El regreso de Pulgas (Carto Péreton)

   La gente de la plaza se giró al verlo llegar… era Pulgas.

   Las dos mujeres que descansaban en sus sillas de mimbre apartaron los chismes por un momento, lo mismo pasó con la partida de petanca, ningún abuelo se atrevió a lanzar la bola. Su llegada no fue anunciada pero el silencio y la mirada fija de unos pocos contagiaron al resto. Era la viva imagen de la desolación.

   Pulgas era un perro, uno de esos chuchos que poca gente se llevaría a su casa. Raza desconocida, aspecto descuidado a más no poder y algo maduro; catorce años largos de penurias en su lomo. Su pelaje gris ya no era el de antaño, algunas clapas afeaban aún más si cabía su porte, ni siquiera su hocico era ya sonrosado, más bien seco y agrietado. Pero lo que en verdad inquietaba a los presentes no era el demacrado aspecto de nuestro amigo sino el paso tembloroso con el que avanzaba por la empedrada calle, recordaba a un funámbulo caminando por un fino alambre, seguro que la cojera delantera y al tembleque de las traseras tenían mucho que ver.

   Un grupo de niños detuvo la pachanga de fútbol, no se atrevían a pasarse la pelota mientras pasaba Pulgas, tenían miedo de darle un balonazo y romperle alguna de las costillas que lo vestían con garbo, el animal no se giró para agradecerles el gesto debido a que tampoco veía muy bien, sus pupilas blanquecinas casi no enfocaban, por lo que se concentraba más en esquivar objetos peligrosos para su salud.

   Llevaba varios días sin comer pero aun así caminaba sin detenerse, solo tenía una idea fija en la cabeza, encontrar de nuevo su casa.

   Una semana antes se escapó de su hogar. Caminó muchos kilómetros, pudieran ser cientos, llegó a un rio y lo cruzó, luego se adentró en el bosque de pinos y zarzas y avanzó hasta salir por el otro lado, más tarde subió una rocosa montaña y avanzó por las frías cumbres hasta que por fin divisó algo maravilloso; una gran ciudad. Para llegar a ella tuvo que descender por las colinas e invadir varias granjas protegidas con fieras, solo un pollo podrido pudo comer en varios días.

   Finalmente se adentró en la gran urbe cruzando carreteras y avenidas plagadas de automóviles despiadados. En su primer día un vehículo le pasó por encima de una de las patas delanteras rompiéndole una pezuña, los lametones esta vez no le sirvieron de cura. Al día siguiente se las vio con una enorme rata en un callejón, no las recordaba así de grandes. Tampoco conocía aquella lluvia, olía diferente, aunque mojaba igual y estaba también muy fría.

   Al poco y casi sin querer hizo un amigo, un vagabundo con aspecto parecido al suyo, rápidamente hicieron buenas migas y se proclamaron los reyes del callejón. El hombre primero le dio algo de comer y luego lo invitó a dormir a su lado esa noche, fue una experiencia única, cada poco se despertaba para comprobar si aquel barbudo sonriente aún permanecía a su lado. Aunque el olor pestilente de aquel humano saturaba su olfato agradecía su compañía y su calor corporal.

   A la mañana siguiente el hombre se puso en marcha pero Pulgas no le siguió. Un buen rato después nuestro amigo intentó acercarse a una mujer con mejor olor que el barbudo, pero sin tiempo para reaccionar recibió una patada en las costillas que lo alejó a trote ligero hasta que su pata atropellada le dijo basta. Llegó a la conclusión que cuanto más peste hacen los humanos más amables son.

   Un día después encontró dentro de la ciudad un parque con un puñado de árboles y un bonito lago azul en el centro. Un oasis donde descansar un rato antes de continuar con su conquista del asfalto. Caminó hasta una explanada enmoquetada con agradable y fresco césped donde defecó con calma, luego, unos metros más allá, se tumbó para recuperar fuerzas. Pero poco le duró el descanso, unos adolescentes lo increparon con sus bicicletas hasta el punto de golpearlo con una rueda, el aullido de muerte que propinó espantó a los jóvenes. Paso a paso, con mucho dolor, se escondió entre unos árboles y allí estuvo dos días hasta que remitieron los calambres en las patas traseras. Cuando pudo ponerse de nuevo en pie salió de su escondite y después de observar de lejos los grandes edificios y las calles llenas de peligros, dio por terminada su experiencia, quería volver a casa.

