Galán de noche (David Rubio)

Amaneció, y el lunes no era lunes, sino que era martes. Sin duda, esta afirmación les habrá generado al menos dos preguntas. La primera, y más evidente, ¿puede un día desaparecer así como así? La respuesta es no, por supuesto; ese lunes existió aunque yo lo pasara durmiendo. Lo que nos lleva a la otra cuestión: ¿qué me sucedió el domingo?

  No voy a negar que el alcohol tuviera su parte de culpa, si bien en menor grado de lo que puedan pensar. Más tuvo que ver mi romanticismo casi enfermizo; esa obsesión por el amor perfecto que, sin duda, arruinó mi relación con María. Ya sé que podrían objetarme: “Valentín (ese es mi nombre), ¿cómo puede decir que tuvo una relación con ella? Y no les faltaría razón, pues mi romance con María apenas duró veinticuatro horas. Empezó exactamente a las 00:45 del domingo y su término llegó en algún momento del lunes. De eso no tengo duda, porque cuando desperté, no solo es que fuera martes sino que ella tampoco estaba acostada a mi lado. Y eso era una prueba fehaciente de que nuestra relación había terminado.

  Dirán que exagero, que a lo mejor tenía algún compromiso o que, simplemente, se aburrió de esperar a que despertara. Todo eso sería plausible, de no ser por una circunstancia un tanto peculiar: la cama donde dormí orbitaba, majestuosa, alrededor de la Tierra, en los nuevos servicios hoteleros instalados en la Estación Espacial Internacional. Créanme si les digo que nadie se marcha de allí sin avisar, a no ser que quiera que esa despedida sea definitiva.

  La conocí aquella madrugada. Fue en “La Selva Virgen”, una espectacular sala de fiestas de la que soy propietario, situada a orillas del mar. Nada más verla supe que era la mujer de mi vida. Pensarán que vuelvo a exagerar. Pero hay labios que no hace falta besarlos para saber que morirías en ellos. María no solo poseía esos labios; tenía curvas para enloquecer, ojos para perderse y, permítanme la picardía, pechos para emborracharte. De inmediato, comencé con mi plan de conquista y llamé a una floristería para encargar cien rosas. Eso suponía un dispendio de cierta importancia pero lo bueno de ser rico es que no tienes por qué ponerle límites al amor.

  Se encontraba sola. Jugueteaba con la sombrilla de su coctel, un Mango Bellini barato, sentada en una mesa de cristal cuya base imitaba las raíces de una secuoya. Incido en este detalle porque tanto ese diseño, como el del resto del local, es obra mía; no creo que les haga falta mayor descripción para que imaginen la suntuosidad selvática de la sala de fiestas.

  Me acerqué con dos Legado Calabrese y mi encantadora, y trabajada, sonrisa. Ya he comentado que estaba sola, pero me mostró con picardía que en su mesa había dos copas. “Las veo. Pero también observo que tu anular no tiene anillo”, le dije. No piensen que soy un entrometido. Si la hubiera visto hacer arrumacos a aquel pimpollo de gimnasio, me habría tragado mis sentimientos con cualquier whisky. Pero no la vi; por tanto, nada me impedía cortejarla. Eso convertía a ese jovenzuelo en un estorbo entre la mujer de mi vida y yo. Barajé dos opciones, pero como Joe “el matarratas” cumplía condena, recurrí a Marlene para que le siguiera hasta el lavabo a fin de hacerle cierto servicio.

  Le hablé de las de las delicias del coctel que le ofrecía y la invité a salir a una exclusiva terraza. “Será solo un minuto”, le aseguré. Ella insistía en su acompañante. “Ni se dará cuenta cuando llegue”, reiteré mientras recordaba la excelente profesionalidad de Marlene.

  He de reconocer, y eso me hizo desearla aún más, que me costó convencerla para que aceptara ese minuto.

  Nos recibió una cálida brisa marina y, sobre todo, un cautivador cielo nocturno en el que se distinguía hasta el Camino de Santiago. Acerqué dos taburetes hasta el muro exterior y le hablé de las estrellas, de las constelaciones y de cómo me habían guiado hasta ella. Si quieren conquistar a una dama les recomiendo que estudien un poco de astrología. Y de quiromancia. Ya sé que son supercherías, pero ¿hay mejor excusa para coger su mano por primera vez?

