¿A qué hora atiende Dios? (Carlota de las Mercedes Gauna)

(Cuento basado en un hecho real acaecido en una región de Andalucía, España, en el año 1988)

 

“Riámonos juntos,cuando la última página esté a punto de ser leída,cuando nos demos cuenta de que el Dios en el que siempre hemos creído es realmente un Dios de Amor y de Perdón que nos acompañó toda la vida sin que lo sintiésemos ni siquiera respirar”

 

Arrodillada junto a su cama, Zulema contempló el cuarto donde nadie acudió jamás a recitarle un poema ni a intentar siquiera prodigarle el consuelo de una caricia fugaz. Por un momento detuvo sus ojos en el crucifijo que pendía sobre su cama. Las cuentas de vidrio opalino brillaban como pequeñas gotitas de miel contra la pared donde se delineaban las sombras retorcidas de las ramas que se asomaban a su ventana y la golpeaban en esa cruda noche de invierno.

Se había duchado y colocado el amplio camisón que la cubría hasta los pies y sentía con placer el suave perfume a rosas con que se había frotado la piel. Una cinta de color pálido sujetaba sus cabellos en lo más alto de su cabeza para caer desde allí en suaves rulos indefinidos hasta tocar sus hombros. Juntó sus manos cruzando los dedos, dispuesta a comenzar sus oraciones nocturnas pero una rara sensación le apretaba el estómago hasta provocar dolor.

Se persignó y se metió entre las frazadas considerando que el intenso frío le había ocasionado ese espasmo. Seacurrucósobre un costado y se quedó esperando a que el dolor menguara. Pensó otra vez en Dios, más apropiadamente en Jesús, que para ella era el compendio más visible de la incomprensible magnitud del dogma de la Divina Trinidad, cuya dilucidación la mantuvo siempre en el filo del abismo. Con Jesús resultaba diferente.

Por lo menos de Él tenía estampitas repartidas en el colegio y en las iglesias que lo representaban bajo diversas vestimentas y variados rostros. Pero ella, luego de ver a Robert Powell representándolo en la película “Jesús de Nazaret “, había optado por imaginarlo bajo ese perfil adorable donde los ojos mansos brillaban como luciérnagas azules en la oscuridad del mundo. Desde que comenzó a rezar, luego de que su madre uniese sus manos en actitud adecuada a dicha situación, Zulema lo fijó en su mente como un hombre delgado, de barba y cabellera rubia, de mejillas hundidas y mirada quebrada por el sufrimiento pero siempre dispuesta a ser el consuelo de sus penurias, las que se tornaban más exigentes a medida que crecía hacia la adolescencia y sus ocultas urgencias la sacudían cual un motor de arranque, tornando inútiles sus esfuerzos por alejarse de la “maldita concupiscencia”, que según las monjas, ennegrece los corazones de las jóvenes hasta el punto de convertirlas en sucias bolsas de carbón. Y ella, la niña que no aceptaba tanto enojo ni tanta culpa, ardía en deseos de gritar el asco que le producía tanta mentira y falsedad.

Sor Eulalia era la monja que les impartía Catecismo, la que intuía la rebeldía en esa mirada tan verde como hojas frescas de primavera y que estaba dispuesta a poner en su lugar con mano de acero.

Al concluir sus rezos se preguntaba si el espíritu Santo sería realmente una paloma luminosa y el Padre de Jesús tan austero y enérgico como lo era su propio padre. Y por sobre todas las cosas, si Sor Eulalia tenía razón cuando repetía entre sonrisitas disimuladas que, “si no hacíamos lo que ÉL nos imponía, seríamos presa fácil de los fuegos de un infierno específico para los desgraciados que tenían la mala suerte de morir sin recibir los últimos sacramentos”. Ella creía en un dios bueno que a veces podía estar triste por la ineficacia de sus hijos, pero jamás lo pensó con una vara llameante en su mano, calcinando los huesos de los pobres mortales incumplidores de sus deberes cristianos.

Un dolor punzante se clavó en su costado derecho como el impiadoso aguijón de una abeja gigantesca rondando sobre ella para volver a clavarse en su vientre. Pero no quiso despertar a su madre y rezó cincuenta padrenuestros antes de quedarse profundamente dormida.

