Gino (Goli At Ferratto)

-I-

Cuando Gino dijo que había decidido ser el hombre más feliz del mundo no se anduvo con contemplaciones; el mismo día que cumplía diecisiete años les dijo a sus padres que se olvidaran de él, que estaba harto de ellos, se ahogaba en aquel mundo de acostumbradas carantoñas y dulces cuidados maternales, que el mundo estaba hecho para explorar sus sueños de aventuras y que nada ni nadie le iban a impedir tomar para sí todo lo que la vida ofrecía fuera de aquella prisión paternal…, libertad, viajes, dinero, mujeres, los vicios más obscenos que pudieran imaginarse…, y hasta el alma del enemigo si fuera necesario. ¡Quería aprender de la vida, encontrar la bendita felicidad y no volver jamás…! Aún a costa de la felicidad de los demás. Benoni y Assunta le vieron partir esa tarde con su hatillo colgado a la espalda y veinte liras en el bolsillo, sin siquiera ceder un adiós, una sola lágrima, un hipócrita “os quiero”…, ni tampoco un mísero beso rogado en los pómulos de sus tristes caras. Sabían que nunca sabrían de él, y allí quedaron afligidos, sentados frente a frente, mirándose a los ojos, derramando sus lágrimas por un hijo perdido en el río de sus odios.

Diréis que esta historia ya os suena, que es normal que los hijos se vayan del nido; y sin duda estáis en lo cierto… La vida está llena de estas decisiones, a veces muy buenas, a veces muy malas por extemporáneas, y casi siempre sin término medio. Pero si seguís leyendo –no será muy largo, así os lo prometo- veréis que la historia de Gino es algo más compleja, algo que merece sentarse un par de minutos en torno a una mesa y contarla sin tontos tapujos.

Pues veréis… Tras abandonar su casa familiar, Gino anduvo dos años vagabundeando de un lado para otro en las calles de Roma, aprendiendo entre sus oscuros recodos esas malas artes que hacen del hombre un preciso instrumento para dañar al hombre. Su primera escuela fue la práctica que hicieron con él violadores, estafadores, putas, borrachos, ladrones y esa gente de tan malos hábitos que pueblan y curten el sucio empedrado de la pobreza en los bajos fondos. De esta manera, a los diecinueve, Gino había sido cien veces desvirgado como joven hombre y mujer de reemplazo, insultado, apedreado, pateado, amordazado, escupido, atado, roto a latigazos, emplumado, robado y tantas inhumanas acciones que sería muy prolijo enumerar aquí. Cuando esto le sucedía, Gino se armaba de valor y lo tomaba como algo útil y necesario para su adecuada formación… Tenía que endurecerse para conseguir su meta, aprender todo aquello para lograr conocer algún día de qué color era el poder y la felicidad de tenerlo… «Quien no conoce lo malo, no puede conocer lo bueno…», se decía seriamente para su consuelo. Recordaba a veces la frase de su maestro de primaria, Don Tadeo, cuando siendo él un rapazuelo le oía repetir en el aula de la escuela infantil de Cortina D’Ampezzo aquello tan manido de que “la letra con sangre entra…”, y acto seguido tomaba con seriedad la pesada regla en sus manos yendo con calculados pasos hasta el rincón de castigo donde esperaba temblando el asustado “justiciable”… Ahora entendía el verdadero sentido de aquella rigurosa sentencia…

Decía que estaba aprendiendo con todo aquello, lo notaba al recibir las violentas palizas, o al sentir en su cogote el fétido aliento de aquel orondo mesonero frotando su asquerosa verga contra su espalda a cambio de un trozo de pan de desecho…, o a la sucia puta de su mujer chillándole que no la tocara -siempre no estando el marido, claro-, cuando era ella la que le atacaba al bajarle el calzón en la alcoba, conseguir tumbarle a empujones en su lecho y acomodarse después encima de él a su libre antojo… ¡Qué asco le daba notar aquel pegajoso contacto…! ¡Y su mal olor…! Pero supo soportarlo… Sentía que con ello aprendía mucho, y así lo llegó a admitir como una lección más del Libro del Buen Saber. Todo por saber…, un mendrugo de pan y un piojoso rincón en el mesón donde acomodar sus jóvenes huesos durante las frías noches de invierno. «Ya llegaría el momento de la felicidad buscada…», se decía.