  Así pasamos cerca de una hora hasta que la Luna se escondió en el horizonte marino. Noté la vibración de mi teléfono móvil. Ya estaba todo preparado para dar un paso más.

—¿Te apetece perseguir a la Luna en mi yate? —le propuse.

—Dijiste solo un minuto, ¿olvidas que vine acompañada?

  Le señalé que, en el caso de que la buscara, la habría llamado a su móvil. “Pero Marlene nunca falla”, me dije.

—¿Acaso le has matado? —preguntó entre risas.

—Lo pensé, pero Joe está en la cárcel. —comenté observando el rubor de sus mejillas, el vidrioso brillo en su mirada y, por qué no, los protuberantes pezones que se marcaban en su vestido verde esmeralda.

  Cogí su mano, entrecruzando los dedos, y bajamos por una escalinata que llevaba al embarcadero. Las luminarias de la sala de fiestas quedaron atrás; solo la plateada luz de las estrellas alumbraba el camino. Al llegar, sentí cómo se estremecía. A cada lado de la pasarela que llevaba al yate se intercalaban velas y los ramos de rosas. “Esto es por ti, María”. No supo qué decir. “No los cuentes. Hay cien uno por cada año que quiero pasar a tu lado”, añadí. La besé justo debajo del lóbulo de la oreja.

  Subimos a la embarcación y zarpamos mar adentro. Nos servirnos dos “Margaritas” antes de entrar a la cabina de control. Le expliqué cómo se pilotaba y, cuando la costa no era más que una hilera de puntos luminosos, le ofrecí los mandos. María aceptó de buen gusto. Cogió el volante y yo, a su espalda, la abracé por la cintura. Le susurraba las indicaciones al oído y cada palabra mía le erizaba la piel. Olía a frescura. Quizás no era un perfume muy adecuado para la noche pero ya habría tiempo de hacérselo notar. La besé dulcemente en el cuello, y esta vez no hubo reproches. Inicié un lento, y húmedo, peregrinar hasta sus hombros. María emitió un leve suspiro y mis manos avanzaron hasta sus pechos. El tacto del vestido era el propio de una tela moaré. Acúsenme de finolis, pero estarán conmigo en que no se puede comparar con el tacto de la seda.

  Entenderán que no sería de caballeros narrar lo que ocurrió después en el camarote azul, aunque podrán suponer las excelencias de mis artes amatorias. Sin embargo he de reconocer que hubo un detalle que me descentró. En su abdomen, justo al lado del ombligo había una verruga. Un detalle nimio: una tara exigua en un diamante. Pero es que además tenía vello; y hasta vida propia, puesto que cada vez que la miraba crecía y crecía hasta casi convertirse en una araña mutante capaz de engullirme.

  Me serví una copa del Bourbon que nunca falta en mi mesita de noche. Ella permaneció callada durante un buen rato. Terminé la segunda copa y le dije:

—¿Te ha mirado alguien esa verruga?

—¿Verruga?…¡Ah! esta marca —dijo mientras se la tocaba con el dedo—. Pues no, siempre ha estado ahí.

—Conozco a un cirujano que las quita en una sola tarde y sin dejar cicatrices. Te pediré hora para el martes.

—¿En serio piensas en eso ahora?

—Es que…

—Anda, tonto —María se incorporó y me besó en la mejilla—. He disfrutado mucho. Eres un gran amante. ¿Sabes lo que me apetecería ahora?

—Pide por esa boquita.

—¡Cruasanes! ¡Un montón de cruasanes con chocolate bien caliente! —Exclamó, para luego guardar un instante de silencio y mirarme de forma burlona—. Pero ahora no llames a nadie para que los traiga hasta aquí.

—¿Traerlos hasta aquí?

 

Una hora y media después, desayunábamos cruasanes en el restaurante Jules Verne de la Torre Eiffel. María pidió “le croissant Ispahan”, esa maravilla de frambuesas, pétalos de rosa, almendras y lichi.

—El secreto está en esos trocitos de frambuesas deshidratadas sobre el glaseado de rosas junto a la pasta de almendra y compota de frambuesa del interior. Mereció la pena el viaje, ¿verdad? —Le dije.

—Está rico, pero empacha un poco —respondió.

