Las cartas de los gemelos (Carto Péreton)

   Cada vez que iban a entrar en combate, Jean y Peter se intercambiaban cartas póstumas de despedida para sus familias. Lo hacían así porque pensaban que era lo mejor, el que sobreviviera enviaría a casa del otro sus letras de despedida. Antes, cada uno llevaba la suya cerca del pecho, pero unos días atrás no pudieron recuperar el cadáver de un soldado y esa carta nunca llegó a su destino.

   Esa práctica no era solo de ellos, la mayoría de los militares allí presentes utilizaban el mismo sistema. Cada uno tenía su “gemelo”, así se llamaban las improvisadas parejas que se formaron la misma noche en que el soldado Paul no regresó. Los mandos de los batallones no salían de su asombro, en muchos años de carrera militar nunca habían visto nada parecido, al amanecer, antes de partir, los soldados se juntaban para cambiar las cartas de manos y al volver al campamento base después de la batalla, las retornaban cada uno a su propietario. A veces, algunos no volvían con vida, en ese caso su gemelo ya sabía lo que hacer.

   Una fría noche, unos soldados hablaban alrededor de un fuego a tierra, parecía imposible que de día hiciera tanto calor y en cambio por la noche la humedad les calara por completo hasta los huesos, el desierto era así, siempre intentaba matar a todo lo que estuviera en sus dominios y ellos, no eran una excepción.

-No sabía que en Afganistán había bosques – dijo el joven Milo.

-Pues parece que sí, además los talibanes están allí ocultos, ayer cayeron diez hombres del batallón del General Dumont –dijo Peter con la vista en las brasas incandescentes.

-¿Diez? – dijo Mann.

-Parece ser que fue un infierno, los acribillaron como a animales y se llevaron los cuerpos, no se pudo recuperar a nadie. La mala suerte es que dos eran gemelos de cartas.

-¡Maldita sea! ahora sus familias solo recibirán las asquerosas notificaciones que manda el gobierno –dijo de nuevo Mann con rabia.

-Mierda de guerra, no sé que hacemos aquí, no se nos ha perdido nada en este país –dijo Jean tirando contra el suelo un puñado de tierra.

-Jean, somos soldados, es nuestro trabajo.

-Ya lo sé Peter, yo quiero defender a mi país del enemigo, pero esto, es el culo del mundo, no veo cual es mi misión aquí, nuestra casa está a miles de kilómetros, esta guerra no va conmigo.

-Escucha, tu eres mi gemelo o sea que quiero verte animado y contento, no tengo ganas de tener que enviar tu carta mañana –dijo Peter subiendo el tono de la conversación.

-Perdóname Peter… tienes razón, cada vez me cuesta más seguir con esto, tengo ganas de volver a casa.

-Todos tenemos ganas de volver.

-Peter, ¿porque no dejamos una copia de las cartas escondidas en las literas? Así no nos pasará como a esos dos pobres desgraciados -preguntó Milo.

-Llegaste ayer ¿verdad?

-Sí, me incorporé ayer.

Eso no siempre funciona, cuando estamos combatiendo a veces cambia la ubicación del campamento base con lo que todo se desmonta y monta en otro lugar, muchos objetos y recuerdos se pierden, lo más seguro es llevarlas encima, por cierto ¿ya tienes gemelo?

-No aun no –dijo Milo un tanto inquieto.

-Pues date prisa, mañana vamos a los bosques… es un lugar muy peligroso.

    Los cuatro se quedaron en silencio, mientras un extraño aroma llegó desde un lugar lejano, era olor a muerte.

    A la mañana siguiente la infantería observaba los famosos bosques, era una gran extensión que llegaba hasta el horizonte y vestía como una alfombra el valle que tenían delante. No eran árboles muy altos pero si muy frondosos, lo que impediría caminar con facilidad y además lo hacía ideal para que el enemigo permaneciera oculto hasta que llegaran las presas.

-Que bosque más raro –susurró Jean, mientras permanecía estirado en el suelo junto con el resto de compañeros- más que árboles, parecen arbustos.

-Son plantas de marihuana gigantes, por lo menos hacen tres metros de alto –dijo Peter con el volumen también muy bajo.

-¿Marihuana? –contestó Jean.

-Sí, hasta hace poco la “hierba” movía mucho dinero en este país, se rumorea que protegen estas plantaciones como fieras.

-¿cómo vamos a entrar ahí dentro? –dijo Milo unos metros más atrás- podríamos quemarlas con los lanzallamas.

-Milo, no digas gilipolleces, ¿cómo vamos a quemarlas?, acabaríamos colocados y bailando con los talibanes –Dijo Mann.

   Se escucharon órdenes a través de las emisoras y la primera compañía avanzó despacio hacia las plantas, poco a poco se adentraron apartando ramas y saltando rocas. No se veía a más de dos metros de distancia, era una ratonera y los gatos seguro estaban al acecho con las uñas afiladas. El crujido de las pisadas era escandaloso, demasiado para una misión sorpresa, Peter respiraba con nerviosismo, intentaba amortiguar su peso para que las hojas secas no hicieran tanto ruido, pero no lo lograba. A pocos metros escuchaba los pasos de sus compañeros, no se sentía seguro, su intuición no solía engañarle. Además, el olor de las plantas era asfixiante, debían estar en plena floración.