Al día siguiente, un raquítico sol comenzó a colarse por entre los negros nubarrones que presagiaban tormenta. Zulema se vistió con botas y ropa de abrigo, desayunó y salió a la calle sin hacer ruido. El dolor de la noche anterior había desaparecido por completo, por lo cual se sentía agradecida y predispuesta a ser amable con los desconsiderados de siempre. Pasó las cuatro horas dando clases de inglés en el Colegio Santa Bernardita y luego almorzó ligeramente en un puesto callejero, aledaño al establecimiento, para no llegar tarde a la oficina del Correo Privado donde almacenaba y clasificaba la correspondencia, fuera del horario de atención al público pero bajo la rigurosa supervisión del encargado general. Y esta vez, como tantas otras, debió esquivar con astucia y discreción los embates amorosos de los cuales él la hacía objeto bajo la mirada cómplice del resto de los empleados. Daniel Estévez era su tormento mayor, su martirio cotidiano, el hombre que le hacía aborrecer sus condiciones físicas y sus dotes femeninas, que en ella llegaban a su máxima expresión, por más que las tratara de disimular bajo amplia vestimenta o abrigos casi masculinos. Él se había convertido en ese infierno personal por el que tanto había bregado Sor Eulalia. Y cada día le resultaba más difícil mantenerse serena cuando sus manazas la tomaban por los hombros y su rostro brutal se acercaba a su oído para susurrarle lo que de ella esperaba. Ya no podía disimular los agravios de los cuales era objeto y sospechaba que en el momento menos pensado su reacción sería atroz, echaría abajo su disposición a suavizar las situaciones y alejaría a aquel despreciable ser antes de que los límites entre los dos desaparecieran.

Al terminar su trabajo y salir al aire helado de la calle ya las luces de la ciudad se iban encendiendo a medida que sus pasos presurosos la conducían hasta la parada del autobús.

Ese anochecer se ensimismó en la contemplación de la Vía Láctea, tan esplendorosa y ajena a las falencias humanas.

-¡Dios mío, por favor, ayúdame!¡Aléjame de esta tremenda humillación, por favor, Jesús!¡Tengo tanto miedo de cometer un desatino del cual deba luego arrepentirme toda mi vida!

Retrasado y de mal humor, el chófer abrió la puerta y le entregó el boleto. Zulema tragó saliva…¿Por qué la mayoría de las personas vivían tan neciamente, sin disfrutar siquiera de las estrellas que en las noches del invierno brillan más intensamente? Se sentó en uno de los últimos asientos y se arrebujó dentro de la capa con gorrito de piel con la que trataba de disfrazar el frío interior que la carcomía. Y reclinando su cabeza contra el respaldar de la butaca, entrecerró los ojos, haciéndose a la idea de que todo marchaba de forma normal.

Y sí. Quizás era ella la causa, como siempre de contramano con el resto de sus congéneres.

Se despertó sobresaltada pero se tranquilizó al comprobar que aún faltaban dos paradas para que se cumpliese el largo trayecto hasta su casa. Al descender, el viento soplaba con más fuerza y algunos relámpagos zigzagueaban sobre las torres de los edificios del Complejo Ferial. Apuró el paso. Las vacías calles empedradas se habían tornado resbaladizas y su taconeo resonaba en cada esquina del barrio desierto. Su sombra se delineaba sobre los guijarros, lánguida y ausente de su propio cuerpo.

En el bar de la esquina aún había parroquianos que apuraban las últimas copas antes de despedirse de sus amigos para retornar a sus hogares. El viento susurraba en sus oídos desequilibradas melodías al hundirse en la madeja oscura de su pelo. Una mujer abrió una puerta llamando a gritos a su hijo. Un hombre cruzó el umbral para depositar una bolsa con basura bajo uno de los frondosos árboles que ensombrecían aún más las amplias veredas. Alguien levantaba una persiana en el piso superior de una casona y la luz se filtró por las hendijas como un estilete surcando el espacio hasta su cara.

-¡Quiero ser feliz!¡Quiero ser feliz!- balbuceó ya casi en la esquina, sintiendo que las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas laceradas por el viento. -Quiero ser como todas las mujeres que conocen el amor y lo prodigan a manos llenas, que saben de un beso profundo que las haga vibrar en consonancia con los latidos de su corazón. Quiero una vida plena.¡Quiero vivir! Estoy tan cansada, me siento tan vieja,tan malograda ¡Dios! ¿No crees que ya es tiempo?

