Los cuentos emigrantes (Alberto Casado)

El anciano librero elige de entre los cientos de volúmenes aquel que lo habrá de acompañar el resto de su vida. Presiente una partida sin retorno, de ahí la importancia de escoger con acierto. Jeremías se ha pasado la mayor parte de su vida coleccionando incunables y otras obras que, por su rareza, solo son apreciadas por los verdaderos amantes de la literatura. Pero sus preferidos son los libros de cuentos. Tiene muchos, mas guarda un cariño especial por una antología de cuentos peruanos que le regaló su esposa el mismo año que ella murió a causa de una terrible enfermedad.

     El volumen en cuestión ha sido cuidadosamente editado, las tapas son de cuero y las hojas están cosidas a mano. El libro se titula Cuentos peruanos de ayer y de siempre, y recoge 50 de los considerados mejores por un nutrido grupo de expertos en la materia. Entre otros están incluidos los infaltables Paco Yunque o El caballero Carmelo, pero también algunos quizá no tan conocidos como Ladislao el flautista o Zenón el pescador, ambos del buen escritor Francisco Izquierdo. Para Jeremías son un tesoro de la literatura y no tienen nada que envidiar a los cuentos de los hermanos Grimm o Christian Andersen, y menos a los edulcorados y sensibleros de Disney.

     Al final se decide por la mencionada recopilación de cuentos escritos por compatriotas, pero no por el hecho de la nacionalidad, sino por el reflejo de la gente y costumbres de su tierra que estos contienen. Al llevarse consigo este volumen es como si se llevara varios pedazos de su país.

     El médico le ha dicho recientemente que no le queda demasiado tiempo, por lo que Jeremías, que tiene un único hijo, el cual vive en los Estados Unidos, no quiere dejar este mundo sin despedirse de él y de sus nietos. El viejito cierra su librería, que ha traspasado a la competencia, por última vez y se encamina a su casa con su preciado tesoro. Hace la maleta, dejando un hueco para su libro, y se echa a dormir.

     El avión que lo llevará de Trujillo a Lima sale temprano, así que pone el despertador para no quedarse dormido. A las cinco de la mañana toma un taxi que lo lleva hasta el aeropuerto. El vuelo no se demora más de una hora y en seguida hace escala con el que lo conducirá al país del tío Sam. El Airbus despega sin contratiempos en dirección a La Florida, tierra descubierta por Ponce de León, aquel conquistador español obsesionado por encontrar la fuente de la eterna juventud y que murió por una flecha envenenada sin conseguirlo.

     En la bodega del avión van las maletas, incluida la del anciano viajero, donde está el libro escogido con esmero para que le haga compañía en el país de los gringos. Los personajes no se encuentran muy cómodos, pues el bamboleo del aparato ocasiona que algunos de ellos se mareen y otros se golpeen contra el canto dorado del libro. Humberto Grieve, el hijo del rico alcalde del pueblo donde vive el humilde Paco Yunque, no deja de molestar a quien se atreve a cruzarse delante de él, aunque el torito de la piel brillante no se amilana ante nadie y está presto a empitonarlo si es que no cesa de molestarlos. El hipocampo de oro intenta mantener la calma e insta a Glicina a que le llene una copa de su propia sangre, como ella le había prometido.

     El Caballero Carmelo ha hecho buenas migas con el gallo de Bernal. Mientras el primero es un gallo de pelea, el segundo es el rey de la granja. Carmelo es anciano y se siente débil por recibir tanto golpe, mientras el gallo piurano es joven, altivo y todo un conquistador. Sin embargo, entre ambos ha surgido una sincera amistad, a pesar de que uno haya sido creado por el famoso escritor peruano Abraham Valdelomar y el otro por el menos conocido autor hispano-peruano Alberto Casado. Las clases sociales no existen entre los animales plumíferos y cada uno representa su papel a la perfección. Al maltratado Carmelo le espera un triste final, pero no se resigna a cambiar su suerte; suerte que sí cambió para el gallo de Bernal cuando su cantar matutino permitió que el escritor europeo recuperase la inspiración perdida por la desaparición de su musa.

