El trigal (Mar)

El traqueteo del autocar me despertó cuando realizaba su primera parada en mi comarca, y pensé

—qué suerte haberme despertado justo ahora— cuando el sol de la tarde enrojecía en el horizonte de un lienzo rosado y celeste.

La luz dorada caía sobre un inmenso mar espigado de trigo, y el olor que invadió al autocar al abrirse las puertas para que una vigorosa anciana se apeará, me hizo recordar lo que más nos gustaba de pequeñas en aquella época del año, jugar a perdernos y buscarnos en los trigales. Era de los juegos más divertidos que con ocho años podías hacer. Hasta que nos lo prohibieron por culpa de Anita, que la muy boba un buen día se alejó tanto que llegó la noche y seguía sin aparecer. Todo el pueblo al trigal, todos, incluida mi madre que  a cada grito de Anita me tiraba de mi trenza hacia detrás y me hacia levantar la cabeza para ver su mirada de indignación y mala leche.

 Las gemelas, Eva y Maria, en medio de su madre y al otro lado de la mía, iban llorando. Mi madre me impedía ver si a ellas también las iban torturando como a mi con esos tirones de pelo, y es que en aquella época todas teníamos el pelo bien largo, entrenzado en una o dos coletas de lunes a sábado y suelto los domingos, domingos que no volvimos a ver durante el mes que duró el castigo, solo podíamos ir a la misa de doce de Don Benito, y de allí derechitas a casa.

 Aquel día todo volvió a la normalidad con brevedad, era mi pueblo y nada malo podía pasar. Anita apareció  pálida y asustada, y es que la muy boba se había quedado dormida entre el trigal, pero ¿quién puede quedare dormida jugando? una boba, solo una boba. Por su culpa esa fue la última vez que jugamos en el trigal. Maldita Anita, siempre nos aguaba la fiesta, siempre más que las demás, siempre llamando la atención.

El pensamiento me llevó a mi parada, me bajé y lo primero que hoy fue el grito de mi madre, llamándome a gritos, lo siguiente que sentí fue su apretón contra mi escuálido pecho, y después su olor, qué olor, ¡ohhh me había hecho natillas y ella olía a canela en rama, a vainilla, a limón y a huevo, ohhhh mamá!

 —Y hasta cuándo, preguntó

—hasta siempre, mamá, hasta siempre.

—Pero…

—Dejé la ciudad, la boba de mi jefa, ya sabes, Anita me despidió. Vuelvo, vuelvo para quedarme. Siempre supe vivir mejor que ella.

Y mi madre me acaricio mi corto cabello a la altura de la nuca y ya no dolía nada. Y el trigal, ondeando levemente sus espigas por la llegada del viento del norte, me anunciaba tiempos de paz y tranquilidad.

 

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6 respuestas a El trigal (Mar)

  1. Esta bien, Mar, pero creo que lo podrías haber “desenrollado” un poco mas, se queda demasiado liviano y el desenlace, como muy suave. Es la impresión que percibo al leerlo, pero quizás es lo que tu querías, precisamente. Saludos

  2. Mar dijo:

    Tienes toda la razón, Alicia. No es excusa, pero si le hubiese dedicado algo más de tiempo (lo envíe ayer a toda prisa) lo mismo me hubiese quedado menos liviano, aunque…
    A ver si retomo la participación en la escritura (que solo leo y voto) y me voy soltando un poco más. Muchas gracias por tu tiempo y tu comentario. Un abrazo.

  3. manolivf dijo:

    Hola Mar! Me alegro de leerte otra vez. Ese trigal tiene un peligro…o es Anita? Bueno, pues la protagonista también, al volver a liarse con ella de jefa; menos mal que ya no va volver con ella, esperemos que no vuelva tampoco al trigal…! La idea primera me ha gustado: He visto a las niñas corriendo…pero el final no se, me ha faltado algo que enlazase más el tema. Creo que el relato, extraordinariamente visual, al principio, pierde después un poco de fuerza. Un abrazo.

  4. Manger dijo:

    Quizá el micro necesite algo más de desarrollo, pero la idea central -la de volver- está bien definida. La falta de tiempo o la precipiación parece que tienen la culpa. Mis saludos cordiales, Mar.

  5. Mar dijo:

    Muchas gracias, Manger. Estoy de acuerdo con el comentario que haces al respecto de mi relato, y es que el tiempo nunca sobra. Saludos.

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