Truenos, abejas y pájaros carpinteros (Beatriz Valle)

Llevaba seis semanas siendo fiel a su propósito sin vacilar: «A partir de ahora, los domingos, piscina». Había dicho ella, con el convencimiento de quien quiere adoptar un hábito saludable, aunque le cueste. A él, le convenía particularmente la recién adquirida rutina de su novia: nadar cuatro mil metros las tardes de domingo. La certeza de que Silvia estaba ocupada, facilitaba mucho sus planes. De otra manera, hubiera debido usar alguna argucia para distraerla y con su natural desmaña para esconder secretos, habría levantado sospechas. Así, sin embargo, se presentaría en casa dos días antes de lo previsto, para anunciar la primicia de su traslado definitivo. Tuvo tiempo de comprar una suculenta cena precocinada, cuyo único requerimiento era ser calentada en el horno, media hora antes de servir. Tenía los pormenores bajo control, y estaba ansioso, como un niño con el bolsillo lleno de petardos, por la proximidad del futuro olor a pólvora.
Tres horas más tarde, un brazo uniformado le tendía dentro de una bolsa de plástico, lo que denominó como las pertenencias de la fallecida. Quedó suspendido su juicio y segado el discurso. El objeto que concentraba sus pasiones, había sido exterminado por decretazo metálico. Una por una, cada cosa estuvo falta de sentido, ante un dictamen de absurdo imperecedero. Silvia, había sido aniquilada en el repente, extirpada del mundo con un movimiento no advertido. Y él, acostumbrado como estaba, a quererla; la quería.
Ravioli de setas, para celebrar que compartirían ciudad y casa, se consumían ennegrecidos en el horno sin atender. Dentro de la bolsa, los objetos personales del cadáver, olían a persona viva. Esperaban a ser manejados, con la inconfundible soltura de quién es propietario: su teléfono, huérfano de voz; las llaves de una casa, de donde salió sin intuir que fuera la última vez; el tabaco que quería dejar de fumar; un bañador corrompido por el cloro; y su agenda de anillas, relatora de futuros huecos.
Introducidas por un guión, con los verbos en infinitivo, formando columnas, se agolpaban tareas domésticas y personales, en las páginas correspondientes al domingo y al lunes, relativos a hoy y mañana. El martes, sin embargo; a excepción de una palabra de cuatro letras, estaba vacío. Intenciones y citas exentas ya de cumplimento, pretendían haber sido realizadas los dos días anteriores. Deseos privados de protagonista, latían aún tras una punzante medianera.
Amaneció, y el lunes no era lunes, sino martes. Una hoja en blanco, desocupada de todo, menos de él. Al concluir la semana, siete martes de acero habían chocado contra un cuerpo roto de mujer. Su cabeza, anclada en lo que hubiera sido, se detuvo en un tiempo, que no llegó a llegar.
En un mundo sin amarrar, a duras penas sostenible, las jornadas fueron designadas con el mismo nombre repetido. Una vez restada ella, el universo se transformó en un residuo inoperable. Su razón quedó colgada de la tiesura de un día, que señalaría todos los venideros. Fue siempre martes, sin serlo nunca. Todo se llamaba «martes», y el martes; Iván. Vivir se transformó en un anecdotario sin articular, sin trama común. Extinguida el ansia, no hubo ya prisa, ni secretos difíciles de cubrir.

El horizonte de un martes asfaltado de rojo, se ceñía sobre un niño, con el bolsillo abultado por truenos, abejas y pájaros carpinteros, cuyas mechas sordas, no prenderían, sentenciados a ahogarse sin silbar.

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10 respuestas a Truenos, abejas y pájaros carpinteros (Beatriz Valle)

  1. Alfonso dijo:

    Agradable relato donde el contraste de la metáfora de la alegría del niño entrecortada le da un en foque especial al esquema de la muerte de la novia. Muy original la manera de insertar los nombres de los protagonistas. Me atrapó tu texto Beatriz

  2. Javier Sorribas dijo:

    La elegancia con que cuentas la historia, la sombra de culpa que recae sobre las mentiras de los protagonistas, los detalles que se concentran en los objetos sin dueño, en los ravioles de setas…has escrito una obra maestra. La has cocinado a fuego lento, has elegido cada palabra y cada momento. Una buena historia con muchas lecturas. Enhorabuena.

  3. Ana Calabuig dijo:

    La descripción de los objetos que respiran vida mientras que la propietaria ya está muerta dan buena idea de la soledad que deja una persona cuando se va. Me ha gustado el tono que das a tu relato. Mucha suerte. Saludos.

  4. Nelaache dijo:

    Hermoso relato que refleja la orfandad también en que se ven sumidos los objetos sin su dueño. Me evoca aquella frase de García Márquez al describir la soledad en la que quedan atrapados los vivos ante la muerte de un ser querido, aquella que decía: “La gente que uno quiere, debería morirse con todas sus cosas”. Muy bello relato. enhorabuena

  5. Bea Valle dijo:

    Muchas gracias por tu comentario Nelaache. No puedo estar más de acuerdo contigo y con Márquez. La gente que uno quiere, debería morirse también con sus canciones, con sus bares favoritos y llevarse sus proyectos. Gracias por la lectura y el entendimiento, Bea.

  6. Mar dijo:

    Buenísimo tu relato, Bea. Me gustan los relatos con ritmo y ágiles frases. Suerte.

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