   Menos mal que su olfato aun funcionaba bien, levantó el hocico y aspiró todo el aire que pudo, intentó captar algún aroma conocido, una pista que le dijera hacia dónde dirigirse, un pequeño matiz por muy débil que fuera, necesitaba una señal y finalmente la encontró. El aire de las montañas le traía una fragancia conocida, purines de cerdo, en las granjas por las que pasó también olía así, que suerte la suya. Comenzó a caminar de nuevo, dirección al purín.

   Después de atravesar las granjas sumó dos combates contra perros jóvenes y con sed de sangre, el resultado; una oreja rota y mordiscos por todo el cuerpo.

   Como un soldado malherido avanzaba trazando curvas que doblaban el espacio que necesitaba para caminar cada metro. Finalmente, se tumbó después de beber en un charco y durmió unas horas. Soñó con su plato de comida, su viejo cuenco oxidado lleno de arroz y huesos de gallina que tanto le gustaban, su amo lo alimentaba cada día sin dejarse ninguno, cosa que ahora no pasaba, maldecía el día en que decidió irse de su hogar.

   Su olfato lo despertó de nuevo, algo dulce y sabroso regaba el ambiente, eran moras silvestres, las recordaba colgando de las zarzas en el bosque que cruzó el primer día de huida, pero para llegar debía subir la montaña que había delante suyo, un reto complicado.

   Dos días después de mucho frio por las laderas, saltando de roca en roca y huyendo de las manadas de lobos por fin llegó al bosque de pinos donde estaba la gran extensión de zarzas, las mismas que le pincharon por todo el cuerpo y que le fueron quitando el pelo a enganchones, además de recoger varias picadas de avispas enfadadas, su martirio acabó al atardecer, cuando por fin pudo salir de allí.

   Después de varios kilómetros de maratoniana caminata llegó al rio donde se metió de un salto para beber y calmar las erupciones de su piel. Fue hasta ahora lo mejor del trayecto, finalmente un sueño reparador dio por acabada la jornada.

   A la mañana siguiente llegó a su querido pueblo. Los olores eran los de siempre y las calles no estaban tan transitadas, daba tiempo a cruzar de una acera a la otra sin tener que correr, como agradecía eso el animal, su físico no era el de hacía una semana, había envejecido un par de años perrunos por lo menos.

   Llegó a la plaza donde los niños jugaban al futbol y notó con cierto temor que dejaban chutar el balón para que él pasara, un agradable detalle, para un anciano en  horas bajas.

   Una abuela se compadeció de él y lo llamó para darle un chusco de pan, pero el intenso olor a alcanfor lo alertó que una patada podía caerle y no estaba para más golpes, por lo que trotó un par de metros alejándose del peligro.

Por fin vio su hogar; era un edificio pequeño de dos plantas con una gran puerta de entrada al patio, el dueño estaba en el porche sentado en una vieja silla cortando jamón, la bota de vino colgaba a su lado de una alcayata en la pared, era una visión fantástica para Pulgas. Hizo el gesto de entrar pero en ese momento un esbelto pastor alemán se acercó al hombre para pedir su ración de pan. Con un corto ladrido consiguió llamar la atención y llevarse algo a la boca. Nuestro can se dio cuenta que aquella no era su casa, se había equivocado, por lo que decidió seguir andando.

  Cien metros más allá vio un lugar que si podía ser su casa, era una parcela con una gran extensión de campo labrado, además, había una balsa con un palmo de agua donde refrescarse y beber hasta reventar. Su tarea sería defender la propiedad de ladrones de fruta y chatarra. Encontró un pequeño agujero en la valla y se dispuso a entrar. Tuvo que agacharse bastante más de lo que su maltrecha columna podía soportar, pero aun así con solo un par de aullidos de dolor lo consiguió. Una vez dentro miró hacia la barraca de las herramientas, se esforzó en vislumbrar que eran los dos bultos que rápido se movían hacia él. El oído le alertó antes que la vista, los gruñidos de dos rottweiler le hicieron salir por el mismo agujero que había entrado a una velocidad pasmosa, multiplicó los aullidos de dolor de sus vértebras pero consiguió librarse por pelos de una muerte segura, los vigilantes asesinos casi tiraron la valla con la fuerza de sus patas. Era el momento de desaparecer de allí. Pulgas estaba completamente seguro que ese tampoco era su hogar.

