Los encantos de Satán (Insomne)

En los archivos notariales, vetustos y polvorientos, que existen en los registros civiles de todo el planeta no se encuentra el nombre de Terencio Leandro (19??-????). No es posible conseguir una referencia suya en los listados de viajeros, ni en los diccionarios de autores, ni tan siquiera en las roídas lápidas de los cementerios escandinavos. Aunque la culpa probablemente fue del mismísimo Terencio Leandro, que eligió desde muy temprana edad extinguirse misteriosamente sin dejar apenas rastro, como aquellos últimos dinosaurios de los albores.

Pero cada historia tiene un principio, y ésta no iba a ser menos. Creemos que todo empezó en su infancia con una pregunta y una respuesta:

 – ¿a quién quieres más, a tu papá o a tu mamá?

– A ninguno… –respondió Terencio Leandro neutralmente, sin odio, sin rencor; y desde ese preciso instante supo que nunca querría a nadie y nunca sería querido por nadie.

Don Terencio Leandro –en adelante don Tele- se ganaba la vida en alguna provincia de la Gran Pangea, escribía o contaba cosas en papeles pobres, dejaba su firma en revistillas de pocas páginas, a veces traducía a Plinio o a Tito para no aburrirse los domingos tras la cena.

 Nunca tuvo –ni quiso tener- el alegre don de vivir, simplemente dejaba pasar los meses y los años sin que estos le molestaran mucho o poco. Consumía los días sin pena ni gloria y las noches las dedicaba a fantasear con una nominación al Nobel de literatura; también soñaba, como en los últimos veinticinco años, con Meryzêl, la linda jamaicana que imaginara un día para autosatisfacerse en la soledad de su alcoba. Él se sabía sin talento, reconocía que no era un genio, por eso nunca se decidió a protagonizar ninguno de los cuentos que escribía, jamás se preocupó de hazañas o aventuras, siempre se había dedicado a ser un implacable observador de los hechos y de las gentes, gastando su tiempo en coleccionar hasta los más mínimos detalles para luego encadenarlos en el papel.

Cuando su cabeza empezó a blanquearse por los laterales y las rodillas se quejaban de los ascensores que nunca funcionan, entonces se decidió a escribir un libro: Los Encantos de Satán. Era una novelita sencilla, una tragicomedia donde describía a un Satanás menos malvado que el bíblico, con virtudes y defectos como los de cualquier diosecillo griego, un Diablo que tenía rasgos de misericordia para con los débiles, incluso podría decirse que era un buen dios de los infiernos subterráneos.

Como es de suponer a la gente no le gustó aquella increíble osadía, ¡nada menos que atreverse a escribir que el dueño de los fuegos eternos no era malo! A la sociedad le molestó que un simple escritorzuelo pretendiera modificar el pensamiento secular de tantísimos siglos; no indagaron ni los motivos ni los razonamientos de esta variación, ni tan siquiera se interesaron por el tono cómico de los doces capitulitos que componían el libro.

La editorial que publicó Los Encantos de Satán demandó a don Tele por atentar contra la moralidad de tan íntegra casa; el redactor jefe de la imprenta se inventó un soborno para que no desvelara ni una frase del argumento hasta el día de la publicación, los vecinos del autor comenzaron a mirarlo con desdén, una vieja loca del barrio le gritó una noche cuando bajaba a tirar la basura que el exorcismo era el único remedio para aquel terrible pecado que había cometido, la parroquia adventista de la ciudad le excomulgó ceremoniosamente una tarde obscura de jueves otoñal sin estar don Tele presente. Todo el mundo lo evitaba en los restaurantes y en el tranvía, era reconocido en el supermercado, en los bulevares, en los cines de películas para adultos, en los parques de sirvientas y soldados, de doncellas y mamporreros, de chachas y repartidores, todos lo identificaban aún sin haber leído ni comprado su libro. La culpa la tuvo un momento de debilidad egocéntrica que le impulsó a incluir una fotografía tamaño carné en la contraportada, encabezando un somero currículum, mitad verdad y mitad mentira.

Don Tele se quedó sin trabajo, la poca familia que le quedaba le repudió, alguien quemó sus apuntes incomprensibles de esperanto creyendo que era correspondencia secreta con los habitantes de ultratumba. Su sastre le boicoteaba cosiéndole el tiro de los pantalones más ajustado de lo normal, incluso la prostituta que don Tele alquilaba a fin de año, maquillándola a imagen y semejanza de Meryzêl, desapareció de su esquina habitual. Más tarde corrieron rumores que en la buhardilla donde habitaba se celebraban reuniones de brujería y que las personas que todavía le hablaban eran miembros de la secta del Maligno. El aturdido don Tele maldijo una y mil veces el momento en que se puso a escribir el dichoso libro. El llanto de los pianos dentro de los cafés le recordaba otros tiempos, cuando él podía entrar y charlar con los contertulios. Ahora no le quedaba más que la soledad, el abandono, el vacío y otras cosas peores que habrían de llegar.