     El movimiento del avión causa muchos problemas en unos personajes que ya de por sí se encuentran muy apretados por el exceso de páginas y el peso de la portada.

     El avión aterriza a su hora. Jeremías recoge su maleta y pasa sin problemas por el puesto de control policial del aeropuerto. Su hijo, nuera y nietos lo están esperando y lo abrazan cuando lo ven. Lo cierto es que los niños nunca han visto al abuelo, pero pueden reconocerlo gracias a unas antiguas fotografías que su padre les ha mostrado. El anciano llora de alegría al abrazar a su hijo, a quien no veía desde la muerte de su esposa. A su nuera y nietos no los conoce, pero le parecen encantadores.

     Ya en la casa, una vivienda unifamiliar de dos plantas con piscina y jardín, lo ayudan a subir el equipaje a la habitación de invitados. Lo primero que hace es sacar de la maleta su querido libro de cuentos. Aunque no puede ver las caras de alivio de los protagonistas de los relatos, su subconsciente le manda una señal en ese sentido, pues existe una conexión especial entre el librero y sus cuentos, como si un hilo invisible los mantuviese unidos.

     Carlo, el más curioso de los nietos, ve a su abuelo acariciar el objeto y en seguida le hace la primera pregunta, en un español con marcado acento:

     ―Abuelo, ¿qué tienes entre tus manos y abrazas como si fuese una mascota?

     ―Pequeño, esto que ves aquí es mi mayor tesoro, y cuando muera, será para vosotros ―responde Jeremías.

     ―Pero…, si es solo un libro ―dice el muchacho, confundido.

     ―No es un simple libro, es la casa donde habitan los más extraordinarios personajes que te puedas imaginar, los cuales reviven una y otra vez la historia en la que los embarcó su creador ―aclara el anciano.

     ―¿Y quién es ese creador que mencionas? ―pregunta de nuevo el niño.

     ―En realidad son varios los creadores, es decir, los autores de los cuentos. El más importante se llama César Vallejo, pero lo escoltan con dignidad otros como Ciro Alegría, Abraham Valdelomar, Francisco Izquierdo o José María Arguedas. Ya sé que en tu colegio solo os mencionarán a los hermanos Grimm o a Andersen, mas existen escritores de cuentos peruanos tan buenos o mejores como aquellos ―se explaya el abuelo, pronunciando cada palabra con sentimiento.

     ―Mi papá tiene una biblioteca muy grande con un montón de libros. Quizá quieras poner el tuyo allí ―añade Carlo.

     ―Buena idea, amiguito, así podréis leerlo cuando os plazca ―dice el librero para, a continuación, añadir―: Muéstrame el camino y coloquemos mi tesoro en el lugar apropiado.

     Ambos se dirigen a la biblioteca, amplia y coqueta, y ponen el volumen junto a la sección donde moran todos los libros de cuentos. Allí está Caperucita roja, Garbancito de la Mancha, El sastrecillo valiente, El soldadito de plomo, Ali Babá y los cuarenta ladrones…, y todas las obras de Disney, sin excepción. Jeremías se siente bien, pues sus cuentos no desentonarán entre los gringos, por más que sean emigrantes en el país de las oportunidades. El librero se siente orgulloso de que su hijo haya heredado el amor por los libros y sorprendido porque nunca se lo haya dicho.

     La estancia de Jeremías con su familia se desarrolla en paz y armonía. Pronto su nuera y sus nietos le cogen cariño, pues es una persona afable y abierta, con quien se puede conversar de cualquier tema. Su amor por la lectura le ha dado como rédito un gran bagaje cultural y es raro el tema sobre el que no de su opinión contrastada.

