El custodio de la sensatez (Marietth Suan)

Abel, ya estaba cansado de jugar por todos los escondites de la casa de divertirse con los animales del zoológico de la mansión, de entretenerse con sus juguetes, de andar por cada recoveco del lugar; aunque había ciertos partes de la mansión a las que sus padres le habían prohibido entrar, previniéndole que corriera algún peligro mientras ellos no estaban.

Pese a esto y dado su aburrimiento, empezó a hurgar en los lugares prohibidos de la casa, esos a donde nunca había entrado. De pronto bajando por el sótano en donde por siglos su familia había acumulado pertenencias, encontró una habitación de la que nunca, siquiera había escuchado a sus padres hablar. Cuando estuvo en el oscuro lugar, encendió la luz y empezó a caminar un poco agitado porque respiraba el frío aire cargado de polvo envuelto en humedad.

Al adentrarse en la primera habitación y a cada paso, encontraba libros y estantes con más libros, pero Abel no se acercaba a escudriñarlos, pues no sentía la más minima simpatía, ni un ápice de curiosidad por los libro. Nunca le había interesado la lectura o familiarizarse con los libros porque nunca tuvo en su casa siquiera un ejemplo. Tristemente y de generación en generación -las casi cuatro que ya habían pasado- odiaban la lectura, casi sentían repulsión al conocimiento que se guardaba en los libros, siempre decían que lo importante, era la memoria que se transmitía de abuelos a padres, de padres a hijos y ese proceder, lo heredaban a todos.

Eran dos largas habitaciones las que quedaban por recorrer y un poco desanimado Abel, no veía otra cosa que no fueran libros. Eran grandes bibliotecas con estantes preciosos, de formas sencillas, algunas extrañas, lo que hacia que contrario a su voluntad, el muchacho se adentrara más. Cuando caminaba tropezó con una puerta un poco pequeña, si se comparaba con las demás, porque esta si acaso alcanzaba a superar su estatura que a sus 12 años de edad era de un metro y 30. Cuando él la abrió alcanzaba a ver mucho más y más estantes con libros.

Ya a punto de volverse para regresar a casa, una gran nube de polvo y un ruido casi ahogado y extraño, llamaron su atención. Estaba sorprendido de ver que se levantara polvo donde no había movimiento y se dirigió al rincón, pero no vio nada diferente: libros y más libros. Empezó a retirar las montañas que se habían formado con los libros seguramente cuando alguien había retirado un estante o alguna persona simplemente disfrutaba amontonándolos en el mismo lugar.

Cuando Abel, había escarbado y quitado buena parte de los libros, vio que el polvo fluía con más libertad y mágicamente danzaba, enrredandose con un alo de luz que provenía de la ventana y que terminaba en un extraordinario baúl de madera fuerte y de un tamaño mediano que se encontraba sellado. Cuando lo tomó con fuerza para levantarlo, un rostro opaco se dibujo en la parte frontal y el cofre lanzó un sonido idéntico a la tos.

Temeroso por lo que sucedía, Abel, soltó de nuevo el baúl y lo dejó caer, pero más se sorprendió aún cuando el cofre con voz cansada le dijo:

-no temas, soy un –vitange- de tu familia que por mucho tiempo ha estado aquí oculto y me alegra que me hayas hallado. – ya empezaba a perder la esperanza.

En ese momento los ojos del rostro dibujado en el baúl, empezaron a tomar más brillo y su boca pronunció un pensamiento en voz alta:

-Seré sacado del sótano por el hijo menor de la familia.

Mientras tanto Abel, seguía sorprendido mirando el baúl un mueble mediano, algo envejecido, que siguió hablándole:

-Acércate, no tengas miedo, yo no puedo hacerte daño, solo te daré poder y conocimiento.

El muchacho se acercó y lo abrió, era hermoso ya que adentro tenía una pequeña cajonera de estilo clásico y su interior aún se conservaba muy bien forrado. Vio que en sus laterales había algunos libros con las hojas amarillentas viejas y en el fondo dos cajones con forma de libros y detalles de clásico en metal. El baúl fue a parar a la habitación de Abel y allí, los dos conversaban por horas y horas. El mueble le contó la historia de su familia, la suya propia y lo que estaba por venir y empezó diciendo:

-La historia inicio por allá en 1837, cuando un joven Louis Vuitton dejó su pueblo natal y llegó a París para aprender el oficio con el maestro maletero y fabricante de baúles Monsieur Maréchal. Por ese entonces, los primeros trenes y barcos a vapor dispararon la demanda de estos artículos. Pero fue recién en 1853 cuando Louis Vuitton se convirtió en el favorito de la Emperatriz Eugenia, atrayendo así a clientes de la realeza y de la incipiente burguesía.

-Soy el primer baúl que diseño Louis Vuitton, que fue un ícono de tradición en artesanía y creatividad. Él cambio para siempre la forma de viajar.

Abel, estaba sorprendido por el interés que de repente algo le generaba y empezó a buscar toda la información necesaria, sobre el mueble. Aprendió que la utilización de los arcones o baúles se remontaba a la Edad Media, en donde se usaban para guardar objetos de valor, tanto en la casa, como en los viajes.

Supo que en esa época, existía una diferencia entre los baúles; por un lado, estaban los que tenían patas y una cubierta plana y, por otro, los de cubiertas curvas y sin patas. Que los primeros se empleaban principalmente para guardar cosas y, la existencia de las patas, era ante todo para mantener aislado del suelo al arcón y protegerlo de la humedad. Que los de cubierta curva, eran muy cómodos para los difíciles viajes de esa época, debido a que expelían mejor el agua.

Así terminó por concluir que el arca, arcón o baúl, con todas sus variaciones, era una de las contribuciones más importantes de la artesanía española a la historia de los muebles y aunque actualmente, estos no servían más que para decorar los espacios, Abel quería saber porque ese mueble le envolvía, le llamaba tanto.

En poco tiempo Abel, se volvió un ávido lector y ahora leía, escribía, contaba historias y hacia versos, era otro, ya nadie lo reconocía. De aquel muchacho de juegos ya nada quedaba.

También había descubierto que cada vez que escribía en su habitación y dejaba las hojas de papel sobre el escritorio estas desaparecían y al momento se le devolvían con muchas respuestas y más conocimiento con el que podía resolver lo que nunca había imaginado, porque ahora sumaba grandes sumas y respondía mil respuestas

El baúl, estaba realmente complacido porque desde siempre había conocido a la familia y había esperado tanto porque sabia que Abel era especial. Un día mirándolo le dijo:

-He visto tu sed de conocimiento, simplemente estaba dormida. Quiero que hagamos un pacto para que tu conocimiento siempre permanezca: cuando sientas que te he aportado lo suficiente me entregaras a otro miembro de tu familia.

Abel lo prometió y en adelante su familia fue distinta y bendecida por el conocimiento y la sabiduría.

Conoce más sobre la autora en http://marietthsuan.blogspot.com.es/
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3 respuestas a El custodio de la sensatez (Marietth Suan)

  1. David Rubio dijo:

    Buen relato Marieth, que el conocimiento y la sabiduría te acompañe. Saludos

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu historia pero tendrías que repasar la primera parte un poco más. Un saludo. Amaya

  3. Mar dijo:

    Me gustó, Marietth

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