La vida irreal (Carto Péreton)

El telón bajó por tercera vez esa noche. Solo unos tímidos aplausos rompieron el silencio sepulcral que Irene Bemol dejó después de interpretar una dulce balada desafinada.

   La siguiente era Rosa que avanzó nerviosa hasta el centro del escenario. No era la primera vez que actuaba pero aun así el estómago le torturaba con el habitual quemazón, por lo menos, con el tiempo había conseguido controlar el temblor de la voz y reducir las pausas entre frases que tanto afeaban un monólogo.

   Esta vez el atrezo se componía de una cómoda butaca de piel, sabía que la limitaba en movimientos y eliminaba la posibilidad de caminar de un lado a otro transmitiendo la energía de sus diálogos, pero hoy había preparado unas líneas que debían ser expuestas con firmeza y sin distracciones, por lo que una mujer sentada aferrándose con fuerza a los apoyabrazos era lo mejor en términos visuales.

   Vestía un traje chaqueta con una camisa desabotonada lo justo para llamar la atención de los varones. Llevaba poco maquillaje a pesar de las recomendaciones de la dueña de la sala, que hacía a su vez de peluquera, y estilista. Solo logró acentuarle un poco la mirada con la sombra de ojos negro azabache del genial Paco Pluma que había actuado un rato antes.

   Se sentó con cuidado agitándose el pelo para darle un último toque y avivar el  volumen que perdió al pasar de los cuarenta. Necesitaba mantener una respiración pausada, era el truco que había aprendido de las veteranas del lugar, si se ventilaba en exceso las frases no fluirían como debieran y todo sería un desastre.

   Rosa miraba hacia el telón, estaba tan envejecido que podía ver a través las débiles luces de las mesas del bar, no parecía que hubiera mucha gente, el murmullo era débil comparado con otros días, se notaba que hoy las contorsionistas chinas tenían descanso, conocían sus derechos laborales como las que más y el lunes era festivo en la república popular.  Por un momento se le escapó una sonrisa cuando recordó como discutían con la dueña, aunque la alegría le duró poco tiempo, una voz el off la devolvió a su mundo artificial, la interpretación de esa noche iba a comenzar.

-¡Señoras y señores!, con todos ustedes una de las mejores voces del país, el mejor monólogo que hayan podido disfrutar… –el corazón de Rosa latía sin control– aclamada en cientos de teatros de la ciudad –ahora su pecho se movía con fuerza, demasiado aire, tenía que relajarse– con todos ustedes… la inigualable –el telón empezó a recogerse despacio– la magnífica, la insuperable…

   La luz de la sala se escurrió por debajo del viejo y apergaminado lienzo victoriano que seguía enrollándose con calma, poco a poco Rosa pudo vislumbrar las primeras mesas, algunas caras conocidas y otras nuevas. La actuación empezó cuando el cálido foco que movía el barman, le iluminó la cara haciendo que sus pupilas trabajaran con rapidez.

-Recibamos con entusiasmo a ¡Carmen la Guarrera!

“Empezamos bien”, pensó la protagonista, “le he dicho Carmen la Guerrera”.

   Un aplauso generalizado le dio el apoyo que necesitaba para entrar en el papel y conectar rápidamente con los presentes

-Buenas noches queridos míos –dijo en tono alto y claro–, hoy no vengo para haceros reír, hoy estoy aquí para hablaros de mi jodida vida.

   Las poco más de cincuenta personas del local no apartaban los ojos de ella, había captado su atención.

-Me levanto a las ocho y mi marido hace rato que ya no está, pero no penséis que está trabajando, noooo, está en el bar desayunando asquerosos callos –una risa cómplice se escuchó de fondo–. No me importa que le guste desayunar en el bar, lo que me molesta es que paga con mi dinero, porque no sé si lo sabéis pero yo soy la que trabajo y él, el que gasta. Aunque me cueste admitirlo, la culpa es mía y solo mía, bueno también de mi madre, “hija, estudia, ten un buen trabajo para que no tengas que depender de un hombre, que si algún día te separas puedas vivir por ti misma”. Y yo, voy, y le hago caso. Mis amigas ligando sin parar, ahora un rubio, ahora uno del gimnasio, un vecino, luego se marchan a Ibiza en verano y siguen ligando, que si con un inglés, que si con dos, y yo en la universidad sacando excelentes y comiéndome los mocos.

¡Tonta! – gritó la dueña del bar para hacer ambiente, le siguieron unas risas

-Sí, me case virgen, que pasa, no es tan raro, me pude acostar con el profesor de repaso que me puso mi madre, pero era gay… no pasa nada, también es normal.  Soy abogada y conozco un arquitecto; guapo, listo… mejor espabilado, me decía “vamos a construir aquí y luego allá”, a mi madre le gusta, me caso, me desvirga, llega la crisis y se va al paro.

   Alguna carcajada sonaba al fondo, veían venir el plan.

