Frente a la puerta (Salvador Cortés Cortés)

“¿Un relato breve en un cuarto de hora?, ¡vale!…, aunque ya sabrás que lo que escriba en un cuarto de hora cualquiera lo leerá en cinco minutos?”

Susana, detrás del mostrador de la tienda de productos gourmet, miró de reojo su smartphone junto a la caja registradora: “Las dos de la tarde, me voy.” Todavía un cliente tuvo tiempo de preguntarle sobre la calidad del vino Málaga que se vendía en el establecimiento; a lo que ella contestó: “De la mejor calidad”, y el otro no dudó en comprarlo.

Ya cumplido el trámite de cerrar caja, en el que no se demoró pues las ventas andaban más bien flojas, se colgó su bolso de flecos cruzándoselo sobre su torso, con la tira entre sus pechos, y salió de su particular trinchera para ir embocando la salida. Miró la puerta acristalada; giró con un gesto preciso de sus dedos el cartelito en cuyo envés se leía “Cerrado”, tiró del picaporte hacia su mórbido abdomen y, como si empujara una puerta giratoria de esas que las nuevas tecnología han puesto en desuso, traspuso el umbral hacia la transitada calle.

Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón corto, tan ajustado que a ningún observador de aquella hinchada anatomía se lo podría escapar lo que ella ocultaba en sus bolsillos y en su tersa piel, y se dispuso a introducirla en el bombín para cerrar, y cerró; se giró sobre sus talones y, tras observar a su alrededor, comenzó a andar ligera entre los transeúntes; sus pasos eran decididos.

Susana, súbitamente, se detuvo. ¿Qué le pasó?, o ¿qué se le pasó por la cabeza?

Tomó su smartphone del bolso y pulsó el botón para encenderlo y escoger una aplicación… Efectivamente, no había activado la alarma: tuvo que volver sobre sus pasos, incluso lo hizo a más velocidad que cuando salió del local; ahora, eso sí, se sonreía como de cara a un público desconocido que la juzgaría, o sea, como si se disculpara por haber olvidado un diálogo que se sabía de memoria.

Se situó frente a la puerta acristalada cerrada solo unos segundos antes; ya tenía la aplicación abierta, así que solo tuvo que ajustar el horario y confirmarlo: la alarma se activaría de inmediato. Punto.

Susana reinició su camino, el que la llevaría a su cita, porque, todo hay que decirlo, o escribirlo, Susana hoy tenía una cita muy importante: quizá este era el hombre que a ella le convenía: maduro, con tiempo libre, sin cargas familiares…; aunque quizá no, quizá a la larga le echaría en cara la cantidad de horas que ella dedicaba a su trabajo, quizá le recriminaría con el tiempo que la hipoteca que había contraído con su puesto de trabajo estaba haciendo fracasar su relación, quizá…

Pero de esto nada se sabrá, porque lo que vemos ahora mismo es que Susana ya ha doblado la primera esquina de la calle, ya ha dejado atrás la tienda gourmet, ya ni ve la calle donde aquélla se encuentra, y se ha encontrado con una amiga. “Hola, Susana”, saluda ésta; “Hola, Pilu”; “¡Saliste ya de trabajar!”, observó la amiga; “No se dice saliste, se dice has salido“, corrigió Susana; “¡Bueno, chica!”, rió la otra; “Sí, acabo de salir y… ¿sabes, Pilu?”…., Susana mantuvo un silencio, un suspense, mientras acercaba sus labios hacia el rostro de su amiga, y después desveló el final: “Tengo una cita”; “Ay, ¿sí?”; “Sí, con Jaime…, ¿te acuerdas de Jaime?”; “Pues claro, ¡como no me voy a acordar!, todas las de mi tienda se lo quería tirar…, y creo que alguna lo consiguió…, pero a mí no me lo contaban, a mí no, las muy…”; “Pues mira, ayer vino a desayunar al bar de enfrente de la tienda y… ¡hacía tiempo que no lo veía!, se ve que ha estado por ahí, es mucho más… más… más hombre ahora, y… nada, me hice la encontradiza… salí a fumar a la calle, me vio, hablamos…” Esperad: a Susana le ha ocurrido algo, ¿el qué?

“Oye, Pilu… que creo que…, perdona, me voy, me voy corriendo.” Y Susana se volvió a girar sobre sus talones y, con prisas, comenzó a caminar… “¡Susana!, ¡Susana!”, oyó a la otra gritar mientras estaba otra vez doblando a la esquina y enfilando la calle de la tienda gourmet sosteniendo el smartphone sobre la palma derecha de su mano, escarbando con el pulgar en la pantalla y preguntándose: “¿Habré cerrado bien la puerta, habrá puesto bien la alarma”, y exigiéndose: “Debo comprobarlo, debo comprobarlo…” Y Jaime se alejaba…

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Una respuesta a Frente a la puerta (Salvador Cortés Cortés)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha faltado algo en este relato. Un saludo. Amaya

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