Un nido de Víboras (P.J. Medina Rodríguez)

La intención de aquel día era pasar una sobremesa más ó menos sosegada en Marconi, pero en realidad ahora que lo pienso mi estado de ánimo era pura dicotomía, elástico ante la expectación y relajado por el entremés laboral, la aparición de aquella rubia veinte días antes me había producido una especie de premonición calentada con grandes dosis de fantasía . Aún así me sentía relajado y porque no iba a estarlo, la profesión iba por dentro

y llevaba cuatro años de razonable felicidad marital.

Allí solía disfrutar de unas extraordinarias vistas oceánicas al encontrarme sobre un promontorio en el que se esparcían restaurantes con terrazas y algún hotelito con vistas al acantilado. Tenía por delante un par de horas antes de reunirme con un cliente . Por entonces me dedicaba a la representación de maquinaría para la hostelería.

Andrei , el camarero, es un rumano espigado de tez morena y un aire visiblemente concernido que dirige la cafetería junto a su cuñada . Por entonces mantenía conversación con Celso, otro de los representantes que frecuentaba el lugar. Pronto se acerco sonriendo mientras saludaba a la camarera vecina que venía de dejar los desperdicios y cruzaba el ángulo de explanada del Marconi.

Me alegro de verte socio, ¿ tomarás el café de la casa ?

Revisé de sopetón la carta donde habían puesto los precios de los cócteles y me llamó la atención una mezcla a priori turbulenta con base de jugo de arándanos y limón, así que decidí pedir uno con el café que solía tomar.

Mientras preparaba la mezcla charlaba con Celso sobre deportes e intimidades banales que se iban solapando en la conversación,

Y entonces, dijo Celso, me propuso pasar por mi casa tres tardes a la semana para enseñarme italiano, que apostilló con una carcajada irónica, y le dije que por mucho

ascendente cultural una cosa era que me gustara la pronunciación italiana y algunas palabras hasta me parecían femeninas y otra era enfangarme en un idioma para hablarlo ocasionalmente.

Andrei asentía y mantenía un discurso plano pero firmemente convincente, sin levantar la mirada estaba concentrado en la maceración de los ingredientes.

Saqué el tabaco y la prensa del bolso de mano, dos hombres fueron a sentarse en la mesa contigua, el mayor vestía una camisa azul estampada y era visiblemente más longevo que el otro que llevaba un traje de blanco impoluto.

Entonces apareció por el extremo opuesto, detrás de ella venía un hombre con el que me identifiqué de inmediato pues rondaría el ecuador de los cuarenta, llevaba unas gafas verdes de sol y lucía una calvicie incipiente, ambos fueron a sentarse en los taburetes.

Semanas antes me encontraba leyendo el periódico cuando alcé momentáneamente la vista y quedé imantado. Aquella figura de esbelta plenitud componía una brillante sinfonía, en los pantalones ceñidos resaltaba el sexo protuberante que seguía a un rostro anguloso y acababa en una melena trigal suficientemente espesa.

A lo largo de los días que precedieron al encuentro había alimentado la vana ilusión de que el rastro hubiera dejado un reguero de posibilidades.

Me levante en dirección a los aseos , la rubia hablaba desordenadamente con Andrei mientras que su compañero hacía de perfecto convidado de piedra. Ambos parecían tener algo más que una relación entre clientes.

Un mensaje en el móvil decía que Dora se había quedado sin batería cuando se disponía a llevar a su padre a la finca del campo. Esperaba a que pudiera regresar pronto para llevar el coche al mecánico.

Celso se acercó con la intención de saludarme, venía encorbatado con las mangas de camisa en dobladillo, un pitillo en la boca y una de las manos ocupadas en el móvil y la otra en un botellín de cerveza. Con un aire campechano pero de rostro ceñudo tomó asiento, entonces me anunció la buena nueva del nacimiento de su hija.

La verdad, fue caótico, dijo emocionado, el trafico estaba atascado por culpa de las obras del ensanche, pero llegamos al Hospital y en quince minutos empezó a llorar.

¿ Habéis decidido el nombre de la niña ?, le dije mostrando un interés aparente.

Sabes, parece curioso, arguyo, pero este punto lo tenemos relegado a decisiones secundarías y se que va a ser una fuente de conflictos con Diana por que ni en este tema nos hemos puesto de acuerdo, joder. Si saco mi lista de posibles ó no coincide en nada con los nombres de ella ó empiezan las asociaciones de tipo familiar ó de antiguas mujeres que han pasado por mi vida, ya sabes.

¿ Tomarás algo a la salud de mi hija ?

