Mapas y GPS (Alfonso L. Tusa C.)

El atajo se convirtió en una cortina de cañaveral. Las gramíneas asediaban por ambos lados del Cadillac. El hombre de cabellos oscuros con varias listas blancas en los parietales maniobraba el volante para esquivar las ondulaciones del sendero. Lamentaba haber accedido a aquella ocurrencia. Le dijo al niño que se pasara al asiento delantero. Manuel, busca un paquete de plástico rojo en el fondo de la guantera. Si ese del montón de líneas entrecruzadas. Papá este es un mapa.

Ahora presionaba botones en aquella caja de pantalla de litio y observaba líneas cuajadas de nombres de pueblos, accidentes geográficos, locales de servicios y otros detalles de la carretera entre Cumanacoa y San Lorenzo. Sonreía a pesar de los goterones de sudor que perlaban hacía sus labios. Martín lo hubiera regañado si aquella mañana de septiembre hubiese sacado un dispositivo parecido. ¿Qué te ocurre Manuel? Te pedí un mapa y me sacas un juego de rompecabezas. Mira que tengo que llegar cuanto antes a la hacienda de los Malpica, les ofrecí la políza de seguro del tractor y el cobertizo del corral para mediodía y ya son las 11. Cada botón que presionaba le señalaba casi al milímetro a que distancia se encontraba el cuerpo de agua más cercano, el restaurant, el central azucarero y cada una de las haciendas en un radio de 100 kilómetros.

La mirada se perdía en la espesura de las gramíneas. Martín abrió la puerta e intentó bajar. Un charco que iba hasta la rueda delantera y por lo menos metro y medio frente al carro, lo detuvo. Manuel giró el interruptor del radio y giró el sintonizador. ¡Caramba chico. Ahora te vas a poner a jugar con el radio! Tengo que llegar en menos de media hora a la casa de los Magenta, me comprometí a llevarles la receta para preparar pan campesino. A cambio me van a comprar una póliza para asegurar la hacienda contra lluvias torrenciales y vientos huracanados. Mira papá aquí está el estado Sucre. Mira, Distrito Montes. San Lorenzo. Cuchivano. Más nada. Espera. Revisa el bolsillo interno del plástico. Mientras Martín revisaba el bolsillo, Manuel se detuvo en una melodía melancólica. I heard the voice of Jesus say,’Come on to me and rest’. Lay down thy weary, Weary one lay down,

Las crestas de las matas de caña de azúcar hacia rato brillaban por su ausencia en aquel trazo de carretera. Manuel tenía la esperanza de que con las coordenadas del GPS podría ubicar el sitio exacto donde tantas veces se aventuraba con sus amigos los fines de semana. Terminaban de hacer las tareas escolares y primero apostaban quién corría más rápido desde la casa de la hacienda hasta la alambrada que la delimitaba a unos tres kilómetros. En el trayecto había un cerro. Mientras subían apenas se escuchaban quejidos, de bajada los gritos victoriosos competían con los graznidos de los gavilanes que pululaban los cocoteros. Parecía que iba a encontrar aquellas coordenadas de inmediato, nada que ver con lo que tuvo que lidiar aquella mañana en medio del cañaveral. Escarbaba en el mapa y Martín se pasaba el pañuelo por la cara y el cuello con un mar de sudor en las manos.

Una formación en V abarcó el pedazo de cielo sobre el Cadillac. El sonido lejano de los graznidos templaron los ojos de Manuel por la ventanilla. Haló la manilla y se guareció bajo la sombra de varias hojas de caña de azúcar. Papá ¿sabes que los patos emiten sonidos más intensos cuando vuelas sobre casas y cualquier tipo de construcción? A medida que los graznidos interferían con la canción del radio, Martín empezó a levantar la mirada. Giró el interruptor ygiro la palanca hasta “drive”. El motor empezó a empujar al carro en el camino de tierra. Dime en que dirección van Manuel. ¡Dime carajo! Giraron un pelo a la derecha. ¿Qué es un pelo? Como 20 º. Arranca esas matas de allá. El Cadillac avanzó unos dos kilómetros. Cada vez el plumaje de los patos se notaba más en una mezcla de pardo yverduzco.

Mientras se acercaba a una casa a escasos cien metros del cauce ribereño, distinguió una sombra que lo trasladó en el tiempo. Aquel remanso de frescura cuando bajaban del cerro, aquella especie de triangulo de penumbras que se marcaba sobre un costado del cañaveral, ahora se desnivelaba entre un techo de asbesto y el pavimento de asfalto. Aún le costaba imaginar que aquel lugar tuviese algo que ver con sus paseos juveniles. La notas musicales lo hicieron buscar la letra de la canción. Esa es la misma melodía que oímos muchas veces cuando nos acercábamos al río. “I heard the voice of Jesus say
‘Behold I freely give’ ,Oh, the living waters, oh thirsty one, Stoop down and drink and live”. Sabía que era el mismo Turley Richards que había quedado casi ciego de niño, el mismo que luchó contra adversidades hasta lograr varios contratos de trabajo. Entonces empecé a descifrar el ambiente del lugar, la brisa no era tan fresca pero el cielo seguía azul. Justo cuando llegué a escasos metros de la música. Visualicé el cerro a quinientos metros y el camino de tierra y cañas sobre las paredes de las casas.

Martín dejó caer el rostro sobre el volante. Los segundos avanzaban en el círculo de su reloj. Miraba la carpeta con los papeles que debía entregar. Quería gritar como Turley Richards en la parte más emotiva de la canción, el aliento se le atragantaba con la voz entre el pecho y la boca. Manuel llegó con un remolino en los ojos. Las manos le oscilaban cual aspas de ventilador. ¡Papá prende el carro! Ya se como llegar a la casa que andas buscando. ¿Cómo lo averiguaste? Manuel tomó aire hasta que se le inflamó la camisa. Perseguí una gallina por todo el cañaveral hasta que llegó a un claro, el frente de la casa. Martín aceleró el Cadillac y los neumáticos traseros patinaron hasta levantar una polvareda que los hizo estornudar. Estaban atascados en una irregularidad del terreno. Manuel probó con algunas piedras, el caucho se hundía cada vez más.

La pantalla del GPS mostraba el mapa del sur del estado Sucre. De pronto percibió el sonido de unas ramas que removió todo el esquema de aquellas excursiones al río. Acorralado entre los techos de muchas casas se levantaba el tronco del bucare que siempre bordeaban varios metros antes de llegar a la orilla del rió. Un zumbido subió por sus venas y le quemó la frente había hallado el lugar, corrió desesperado entre las veredas. La misma sensación de veinte años atrás. Cuando Martín le reclamaba porque si estaban tan cerca de la casa no podían llegar. Había un desnivel de 7 metros. Tuvieron que bajar agarrados a las piedras. El señor Malpica aplaudía muerto de la risa. Te equivocaste de camino, por ahí llegan los muchachos que practican montañismo.

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2 respuestas a Mapas y GPS (Alfonso L. Tusa C.)

  1. Ana Calabuig dijo:

    Lo siento, no termino de comprender la situación agobiante que se genera y el sentido de la letra de la canción dentro del relato. Saludos.

    • Alfonso dijo:

      Gracias Ana. Lamento mucho que para tí el texto sea agobiante y se te haya complicado entender el sentido de la letra de la canción.

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