La buena estirpe (Tarodsim)

“Lo querían matar los iguales porque era distinto”
Juan Ramón Jiménez

 

La buena estirpe

— ¡Cuando digo tú, digo él, pero te digo a ti porque eres la parte destacada en la causa de ese calvario, o te callas o reconoces el mérito de la gente!—los desagradables gritos rajoyanos parecían tenerme como objetivo.
Busqué entre los viandantes de la Plaza Roja. Nadie parecía haber escuchado al tarado, pero si hacía caso a las encuestas cualquiera de ellos podía estar a un paso de la locura. La empedrada ciudad natal de Marianico soportaba el cuadragésimo segundo día consecutivo de lluvia. Era domingo por la mañana y no estaba para gilipolleces. Todo lo que necesitaba era que me pasara la resaca. Sólo podía pensar en comerme un bocadillo.
— ¡Eh tú, sociata de mieerda! ¿Tengo que repetírtelo?—ahora sí lo vi. Medio oculto tras una acacia fantasma un grandullón barbudo decidía si yo era una presa asequible. Mi metro sesenta pareció darle ánimos. Asomó el careto. Mira tú quién era.
Estaba a cinco minutos de oler la grasa revitalizante del bacon con huevo. Pero antes tenía que ocuparme del loco del barrio. Ya lo había visto alguna vez hablando solo, farfullando contra el comunismo o los maricones. Y cuando pasabas a su lado bajaba la voz hasta frecuencias caninas que sólo los de su ralea podían escuchar. Tuvo que escoger esa mañana de domingo para tocarme los cojones. Yo que nunca le haría daño a nadie, pero tenía tanta hambre.
—Amigo, no es el momento. Y te equivocas, no soy sociópata—el individuo se había plantado a unos tres metros de mí. Sólo nos separaba la cascada artificial que bajaba por la cuesta, rebosante de espuma. En su mano derecha sostenía una burbuja ladrillo.
— Todo lo que se refiere a mí y a los compañeros del partido no es cierto, salvo alguna cosa—el flipado seguía en modo mariano mientras pensaba si soplar el ladrillo hasta mi cara.
Me paré en seco. Miré esperando que apareciera la policía o los de la perrera, pero debían estar ocupados con tanto rancio rabioso que anda suelto. La plaza de pronto parecía desierta. Un periódico tirado en el suelo fue lo único que encontré para defenderme. Me agaché para cogerlo justo cuando el ladrillo burbuja flotó hasta donde estaban mis gafas un momento antes. El ladrillo impactó en el escaparate de una inmobiliaria insolvente. Se me pasó la resaca de golpe. La culpa acongojó a mis lentes al ver los cristales rotos del escaparate. «Esa piedra era para mí…»
El periódico era extraño. Un ejemplar amarillento del Faro de Vigo. Miré la fecha. Aún debía estar borracho porque veía doble. Viernes 4 de marzo de 1983. Martes 24 de julio de 1984. ¿Sería cosa del Gran Hermano?
La envidia igualitaria fue todo lo que conseguí leer. Sin saber por qué me empecé a cabrear. Otro ladrillo burbujeante venía hacía mi. Rodé para esquivarlo mientras enrollaba el periódico. Me sentí Matt Damon en el mito de Bourne. ¡Matt Damon! Avancé implacable hasta el orangután fascista. Debía tener una constructora en los bolsillos, porque seguía lanzándome ladrillos oxidados. Los toreé todos hasta que me coloqué a distancia del ojo izquierdo de Minimariano. El ojo del tic. Le azoté con el panfleto. Una, dos, hasta siete veces. Le tenía ko. Sólo necesitaba una última hostia ese ojo mentiroso en forma de ocho infinito. ¡HH88! Sus ojos recordaban tanto a los del líder. Lancé mi brazo hacia atrás buscando impulso. La lluvia aplastaba mi pelo. Sobre mi cabeza, en el piso decimotercero, estaba la sede de la gaviota carroñera.
Y paró de llover. Un cielo azul PP vino a despedirse de mí. No pude evitar mirarlo. Mi pobre mente sometida a la cuarentena del agua sonrió. Sólo tuve un segundo para disfrutarlo, porque de la planta de la raza superior cayó una hormigonera. Podría haberme deslizado cuesta abajo, pero no podía dejar de mirar aquel cielo.
El octavo azote no sería dado. Nunca me comería el bocadillo. Mi cuerpo oprimido por la hormigonera empezó la cuenta atrás. El orangután se me acercó. Encendió un pitillo.
Mientras quemaba mis manos susurró:
— ¿Quieres que te cuente un secreto? Somos mayoría.

 

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