El placer más grande y la felicidad más intensa que proporciona la escritura es el poder de la invención, los personajes o las situaciones que se truncan o exacerban por el simple deseo del escritor es un gozo inimaginable. Pero para don Tele fue una gran pena; mártir de su propia vocación.

Las asociaciones de católicos impenitentes, los hombres rectos y de bien, el Partido Nacional Conservador, la Unión Cristiana, los obispos de las mil diócesis africanas, los dictadores de las repúblicas tropicales, y muchos otros grupúsculos disconformes con el infame librito se manifestaron por las calles pidiendo un castigo ejemplar, para el autor de Los Encantos de Satán.

El mando supremo y perpetuo del Palacio Presidencial discutió, deliberó, ensayó, arremetió, y dispuso castigar al cada vez más deprimido don Tele. Todos los jueces del país se reunieron decididos a demostrar su valía y coraje para aplicar el más terrible castigo de todos los inventados por el hombre.

En la atalaya de vieja madera gris se escuchaba la voz del Gran Juez dictando la sentencia por todos aguardada, incluso por Terencio, más desesperado por la parafernalia del acto y por el escándalo de su pecado que por el propio castigo.

Al final de largas peroratas entre el ministerio fiscal y el ministerio de la defensa, después de los discursos finales entre los abogados del Cielo y los abogados del Infierno se impuso la condena al reo, se le castigó a la pena de muerte o, en caso de que lo solicitara el acusado, a la cadena perpetua de la vida tremenda. En realidad, la ley no permitía una defensa, sólo la toleraba. (Franz Kafka, El Proceso)

La vida tremenda consistía en que cada acto que realizara el inculpado sería gigantesco, colosal, inacabable, sorprendente, abrumador, titánico, tremendo. A don Tele le daba lo mismo morir que no morir, pero ya que le daban la oportunidad de elegir lo hizo por el castigo de lo tremendo, sólo por probar algo, únicamente por curiosidad, no por otra cosa.

Don Tele permaneció en la sala del tribunal con su futuro marcado en la mirada. Era domingo de Pascua y al día siguiente lo dejarían salir del calabozo para iniciar su condena.

 No durmió en toda la noche lleno de una insólita impaciencia, esperó y esperó hasta que amaneció, y el lunes no era lunes, sino que era martes, aunque don Tele no lo descubriría hasta muchos años más tarde. Nada más cruzar la avenida que separa los edificios judiciales del resto de la ciudad visitó un bar y pidió un vaso de agua con limón. Durante el juicio la sed le resecó tanto la garganta, le apelmazó tanto la lengua entre los dientes, que no pudo siquiera dar las gracias. Comenzó a beber la tacita de refresco que le sirvieron, pero cuanto más bebía más líquido había en la tacita, seguía bebiendo y bebiendo, el vientre hinchado por la gran cantidad de limonada, la nariz empezaba a destilar unos hilillos de agua que ya no podía tragar su boca, y lo peor era que la taza nunca llegaba a su fin. Don Tele empezó a sufrir el mal tremendo.

De su casa al estanco se tardan diez minutos en llegar, quince a paso lento y mirando las faldas escocesas de las colegialas del barrio alto. Una mañana nublada decidió ir a comprar picadura inglesa de importación para su pipa de espuma blanca, tardó tres días con sus noches en llegar y otros tantos en regresar.

Las avenidas y las calles se estiraban hasta la lontananza, los taxis reventaban el taxímetro cuando llevaban a don Tele a cualquier sitio por más corto que fuese el trayecto. Los billetes de don Tele también eran grandísimos, la cifra del billete más pequeño era toda una fortuna, pero siempre tenía que entregarlo entero, de lo contrario la calderilla que le retornaban de cambio crecía en sus bolsillos de una manera tremenda y por la noche llegaba doblado a su casa. El castigado empezaba a cansarse de ese juego.

Don Tele sufría cada vez más por su terrible sino; a mediados del otoño se calzó unas botas y huyó a los montes. La escapada no era nada imprevista ni precipitada, fue una acción meditada largamente. Enfiló la polvorienta carretera que llevaba hasta la estación del tren, estuvo varios meses andando y nunca llegaba porque la carretera se hacía infinita y se perdía en la arena sucia de las planicies.