Pero, sin apenas darse cuenta, ocurrió que aquellas prácticas anti natura y sucias violaciones le hicieron perder en el camino algo muy importante: su sexualidad, su carta de presentación, la valiosa tinta con la que cargar su varonil pluma y poder escribir con ella a la futura amada cientos de bellos poemas de cama. Y así fue cómo Gino cayó en una incurable frigidez y se vio abocado a renunciar para siempre al placer del amor carnal. «No importa…», se dijo cuando lo descubrió, «… hay otros placeres por los que lograr la felicidad…»

A los veinte, Gino dio muerte al mesonero. Fue la postrera vez que pretendió hacer de él su fiel potrillo, siempre abierto de patas traseras… Aquella cabalgadura ya había aprendido lo suficiente de la mala compañía, se dijo. Gino había estudiado la ocasión a conciencia y accedió a los libidinosos deseos de aquel cerdo cabrón, pero a condición de hacerlo bien entrada la noche en un pequeño bosque cercano al Monte Palatino. Allí se valió de una vieja garrocha que había en el mesón –robada a un torero español ya retirado, todo hay que decirlo- que sabiamente había escondido en el lugar previamente elegido. Todo fue muy rápido… Después de que el febril enamorado se bajara el calzón intentando consumar por centésima vez ese infame acto con él, tomado en sorpresa de tal guisa, sucia flauta en mano y sin posibilidad alguna de salir corriendo, le asestó tan fuerte golpe en la mugrienta cabezota con la piedra elegida para tan digno cometido que, una vez inconsciente, de casi puro muerto, se la insertó con saña por su roñoso esfínter hasta notarla llegar a las tripas, momento en que lució la faena torera removiendo el arpón a izquierda y derecha, de arriba hacia abajo, en adelante y atrás, notando orgulloso que con ello adquiría un conocimiento nuevo, que seguía aprendiendo, esta vez como aventajado practicante y no como un vulgar objeto “practicado”… De la oración pasiva había pasado a la activa en pocos minutos; eso le hizo sentirse inmensamente feliz, pletórico de vida, dueño de otra valiosa experiencia y de un futuro resplandeciente, y se prometió que a partir de entonces había llegado el momento de practicar sólo “en activa”, él sería el actor principal del reparto, muy intensamente…

Antes de que me preguntéis, os diré que no se olvidó de la vieja. Consideró que, aunque ella había actuado de acuerdo con sus instintos naturales, no olvidó el asco que le había producido haberle obligado a sentir contra su joven cuerpo el íntimo contacto de su rugosa piel, y la estranguló con una de sus medias cuando la muy zorra le tenía de nuevo bajo ella en el lecho gritándole como una loca «¡No me toques… no me toques…!». Le fue muy grato escuchar los últimos estertores que salieron de su desdentada boca, ansiosa de aire que inspirar, las viscosas babas de la ansiedad y su cadavérico rostro tomando el cerúleo color de la muerte…

Después tomó su pequeño hatillo y marchó del mesón silbando por el callejón el himno nacional italiano, notando pletórico en su pecho el orgullo que debía sentir cualquier patriota al vencer por fin a su eterno enemigo. Al cabo de los días cayó en la cuenta de que había perdido un placer más: el de perdonar. Pero no le preocupó… «Eso me hace más fuerte; no es necesario para ser feliz…», se dijo de nuevo.

Pasaron otros ocho años y Gino, tras subir los obligados peldaños de la delincuencia más dura, se convirtió en un temido mafioso que dominaba seis de los distritos más difíciles de Roma. Allí se cumplía estrictamente lo que él ordenaba; bares, salas de cine, teatros, circos y hasta el más pequeño ultramarinos se convirtieron en fieles donantes que llenaban la hucha de sus exigencias. Tampoco se libraron algunos políticos y gente del poder fáctico. La extorsión y las “desgraciadas” muertes de aquellos que se le oponían –con razón o sin ella- se transformaron en sus terapias particulares contra los rebeldes, que además utilizaba casi siempre de forma muy personal e intransferible. Gino había madurado mucho y, además, se había convertido en un guapo hombre cuyas varoniles facciones y elegantes andares volvían locas a las mujeres. Él las cortejaba con envolventes palabras por el simple placer de sentirse superior a ellas y hacerlas sufrir en sus imposibles sueños de tenerle para sí, pero después las ignoraba olímpicamente y lo mejor que obtenían de él en las alcobas eran las dolorosas quemaduras de sus cigarrillos acariciando sus inflados pezones de hembras en celo. De ahí que consiguiera ser conocido en esos corrillos falderos como Gino “Lollofrigido”, utilizando con muy justa intención ese símil con el deformado apellido de una famosa y despampanante actriz cinematográfica de aquella época. Pero a él no le importaba; aún así era el dueño del gallinero y hacía y deshacía según sus conveniencias. Sabía que definitivamente había perdido el placer de la bondad. Pero tampoco le importó demasiado…, la bondad se demostraba consigo mismo, y lo importante era tener la dicha del poder sobre los demás… «Ahí está la verdadera felicidad…, en el poder sobre las tontas gentes…», se repetía a menudo.