Un sollozo agónico brotó de su garganta. Ése había sido un día igual a todos los que habría de vivir, sin ilusiones frescas, sin sensaciones promisorias, sin ningún San Antonio resguardando los últimos vestigios de una juventud que se le estaba yendo de las manos como agua escurrida sobre el barro.

Al divisar el farol que oscilaba en el frente de su casa el miedo pareció abandonarla y por un instante sus defensas se aflojaron.

Y en ese preciso momento la sombra cayó sobre ella oprimiéndola contra el suelo mojado de la acera.

En un acto de supervivencia elevó sus manos y sus uñas surcaron el rostro áspero mientras su olfato reconocía esa repugnante mezcla de tabaco y alcohol dentro de una boca maloliente, esta vez entreabierta por la lujuria.

Poco pudo su intento contra la robustez del cuerpo que la arrastraba hasta el terreno abandonado a pocos pasos de su hogar .

Cuando abrió los ojos, lo primero que divisó fue la luna colgada de las ramas del árbol bajo el cual yacía. Su cuerpo dolorido apenas tuvo fuerzas para sentarse y descubrir que un reguero de sangre corría entre sus piernas, El ultraje del que había sido objeto la puso de pie, la hizo correr, la adentró en la espesa bruma que había descendido cual manto de bondad para protegerla de miradas impiadosas.

Zulema corrió con los brazos desplegados como el velamen de un barco abandonado a la deriva tras el crimen del que había emergido, para ser su mejor defensora.

El agente de policía tarareaba una melodía indefinida, con un mate en su mano, cuando la puerta de vidrio se abrió abruptamente y la mujer cayó de rodillas frente a él, con su ropa hecha jirones, las manos con uñas quebradas al luchar por conservar su integridad y la sangre corriendo por sus piernas desnudas.

-¿Está usted segura de que éste es el hombre que la ultrajó?- preguntó la asistente social sentada a su lado, muy serena y dueña del papel que en esos momentos representaba para la joven mujer recostada entre almohadones, con el rostro magullado e hinchado y los dedos de sus manos vendados.

La miraba y sentía bullir la sangre dentro de sus venas como caballos desbocados impulsando su marcha. La miraba y dejaban de tener sentido la piedad, el perdón y toda actitud opuesta a la venganza. Nunca podría acostumbrarse a no enervarse hasta la última consecuencia frente a la violencia de género dentro de la sociedad actual. Le acarició levemente el cabello húmedo y trenzado que cobraba mayor nitidez contra la pálida piel de esa cara atormentada.

-¿Está segura usted, mi querida?-

Zulema ladeó la cabeza venciendo el dolor de la nuca que le impedía realizar cualquier movimiento sin emitir leves quejidos. Frente a ella la mujer sostenía la fotografía de ese hombre horrendo que parecía guiñarle un ojo oscuro y lacrimoso.

En aquellos ojos verdes y llenos de lágrimas, la profesional obtuvo una respuesta contundente. Entonces tomó las   manos heridas entre las suyas y con una sonrisa de alivio le susurró.

-¿Crees en Dios?-

Zulema tardó en contestar. No sabía el por qué de aquella pregunta y se limitó a contestar moviendo apenas sus agrietados labios -Si, en Jesús, mi Señor-

-Bien, Zulema….permíteme tutearte para confiarte lo que te proporcionará alivio – Respiró hondo.

-Ese hombre ha muerto-

Un estremecimiento general le recorrió el cuerpo.

-No pudimos explicarnos muchas cosas que sucedieron esa noche, mi querida. Lo primero que debo decirte es que él no pudo penetrarte. Lo intentó, sin duda alguna, pero la sangre que encontramos entre tus piernas no era la tuya. Es así, aunque no lo creas-

Los dedos vendados parecían querer inaugurar un idioma gestual desconocido sobre las manos que los sujetaban.

-Encontramos su cuerpo muy cerca de dónde tu yacías. Tenía los ojos desorbitados y una enorme ¡O! dibujada en el contorno de su boca, como si hubiese muerto de terror. Y no sólo eso. Al analizar la sangre vertida sobre tu cuerpo encontramos que le pertenecía a él. Murió desangrándose, con el pene mutilado y una enorme y profunda herida en el corazón. Aparte de eso, encontramos que los pastizales alrededor de su cuerpo aparecieron ardidos y desteñidos, como si un ácido los hubiese quemado sinentrar en combustión. Muy extraño todo. Para los que creen que la justicia divina suele presentar facetas de difícil entendimiento y para los que trabajamos sobre pruebas fehacientes, esta vez nos sobrepasó la realidad de hechos ciertamente sobrenaturales-

Enarboló frente a ella una medalla que había extraído de su bolsillo -No la presenté como prueba, ya no nos sirve. Pero te sirve y te sirvió a ti, ¿no es así?

