Musco (Vicente Novella)

El anciano abrigado con su piel de ciervo estaba echado en el camastro cerca del fuego. No sabía si aún era de día o de noche, amanecía muy tarde y las nubes, muy bajas, tapaban el cielo desde el día anterior. No tenía ningún deseo de levantarse. En la cabaña el frio era intenso  y desde hacía varios días le dolían la espalda y las piernas. No tenía sueño y prefería seguir acostado, por lo menos estaba más caliente.

Unos ligeros rasguños en la puerta llamaron su atención. Era Musco un perro ni grande ni pequeño, con muchas manchas en la piel y que desde hacía años convivía con el viejo.

-¡Ya te voy a enseñar yo, Musco! -gruñó el anciano y se cubrió la cabeza con la piel de ciervo- Ya te enseñaré yo a rascar la puerta…

El perro dejó de rascar la puerta y lanzó un gemido.

-¡Qué te coman los lobos! -gritó el anciano levantándose.

Fue hacia la puerta a tientas, la abrió y enseguida comprendió por qué le dolía la espalda y por qué ladraba el perro. Había nevado. El perro estaba sentado en la puerta y miraba a su dueño con ojos inteligentes y brillantes.

-En fin, todo ha terminado -gruñó el anciano como respondiendo a la callada pregunta de los ojos del perro-. Nada podemos hacer, hermano… Todo ha terminado.

El perro movió el rabo y emitió un apagado y cordial gemido, como si saludara a su amo.

-Sí…, todo ha terminado, Musco. Acabó el hermoso verano y nos espera el encierro del invierno.

Musco dio un pequeño brinco y se metió en el cubil siguiendo al viejo.

-¿No te gusta el invierno, eh? -le preguntó al perro mientras echaba más leña al fuego-No te gusta, ¿eh?

Las llamas iluminaban el camastro y un rincón de la choza, donde había varios objetos negruzcos y llenos de polvo. El viejo tenía el pelo casi blanco y su rostro presentaba varios cortes, como extrañas heridas. Las cicatrices quedaban casi disimuladas por la espesa barba que se había dejado. Para Musco, el viejo no era ni bello ni feo.

El cielo invernal se iba aclarando lentamente, como si la luz irritara al invisible sol. En la choza sólo se veía, y con dificultad, la pared del fondo. La única ventana apenas dejaba que entrase la luz.

Musco estaba tumbado en el umbral de la puerta y contemplaba pacientemente a su dueño, moviendo el rabo… Pero también la paciencia de un perro tiene sus límites, y Musco empezó a gemir otra vez.

-Ya voy…, no tengas tanta prisa –respondió mientras ponía un cacharro con agua en el fuego- para todo hay tiempo.

Musco estiró las patas, apoyó el hocico en una de de ellas y siguió observando a su dueño. Cuando vio que el viejo se echaba una raída manta sobre los hombros, ladró juguetón y corrió hacia la puerta.

Todo había cambiado en una sola noche. El bosque parecía más cercano y el rio más estrecho, las nubes se arrastraban casi a ras de tierra y rozaban las copas de los abetos. Era un paisaje desolador; los copos de nieve danzaban en el aire, y caían silenciosos sobre aquella tierra que parecía muerta.

El anciano miró hacia la choza, detrás de la cual se veía las aguas oscuras del lago que lo separaba del pueblo y del resto del mundo. En la orilla una barca pequeña, de esas de quilla plana para que naveguen con poca agua, Musco saltó dentro el primero, apoyó las manos en el borde de la barca y lanzó unos ladridos.

-¿A cuento de qué viene esa alegría? –Le gritó el anciano- Espera, que lo más probable es que no encontremos nada.

Pero el perro parecía saber que habían pescado algo, volvió a ladrar. El viejo remaba hacia donde tenía el aparejo, estaba hundido efectivamente en el agua.

-Aquí hay algo, Musco…

El botín era excelente; dos grandes barbos que le costó esfuerzos al viejo para sacarlos.

-¿Te gustan los barbos?, -le preguntó el anciano alargándole un pez-. Claro tú no sabes cómo pescarlos, hoy tendremos sopa de pescado. Con mal tiempo los peces pican mejor.

Ahora los días son  muy cortos, estuvo remendando algunos desperfectos de la choza para aguantar el invierno. Hacía ya muchos años que quería construir una nueva, pero para un solo hombre es muy difícil hacerlo.

-De una manera u otra resistiremos el invierno, ¿verdad Musco?

Después de terminar su trabajo, el anciano se sentó en un tronco, frente a la choza y se sumió en hondas reflexiones. El perro se acercó apoyando su cabeza en las rodillas del viejo. ¿Qué estaba pensando el viejo en esos momentos? Las primeras nieves siempre le llenan de alegría, aunque también de pena pues le recordaba su pasado vivido al otro lado del lago. Allí había tenido una casa, una familia, parientes, pero todos habían muerto. El destino lo había arrojado en los últimos años de su vida a aquel rincón del mundo. Nadie estaría a su lado para cerrarle los ojos cuando muriera. Qué difícil le resultaba todo a su edad, allí rodeados de bosques y de silencio, de silencio eterno. Su única compañía era Musco. El viejo lo quería mucho, más de lo que suelen quererse los hombres entre si. El perro lo representaba todo para él y también el perro lo quería. Más de una vez el había expuesto su vida para proteger la de su dueño en una cacería.