-II-

Voy acabando… Ya os dije que no sería muy extenso; os cuento lo esencial y termino, aunque nada os reprocharé si ahora mismo salís del corrillo y os marcháis; comprendo que a alguno la historia de Gino le pueda parecer algo truculenta y vulgar…

Bueno… Pues quiso la suerte -más buena para él y muy mala para los demás- que al cabo de otros cinco años, ya cumplidos los treinta y tres, encumbrado en la lira y con decenas de posesiones inmobiliarias, casinos, lupanares y locales de dudosa catadura, al guapo de Gino se le antojó hacer un viaje por el norte de Italia con la crematística intención de instalarse en la provincia del Véneto y explotar el negocio de la prostitución en aquella zona tan turística…, y Cortina D’Ampezzo era un lugar ideal para sus planes. Con su fina inteligencia para esas cosas, intuía que en otros cinco años más la región de los Alpes Dolomitas se iba a revalorizar un quinientos por ciento por lo menos, y no estaba dispuesto a renunciar a esa potente mina de poder, a desaprovechar el ingente negocio que significaría la cada vez mayor afluencia de gentes adineradas y de la alta sociedad que optaban también por tener allí su segunda residencia y -¡cómo no!- aficionadas al buen vivir, a los deportes de invierno y a esa clase de “necesidades” que tan sólo él podía proporcionarles sin el menor riesgo de ver dañada su honorable y valiosa honestidad. Sabía perfectamente cómo dar rienda suelta a los deseos de ese tipo de gentes que disfrutaban del dinero tirándolo alegremente para satisfacer sus inconfesables vicios, y nada mejor que lo hicieran en los hospitalarios bolsillos de la avaricia que vestía Gino “Lollobrigido“…

Como es natural, primero se había cuidado de obtener los suficientes informes antes de lanzarse a la nueva aventura; por eso sabía de un par de competidores que le podían causar cierto “dolor de cabeza”: un tal Massimo Peruzzi, un viejo cabrón al que ya conocía de antaño, venido hacía un par de años desde el sur de Italia, (un cobarde ladrón de cuarto orden al que no concedía la menor importancia), y el propietario de un local llamado “Aspettando il tuo ritorno” cuya identidad no habían podido facilitarle sus informadores… La verdad es que el nombre elegido para el local le pareció bastante sugestivo e incitador, muy de su estilo incluso, y tuvo que reconocer por ello que su dueño debía ser bastante avispado, aunque dio por hecho que no tardaría siquiera una semana en convencerle de que se lo vendiera a un precio razonablemente… bajo. Y si no fuera así, haría uso de la otra alternativa que tanto le gustaba practicar; disponía de muchas “razones” de peso con las que hacerle marchar de allí “por las buenas”…

Huelga deciros que Gino siempre se hacía acompañar por un séquito de duras plañideras de gatillo fácil, siempre dispuestas a llorar plomo por su causa y hacer desaparecer los motivos de su “tristeza”, en silencio y sin dejar huellas. Hacía un par de años que él no se encargaba directamente de ajustar las cuentas precisas, aunque siempre se guardaba algún que otro “dulce” para disfrutarlo a solas y dejar muy alta la impronta de su personal sello de identidad… Para él era una cuestión de principios, un incentivo para no perder las “buenas prácticas”, y por eso siempre llevaba perfectamente engrasada y escondida en la parte trasera del cinturón su querida “Seis Suspiros”.

