El fantasma arequipeño (Alberto Casado Alonso)

Rodeada por los volcanes nevados del Misti, Chachani y Pichu Pichu se levanta la ciudad de Arequipa, conocida como la ciudad blanca por ser este el color del sillar empleado en sus edificaciones. El pueblo aymara le dio nombre, que en su lengua significa «el lugar que nace detrás del pico». No obstante, cuenta la leyenda que Mayta Cápac, el cuarto Inca, al llegar al lugar que hoy ocupa la hermosa ciudad dijo: «Ari, quipay», que en quechua significaría: «Sí, nos quedamos», por lo que adoptaron el mismo nombre para denominar al asentamiento que establecieron en aquellas tierras.

     La región de Arequipa se presta para leyendas y habladurías, pues a los mencionados volcanes hay que añadir dos de los cañones más profundos del mundo, el del Cotohuasi y el del Colca, por donde es frecuente ver aletear al orgulloso cóndor.

     La momia Juanita es la reina de los muertos en Arequipa, pues es el más claro ejemplo de los sacrificios que antaño ofrecían los sacerdotes incas a los dioses ―en concreto al apu Ampato―. En este caso la sacrificada fue una niña de 12 o 14 años, cuyo cuerpo fue hallado gracias a la erupción del volcán Sabancaya. El día anterior al gran terremoto del 2001 que sufrió la ciudad, saltaron todas las alarmas de la sala donde se expone la famosa momia. Los supersticiosos vigilantes opinaron que el espíritu de la niña quiso avisarlos sobre lo que ocurriría al día siguiente, mas nadie los hizo caso.

     Pero el caso que me ocupa no es el de la momia Juanita ni nada que se le parezca sino un caso reciente sucedido en plena ciudad blanca. Desde hace varias semanas un espíritu, fantasma, duende o ente indeterminado ha sido visto por varios habitantes de la urbe, pero en lugares diferentes y dispersos entre sí: Convento de Santa Catalina, Iglesia de San Agustín, plaza de Armas o el barrio de San Lázaro. Es precisamente en este barrio donde comenzó la fundación de la ciudad en 1540.

     Los mejor documentados afirman que el susodicho fantasma es el espíritu de Manuel de Carvajal, fundador de Arequipa, puesto que su aspecto es idéntico al reflejado en los cuadros en los que aparece y que aún se conservan. Otros dicen que podría ser cualquier español de la época, pues la mayoría lucían mostachos como el del nombrado. Sea como fuere, un alma atormentada pena por las calles arequipeñas.

     Yo soy un periodista limeño al que llamó un buen amigo que vive en una de las casas coloniales que aún quedan en pie a pesar de los innumerables seísmos y erupciones volcánicas que ha sufrido la ciudad a lo largo de los siglos. Andrés Quispe Huamán sufrió en carne propia la visita del aparecido. Un día como otro cualquiera en el que descansaba tras una dura jornada de trabajo como director de una agencia bancaria, se despertó en plena madrugada alarmado por un fuerte ruido. Mi amigo, que es soltero empedernido y vive solo, creyó que se trataba de un simple crujir de las mohecidas vigas de madera de la casona. Sin embargo, cuando ya estaba por su segundo sueño, un nuevo estruendo lo despertó sobresaltado. Saltó de la cama como un resorte, cogió una linterna por precaución (no fuese que hubiesen saltado los plomos) y recorrió habitación por habitación en busca de algo fuera de lo normal.

     La planta de arriba estaba tal como la había dejado antes de acostarse y aparentemente no había nada que pudiese haber causado ese ruido. Pero al bajar a la planta baja la situación cambió, pues enseguida se dio cuenta de que los muebles de la sala principal habían sido cambiados de sitio. Lo cierto es que esos muebles eran antigüedades de la época colonial y que merecían un retiro, pero la añoranza de sus antepasados desaconsejaba librarse de ellos. Y es que la casa había pertenecido a su familia desde que fuese construida allá por el siglo XVI.

     Mi amigo Andrés se dio cuenta de que había alguien escondido detrás de unas amplias cortinas, pues en un momento dado estas se habían movido. Al descorrerlas se pegó el susto de su vida, ya que ante él se encontraba parado un hombre «difuminado» ―fue esta la palabra que utilizó para describir al ser incorpóreo―. Andrés recuperó la compostura y, como si hablase con un vecino cualquiera, dijo:

     ―¿Quién es usted y qué hace en mi casa a estas horas de la madrugada?

     ―Soy su antepasado, Francisco de Carvajal, hijo de don Manuel de Carvajal, y he venido a avisarlo de que corre un gran peligro ―soltó de sopetón.

     Las alarmas biológicas de Andrés se dispararon y el corazón se puso a cien, porque mi amigo no sabía si el fantasma lo estaba amenazando o si realmente lo avisaba de un mal que había de acontecer. Antes de que dijese nada, el autonombrado Manuel de Carvajal habló de nuevo:

     ―Mañana será asesinado mientras duerme y, a continuación, saquearán su casa.

     ―¿Quién querría hacerme eso? ―preguntó Andrés Quispe con voz temblorosa.

     ―Alguien que lo envidia y que desea lo que usted posee ―contestó el fantasma.

     ―¿No podría ser más explícito? ―preguntó de nuevo Andrés.

