que el antebrazo de tía Mimi, cubierto casi hasta el codo, de pulseras de oro de sus más diversas formas, algunas de ellas con monedas colgantes y las cadenas de oro macizo (de perro, decía algún familiar envidioso y graciosillo) que lucía en el cuello “el marido”.

Al morir Don Gonzalo, por causas naturales mayormente debidas a la edad, fue cuando tía Mimi regresó definitivamente a España, se instaló en el piso que el difunto le había regalado en su día y que fue decorado con los más refinados estilos y a mí me asignaron como “señorita” de compañía, recién cumplidos los diez años.

Las tardes de invierno se nos pasaban lenta pero apaciblemente, mientras me contaba historias de sus viajes y me dejaba curiosear en los cajones de la cómoda Isabelina –decía ella- que hacía las veces de mesilla de noche, justo al lado de la gran cama con dosel que –por aquel entonces- me parecía muy rara. ¿Una cama con cortinas?

También y siempre bajo su supervisión, podía exponer sobre la colcha de macramé heredada de su abuela, que conservaba con gran cariño, todas las joyas que guardaba en un gran joyero de piel de cocodrilo, que se abría en muchos compartimentos, cada uno de ellos asignado a un tipo de joya, el de los anillos, el de las pulseras, etc., pero el que más me entretenía era el compartimento de las cadenas, porque se hacían nudos y tía Mimi, me enseñó a deshacerlos con un alfiler.

Otros días revisábamos los armarios, yo contemplaba y dejaba deslizarse entre mis manos los largos y sedosos camisones, combinaciones bordeadas de delicados encajes, los vestidos de noche… uno de ellos me impresionó tanto que aún sigo -de tarde en tarde- sacándolo de su funda de algodón, solo para contemplarlo, pero nunca me he atrevido a probármelo…

Lo que peor llevaba era la temporada de verano, ¡qué largo era el fin de semana en aquel piso! A la gente de mi edad ya les permitían salir a pasear y yo me pasaba el sábado y la mañana del domingo viendo la calle desde el mirador que daba a una pequeña plaza, escuchando a la tía que cada vez estaba más pesada con sus historias. ¡Claro! Ella se hacía mayor, pero ¡Yo también!

Por indicación de mis padres y tras mucho insistir, se instaló una televisión para que yo pudiera entretenerme y dejara de quejarme del mortal aburrimiento, a pesar de las protestas de la tía, empeñada en que no encajaba con la decoración y el estilo del mobiliario.

Y por fin, al cumplir 21 añitos -la mayoría de edad- mi sacrificio se vio recompensado, tía Mimi anunció en una reunión con mis progenitores, que yo heredaría todo su patrimonio (casa, mobiliario, joyas, ropa) -que cuidadosamente había sido inventariado y certificado ante notario- aunque ¡y ahí estaba el detalle! no sería legalmente mío hasta que ella no descansara eternamente y siempre que permaneciera a su lado hasta ese fatídico momento. Pensándolo bien no era un mal arreglo, la tía ya tenía una edad, bastantes achaques, había ido decayendo y últimamente se la veía muy desmejorada, no le quedaba mucho tiempo.

——-

¿Qué veinte años no es nada? ¡Ja! Pues a mí se me han hecho eternos…¡Y la vieja que no la palma! Ahora que está de actualidad la fiebre de todo lo vintage y que podría conseguir un dineral por mi herencia… como me descuide se pasa de moda. ¡Hay días que me dan unas ganas de…!

Y otras veces me da por pensar si cuando me propusieron mis padres las dos opciones, no debería haber optado por el seminario…

 

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5 respuestas a Oro viejo (Alicia Bermejo)

  1. Luisa dijo:

    Gracias, cuando menos, por regalarme una sonrisa. ¡En estos tiempos se venden caras si se venden!

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha hecho gracia tu relato y me ha arrancado una divertida sonrisa. Un saludo literario. Amaya

  3. Mar dijo:

    jajaja!! mejor la espera que el seminario, eso creo. Muy bueno, Alicia. Saludos.

  4. manolivf dijo:

    Y las tías Vintage Alicia? Todo un mundo dentro de otro mundo. No es un buen negocio esperar, en este caso. (Del seminario mejor no hablo, que puede dar para otro relato…)
    Me ha gustado. Un saludo.

  5. unalicia dijo:

    Gracias a todas, se agradece vuestra lectura y comentarios.
    Saludos

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