Demudada y temblorosa, la joven asintió con la cabeza al tiempo que la mujer le pasaba la cadena por la cabeza y dejaba reposar la medalla sobre su pecho.

-No sé para qué tu asaltante quería tenerla, pero la encontramos aferrada en su mano izquierda. La otra mano estaba tan quemada y deformada como los pastos a su alrededor-

En ese momento, por la puerta entreabierta, la acompañante de la joven divisó las figuras que se acercaban al cuarto y se puso de pie.

-Todo cambiará a partir de hoy…Ya lo verás. Y podrás olvidar y ser feliz-

Había tanta alegría en la voz de esa mujer que Zulema no pudo evitar una leve sonrisa que iluminó su rostro con una paz indescriptible…La mujer se volvió y antes de salir le dijo:

– Ese dolor que has sentido últimamente en el bajo vientre es producto de un quiste ovárico que se disgregará por sí solo. No te preocupes-

Mientras su bisabuelo, sin sombrero y con una vieja casaca, entraba en la pieza seguido por su abuela y sus padres adoptivos, Zulema comenzó a llorar con el alma plena de felicidad, contemplando a los miembros de su familia correr hacia la cama, con la alegría propia de la sangre andaluza brillando en cada gesto cual perlas en el estuche de una ostra, y la ostentación y los gestos exagerados que siempre le transmitieron sensaciones de identidad. Su madre se le acercó y la vio tan bien que prorrumpió en un llanto liberador de emociones encontradas mientras el abuelo refunfuñaba con eso de que todas las mujeres son iguales, que se pasan la vida “echando mocos para afuera”, paseándose por la habitación con los pulgares hundidos en el borde de los bolsillos de su casaca a cuadros, intentando fingir que aquello no le importaba.

Zulema estaba contenta de verlos pero con el corazón desbocado.

_Qué día es hoy?- preguntó a la mujer que se alejaba de su lado mientras un brillo intenso aureolaba su cabeza. Ella se volvió con cierta picardía en sus ojillos vivaces . -Cuando amaneció, y el lunes no era lunes, sino que era martes, supe que otra vida había logrado salvarse para gloria del Señor… Dio un respingo y extendió sus brazos abarcando la tonalidad celeste de un cielo sin nubes divisado en el recuadro del amplio ventanal-¿Crees en Dios?-

Zulema recordó que esa misma pregunta le había sido susurrada por el ángel esplendoroso, luego del ataque, el mismo que, inclinado sobre su cuerpo yacente, la atrajo hacia él para sacarla de las inquietantes tinieblas en las que se estaba sumergiendo. Prefirió no averiguar su significado. Guardó silencio. En el cuarto del sanatorio su familia conformaba un bullicioso cuadro totalmente ajeno a la esencia del milagro. Y ahora ese ángel de luz permanecía de pie a su lado, sonriendo dulcemente.

Luego de observarla con infinita bondad se fue desdibujando contra las cortinas de gasa, atravesando los vidrios, perfilándose contra el cielo tan azul como esos ojos de Jesús que la miraban desde la estampita apoyada en la base de la lámpara, sobre la mesa colocada a la derecha de su cama.

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2 respuestas a ¿A qué hora atiende Dios? (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. Carlota Gauna toca un tema espinoso, duro de por si, el de la Fé. Mas allá de ser un hecho real, la forma de cronicarla vuelve a sorprender porque nos mueve a pensar, una vez mas, en la existencia de Dios. Para los creyentes católicos no nos caben dudas, pero lograr tal certeza en el relato hasta hacerlo creible para un no católico es una árdua tarea y desafío. Mucho mas llegar a buen puerto. Carlota lo ha logrado, hay que mirar bajo las sábanas del cuento, para encontrar ese misterio que yace bajo las mismas, lo que transforma a éste cuento en un cuento realista y a la vez fantástico. EXELENTE.

    • ¡Si, amigo, así es! Podremos no creer, o tratar de escondernos a la mirada divina…Siempre habrá un aprimera vez para cuestionarnos la existencia de Dios y para pedirle a gritos su ayuda en los momentos más difíciles de nuestra vida…¡Gracias, poeta!

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