Eche un vistazo al café que tenía a medias pero entonces se levanto repentinamente y con voz entre ronca y aterciopelada dijo que luego volvería .

El hombre de camisa azul estampada miró de soslayo a la rubia y por un instante se cruzaron sus miradas, una pulsión interna me produjo el efecto rozadura del papel de lijar sobre la piel, percibí que el calor me subía hasta el techo craneal y los colores llegaron a incendiarme por un instante aunque seguía concentrado y cabizbajo en la lectura, cogí la taza con sigilo.

Andrei venía desde la terraza recorriendo las mesas en zigzag y se paro en una mesa cercana. El ambiente era animado y distendido, tras coger nota del pedido vino en mi dirección y en un tono protector fue para mi asombro a coger las llaves del coche que estaban tiradas en el suelo entarimado junto a una de las patas de la mesa.

No te las dejes Jefe, que este carro es muy goloso.

Díos, gracias, joder , le dije.

Tendremos que dar un garbeo otro día, dijo Andrei.

Mi mujer me hubiera cantado las cuarenta, le dije sonriendo sin disimulo, tiene 8.000 km. pero las primeras letras las ha pagado ella.

El trabajo se amontonaba así que mientras se alejaba en dirección a una mesa contigua ironizo con un argumento que me pareció del todo ininteligible.

Las horas en aquellos intervalos laborales parecían detenerse y la brisa ponía el preciso contrapunto a la sensación de sopor que la humedad extendía con sus brazos de pulpo.

Y entonces un sonido explosivo de rítmicas cadencias vino desde el otro extremo de la plaza generando en el auditorio una paleta de gestos disconformes. Una niña cayó con gran estrépito de la silla y estando en el suelo se hizo el suspense, primero vino el gesto y luego el llanto espasmódico que llegó en el momento que terminó el festival pirotécnico.

Mientras la tarde traía un viento que sacudía a intervalos ráfagas violentas a las que sobrevenía una calma solapada.

Pero más adelante ocurrió que ,

aquellas rocas empezaron a desprenderse del suelo donde estuvieron aferradas, caían rodadas a una intemperie previsible más otras brincaban con violencia ganándole el pulso a las que iban a parar con tirria a la cala. La superficie borboteaba a cada contracción produciendo fisuras que abrían el esqueleto del promontorio, el matorral dejaba de ser sumiso a sus entrañas y junto al arbolado exiguo seguían en tropel el desfile hacía el abismo.

Los peldaños de la escalera clavada a la roca cobraron vida como si fueran teclas de un piano, un salvaje olor salino empapo la atmósfera de una cortina brumosa que hizo descender súbitamente la temperatura. Las olas que poco antes emitían reflejos fosforitas ahora gravitaban sobre una superficie desollada de calma formando un paisaje pendular sobre un fondo grisáceo. A una milla de distancia un pequeño barco pesquero lucha denodadamente, a cada impacto en que la proa se sumerge la estructura va perdiendo equilibrio por encontrar la corriente que le lleve a puerto, ahora un cambio brusco de dirección provoca que el movimiento mecedora se contagie a los extremos. Finalmente el barco claudica y es aplastado por una ola asesina, dos cabezas aparecen a intervalos flotando intentando aferrarse a la quilla.

La plaza parecía un pantano, la tierra crujía pero en la explanada trataba de compenetrarse y mantener su horizontalidad. Una mujer quedó atrapada a su zapato de tacón anegada a las entrañas hirientes. Al recuperar por momentos el equilibrio me abalance hasta ella y la atraje hasta mi posición, desde allí era imposible avanzar y corrimos, ella con una zapato menos, hacía el interior de un entramado de muretes donde había instalada una barbacoa. Caían lagrimas de su rostro y se dejaba asir a mi cuerpo. Atrincherados en el cubículo improvisado buscó el torso humedecido que le ofrecía para no ver, las corrientes proyectaron a la atmósfera un collage arenisco de partículas que engullimos dejándonos una mezcla de sabor vegetal, los silbidos incesantes parecían distraer el movimiento asustadizo de la tierra pero no producían el efecto-tregua, un hombre paso por nuestra línea de visión moviéndose como un saltimbanqui y pudo girar hacía el callejón donde caían en progresión aritmética casquillos de yeso encalado, tropezó pero raudo se levanto y prosiguió su carrera desmandada. Cerca nos llegaban sonidos furtivos y estridentes de tejas y cristales que en un desprendimiento suicida iban a mezclarse con una mugre de escombros que hacían intransitable los callejones. Entonces ella apartó su rostro para ver y en el intervalo parte de su cabello marchitado quedo atrapado en mi boca. Percibí el sabor de su rizos castaños cargados de arena, al regresar hacía mí nuestras caras se encontraron y su mirada asustadiza de ojos almendrados se encontró con la mía que ávida de el deseo permeable busco su boca y encontró refugió .

