Travelin’ Band (Alex Navarro)

Exterior. Lo que antes era el Imperio Ruso y que hoy es sólo un sitio donde hace mucho frío. León está escribiendo algo en una libreta con papel de color oscuro mientras está sentado en su silla de mimbre y se toca su barba. A Gandhi le caes bien, pero aún no lo sabes. En el otro lado del mundo algún adolescente se la está machando mientras lee Ana Karénina, pero sólo con la portada. Luther King seguirá siendo negro, pero es de noche y es el siglo XIX, así que eso tampoco lo sabes.

Exterior. Un sitio llamado Costa County. Aquí hace un jodido calor. Tienen todo el océano pacífico enfrente. El Mirador de Dios, del que nunca te cansas de él. Ellos llevan bigote y pelo largo. Están tomando el sol. A los Coen les mola vuestra música, pero aún no lo sabéis. Ellos están mirando por la puerta de atrás mientras un tipo con perilla, poncho, gafas de sol y bermudas estrella su coche contra una farola mientras va fumando hierba con una especie de pinzas y todo mientras sostiene una cerveza. Digamos que piensa que la policía le persigue y tira la alegría incandescente y cilíndrica por la ventana del coche, pero está tan colocado que no se da cuenta que la ventanilla está subida y se quema los huevos con la punta del cigarro.

Se compensa con que sus Gobiernos en no mucho o en bastante mucho se harán pupita.

A todo esto ya no estamos en el exterior. Interior. Es un tren. Un tipo se sube, pongamos que es León, y se sienta al lado de unos tipos que algún día estarían en El Salón de la Fama del rock. Llueve. O no. En realidad da igual. El revisor les pica el billete y León tiene ganas de contar como ha matado a su mujer a un grupo de desconocidos. Esto funciona así. Y funciona tan bien que ellos quieren escuchar, porque quizás les dé por escribir sobre ello.

Empieza hablando del existencialismo. Sigue por el amor. Por el sexo. Que si el amor no implica ninguna atadura moral y por eso es tan puro y que es el matrimonio el que lo corrompe con tantas normas sin sentido y remordimientos al tener un anillo en el dedo. Toda esa mierda. Realmente interesante.

Entra un negro en la escena. Pero no es Luther King. Sólo es un negro con patillas.

Al final los melenudos que vienen de El Cerrito se lo ven venir y se dan cuenta de lo que pasa si das coba a un asesino en serie. Que sí, que era reincidente. Así que intercambian los teléfonos y quedan en verse en Hollywood.

Todo esto no lo sabe nadie, pero es que esta gente es tan reservada que no hacen ni bises en sus conciertos.

Fin de la escena. Tarantino me quiere comprar el guion. Le digo que no.

 

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