Regresó.

A su vuelta a la ciudad todo había cambiado. Sus vecinos eran ancianos que ya no le recordaban, la mayoría de los hombres ilustres que un día lo condenaran ya habían fallecido, el país había sufrido tres revoluciones, dos golpes de estado y un terremoto. Terencio se asustó, había tardado veinte años en llegar a la mitad del camino y volver. La vida tremenda lo estaba desquiciando.

Con todo el valor que le dio el ser un desconocido en la calle que lo había visto nacer, el valor que le dio no saber qué decir ni qué hacer, con el valor del miedo salió a los caminos, pero ahora ya tenía asumido que nunca más podría regresar, el castigo de lo tremendo no se lo permitiría.

Entre sus ropas guardaba el libro que le desahució del mundo, un lápiz en el bolsillo de la camisa y unos cigarrillos que nunca se fumaría. A veces, cuando llovía o cuando estaba cansado, se sentaba y escribía algo en los márgenes de las páginas de su libro. Una vez escribió la palabra desesperado, y cuando acabó de redondear la última vocal vio que habían crecido dos árboles ante él. Algunos días comenzaba a escribir algo pero se detenía por miedo a no poder terminar.

Cuando la noche caía y buscaba un sitio donde dejar descansar sus centenarios huesos siempre tenía el presentimiento de no volver a ver la luz del sol. Antes de dormirse recordaba sus tiempos de cuando él era una persona normal, ya no tenía constancia de la última vez que había leído un libro de poesías, tampoco recordaba la última vez que había estado con una muchacha, y seguidamente se dormía y comenzaba a soñar con Meryzêl, la mujer que nunca lo abandonaría, que cada noche yacería junto a él en sus sueños; él la había creado poco a poco, en cada aparición nocturna había moldeado su anatomía, el tinte de su piel, los rizos de su melena, el gusto a fruta de su aliento, había creado su carácter a su antojo, el timbre de su voz, los gritos de pasión, el llanto de felicidad, había fabricado cada milímetro de su cuerpo con la sustancia divina de los sueños, Meryzêl era un sueño de amor.

Pero una mañana al despertar de su último sueño engendrador, vio que Meryzêl no había desaparecido, ella seguía allí, a unos metros delante de él; en el prado de enfrente ella le sonreía y arrugaba los ojos de color caramelo para verle mejor contra el sol, su figura se ondulaba con la reverberación de la luz como si la mecieran los vientos del mar. Don Tele corrió hacia ella, llevaba toda una vida viéndola como humo de sueños y ahora podría tocarla y tenerla, solamente tenía que llegar al siguiente prado, allí estaba, bajo los cerezos desmochados de invierno.

A don Tele le jugó una mala pasada su castigo, aquel bancal de generosa hierba se hizo más grande que un continente, los senderos del prado se entrelazaban y confundían como un laberinto mitológico, y Meryzêl nunca parecía estar más cerca, todo lo contrario: los metros aumentaban entre él y su espejismo.

Cayó agotado y sin aliento al borde de un mísero manantial que nacía entre dos piedras, y mientras Terencio recobraba un poco el resuello el hilo de agua se fue transformando primero en arroyo, luego en riachuelo y finalmente en el río que hoy día aparece en los atlas de cualquier mapamundi, los nativos le llaman Orinoco. Meryzêl se había esfumado como cada día al amanecer,

Don Tele se quería morir; sacó su gastado librito y en la última página, que aún quedaba sin emborronar por las palabras a medías, escribió de un tirón: quiero llegar al sitio donde no lleguen las leyes de los hombres. Y se pasó el resto del día releyendo aquella frasecita a la que encontraba algo raro. Por fin lo comprendió, había escrito indiferentemente y sin motivo alguno “los hombres”, como si él no fuese un hombre, excluyéndose a sí mismo de la raza humana, como si fuera un ente alienígena. Solamente porque tenía una forma de vivir rara, extraña, diferente, tremenda, no puede decirse que ya no contara como hombre.

Levantó su cuerpo y continuó andando, siguió huyendo de las colinas que se convertían en cordilleras, de los lagos helados que se convertían en glaciares, de las lagartijas que se convertían en dragones, de las selvas que se convertían en desiertos, del carbón que se convertía en diamante, siguió huyendo de sí mismo con sus cavilaciones y preguntándose si todavía era un hombre o solamente era un espíritu peregrino. Cada noche, antes de soñar con la inalcanzable Meryzêl, deseaba la muerte como el ciego desea la luz, como el sediento desea el agua, como las moscas desean la mierda.

