Qué se hizo de Jerónimo Sanz (Baro)

Jerónimo Sanz, bajito, tímido, estrábico; con un ojo en las cosas de acá, mundanas y transitorias, y otro en las de allá, trascendentes e inasibles; incapaces de compartir una misma y plena realidad, se niegan a coincidir: uno parpadea, otro observa; uno llora, otro se seca; ni siquiera comparten el mismo color, acaso la tristeza.

Jerónimo Luis Sanz, lector ocasional de Azaña, no se atreve a retirarle el saludo al padre Blas: ejem, ejem, buenas tardes, buenas tardes… Al salir de misa, su ojo más filosófico mira a unos perros sarnosos y ruines relamiéndose de felicidad y piensa si no son los animales las únicas víctimas de Dios y que, por tanto, sólo ellos merezcan su providencia; el otro ojo, en cambio, observa a una moza que pisa alegre y casquivana y espanta a las feligresas como cuervos rociados con agua bendita. El paso de Jerónimo Sanz no es alegre ni casquivano, sino más bien de camello triste y deja un rastro de silencio allá donde va.

Jerónimo Luis Sanz Bonilla, profesor de escuela pública, rodea la parroquia para encontrarse de frente, bueno, más bien de lado, porque el estrabismo es cosa que así, de golpe, impresiona un poco, digo que se encuentra de lado y saluda a la señorita Angustias con mucha circunspección: ejem, ejem, buenas tardes, buenas tardes… La señorita Angustias se cubre con la mantilla y se sonríe. El ojo de Don Jerónimo, que ha elegido el más trascendental, el más de derechas, le da confianza. Las comadres tiran de ella cual perrillo meón, recelosas no tanto por el estrabismo de Don Jerónimo, que también, si no por sus comentarios en el casino sobre los derechos naturales del hombre y sus chistes de obispos.

Jerónimo Luis Sanz, jugador de mus, pasa las horas muertas en los cementerios por darle sosiego al espíritu y cuando el guardia no le ve coge flores de los nichos (pecado venial). Luego se sienta en cualquier lápida y mientras un ojo observa a los cipreses trepar hacia el cielo, alejarse de los muertos, el otro conserva en su retina la sonrisa de la señorita Angustias.

Jerónimo Luis Sanz, aficionado al Real Club Deportivo Español de Barcelona, copia versos de Lord Byron en los troncos de los árboles, claro que le salen torcidos. Desde que le hablaron de un oftalmólogo ruso que hace virguerías gasta noches sin dormir, contando sus ahorros y calculando cuánto le falta para pagar la operación. “Podría pedirle un préstamo a Don Julián”, se piensa. Entonces, uno de sus ojos se abre de ilusión, se abre tanto como el de una lechuza miope. El otro no, el otro es más escéptico, más conformado, y piensa que en el país de los tuertos el estrábico es el rey.

Jerónimo Luis Sanz, o simplemente Jerónimo, natural de Barcelona, que anda por fin en relaciones con la señorita Angustias, que sigue yendo a misa sólo por merecer a ojos de su familia, él, mientras guarda la sagrada forma en la boca, repasa los resultados de la quiniela: Oviedo-Athletic de Madrid, dos; luego se santigua y mira de reojo a la Angustias, Racing de Santander-Donostia, uno; cuando se entera de que está pisando la lápida de un obispo se echa a un lado, Betis Balompié-Español, dos. Al salir del templo, Jerónimo sabe que ha pillado una de trece y se vuelve loco de contento. Sus ojos buscan a la prometida, cada cual por su lado, y cuando la encuentran, Jerónimo la lleva de la mano lejos de las comadres y le cuenta la buena nueva. Ambos se abrazan e intercambian arrumacos. Jerónimo pierde la compostura pero Angustias le frena en seco. “¿Qué harás con el dinero?”, le pregunta. Jerónimo va recuperando la libertad de espíritu poco a poco, y responde: “Lo primero curarme”. Angustias no sabe a qué ojo mirarle, ni se atreve a preguntarle nada. “¿Y después?”. “Después me casaré contigo, ya verás Angustias, me casaré y te miraré como sólo un hombre enamorado sabe mirar a una mujer”. Angustias se habría achicharrado los ojos en ese momento para que la luz de su corazón no se contaminara con ninguna otra, ni la ensombreciera, y muchos años después, encerrada en un convento, entre la soledad de los días sin sol y de los soles sin días, se arrepentirá de no haberlo hecho.

Jerónimo Sanz, de pocas deudas y bien cumplidas, se recorre 3.009,65 kilómetros en tren y se planta en Moscú. Allí le espera el doctor Kowalski, que no es apellido ruso, sino polaco, pero esto a Jerónimo le da igual. Análisis pre-operatorio: nivel de glucosa de ochenta miligramos por decilitro: normal; tensión ocular de quince milímetros de mercurio: normal; estudio completo de la visión binocular, diagnóstico: estrabismo divergente del ojo izquierdo.

Jerónimo Sanz, abstemio, se recorre otros 3.009,65 kilómetros y regresa a Barcelona igual de bajito y de flaco, pero más confiado. Ha permanecido una semana con un parche, rezando a las once mil vírgenes de Santa Úrsula, pero al quitárselo le ha entrado tanta alegría que ha olvidado sus promesas. Que tus ojos miren siempre al mismo sitio ayuda a olvidar. Los de Jerónimo han permanecido todo el viaje mirando el retrato de Angustias, reconciliándose, y lo siguen haciendo cuando alguien se le acerca a la salida de la estación y le dice: “Documentación por favor”. Entonces Jerónimo se palpa nervioso hasta encontrar el pasaporte. El hombre lo observa detenidamente. “¿Ha estado usted en Moscú?”, le pregunta. “Sí señor”, responde Jerónimo, “acabo de operarme del ojo y…”. “Acompáñeme si es tan amable”, le interrumpe, “queremos hacerle unas preguntas”. A Jerónimo Sanz le llevan a una comisaría cercana y, una vez allí, le encierran en una habitación. “¿Qué has hecho tú en Rusia?”, le pregunta el inspector jefe, “¿Yo?, nada, quitarme el estrabismo”, responde. “¡¿Estra qué?!”, el inspector frunce el ceño, “a mí háblame en cristiano… ¡¿eso no será cosa de maricas?!”. “No por Dios”, Jerónimo sonríe de miedo, “se trata de una operación para corregir la…”. El inspector, que se ha tomado a mal la sonrisa de Jerónimo, le suelta dos sopapos y a éste, el ojo más traidor, el izquierdo, se le descoloca de nuevo. “Con qué operación, ¿eh?”, responde entonces el inspector, “ya te daremos a ti operación”. Y mientras uno de sus ojos observa la sádica sonrisa del inspector, el otro mira el retrato de Angustias, y ambos se cierran a la vez.

Nada, o poco más, se sabe lo que se hizo de Jerónimo Sanz.

 

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Una respuesta a Qué se hizo de Jerónimo Sanz (Baro)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir; me ha gustado mucho tu relato. Un saludo literario. Amaya

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