   Pero la cosa cambió, y al lado de un bonito parque encontró un edificio que parecía acogedor, tenía dos plantas y grandes ventanales. Paseando por el césped había muchos ancianos. Hombres y mujeres que le recordaban un poco a él. Caminaban varios pasos y luego se paraban a descansar en bancos de madera que había por todos sitios.

   Se adentró en los jardines y paseó entre los ancianos, llamaba su atención con ladridos cortos y vaivenes de su cola, muchos le sonreían y le hablaban con cariño, todos menos aquella mujer centenaria, daba un paso cada cinco minutos y no quitaba la vista del infinito. Pulgas quiso que se fijara en él y propinó un fuerte ladrido esta vez. La señora dio un respingo y cayó de bruces sin conocimiento. Nuestro amigo se acercó para olisquearla con curiosidad. Poco después corrió fuera del recinto para nunca volver, el aroma que había detectado le daba miedo; olía a muerte.

   Se acercaba el atardecer y empezaba a desesperarse, no lograba volver a su hogar. El único lugar que no había visitado era la nave que tenía delante. Un viejo edificio con muchos ladrillos rotos y techo de chapas de metal, era horrible y parecía abandonado, pero ese sitio le resultaba familiar. Decidió asomarse por la gran puerta metálica y olfateó los efluvios del lugar, se olió a sí mismo. Por fin había llegado. Un detalle más le acabó de convencer, vio su viejo plato de comida, estaba en el mismo sitio donde lo dejó. Sucio y oxidado, pero era el suyo. Sus amigos le reconocieron y le ladraron para saludarle, se sentía feliz. Caminó varios metros y entró en su jaula todavía abierta, luego se tumbó y suspiró profundamente.

El cuidador de la perrera se acercó y le cerró la puerta con el cerrojo nuevo, con éste no podría escaparse más.

-Hola Pulgas ¿Dónde has estado? –dijo el joven– tienes mal aspecto, ¿te han mordido? Eso te pasa por haberte ido, con lo bien que te cuido yo.

   Pulgas ya no escuchaba se había quedado dormido.

Esa noche soñó, pero no con su aventura en la gran ciudad, sino con recuerdos  de mucho tiempo atrás.

   Se vio cuando era joven y como el hombre que cortaba jamón le daba trozos de pan, también como lo sacaba a pasear y le tiraba pieles de conejo para que se las devolviera, pero ese juego no era divertido, prefería romperlas y esconderse de él. Finalmente, su amo lo vendió a otro hombre como perro guardián, debía proteger el huerto y la barraca de herramientas, pero no funcionó, los robos eran constantes y Pulgas se escondía en su caseta con miedo. Su nuevo dueño también lo vendió a un hogar de ancianos como perro de compañía. Duró en su labor poco tiempo, a menudo se escapaba, no le gustaba el olor a muerte y lo tenía que sufrir a menudo. Su último destino fue el que es ahora, los propietarios de la residencia  se cansaron de tantas huidas y lo entregaron a la perrera.

  Allí pasó nuestro amigo Pulgas gran parte de su vida y seguro que sus últimos momentos. Lo que nunca le quitó nadie fue su viejo plato de arroz hervido con  deliciosos huesos de gallina.

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3 respuestas a El regreso de Pulgas (Carto Péreton)

  1. manolivf dijo:

    Desventuras de Pulgas, claro que con ese nombre…no tuvo mucho dónde escoger, el pobre; qué vida más perra! menos mal que encontró su plato de arroz. Es una buena narración.

  2. Manger dijo:

    Entretenido relato de andanzas perrunas. Mis saludos cordiales, Carto.

  3. Carto Péreton dijo:

    Gracias por vuestros comentarios, me ha quedado un poco largo este mes, a ver si puedo concentrarlos en menos palabras, es mi reto. Un saludo

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