La caminata interminable, tremenda, por las tierras del planeta lo llevaba a ningún sitio, lo llevaba a lugares que todavía no habían sido dibujados por los cartógrafos.

Don Tele llegó a un mar pequeño, de esos que quedan atrapados entre varios países y con el discurrir de los siglos acaban convirtiéndose en vertedero permanente, algo así como el Mediterráneo. Sabía, por instinto, que Meryzêl podía estar en alguna de las islas que lo salpican intermitentemente, que podría encontrarla, pero el recuerdo de los prados que se multiplicaban hasta la saciedad lo acobardó tanto que no se atrevió a intentar nadarlo, no quería pasarse el resto de su vida dando brazadas sin rumbo. Mojó sus pies en el agua fría y nerviosa y luego le dio la espalda a un mar que nunca atravesaría. Arrastraba su pena por las playas suaves llenas de caparazones de extraños moluscos, se preguntaba cómo sería su muerte, ¿sería también tremenda? Decidió fumarse uno de aquellos cigarrillos que viajaban con él en un olvidado bolsillo de la americana pero el tabaco ya era polvo fino de los siglos y las cerillas no prendieron húmedas de sudor arraigado. Don Tele escupió con rabia por su mala suerte.

La saliva cayó sobre la superficie de una piedra lavada por las olas, en medio del escupitajo algo se removía inquieto. A don Tele le quedaron resueltas todas las dudas sobre su muerte cuando se acercó para ver qué es lo que intentaba salir de entre medio del salivazo. Agachándose un poco vio como se agitaba un gusano blanquecino y rugoso de esos que se comen a los perros cuando los atropella un coche en la carretera, Terencio escupió varias veces y varias veces volvieron a salir de su garganta los gusanillos de los muertos.

Un nuevo día amaneció, y el lunes no era lunes, sino que era martes, como aquel lejano domingo del juicio, y ahora sí tuvo constancia de la merma. El hombre que soportaba tanto tiempo el castigo de lo tremendo ya estaba muerto, su cuerpo solamente era un pellejo hinchado relleno de gusanos, Terencio estaba muerto por dentro, por eso Meryzêl no se dejó alcanzar.

Terencio Leandro se bajó la cremallera de los pantalones y sacó su sexo al aire, sintió moverse algo entre los dedos y bajó la mirada para averiguarlo. Lo que tenía entre sus manos no era su sexo, era un gusano… tremendo.

Conoce más sobre el autor en http://sinsuenyo.wordpress.com/
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9 respuestas a Los encantos de Satán (Insomne)

  1. manolivf dijo:

    Me ha gustado tu relato, Insomne. Entretenido y ágilmente contado, despierta la curiosidad del lector. Un relato lleno de detalles al que, sin embargo, retocaría un poco el final, para que no terminase tan abruptamente; pero en conjunto, salvo pequeñas faltas, lo veo muy bien. Un saludo.

    • INSOMNE dijo:

      Agradecido por el comentario.Si pudieras ser mas concreta en esas faltas te lo agradecería más todavía, es para ir aprendiendo poco a poco, para subsanarlas en futuras historias. Puede ser aquí en la caja de comments o por cualquier otro medio.
      Otro saludo. 😉

  2. avedelasmiltempestades dijo:

    Reblogueó esto en Ave de las Mil Tempestadesy comentado:
    Muy interesante.

  3. Ángela dijo:

    A mi me ha encantado. Tremendo, como ese gusano final.No sé, la referencia a Kafka y su proceso absurdo, y ese toque de literatura mágica con esos árboles que crecen en lo que se tarda en escribir una frase, y esa fuente que se convierte en el Orinoco…, bah, bestial todo. Total por escribir que el maligno es un ser encantador, pues no me parece para tanto. Muy bueno, insomne, estupendo.

    • INSOMNE dijo:

      Viniendo de ti es un puntazo. Sobre todo por la lectura detallada, ya sabes que soy un adicto al realismo mágico.
      Me alegro que te haya gustado.
      😉

  4. Ana Calabuig dijo:

    Interesante y bien relatado. El final, con los gusanos, le da un toque surrealista. Suerte.

    • INSOMNE dijo:

      Gracias por tu opinión, para mí son muy importantes ya que llegué aquí de nuevo y no sabía bien bien como encajar.
      En el final tiene algo de culpa Nick Cave.
      😉

  5. Me encanta como has contado la historia. Felicidades.

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