Se preguntarán cómo llegamos hasta París. No hay ningún misterio: cuando posees un avión privado el mundo es realmente pequeño.

El chocolate me espabiló un poco. María sí que durmió en el avión pero yo permanecí despierto planificando el resto del día y de la semana. Empecé por programar la visita con el cirujano para el martes. También envié un mail a Arnold, un entrenador personal. No me malinterpreten, sus carnes eran muy deseables pero noté cierta tendencia a la flaccidez y había que preparar su cuerpo para que soportara de la mejor manera posible el nacimiento de nuestros cuatro hijos.

—¡Puff!, no puedo más —resopló María.

—Ven, vamos al último piso de la Torre. Brindaremos con champán en el “Á champagne”.

—En serio, ¡no me entra nada más!

Le puse ojitos de amor.

—Vale, solo un sorbo… y después me llevas a casa que yo mañana tengo que ir al trabajo.

—Está bien, pero antes pasaremos por el Louvre ¡No podemos venir a París sin visitarlo!

—¡Madre mía! ¿Es que no te cansas nunca?

—Cariño, es el primer día de nuestro amor. ¿No crees que merece ser celebrado por todo lo alto?

—Si… supongo —Cogió mi mano—, pero te aseguro que no sé nada de arte.

—Tranquila, yo te guiaré. Mañana llamaré a Filipo para que te de clases los miércoles.

—¿Los miércoles? Espera, espera, ¿qué es eso de los miércoles?

—No se me ocurre otro día. Los lunes toca gimnasio, los martes están reservados para actividades sociales, los jueves…

—Perdona —Me interrumpió—, pero yo tengo una vida.

—Por supuesto mi amor. Vamos arriba a brindar por ella.

He de reconocer que a veces mi romanticismo es un tanto incomprendido pero ¿qué harían ustedes si encontrarán al amor de su vida? ¿Acaso no querrían vivir cada minuto como si fuera el último? Comprendo que eso suponga cierto cansancio, como lo demuestra que me pasara dormido todo el lunes. María aprovechaba el avión para dormir, aunque sus despertares eran un poco destemplados. El ánimo con el que se despertó en Roma es buena prueba de ello. Ya sé que le prometí que estaría en su casa para la hora de comer pero ¡cómo no ir a la ciudad del amor!

Por suerte su carácter se endulzó tras comer fetuccini y visitar después a Giorgio en su taller de confección de la Via Condotti. Encargué todo un vestidor entero de seda: no podía permitir que su tersa piel siguiera llevando ese moaré tan áspero.

La noche nos sorprendió en la ruta de los amantes. Montados en un carro de caballos llegamos al belvedere del Zodiaco, donde nos esperaba la maravillosa vista de Roma y el Tíber.

 

—¿No es hermoso, amor mío? Ya ni recuerdo cómo era mi vida sin ti.

—Es precioso. Por favor, mañana tengo que ir a trabajar temprano.

—¡No te preocupes por eso! ¿En qué trabajas?

—Te lo dije antes.

—¿Qué?… Ah, por supuesto.

Reconozco que a veces me cuesta escuchar cuando estoy enamorado. Planificar todos y cada una de los detalles de un día perfecto te vuelve un tanto ausente. Sé que me lo dijo y estoy seguro de que hasta le comenté algo. Creo que era abogada… no, diseñadora gráfica. ¡Bah!, ¿qué más da ahora?

—Si tanto te importa tu trabajo, mañana compro la empresa.

—Haz lo que quieras, ¡estoy tan cansada! —Noté cierto desdén en su voz.

—Mi vida, ¿ya sabes cuánto te quiero?

—Sí,  ya lo he notado. Pero no tienes por qué poner el mundo a mis pies.

—¡Oh!, pero es que quiero y puedo hacerlo.

No hace falta que les diga dónde fuimos después. Solo puedo confirmarles que sus ojos se desorbitaron cuando llegamos a la Base de lanzamiento del Hotel de las Estrellas. Si no han oído hablar de estos servicios no se preocupen, pronto lo harán. De momento, solo los conocemos quienes podemos pagar la estancia en él.