-Yo todo el día en juicios, desahucios, divorcios, denuncias de impago, y cuando llego a casa, como él está aburrido quiere mimos y luego como siempre, a copular. Preñada, doce horas de trabajo, con el bombo de aquí para allá, vomitando en las papeleras, lipotimias en metro, azúcar por las nubes, varices largas como espaguetis. Menos mal que solo nos vino una, hiperactiva, pero solo una.    Por fin, con tres años empieza el cole y yo me obligo a salir pronto del trabajo, pero no para mí, resulta que para crecer sanos, los niños tienen que hacer dos días de deporte, si puede ser al aire libre claro, baloncesto, en invierno a diez grados es ideal para resfriase mientras los padres vemos como los peques no llegan con los balones a la canasta. Luego el inglés, muy importante también, dos tardes, y el viernes que era para descansar acabamos con taller de guitarra.

-Mi madre va y al poco le sale un dolor de espalda insoportable, “estoy mayor para niños”, me dice, a mi padre ni me atrevo a preguntárselo, mi marido de entrevista en entrevista, diez a la semana por lo menos con lo que la Carmen y la peque a todos lados juntas.

   Rosa se separó del respaldo y puso las manos en las rodillas.

-Llevo así diez años. Mi marido está todo el día conectado a internet, dice que es el futuro, solo sale de casa para ir al gimnasio o para hacer la partida de guiñote, el jodido está como un chaval de veinte años. Mi madre nunca ha trabajado fuera de casa, se ha desvivido por mi padre, cocina para él, le plancha la ropa, lo cuida y cuando pueden se van de vacaciones, siempre está radiante y feliz. Yo, en cambio, me podéis ver; me quedan cuatro pelos teñidos, los tríceps de los brazos colgando, el culo lo mismo, pastillas para dormir, pastillas para los nervios, pastillas para estar despierta en el trabajo, pastillas anti baby, ibuprofenos para la migraña. Encima, me han salido manchas en la cara y estrías en la cadera y en el pecho después de la dieta del melón. Ya no puedo más. Me rindo. Me siento engañada, –Rosa se levantó del sillón y levantó un brazo para finalizar de manera solemne– ¡A partir de hoy seré otra Carmen!, si mi marido quiere sexo, que se haga la vasectomía, mi madre que se meta los consejos donde le quepan, ya no le voy a escuchar más, y la niña que se busque novio. Voy a dejar de trabajar, cogeré un avión y me iré al Caribe para ligar con muchos mulatos, me voy a poner tetas y me subiré el culo. ¡A partir de hoy nace otra Carmen! ¡Me podéis llamar Carmen la Guarrera!

   El público se levantó y aplaudió.

-Guarrera, guarrera… –gritaba el respetable.

-“mierda” – pensó Rosa mientras mantenía la cabeza alta –“he dicho guarrera, que tonta soy”.

   Dos minutos después el telón bajó y los aplausos dejaron lugar a los comentarios. Rosa se sentó de nuevo en la vieja butaca ya más tranquila, podía haber ido mejor, se había dejado un par de líneas, pero no eran demasiado importantes.

   La dueña se acercó y la abrazó riendo aun a carcajadas.

-Niña, como me he reído, toma anda que te lo has ganado –la artista cogió el sobre con lo convenido.

-¿Le ha gustado Cecilia?

-Sí, mucho, hoy te he visto muy metida.

-La verdad es que lo he preparado a conciencia.

-Mañana te espero, no me falles.

   Rosa, después de otro abrazo de su mayor fan se dirigió al camerino. Allí se cambió y mochila al hombro y maleta en mano abandonó la sala.

   Una vez en la calle se montó en el taxi del señor Ramón, siempre dispuesto a llevar a los clientes perjudicados a casa. El hombre puso el equipaje en el maletero, estaba acostumbrado a cargar vestidos de  vedettes de poca monta.

-Buenas noches Rosa, ¿Cómo ha ido hoy?

-Muy bien, con nervios pero contenta, ha salido todo a la perfección.

-Me alegro mujer, tu marido y los críos estarán orgullosos… ¿A casa como siempre?

-No, esta vez no, llévame al aeropuerto por favor.

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10 respuestas a La vida irreal (Carto Péreton)

  1. Luisa dijo:

    Me ha encantado tu relato. Buen ritmo y mejor humor. Gracias por compartirlo.

    • Carto Péreton dijo:

      Gracias Luisa, no ha sido fácil ponerme en el punto de vista de una mujer, espero que haya sido creíble. Un saludo.

  2. eva olave dijo:

    Genial! Me ha encantado. Buen ritmo, mejor humor. Gracias por compartirlo.

  3. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo literario. Amaya

  4. Denise dijo:

    Me ha encantado el texto, realmente genial. Saludos. Denise

  5. Carto Péreton dijo:

    Gracias sinceras por vuestros comentarios. 🙂

  6. Chinfucio dijo:

    Está chingón tu relato. Es como un café expresso con twist de naranja.
    Muy buen uso de la ironía de principio a fin. Coincido con el resto de los comentarios sobre el buen manejo del ritmo. El detalle de “la guarrera” lo redondea todo. Gracias por compartirlo. Saludos.

  7. Jesus dijo:

    Fresco y con un punto de acidez. me ha gustado mucho

  8. Carto Péreton dijo:

    Agradezco vuestros comentarios, dan ánimo para seguir escribiendo. Un saludo.

  9. Nelaache dijo:

    Muy bueno!! Destilas pensamientos que hemos tenido muchas veces y das un oportuno toque de humor que hace que no nos tomemos la vida tan a la tremenda. El final, perfecto. Enhorabuena

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