   Después de treinta minutos su vista se empezaba a nublar, tenía mucha calor y empezaba a notarse mareado, quería sentarse a descansar pero no habían dado la orden de detenerse, debía continuar.

-¡Están aquí!

   Se escuchó de repente.

   Alguien empezó a disparar y eso contagió al resto, en un segundo un ruido infernal ensordeció al valle, las hojas de marihuana saltaban a trozos por todos lados y los gritos de terror y furia elevaban la tensión haciendo que la adrenalina corriera por las venas hinchadas a punto de explotar. Peter barría de balas su frente al tiempo que alguna soplaba a su lado partiendo troncos por la mitad. Después de dos cargadores la suerte dejo de acompañarle, un proyectil le alcanzó en el pecho tirándole hacia atrás. En el suelo, rodeado de ramas y cogollos se retorcía de dolor, solo pensaba en respirar, respirar sin detenerse, mientras, todavía se escuchaban disparos. Luego se inició un fuego en algún lugar, el humo no dejaba ver nada y el ambiente era irrespirable, pero Peter no se rendía, quería vivir. Su sangre manaba lentamente, la bala que le impactó vino rebotada o frenada por alguna planta, no le atravesó por completo, pero se incrustó en uno de sus pulmones. En poco tiempo moriría sin remedio. Pero él ya no pensaba en eso, se desmayó debilitado por la herida.

   Amaneció, y el lunes no era lunes sino que era martes, los pasos de los enemigos se acercaban a los soldados heridos, algunos todavía estaban vivos y gemían de dolor. Poco a poco los disparos iban silenciando todas las voces agonizantes, hasta que ya no se escuchó nada más.

   De entre la maleza un guerrillero apareció a pocos metros de Peter y al verlo en el suelo se acercó apuntándole con su fusil. Al llegar a su lado, con la punta de su arma apretó el pecho de su enemigo moribundo. Peter se retorció de dolor. Registró sus bolsillos y se quedó con todos los enseres que encontró; navaja, cantimplora, un reloj. Peter abrió lentamente los ojos. Como en un sueño vio a un hombre barbudo y ataviado con un turbante. Supo lo que iba a suceder y en silencio se despidió de la vida. Con suerte su gemelo estaría vivo y su mujer podría leer su despedida más sincera. Aquel extraño encontró la carta de Jean escondida en su casaca, la abrió y sorprendentemente se dispuso a leerla. Pero al momento, muy enfadado, como si no hubiera entendido nada de lo que ponía, volvió a introducir los folios en el sobre y la dejó de malas maneras en el pecho ensangrentado de Peter. Después cogió su arma y apuntó a la cabeza de su enemigo. Pero no disparó. Estuvo meditando un largo minuto mientras lo miraba a los ojos, finalmente, se colgó el fusil en el hombro y sacó de entre sus ropas un libro que enseño al soldado, luego dijo unas palabras en árabe y sin más, desapareció entre las maltrechas plantas.

   Peter de nuevo se quedó solo. Era su oportunidad de huir de allí. Se puso a gatas con un tremendo esfuerzo y comenzó a avanzar poco a poco. Con cada paso varias gotas de sangre dejaban un pequeño rastro, casi no podía respirar, sus costillas astilladas le daban pinchazos y eso le hacía llorar de dolor, iba a desvanecerse de nuevo, ya no podía más, pero cuando empezaba a caer de bruces dos soldados lo cogieron por los brazos y lo levantaron llevándoselo que aquel infierno a toda velocidad.

 

   Una semana más tarde, Jean lo visitó en el hospital de campaña.

-Peter, ¿cómo estás? –dijo cuando llegó a su lado.

   Su gemelo estaba tumbado en una cama, tapado hasta el cuello con blancas sábanas. No dormía, miraba al techo fijamente. Buscaba respuestas.

-Pudo matarme y no lo hizo, por qué. –dijo Peter secándose las lágrimas de sus ojos- Se puso a leer tu carta Jean, luego se marchó sin más.

-Peter, esta guerra no le gusta a nadie, todo el mundo tiene sentimientos, aunque sea de otra cultura o raza, seguro no entendió lo que estaba escrito, pero se debió imaginar que era de despedida o de amor. ¿qué hubieras hecho tú? ¿lo habrías matado?

-Ahora no sé si podría hacerlo, creo que ese hombre me ha cambiado.

-Puede que esa fuera su intención –dijo Jean cogiendo del hombro a su amigo.

-Jean… me gustaría saber qué has escrito en tu carta, ¿me dejarás leerla?

-Eso es personal… ya lo sabes.

 

   Una semana antes, un guerrillero talibán abrió la carta que llevaba un soldado enemigo escondida en el pecho, quería ver que ponía en ese papel perfumado antes de matarlo, sorprendido, vio que no había nada escrito, ese hombre no había hecho su carta de despedida, él, en cambio, le enseñó un manuscrito, con su historia y la de su familia, no podía quitarle la vida. Nadie debía irse con una carta en blanco. Le dejó vivir para que la escribiera.

   Quizás Jean no tenía a quién enviar su carta o simplemente como dijo una noche, aquella guerra no iba con él.

 

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