-También tú te has vuelto viejo, Musco -dijo el anciano acariciando el lomo del animal-. Tus dientes ya no están tan afilados y tu mirada es turbia… ¡Viejo, viejo, viejo…! Creo que va llegando el último momento para los dos.

Parecía que el perro esperara lo que esperaba el viejo. Se le arrimó más y le miró tristemente.

Durante años se había dedicado a la caza en el bosque. Un día se encontró con un oso, se echó la escopeta a la cara y resbaló cayendo al suelo; el oso se abalanzó contra él y en el último momento pudo dispararle a quemarropa, pero le dejó mal herido porque de un zarpazo casi le destroza la cara, Había salido vivo de la aventura pero tenía el rostro lleno de cicatrices. Ahora no se atrevía adentrarse en el bosque, ya no podía cazar como los demás cazadores, estaba condenado a la miseria.

Le propusieron que trabajara de guarda, estaría en la choza y le acercarían provisiones. Podrás dedicarte a cazar en los alrededores -le dijeron- tendrás una buena vida. El anciano meditó sobre la proposición y al final aceptó.

Después de cubrir sus necesidades, el resto del pescado lo ahumaba, Se le había acabado la sal y no podía salarlos, aunque ya estaba próximo a llegar los avituallamientos.

-Pronto llegaran nuestras provisiones, Musco…

Se le había acabado la harina y no podía hacer el pan. Ya estaba harto de carne y pescado, el pan para él era imprescindible.

El que le traía las provisiones llegó a una hora inesperada. El anciano estaba dormido cuando oyó unas voces y el crujido del carro.

-Eh, abuelito, ¿vives todavía? ¡Aquí están las provisiones!

Al anciano le extrañó que Musco, no hubiese avisado de la llegada de esas personas. Tampoco salió a ladrar, sino como si estuviera avergonzado, se ocultó debajo del camastro sin un gruñido.

-Musco, ¿qué te ocurre? -preguntó extrañado el anciano- No escuchaste que llegaban. Esto es una mala señal.

El perro salió de debajo del camastro, le lamió la mano y volvió a esconderse. Parecía como si comprendiese su culpa.

-Eres viejo, ya no tienes olfato -dijo el anciano con tristeza- y oyes muy mal con el oído izquierdo.

Dos hombres depositaron las cajas con las provisiones a la puerta de la choza.

-¿Y no tienes miedo aquí solo abuelo?

-¿Y qué puedo temer? Estamos acostumbrados a esta vida.

-Pero tan solo aquí en el bosque.

-No estoy tan solo, pues tengo a mi perro… Siempre juntos. Es muy inteligente, solo le falta hablar como nosotros.

-¿Y de donde lo sacaste?

-Hace ya muchos años, unos diez. Poco antes de Navidad, iba por el bosque y apareció Musco, en principio me asustó, pero luego lo vi venir directamente hacia mí, cosa que no hacen los perros cuando te ven por aquí, me tranquilicé, lo acaricié y se vino detrás de mí.

 -Pero en invierno será muy aburrido vivir aquí… –me pregunta un joven muy simpático que quería informarse de todo.

-Todo es cuestión de acostumbrarse; solo cuando llegan los días de fiesta me pongo triste… Cuando llega la primavera y regresan los pájaros, ¡vaya fiesta para mí!

El joven y su compañero se montaron en el carro y se marcharon.

-¿Estás celoso, eh viejo?, –preguntaba al perro- Tú solo sabes ladrar.

Al viejo le alarmó ver que el perro cada vez estaba más triste. Andaba cabizbajo por la choza. Al parecer estaba enfermo.

-¿Qué te ocurre, Musco? ¿Dónde te duele?

Pero Musco, se escondía debajo del camastro y apoyaba su cabeza sobre sus patas delanteras. El anciano se intranquilizó.

-Musco, querido…

Musco movió lentamente la cola, se acercó a su dueño y le lamió la mano. Luego emitió un gemido…

Hacía dos semanas que rugía la tormenta, dos semanas que no salió de la choza, haciéndole compañía al perro enfermo. Musco estaba inmóvil y apenas respiraba.

-Amado mío, tú… –se lamentaba el anciano besando al fiel amigo-, amigo…, ¿dónde te duele?

Pero Musco no respondía. Hacía ya tiempo que presentía el fin y guardaba un impenetrable silencio. El viejo lloraba desconsolado, pero no podía hacer nada, nada puede hacerse contra la muerte. ¡Qué desgracia la suya!

Con Musco se iba la última alegría del viejo.

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