El amor de Uriel (Patricia López Cianca)

Desde que Uriel llegó a Madrid, sintió como se le partía el corazón en mil pedazos. No se acostumbró a no tenerla, a no besarla, a no acariciarla cada día.

Se convenció de que eso era lo que tenía que hacer, era su obligación, su responsabilidad, pero cada segundo y minuto que pasaba en aquella ciudad, se le hacía tan difícil…

Katia le esperaba paciente en el pueblo en el que vivían, a que volviera con buenas noticias. Le echaba de menos, claro, pero sabía que él hacía lo correcto.

Su vista estaba puesta en el televisor para distraerse, para no pensarle demasiado y así sobrellevar mejor su ausencia indefinida.

Uriel se alojaba en un hostal de segunda, barato y algo sucio. Su economía no le permitía mas. Salía cada día a la calle, con un papel en la mano, en el que solo había escrito un nombre: Adolfo Agudo Solar.

Su misión era encontrarle, aunque solo sabía que rondaba a menudo por la plaza del sol.

No paró de preguntar por la calle a todas las personas, a cada dependiente y lugareño de la zona.

Derrotado volvía a su habitación, acordándose de Katia. La conocía hacía veinte años, y se querían como el primer día. Confirmaba un día mas, que no sabría vivir sin ella.

Katia ya en la cama, lista para dormir, imaginaba que Uriel llegaba al despertar, la sacaba de la cama en volandas hasta el salón y la besaba apasionadamente mientras la tapaba los ojos para darla una sorpresa, la sorpresa mas grande de su vida.

Al cabo de varios días en Madrid, Ariel hacía un descanso en un bar para tomar un café, casi abatido y con mas ganas de volver a su casa, que de pasar un día mas allí.

El camarero entró en conversación con él, y Ariel sin ánimo, le contó lo que hacía en Madrid y a quién buscaba. El camarero abrió los ojos asombrado y le dijo:

– ¡Este señor es cliente mío de toda la vida!-Cuando lo escuchó, pegó un brinco en la silla y le pidió desesperadamente que le dijera dónde podía encontrarle.

El camarero le indicó el portal donde vivía, estaba a la vuelta de la esquina. Ariel se despidió amistosamente y salió pitando.

-¿Es usted Adolfo Agudo?

-Si, soy yo.-Gracias a Dios, por fin le encontré- Dijo Ariel con los ojos llenos de lagrimas.

Ariel charló con Adolfo durante horas, mientras él escuchaba con gran atención y amabilidad. Le explicó lo que le pasaba, elogió su trabajo una y mil veces y le ofreció grandes cantidades de dinero para que le ayudara.

Llegó la hora de volver. Por fin. Estaba entusiasmado, mucho mas que el día que se casó con Katia.

Volvería a casa con su mujer, a quererla y a mimarla como siempre.

En el autobús de regreso, le temblaban las piernas, y el estómago le daba vueltas. Nervios, ilusión, esperanza…

Abrió la puerta de su casa sigilosamente, como para que no le vieran llegar, pero no le salió como esperaba. Justo delante de la puerta, se encontraba ELLA, sentada en su silla de ruedas, con una almohada que la aguanta la cabeza. No puede mover los pies ni los brazos, pero si los ojos y ligeramente la mitad de su boca, la misma que no puede evitar esbozar una mueca que deja paso a imaginar su antigua sonrisa. Los ojos la brillan, tanto como cuando Ariel la conoció. Aunque ya no se puede mover, se puede notar en su cara la alegría y el sentimiento de satisfacción que la inunda.

Ariel corrió a abrazarla, la agarró fuertemente y la besó en la cara, las manos, los brazos, el cuello, y la cabeza una y otra vez.

 – Te quiero, te quiero, te quiero…- susurraba Ariel.

Rosa, su tía, que estaba junto a ellos, se emocionaba en silencio. Se había quedado a cuidar a Katia mientras Ariel estaba fuera.

Ariel, salió a la calle y mandó al señor Adolfo pasar. Era un curandero muy prestigioso, el mejor curandero de España. El único que podría intentar curar la enfermedad de Katia, tenía ELA, desde hacía siete años, y ya la habían desahuciado diciéndola que no tenía cura.

Katia no pudo evitar llorar, por sus mejillas resbalaban lagrimas de emoción. Ariel se unió a ella, y lloraron juntos. Él hizo todo lo que pudo para ayudar a Katia, buscó hasta debajo de las piedras y ablandó el corazón de Adolfo para que les ayudara. La regaló felicidad y esperanza, que es lo que ella ya no tenía, a parte de otras muchas cosas que había ido perdiendo con la enfermedad. Ariel no quiso rendirse, no quería volver a pasar ni un solo día sin ella.

Supieron por un montón de testimonios que Adolfo había conseguido curar el cáncer de muchas personas, había hecho andar a paralíticos, y no podían dejar de luchar habiendo aunque solo fuera una oportunidad.

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4 respuestas a El amor de Uriel (Patricia López Cianca)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato y creo que mejoraría mucho si lo repasaras otra vez. Un saludo literario.

  2. manolivf dijo:

    Uriel? Ariel? Qué pasó al final? Únicamente das respuesta a lo que iba a buscar el protagonista, pero dejas inconcluso si su búsqueda tuvo éxito…Creo que transmite mucho el relato y podías hacer más con esta historia, una historia en la que el amor cobra mucha fuerza…Saludos, Patricia.

  3. Manger dijo:

    Un relato muy sensible, pero es cierto que da la sensación de estar inconcluso y a veces no es estrictamente necesario dejar a la libre imaginación del lector lo que pudo suceder después, aunque por la gravedad de esa enfermedad todo hace intuir que ni el más milagrero de los curanderos hubiera podido hacer gran cosa. Estoy de acuerdo con los dos comentarios anteriores. Mis saludos cordiales, Patricia, y espero tus siguientes publicaciones.

  4. PATRICIA LOPEZ dijo:

    Gracias por los comentarios y los consejos. Lo haré mejor la próxima vez, no quería extenderme mucho y lo dejé abierto a la imaginación, pero es cierto que queda incompleto. Lo de Ariel ha sido un error, (muy grande) debido a las prisas….GRACIASS

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