Más de veinte años habían transcurrido desde que Gino abandonó aquellas tierras de su olvidada niñez y desde entonces no había vuelto a pisarlas. Como si de una irónica broma se tratara, Cortina D’Ampezzo, su pueblo natal, se le ofrecía de nuevo como su hogar, esta vez un hogar donde prosperarían aún más sus negocios, y no se lo podía creer… «¡Las vueltas que da la puta vida…!» –se dijo, pintando una diabólica sonrisa en su rostro.  Durante todo ese tiempo aquella ciudad no había significado para él más que un nombre geográfico abandonado en el lejano tiempo de su odiada pubertad, aquella juventud de ñoñas caricias maternales y pesadas moralinas de su padre, eufóricos los dos en esas virtudes tan vacuas como el amor, la moral, el respeto, la bondad y su inmenso cariño por él, todas esas cosas que no llevaban a ninguna parte… De su infancia tan sólo admiraba los crueles golpes de regla que atizaba en los nudillos el inflexible Don Tadeo, y sobre todo aquella alegría que sobresalía en la mirada de sus aviesos ojillos de rata almizclera cuando veía caer los lagrimones por las mejillas del desdichado escolar… ¡Ése sí que era de los suyos…! «Seguro que ya habría muerto…» -pensó, recordando sus viejas facciones. En cuanto a sus padres… Bueno…, después de esos veinte años imaginó que se habrían marchado de allí o también estarían muertos; jamás quiso tener noticias de ellos, y de no estarlo tampoco le preocupaba mucho saber de su paradero. En estos pensamientos estaba el guapo de Gino cuando un brusco frenazo de la limusina le indicó que Antonino, su chófer personal, le había hecho llegar por fin hasta su destino. Las manillas de su magnífico reloj de oro marcaban las veintitrés horas y estaba empezando a nevar copiosamente…

Después de que Antonino le abriera la puerta del vehículo, lo primero que Gino vio al pisar la acera fueron los cadenciosos pestañeos de aquellas luces de neón a modo de reclamo que lanzaba un cartel de color rosa pastel anunciándole la entrada al pícaro burdel: “Aspettando il tuo ritorno”…, una hipnotizante frase que se encendía y apagaba cada tres segundos. El nombre del lujoso club de alterne simulaba un decorativo semicírculo por encima de la puerta cuyos laterales estaban adornados también con sendas figuras de alargadas bombillas de neón imitando a dos estilizadas y danzantes mujeres que guiñaban uno de sus ojos y abrían sus labios de forma lasciva, dejando al observador la libre imaginación de lo que su mente quisiera imaginarse… Dos enormes jarrones -¿de oro bañado, quizá?- de casi tres metros de altura parecían los mudos encargados de vigilar la entrada al pie de los cinco escalones que les distanciaban hasta la puerta principal, una doble puerta que no parecía oponer la menor resistencia al acceso de quien libremente quisiera entrar, a juzgar por la ausencia de esos típicos matones de club nocturno que suelen siempre flanquear la entrada. El luminoso cartel parecía evocar una voluptuosa invitación tras el pretendido atracón de placer sexual de una noche anterior…, “Esperando tu vuelta…“, una sutil bienvenida del retorno al vicio. Sintió un escalofrío en el cogote e instintivamente se ajustó el cuello del gabán para protegerse de los gélidos copos que le estaban cubriendo la espalda; después ordenó al chófer que aparcara la limusina frente al hotel que estaba una manzana más allá y le dijo que esperara dentro. «¿Por qué no…? ¿Por qué no tomarse una copa en aquel curioso lupanar que muy pronto sería suyo…? Sería bueno para él conocer su percal…», se dijo.