Tardamos poco más de dos horas en llegar hasta la Estación Espacial Internacional. Al entrar en la habitación del hotel, una mampara se abrió y apareció nuestra maravillosa Tierra. En ese instante se mostraba América y parte de Oceanía. María no había articulado palabra desde que despegamos. La besé en el cuello. “Es una maravilla”, dijo. “Solo comparable contigo”, respondí. Le acerqué un traje que parecía un mono de astronauta duplicado y le pedí que se desnudara.

—¿Para qué es?

—Tú póntelo.

Dentro del traje, nuestros cuerpos estaban tan pegados que parecían fundirse en uno solo.

—Valentín, no me encuentro bien, no me apetece demasiado…

—Calla y no pienses en nada —Le susurré mientras buscaba, en el panel de la pared, el botón que anulaba la gravedad. Enseguida nuestros cuerpos empezaron a flotar. Estiré de una cinta y el traje se ciñó aún más sobre nosotros. Y la penetré.

Debí haberle hecho caso. Incluso tengo el pálpito de que seguiría conmigo si nos hubiéramos ido a la cama a dormir. El caso es que con las primeras envestidas, ella vomitó. Trozos de fetuccini, rosas glaseadas y una mezcolanza de cócteles, margaritas, champán y lambrusco comenzaron a flotar por el habitáculo. A duras penas pude reprimir una arcada. Nunca podrán imaginar los esfuerzos que tuve que realizar para llegar al panel y activar el succionador. Afortunadamente, ese hotel lo ha b diseñado gente lista de verdad.

Tras limpiar el ambiente y volver al modo gravedad, ella se acostó.

—Prométeme que no hay más sorpresas y que mañana me llevas a casa.

—Te lo prometo. Por cierto, ¿eres católica, judía, protestante o atea?

—Dios mío, ya ni lo sé. Solo quiero dormir.

—Bueno, imagino que católica ¿Tienes mucha familia? Creo que podríamos casarnos el fin de semana que viene.

Ella no respondió. Al poco escuché sus ronquidos. Me senté frente al ventanal. En ese instante amanecía en Asia. Encendí la tableta electrónica y continué con la planificación. Fijé la boda para el sábado y, a juzgar por sus ronquidos, concluí que era necesaria una visita con el otorrino.

Finalmente, dejé la tableta sobre la mesa y me bebí una botella de Bourbon con limón antes de acostarme.

Al despertarme, comprobé en el reloj digital que era martes. Y ella se había ido. Me levanté de un salto. Busqué alguna nota, algún mensaje en el ipad. No había nada. Entonces, caí en la cuenta de que no tenía su teléfono; ni tan siquiera sabía cómo se apellidaba.

Sin duda, no comprendió mi romanticismo. Sé que estuvo consultando mi agenda. ¿Acaso le abrumaron mis planes de futuro?

Como las anteriores, María no supo valorar todo el amor que le ofrecía. Me da lo mismo. Seguiré buscando.

La mujer de mi vida debe estar en algún lugar.

Esperándome.  

Conoce más sobre el autor en http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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6 respuestas a Galán de noche (David Rubio)

  1. Mar dijo:

    Tu Valentín me ha hecho reír de principio a fin, ingenioso incomprendido…
    Me ha gustado mucho, David.

    • davidrubios dijo:

      Me alegro haber podido conseguir tu risa. Escribir relatos de humor es lo más complicado y en este he querido intentarlo. Un abrazo

  2. rafasastre dijo:

    Muy buen relato, David. Pintas al protagonista tan paliza y sobrado que despierta animadversión en el lector (por lo menos ha sucedido conmigo). Y la moraleja de que el dinero no siempre puede comprarlo todo, genial. Si me permites un consejo, cambiaría “astrología” por “astronomía”. Un abrazo

    • davidrubios dijo:

      Buena observación querido Rafa. En realidad me decidí por Astrología porque es la “pseudo ciencia” que estudia las constelaciones del zodiaco y su supuesta influencia en el ser humano. Astronomía que es la ciencia, me pareció más serio.
      La verdad es que Valentín nació solo, Empecé a escribir la historia de forma automática, sin saber a donde me llevaría, hasta la escena de la terraza. En ese instante vi lo “insoportable” que era el personaje y vi que por ahí podía tirar. Un abrazo

  3. Manger dijo:

    Un gran relato que ya tuve casión de disfrutarlo. Un fuerte abrazo, estimado David.

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