Luego la atraje hacia mí, había un nexo inescrutable, una huella humana perdida entre los tiempos que ponía en comunión dos almas, una energía indisoluble en la que la advenediza pasión primitiva era un eco de supervivencia.

Sentí una corriente de porosa felicidad y siendo consciente de que mi rostro asemejaba a un niño grande enamorado, en el duermevela matutino me llegaron sin avisar olores familiares seguidos de un gong de latidos y avisté una espalda desnuda de la que brotaban sudorosas tiras de rizos encadenados y acto seguido en el plano exógeno note que mi sexo estaba subordinado a contracciones caprichosas, desperté violentamente tratando de evitar que Dora se diera cuenta del suceso, algo que en la practica fue imposible . La noche había sido larga, la manecilla del despertador había hecho de las suyas así que brinqué de la cama y en el camino tropecé con los tacones de ella.

Decidí poner pies en polvorosa, se hacía tarde y todavía tenía un trecho largo hasta el aparcamiento. Andrei mantenía una actividad efervescente en el local y nadie parecía percatarse de ello. Celso había desaparecido del radar con inquebrantable silencio sacramental.

De la fachada de una casa encalada de azul sobresalía como una gárgola un viejo reloj de estación que marcaba las cuatro menos diez. Cruce la plaza y me dirigí hacia el entramado de calles empedradas que en itinerario sinuoso descendían a las avenidas principales. Una de ellas era excepcionalmente angosta y sólo cabía por entre sus paredes el cuerpo de una persona, una vez dentro tenías que pararte en repetidas ocasiones para colocarte con el perfil adecuado y seguir avanzando entre los desprendimientos blanquecinos de cal. Así conseguí llegar hasta la calle peatonal que discurría junto a la línea de playa.

Ríos de gente en grupúsculos ataviados de sombreros de copa verde entrelazaban sus sonrisas en una jarana donde se bailaba al son de ritmos carnavalescos. Un hombre en patines está a punto de atropellar a una anciana sentada en su silla de ruedas, logra esquivarla girando sobre si mismo y continua unos metros más a allá de la visión de la vieja donde se sienta en un banco para apretarse los botines.

Enfrente dos grandes pilares totémicos con acabados policromos imitan la escultura de Nefertiti, a partir de aquí se da acceso a una terraza en la que se agrupan distintas alturas en forma piramidal. La discoteca se llama Kefren y al pasar junto a ella no puedo reprimir el súbito deseo de entrar a los aseos a evacuar con el consiguiente esmero que hay que poner en ello para no ser descubierto. Olores que se ciñen a centrifugado de sudores, reminiscencias de perfumes perturbados por la nicotina y el alcohol, al entrar al pasillo tubular un hombre de rostro cáustico y flemático viene en mi dirección , al pasar junto a él sigue su camino y se disipan las dudas. En el rellano de acceso a las dos puertas aparecen tallados sobre un aplique de resina la inscripción en mayúsculas, Reyes y Reinas.

La marea de gente verde no cesa, caminan en perfecta armonía gremial, algunos llevan pelucas y chaquetas del mismo color, otros van enfundados en vestimentas que les dan un aire de gnomos surgidos de bosques antediluvianos mientras sus camaradas se acompañan de cerveza en vasos de plástico y llevan sencillas camisetas.

El atardecer proyectaba una luz mortecina de colores mitigados por un cielo cincelado de mármol. En el horizonte más visible se entreveían las azoteas de los rascacielos que parecían culminar allí donde se situaban las nubes algodonadas.

Zonas abiertas al tráfico ahora aparecían cerradas y en ellas desfilaban cofradías con vestimentas de un folclore que nada tenían que ver con la gente de verde. Detrás de ellos en un grupo desorganizado se escuchaba un sonido anárquico y tamboril.

Entonces una de las filas torció para incorporarse a la calle y allí estaba Celso junto a una de las mujeres vestidas de labradora, mientras desfilaban permanecían rompiendo el protocolo junto a la mujer que le dejaba hacer y le sonreía toda la verborrea etílica. A cada paso que daba sacaba alguna ocurrencia que no pasaba desapercibida entre el resto de cofrades que empezaban a hartarse de su presencia. Levanto la vista y se encontró con un mar de ojos que tenía encima, entonces se percató de mi presencia. Al verme imitó el gesto de un bailarín de ballet y con los brazos en jarra empezó a dar pequeños brincos y a inventarse un baile.