Cerró la puerta tras de sí y se quedó parado unos segundos para acostumbrar sus ojos a la rojiza penumbra que inundaba el hall de entrada. El recibidor estaba ricamente decorado con paredes de sedosa tela acolchada de un rabioso color rubí y, aunque parecía que nadie estaba en ese momento a cargo de la recepción, un largo mueble de brillante caoba servía para recibir al visitante y hacerse cargo de sus ropas de abrigo. Tras el mueble, estancado en una curvada hornacina de la pared recubierta de pan de oro, un delicado casillero trabajado en un azulado cristal de Murano, dividido a su vez en veinte pequeños compartimentos en forma de delicados corazones, guardaba en su interior las llaves de sus correspondientes “reservados”. La moqueta era de una exquisitez inigualable, casi untuosa al tacto del calzado, y el dulzón aroma mezcla de jazmín y hierbas silvestres que inundaba el aire de aquel espacio se hacía dueño insaciable de todos los sentidos humanos… También un suave calor parecía venir desde el suelo envolviéndole como un arrullo… Era delicioso, se sentía dominado por un sensitivo placer que hasta ahora jamás había experimentado… Casi perplejo por aquel cúmulo de saciantes sensaciones, se quitó el sombrero y el gabán y los dejó encima del caro mostrador; después se decidió a entrar en la sala contigua que se adivinaba tras unas largas cortinas de verde terciopelo que acaso pretendieran taparla a la vista de los que no eran bien recibidos. Pero allí no había nadie que lo pudiera impedir.

El ambiente que se presentó ante sus ojos era una suave mezcla de delicadas luces azules y anaranjadas que proyectaban unos minúsculos focos incrustados en el techo de la circular estancia; el centro estaba dominado por una pista sobreelevada a modo de carrusel de feria en el que, en lugar de los típicos caballitos, ciervos o ranas infantiles de dura madera, junto a las barras se sostenían varias figuras de hermosas mujeres adoptando ante el febril espectador las más estudiadas y sensuales posiciones sacadas del mismísimo Kama Sutra… Parecían tremendamente reales y se mantenían inmóviles en su atractiva desnudez, como suspendidas en la congelada dimensión de un microsegundo de vida… La provocadora visión era un lascivo homenaje al placer carnal, difícilmente sustraíble a ojos varoniles no educados en la mesura y el raciocinio. Gino centró su vista en ellas y se sorprendió al sentir la extraña sensación de que algunos de sus rostros le resultaran lejanamente conocidos…

Aquella especie de curioso “tiovivo” para adultos no era la única atracción de la sala; una reluciente máquina de tocadiscos atrajo con sus luces intermitentes la atención de Gino obligándole a acercarse con curiosidad hasta detenerse frente a las canciones que ofrecía. Al leer el muestrario quedó pensativo… Todas las melodías eran de Al Bano y Romina Power, un dúo relativamente actual para él, pero lo sorprendente fue comprobar que las treinta de la lista eran exactamente la misma canción, una romántica composición titulada “Felicità” de la que recordaba vagamente parte de su letra…, una letra empalagosa y llena de bondades sobre el amor: «Felicidad, es un viaje lejano, mano con mano, felicidad..» -se dijo que era más o menos así, y «… Esta es nuestra canción que lleva en el aire un mensaje de amor, tienen el sabor de verdad, la felicidad…», se repetía en el estribillo…  Aquella repetitiva lista de la misma melodía era algo muy extraño y no se atrevió a echar la moneda para reproducirla, pero acabó tarareándola sin saber el porqué.

Cuando estaba a punto de retirarse de aquella enorme gramola, se fijó en los asientos corridos que de pronto vislumbró pegados a la pared de la sala; algunos le parecieron estar ocupados por hombres que fijaban su atención en él…, o quizá en el carrusel, no sabría decirlo. Le había resultado imposible descubrirlos al verse compelido a centrar su atención en la singular calesita del placer que ocupaba el centro de la sala, pero ahora sí los veía… También parecían estáticos, sin vida pero muy reales, tanto como aquellas beldades… Todo aquello se le empezó a antojar como si fuera un museo de cera ocupado por unos inquietantes muñecos sin vida. Se le erizaron los cabellos cuando escuchó pronunciar su nombre: “Gino.., Gino…, te esperábamos…“. Miró a su alrededor,  pero la candidez de aquellas luces le impidieron localizar de inmediato el origen de aquella llamada. “Gino.., Gino…, todo te lo debemos a ti…“, volvió a repetirse la misteriosa llamada, esta vez con voz de vieja mujer… “Gino…, busca tu soñada felicità…“, dijo una tercera desde otro lado imitando la voz de un joven muchacho… Se acercó muy nervioso hasta lo que debía ser la barra del bar y tras ella surgieron las cadavéricas figuras de Benoni y Assunta, mirándole fijamente y susurrándole “Por fin has vuelto, hijo mío…, por fin has vuelto…Te hemos esperado durante mucho tiempo…” Intentó huir de aquellas horribles apariciones, pero no pudo… Al darse la vuelta, un coro de aquellas bellas mujeres del carrusel, ahora deformadas por la muerte y exhibiendo sus quemados pechos con las dolorosas puntas de los cigarrillos, le clamaron el pago de su adeudado crédito… “Gino Lollofrigido…, nos debes nuestra felicità…“, decían al tiempo… Y después D’Anziano, el corredor de apuestas al que cortó las manos y mandó tirar al río envuelto en gruesas cadenas… Y también Filippo Trevi, el dueño del casino “Ponte d’Oro”, al que dejó vivir tras robarle el negocio y asesinar a su mujer y dos hijos pequeños, para después aparecer ahorcado en un lúgubre sótano de los suburbios de Roma… Y Catarina, aquella pobre enamorada de su varonil rostro a la que cortó los senos para librarse por fin de sus efusivas persecuciones… Y Muzio, el sucio mesonero…, y Bernardetta, su esposa, que sin mediar palabra alguna se le abalanzaron con voluptuosas prisas, él por detrás, ella por delante, y con sus secos huesos se afanaron en quitarle sus vestidos exigiéndole con urgencia el pago en especie por la pérdida de sus pasadas vidas… Y…