     ―Me está terminantemente prohibido inmiscuirme en la vida de los vivos, mas el parentesco que nos une ha hecho que incumpla en cierta medida las reglas de comportamiento que los difuntos hemos de cumplir ―aclaró el difunto Francisco.

    ―Bien, gracias, solo haré una pregunta más: ¿qué hay de cierto en sus apariciones a otros ciudadanos arequipeños?

     ―Todos aquellos a los que me he aparecido tienen un vínculo sanguíneo conmigo, aunque muchos de ellos lo ignoran. A cada uno lo he avisado acerca de algún grave peligro al que se enfrentará en las próximas fechas, peligros que no puedo comentar más que al interesado, y siempre de un modo parcial, y que dependerá de ellos que los eviten o no.

     Andrés no sabía que los fantasmas pudieran leer la mente, ya que cuando volvía a pensar sobre el motivo por el que Francisco de Carvajal había alterado la disposición de los muebles de la sala, este dijo:

     ―Disculpe por el cambio de lugar de los muebles, pero es como estaban cuando yo vivía en esta casa. Si desea que los coloque de otro modo, lo haré en un minuto.

     El pariente hizo un ademán con la mano, indicativo de que no importaba, que todo quedase tal cual estaba, y agradeció a Francisco por su consideración en avisarlo.

     ―Lo cierto es que soy algo egoísta y no quería que los cuadros y la vajilla de la familia pasasen a manos ajenas ―espetó el fantasma.

     Andrés se quedó de piedra al oír tales palabras, pero no dijo nada que pudiera enojar a su fantasmal pariente. Este, quien al parecer andaba con prisa, se despidió de mi amigo y le dijo que quizá algún día volverían a encontrarse en este o en un mundo paralelo. Mi amigo hubiese querido hacerle varias preguntas sobre ese mundo paralelo al que aludía, sobre la «vida» de los difuntos en el más allá y acerca de mil y una inquietudes que a cualquiera de nosotros nos embargan cuando conversamos sobre la existencia o no de la vida más allá de la muerte.

     Afortunadamente Andrés hizo caso a su pariente y al amanecer abandonó su vivienda. Se trasladó a uno de los coquetos hoteles que frecuenten los turistas y que radica en la misma plaza de Armas, no sin antes hacer un par de llamadas a dos amigos policías. Estos acudieron en apoyo de su conciudadano y vigilaron la casa durante todo el día siguiente. Cuando estaban a punto de abandonar la escena de un crimen futuro, aparecieron los cacos, que provistos de todo tipo de materiales para forzar cajas fuertes, romper vidrios sin ser oídos y guardar lo robado, pretendían allanar la vivienda de Andrés. Pero los policías los pillaron con las manos en la masa, como solimos decir coloquialmente, en el momento en que intentaban abrir la caja fuerte escondida tras un cuadro en el que, casualmente, aparecía retratado Manuel de Carvajal.

     El fantasma estaba en lo cierto, no sabíamos si por poseer el don de la clarividencia o porque los espíritus gozaban de por sí de ciertas facultades que se nos negaban a los vivos. Andrés me llamó después de que capturaran a los ladrones. Me dijo que tenía un reportaje que podría interesarme, y acertó de lleno.

     Las otras personas a las que el alma, ánima, espíritu o como queramos llamarlo de Francisco de Carvajal avisó, corrieron suerte diversa:

  • A uno de los vigilantes nocturnos del Convento de Santa Catalina le había dicho que su esposa iba a ser atropellada a los pocos días por un automóvil que se daría a la fuga. El guarda no hizo caso y su esposa falleció a los tres días de la conversación.
  • Al párroco de la iglesia de San Agustín le puso sobre aviso de la caída de una de las esculturas del altar mayor, la cual provocaría la muerte del sacerdote oficiante. Por suerte, el religioso, quizá por su condición, creyó en lo que se le decía y ordenó que sujetaran la figura a su pedestal, pues se encontraba suelta.
  • La persona avisada en la plaza de Armas era un notario, también pariente del fantasma, a quien una noche en la que no había nadie más en el lugar le dijo que su hija, que al día siguiente viajaría en avión procedente de Europa, moriría en un terrible accidente. El notario se rio del fantasma y no hizo nada al respecto. A la mañana siguiente, la policía se puso en contacto con el letrado para informarle del fallecimiento de su única hija.
  • En el barrio de San Lázaro el fantasma se le apareció a una niña pobre que pedía limosna a los transeúntes. En este caso le dictó los números de la lotería que se celebraría al día siguiente. La niña lo creyó, y con lo que había sacado esa jornada compró el boleto de lotería. Lo que ocurrió sería noticia en Arequipa durante semanas: la niña se convirtió en millonaria.

     A mí tampoco me fue mal del todo, pues con estas y otras historias de fantasmas escribí un libro que tuvo mucho éxito, no solo en Perú, sino en mi querida España, mi tierra natal. Esta es la historia del fantasma arequipeño, de quien no se supo nunca nada más, o al menos nadie me lo contó.

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2 respuestas a El fantasma arequipeño (Alberto Casado Alonso)

  1. Ana Calabuig dijo:

    No está nada mal el tener un fantasma así en la familia, debe de ayudar mucho. Una historia muy agradable, es muy amena. Suerte.

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