La noche se la llevo con ella (Albertocinco)

Un rayo de luz del sol mañanero penetra por la ranura del postigo, declinando sobre mi lecho de mujer, como buscando el reposo. Vuelvo a volver y devuelta estoy y al despertar, abro los pesados párpados y doy gracias a Dios. ¿En verdad, si debo dar gracias a Dios? ¿Dónde estoy? En mi sitio, situación, sitiada en la soledad de la riqueza que logré acumular por los servicios prestados a los mortales que rodeaban mi espacio, emplazamiento, enclavamiento, encajada en la carencia del hoy. Miento, mentiras doy, ¡no! Riqueza, rico, recorrido de mi vida, patrimonio. La tibieza de mi aposento se va diluyendo en el ambiente gris y frío como el día. Día, diario, diablo vivir. Abro bien los ojos y encuentro la realidad real de este regio palaciego, palacio, ¿padecimiento? Estoy en mi hogar. ¿Qué es mi hogar? Un cuartucho, una pieza en el rincón de una morada, en un barrio hundido en la miseria, viejo arrabal, arrabalero desamparado, desvalido y desatendido, desvencijado, condenado a evaporarse por el accionar del tiempo, como un conjuro inconmovible. Un cuchitril, pobre, pobreza, pobretón, con paredes quemadas por el tiempo, difuminado el contorno de su color, despercudido por un estropeado chiro con emanaciones a sucio y sabor amargo, paredes gruesas con olor a arena, con un hueco como entrada que sostiene una desechable puerta de dos hojas, colmadas con una variedad de fisuras y un mal colocado pestillo: es el cuartel de un alma en pena. Pena, penita, pena de nuestro amor en silencio, hoy sí antes no, ¿por qué? Viejos amores aquellos, ahora orfandad, allá mozos y adolescentes de resplandeciente cutis; no pocos, si muchos, muchos, muchachos, muchachotes que se fueron y no regresaron. Aquí estoy como antes, diría que como ayer, dispuesta o disponible o en disposición de que. ¿Pero a qué? Y ¿Para qué? “Amores que se fueron….”

Allí estaba ella, la anciana vetusta, adormilada, adornada con su adormidera descolorida y sus trastos destartalados, acomodados a las circunstancias de su habitación mugrienta: un catre de varillas, mostrando el oxido amarillento del rezago de su tinte original, a medio parar, con sus patas inclinadas por el uso rutinario, cuantos placeres, cuantas lagrimas, cuantas tristezas, cuantas primaveras de servicio. Servicio, servil, servidumbre, como la vieja dueña de éstos cacharros, habitante de este tugurio. Un rudimentario taburete, verdusco y desastrado, cubierto con prendas desordenadas de apariencia marchita, y un espejo roto y deteriorado, salpicado de manchas negruzcas, que muestra las figuras distorsionadas, como queriendo mentir o desvirtuar toda ilusión. Toda materialidad.

Espejo, espejito, espejote, ¿esa soy yo? ¿Soy, o no soy o era? ¡Todavía soy! Porque esa que miro soy yo. ¡Increíble! ¡Inconcebible! ¡Inverosímil! ¡Créanlo! ¿O no soy creyente? Pero miro y remiro y vuelvo a mirar, mirar mirando por el camino ando, y soy yo, ¡no, esa no! ¿O sí? Jolgorio, juerga, jarana. ¿Por qué te has ido? Se fue como ráfaga, raigambre, raída cual mi existencia afanada como veloz viento, vientre, barriga exuberante, exultante, excitante como mis noches de lascivia ¡No, esa no! 

Converso y conversando voy y vuelvo a conversar y con euforia le cuento al espejo mentiroso qué me decían mis amigos cuando me veían pasar, arrogante, altiva, buena moza: elegante damisela de andar acompasado, ¡qué caderas tan esbeltas! ¡Que finura el contorno de sus piernas!…. Y escucho, en aquellas lejanías, como melodías de mis añejos recuerdos: es su cara sonrosada la frescura, sus cabellos la fragancia de las rosas, sus ojos bellos, la grandeza de una estrella, su boca perfumada, la pureza de su alma y en todo su ser, la hermosura. Y retomo, una y otra vez, un coro lejano: “cómo vive esa rosa que has prendido junto a tu corazón, nunca hasta ahora contemplé en el mundo, cerca al volcán la flor”. Declamaban con desvarío, como cánticos de aleluya: apiádate de mi triste amargura recibiendo mi humilde corazón. Julio, Pedro y Juancho…. No pocos, si muchos, muchos, muchachos, muchachotes que se fueron, y no regresaron que mí memoria ya no quiere repasar ni evocar.

Caramba, carambita, carambolas, caracoles, caray, ¡hombre, vaya, ea, bendito Dios! Que rompo la mesilla que afortunadamente tengo cerca al camastro para soportar mi peso al levantarme. Soy como lámpara raída, con su caperuza fatalmente deteriorada, desgreñada, despeinada, despechada. ¿Despechada? No, ¿por qué? …. Amorcillos, ¡cupido porque te has ido! ¿Amoríos? ¡Ausencia! ¿Calor humano? Me condenan al despecho, ¡no! Pecho, pechuga, pecaminosa, la sabia de mi vitalidad. Y Mis manos, manitas, maneras de existir, como planta sin cuidados, sin caricias terrenales. ¿Cuáles manos? Son dos bultos con sus distorsiones, rojizas, retintas, ¿qué color es este? ¿Cobre?, manchas negras y rojas, bonita contemplación para mis ojos, ojitos, ojosos, como mi cara, mi cara cara, ¿cuál cara?, renegrida, redonda, o ¿torcida mas bien?, sin cejas. La delicadeza de mi figura es una evocación, los rasgos suaves y tiernos se perdieron, perdidos, perdida, ¿yo? No, pérdida de mis atributos físicos, ¡uy! Estoy loca, loquita, locasa, ¿casamiento?, ¿con quien?, Julio, Pedro y Juancho…. No pocos, si muchos, muchos, muchachos, muchachotes que se fueron, y no regresaron, nunca lo expresaron con sus labios, pero si con sus movimientos nerviosos, como queriéndome acariciar eternamente y estrecharme y poseerme, porque la lozanía de mi cuerpo complementada por lo sugestivo y la ricura de mi imagen, invitaban a la fornicación. Mi jaculatoria era amar, amar y amar, amigarse, uno, dos y tres, ¿Cuántos amantes?, si, amantes concupiscentes, amorosos amadores que tomaban con fuerza y suavidad a la vez mis carnes torneadas, tratando de complacer sus instintos, con la complicidad de sus manos buscando mi sexo con gran voluptuosidad. ¡Espejo mentiroso! Éstas son mis regordetas protuberancias que se esconden debajo del camisón descolorido y raído, con su olor pestilente que el uso continuado y el ambiente del entorno no perdonan.

Esa noche de frío, ésa noche de niebla, la anciana vetusta, adormilada, adornada con su adormidera desteñida y sus trastos destartalados, desmadejados, desvencijados, esperando no pocos, si muchos, muchos, muchachos, muchachotes que se fueron y no regresaron. ¡La leyenda dice que la noche se la llevó con ella!    

 

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2 respuestas a La noche se la llevo con ella (Albertocinco)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato que me ha recordado a los trabalenguas de mi infancia, un saludo literario. Amaya

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