Héctor, Héctor, aquí, lo prometido es deuda, dijo, vayamos a tomar las cervezas.

No pude rechazar su ofrecimiento, ¿ conoces algún sitio cercano al Tropicana ?, le dije puesto que era la cafetería-pastelería cercana al aparcamiento.

Vayamos al Sea Cristal, que está en la misma dirección.

Mire el reloj y para mi sorpresa quedaban veinte minutos para la reunión, en general ese era el tiempo que arriba abajo atrasaba para no llegar tarde a las citas así que mande a hacer mixtos al cliente y me sumergí en la rueda alcohólica de Celso.

Me rodeó con uno de sus brazos rollizos y empezó a soltarme una proclama bienintencionada mientras intentaba evitar el olor nauseabundo que provenía de su aliento.

Con ojos vidriosos y melancólicos y una tendencia hacia la euforia repentina del borracho parlanchín esgrimió un decálogo de cuestiones que afectaban a su vida y que iban a cambiar a partir de aquel día.

Veras, dijo, estoy dispuesto a dejar las partidas de whisky de los Miércoles, a implicarme en las tareas domésticas, ya sabes, hacer la compra, poner la lavadora, recoger la ropa tendida, llevar a mi mujer al cine y lo más importante gastar lo justo en tabaco y bebidas.

Ya bueno, le dije, el matrimonio se puede convertir en un martirio sí uno de los dos empieza a descarrilar, en mi caso fue mi mujer quien empezó a auto controlarse y puso tierra de por medio con sus excesos, ahora parece el santo grial del comedimiento.

Tenéis que pasar una tarde por casa , dijo Celso, mi mujer prepara unas empanadas deliciosas y guardo un tinto para la ocasión.

Pedimos dos cañas más, el tono loable de Celso derivó en un panegírico hacía su mujer a la que por encima de las diferencias de bulto era sin duda la mujer de su vida, pero su mirada oblicua pronto descendía al primer trasero femenino que husmeaba alrededor y su rostro empezaba a asemejarse a una bombilla encendida. Nadaba entre olas profundas y sin embargo parecía mantener el tipo aferrado a la barra como un tronco milenario.

Salimos a la calle sin pagar las consumiciones y nos abrazamos con sincera camaradería. Lo vi marcharse con el aire taciturno, parte de la camisa metida por el pantalón y un pasó que forzaba a que fuera firme y decidido.

Allá no muy lejos, Un nido de Víboras es el ultimo estreno que aparece en la cartelera de la parada de autobús. Por un momento me apetece la idea de ir al cine a ver la producción multimillonaria de actores de moda y efectos especiales en un filme de suspense recreado en una isla tropical donde unas vacaciones placenteras se convierten en una aparición selvática de seres inexplicables.

Decido seguir caminando y pasear junto al boulevard que se encuentra muy concurrido, tiendas de ropa, perfumes, alimentos ó bazares se suceden como fichas de dominó pero un escaparate me llama la atención , en su interior un foco sostenido por un cordón anudado y curvilíneo proyecta en el centro una luz de colores cambiantes sobre un cuadro de molduras barrocas y fondo bermellón donde se lee, especialidad en masajes tantricos.

Lo que ocurre a continuación es lo siguiente, percibo el reflejo de una escultura femenina que por momentos me deja petrificado, aquella mujer me hace recorrer en un instante cada parte de su cuerpo dotándolo de unidad pero al recorrerla de nuevo está allí, los pantalones ceñidos, el giro subliminal de la cabeza y la mano que recorre entre algodones su rubia melena. Ahora dejo de mirar y escucho el sonido certero de sus tacones cruzando desde la otra acera en mi dirección, el intervalo se me hace interminable y por momentos creo perder la señal y en otro momento más ignoto estoy a punto de que pies y manos no respondan e inicien un movimiento sincronizado de alejamiento, pero entonces el olor a perfume de lavanda me ofrece el rostro de una mujer que musita algo que logro comprender.

Le digo que se hace tarde y que quizás en otro momento. Me alejo entre calles iluminadas por el haz del sol de poniente y las primeras farolas encendidas, colores nítidos en los semáforos y el rosáceo neón de un puesto de rosas. Subo por un callejón oscuro en dirección al aparcamiento.

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Una respuesta a Un nido de Víboras (P.J. Medina Rodríguez)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir. Tu relato me ha resultado largo y muy confuso, creo que si lo revisaras podria mejorar mucho. Gracias. Un saludo. Amaya

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