     Pero en esa casa existe un halo de misterio o magia no revelada. Y es que cada noche, a las 00.00 en punto, los personajes de todos y cada uno de los libros de aquella imponente biblioteca cobran vida. Así, durante unas horas, se les permite dar un giro a sus historias, cambiándolas a su gusto e interrelacionándose con personajes de otros relatos. Así, es posible que el Caballero Carmelo no llegue a morir, sino que prolongue su vida en compañía de una linda gallina en la isla de Robinson Crusoe o donde prefiera. De igual manera, el torito de la piel brillante no morirá ahogado por el toro negro de su cuento, sino que podrá viajar acompañado de quien quiera por fantásticos mundos imaginarios.

     En ese mundo mágico florecerá el amor de Ernesto por la niña india de nombre Justina del cuento de Argueda titulado Warma Kuyay. Asimismo Wendy y los niños perdidos lograrán evitar que Miss Orquídea se lastime cayendo del trapecio donde hacía sus acrobacias en el cuento El vuelo de los cóndores, puesto que la recogerán en el aire y depositarán suavemente en la red de protección. En este ambiente de camaradería, Peter Pan anda coqueteando con la sirenita Ariel, Alicia ―la del país de las maravillas― y con cuantas lindas jovencitas se encuentra.

     Lejos del estante de los cuentos, en el dedicado a los libros de aventuras, se puede ver a Robin Hood conversando amigablemente con el rey Juan o a Flecha Negra dialogando con Ivanhoe. Moby Dick se lleva bien con Willy, la orca que fue liberada por el amoroso niño, mientras que Búfalo Bill departe amistosamente con Toro Sentado.

Todo es posible en este mundo de fantasía desbordada: desde la amistad entre Caperucita Roja y el lobo feroz hasta la desaparición del ansia vengador del Conde de Montecristo. El Quijote se enfrenta a dragones en lugar de a molinos de viento mientras Romeo y Julieta consolidan su anteriormente malogrado amor. Hamlet no ha de vengar la muerte de su padre, pues esta no llega a producirse, y el temido monstruo de Frankenstein puede ser tan amable y delicado como Blancanieves con sus siete enanitos.

     Pero la alegría que se vive en esa mágica biblioteca durante las noches, desconocida para los habitantes de la casa, se convierte en tristeza cuando llega el momento de la marcha de Jeremías. Ha transcurrido un año desde que llegara a los Estados Unidos, mas su corazón, como ya le avisara el doctor, ha dicho «basta». La parca se lo llevó cuando dormía y nunca más reirá con sus nietos mientras les cuenta las aventuras de Paco Yunque o del Duelo de caballeros. Su entierro se lleva a cabo en la más estricta intimidad; fue depositado su cuerpo en el panteón familiar. La tristeza embarga a la familia que con tanto amor acogió al abuelo cuentista, mas siendo creyentes como son, saben que estará en buena compañía y que hará las delicias de sus nuevos oyentes celestiales con la narración de las historias de peruanos ilustres.

     El libro de cuentos peruanos mantiene su lugar privilegiado junto a los otros ejemplares y la magia nocturna se prolonga más allá de la vida de los moradores de esa casa norteamericana.

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8 respuestas a Los cuentos emigrantes (Alberto Casado)

  1. Me ha gustado tu relato Alberto. Muy bien narrado y de entrañable contenido. Un saludo.

  2. amaiapdm dijo:

    Me ha encantado tu relato; Alberto, muchas gracias por escribir y hacerme pasar un rato tan agradable. Un saludo literario. Amaya

    • Alberto Casado dijo:

      Amaya, gracias por el ratito que has dedicado a la lectura de mi cuento. Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

  3. Mar dijo:

    Un bonito homenaje a los cuentos y una bonita lectura tiene tu relato. Un saludo.

    • Alberto Casado dijo:

      Gracias, Mar. En efecto, con este relato he querido hacer un pequeño homenaje a los cuentos, género literario al que cada vez se valora menos en detrimento de las novelas consideradas “best seller”, por no sé qué críticos.
      Saludos y gracias, de nuevo, por leer mi texto.

  4. davidrubios dijo:

    Delicioso relato, narrado con maestría, ternura y buen hacer. Un abrazo

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