… Y esta es la historia de mi puerca vida, queridos compañeros. Ya nos llaman los cuidadores. Salgamos del patio y vayamos a nuestras celdas antes de que cumplan su amenaza de electrocutarnos de nuevo. Mañana os contaré otra historia… Si queréis.

Conoce más sobre el autor en http://grepettoblog1949.wordpress.com/

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9 respuestas a Gino (Goli At Ferratto)

  1. manolivf dijo:

    Espero que la historia de mañana sea un poco más liviana, Goli, porque ésta venía un poco cargada…a ver si, por lo menos, nuestro protagonista se libró de la electroterapia! Un saludo.

    • Manger dijo:

      Muchas gracias por tu crítica, Manoli; es cierto que el relato es un poco extenso, y te agradezco tu tiempo. Otro saludo para ti.

      • manolivf dijo:

        No me refería a su extensión, Mánger. Es una historia bien narrada. Me refería a la intensidad de la trama. El personaje cuenta una truculenta historia, de acorde con el lugar en dónde parece estar (como dice que mañana contará otra, por eso dije lo de liviana…) Ha sido un guiño al personaje. No me ha robado tiempo en absoluto leerlo. 🙂

  2. davidrubios dijo:

    Es una exhibición narrativa. Es cierto, que es de esos relatos que se disfrutan más en papel, pero ha sido una gozada leerlo. Un abrazo

    • Manger dijo:

      Muchas gracias, ilustre; siempre tan benévolo y paciente con mis relatillos, y en este caso con más razón por el tiempo que te ha robado. Un fuerte abrazo, amigo David.

  3. Manger dijo:

    Muchas gracias por tu aclaración, Manoli, pero en realidad no era necesaria porque así lo entendí desde el principio; quizá fuí algo lacónico al agradecerte tu amable comentario, al que llamé “crítica” sin ningùn sentido negativo, y de paso quise disculparme por la extensión del relato y agradecerte también tu valioso tiempo por ello. Excúsame por haber provocado que entendieras la necesidad de aclarar lo que para mí ya estaba suficientemente claro. Por otro lado, igualmente te hubiera agracedido que esa crítica hubiera sido negativa, porque para eso publicamos, para que nuestros amigos que se toman su tiempo en leernos nos pulan el estilo y -si es el caso- nos desengañen cuando estamos desacertados. Muchas gracias, estimada Manoli.

  4. manolivf dijo:

    No me las des, Mánger. Opino igual que tú. De hecho, creo que para eso comentamos, para decir lo que vemos y lo que nos transmite el relato. Si queremos llegar al lector, conocer su opinión es de gran ayuda. En cuanto al tiempo…es un placer emplearlo de este modo. 🙂 Saludos.

  5. davidrubios dijo:

    ¡FELICIDADES GERMÁN! Merecidísima mención.

    • Manger dijo:

      Muchas gracias, querido David. La excesiva extensión del relato le hacía candidato a no ser muy leído, por lo que no esperaba este resultado. Lo subí porque le tengo un cariño especial, sin más pretensiones. Gracias, crack. Un fuerte abrazo.

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